Lo que pasó en el tren cuando se fue la luz
Cogí el cercanías casi a medianoche, más tarde de lo que acostumbro, con el cansancio del turno todavía pegado a la espalda. La línea entera me esperaba hasta llegar a mi parada, una sucesión de estaciones dormidas que conozco de memoria. El vagón iba prácticamente vacío, esa clase de vacío que vuelve cada ruido más grande: el chasquido de las puertas, el zumbido de los fluorescentes, mis propios tacones contra el suelo de goma.
Al fondo, junto a la ventanilla, había un hombre mayor sentado con las manos cruzadas sobre el regazo. Tenía el pelo gris, una chaqueta de paño y una expresión tranquila que, no sé por qué, me dio confianza. Me senté a su lado en el banco corrido, dejándole un asiento de cortesía entre los dos.
Yo siempre voy igual, y aquella noche no era la excepción. Una blusa fina sin nada debajo —con veinte años todavía puedo permitírmelo—, una falda vaquera demasiado corta y unas medias negras con liga que asomaban a medio muslo cada vez que cruzaba las piernas. Debajo, unas braguitas de encaje blanco. Me sentía guapa y un poco temeraria, esa mezcla que solo aparece de madrugada.
El tren arrancó con una sacudida suave. Una estación menos, pensé, apoyando la sien en el cristal frío.
***
En la siguiente parada, una estación que llaman Los Almendros, subió él.
Lo vi venir por el pasillo y se me secó la boca. Era de esos chicos que parecen recortados de un anuncio: hombros anchos, cintura estrecha, una camiseta que insinuaba el dibujo de los abdominales debajo. Hice ese chequeo rápido que hacemos todas en un segundo y que luego comentamos con las amigas entre risas. Este está para comérselo, fue mi veredicto silencioso.
De todos los asientos libres del vagón, eligió el del medio. El que yo había dejado vacío por educación. Se sentó tan cerca que noté el calor de su muslo a través de la media, y un perfume limpio, a jabón y a algo más oscuro debajo.
—¿Está ocupado? —preguntó cuando ya estaba sentado, con una media sonrisa que hacía la pregunta absurda.
—Ahora sí —respondí, y me sorprendió mi propio descaro.
El hombre mayor no dijo nada. Miraba al frente, pero algo en la quietud de su cuerpo me hizo sospechar que escuchaba cada palabra.
***
El tren atravesó un viaducto largo y, a mitad de camino entre Los Almendros y la siguiente estación, frenó en seco.
No fue una parada normal. Fue una sacudida brusca, el chirrido del metal, y después un silencio raro, denso, como si el mundo entero hubiera contenido la respiración. Las luces parpadearon una vez, dos, y se apagaron del todo. Solo quedó la claridad azulada de la luna entrando por las ventanillas y el resplandor débil de las luces de emergencia al fondo del vagón.
—Vaya —murmuré, más incómoda por la oscuridad que por otra cosa.
El chico me rodeó los hombros con el brazo. Al principio pensé que era un gesto protector, un «tranquila, no pasa nada». No lo era. La mano que tenía libre se movió hacia su regazo, y con la otra empezó a empujarme la nuca hacia abajo, despacio pero sin titubear, hasta que entendí exactamente lo que quería.
Tendría que haberme apartado. Esa fue la parte interesante: que no lo hice.
***
Se había bajado la cremallera en la penumbra. Cuando mi cara llegó a la altura de su regazo, ya la tenía fuera, dura, palpitando contra la palma de su propia mano mientras se la acariciaba de arriba abajo. La luz de la luna la dibujaba apenas, pero el olor y el calor la hacían imposible de ignorar.
Abrí la boca y me la metió, sujetándome con suavidad pero con firmeza por la nuca. Me deslicé del asiento hasta quedar de rodillas en el suelo del vagón, entre sus piernas abiertas. La tenía grande, más de lo que había imaginado en aquel chequeo de un segundo. La recorrí con la lengua, di pequeñas succiones que le arrancaron un siseo entre dientes, y noté cómo mi propio cuerpo respondía: el calor subiéndome desde el vientre, las braguitas húmedas, la respiración entrecortada.
Si esto me ha metido en la boca, qué será capaz de meterme en otro sitio.
El pensamiento me puso aún más cachonda. Lo chupé más hondo, marcando un ritmo, escuchándolo respirar cada vez más rápido sobre mi cabeza.
***
Como si me hubiera leído la mente, me sujetó por los brazos y me dio la vuelta.
Quedé de rodillas mirando hacia el respaldo, con la falda vaquera arremangada de cualquier manera sobre las caderas. Apartó el encaje blanco a un lado de un tirón impaciente y entró en mí de una sola embestida, hundiéndose hasta el fondo. Solté un gemido que rebotó en el vagón vacío y me mordí el labio para callarlo, aunque no había nadie que pudiera oírnos. Nadie salvo el hombre que seguía sentado a un metro de nosotros, observándolo todo en silencio.
Empezó a moverse, mete y saca, mete y saca, con esa urgencia de quien no piensa durar mucho. Yo me agarraba al respaldo del asiento, con las medias resbalándome por el sudor y el placer mordiéndome por dentro. Justo cuando sentí que algo empezaba a romperse en mi vientre, lo noté tensarse, clavarse hasta el fondo y derramarse con un gruñido ahogado.
Se desplomó hacia atrás, deshecho, retorciéndose de gusto contra el asiento. Y yo me quedé a medias, con un calentón como una catedral, el cuerpo pidiendo a gritos lo que no había llegado a tener.
***
Fue entonces cuando el hombre mayor se movió por primera vez.
No dijo nada de golpe. Se inclinó hacia mí con una calma absoluta y me dio un beso suave justo debajo de la oreja, en el lóbulo, un roce de labios que me erizó toda la piel.
—Ven aquí, anda —me susurró, con una voz grave y serena que no admitía prisa.
Me tendió la mano y me ayudó a incorporarme. Me sentó sobre su regazo, de lado, como quien acomoda a alguien que necesita recuperar el aliento. Yo todavía temblaba, todavía latía por dentro, y entre los muslos sentía el reguero pegajoso de lo que el chico había dejado.
El hombre sacó un pañuelo de tela del bolsillo de la chaqueta. Con una delicadeza que me desarmó, empezó a secarme, pasándolo despacio entre mis piernas, de abajo arriba. El contacto del tejido contra la piel sensible me arrancó un escalofrío, una corriente que no tenía nada de inocente.
—Estás temblando —observó, con media sonrisa que adiviné más que vi en la penumbra.
—No es de frío —admití.
***
Al pasar el pañuelo una última vez, noté el tirón inconfundible en el bajo vientre. Mierda, la regla. Llevaba todo el día esperándola y había elegido el peor momento para llegar.
Debí de tensarme, porque él lo notó enseguida. Me apartó un mechón de la cara y acercó los labios a mi oído.
—No te preocupes por dónde manches, mi niña —murmuró—. Tú a lo tuyo. Disfruta y déjame a mí.
Y sin esperar respuesta, me levantó con una facilidad asombrosa para su edad y me inclinó hacia delante, las manos apoyadas en el respaldo del asiento de enfrente. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo buscaba otro camino, más estrecho, más prohibido. Entró despacio, dejándome tiempo, susurrándome todo el rato que respirara, que me soltara, que confiara.
El ardor inicial se transformó en una plenitud densa, oscura, distinta a todo lo anterior. Me aferré al asiento con los nudillos blancos y dejé escapar un quejido largo que ya no intenté contener.
***
Para entonces el chico se había recuperado.
Lo vi tumbarse en el banco corrido, de espaldas, con la polla de nuevo erguida y una sonrisa de niño travieso en la cara. Entendí lo que venían a proponerme sin que nadie dijera una palabra. Me coloqué a cuatro patas sobre él, con el hombre mayor todavía firme detrás de mí, y dejé que el chaval me llenara por delante.
Quedé atrapada entre los dos, sin apenas margen para moverme, sostenida por cuatro manos que sabían exactamente lo que hacían. Uno por delante, otro por detrás, cada empuje de uno me clavaba contra el otro. El vagón olía a sudor y a sexo, las ruedas seguían paradas sobre el viaducto, y yo había dejado de pensar en cualquier cosa que no fuera el placer subiéndome en oleadas.
—Así, mi niña, así —me susurraba el mayor contra la nuca, marcando el ritmo—. Más rápido ahora. Vamos. Eso es.
—No voy a aguantar —gemí, con la voz hecha trizas.
—No aguantes.
***
El orgasmo me arrancó de cuajo.
Llegó desde muy hondo, una sacudida que me recorrió de la coronilla a los pies y me dejó convulsionando entre los dos cuerpos, gimiendo cosas que no recuerdo, agarrándome a la camiseta del chico como si fuera a caerme. Sentí la sangre, sentí el calor de ellos, sentí cómo todo se confundía en un único punto incandescente. No sabría decir qué pesó más: el doble vértigo de tenerlos a la vez, la regla recién llegada poniéndolo todo más crudo y más real, o aquella voz grave y paciente susurrándome al oído que me dejara ir.
Lo único que sé es que fue, sin discusión, el mejor polvo de mi vida.
***
Las luces volvieron tan de repente como se habían ido. El zumbido de los fluorescentes, el siseo de los frenos liberándose, la megafonía pidiendo disculpas por la demora.
Cuando el vagón recuperó la claridad, ya estábamos los tres sentados en el banco, la ropa más o menos en su sitio, mirando al frente como tres pasajeros cualquiera. El chico se bajó dos estaciones después sin decir nada, solo una última mirada de medio lado y esa sonrisa imposible. El hombre mayor se quedó hasta el final de la línea, igual que yo.
Antes de levantarse, en mi parada, me rozó el dorso de la mano con un dedo.
—Buenas noches, mi niña —dijo, y nada más.
Bajé al andén con las piernas todavía flojas y el corazón a mil. No sé sus nombres, no sé si volveré a coger ese cercanías a la misma hora con la secreta esperanza de que se repita. Yo solo estoy aquí para contarlo. Y, si os soy sincera, una parte de mí ya está deseando que vuelva a írsele la luz a ese tren.