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Relatos Ardientes

El remis que pidió cambió por completo su mañana

El sol de la mañana apenas empezaba a templar las veredas cuando Carla esperó en la esquina con el bolso al hombro. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva, y unos tacones que le daban una seguridad que esa mañana, en realidad, no sentía del todo. El pelo oscuro le caía sobre los hombros, agitado por la brisa.

El remis blanco frenó frente a ella con un chirrido suave. La ventanilla bajó y apareció el conductor: Daniel, un hombre de unos cuarenta y ocho, pelo entrecano, una mirada cansada pero despierta. La camisa azul, arrugada por las horas al volante, no alcanzaba a disimular unos hombros anchos.

—Buen día, ¿vos sos Carla? —preguntó con voz ronca. Sus ojos la recorrieron apenas un instante antes de volver a su cara.

—Sí —respondió ella, subiendo al asiento trasero. Se acomodó y el aire se llenó con el dulzor de su perfume.

Daniel ajustó el espejo retrovisor, atrapando su reflejo sin ningún disimulo.

—¿Vas al centro? —preguntó, arrancando con suavidad.

—Sí, a la calle Belgrano —contestó ella, sacando el teléfono para cortar cualquier charla.

Pero él no se rendía.

—¿Trabajás por ahí? —insistió, frenando en un semáforo en rojo.

Ella levantó la vista y se encontró con sus ojos en el espejo. Había algo en su tono, una calidez que no esperaba.

—En una tienda de ropa —respondió, esta vez con menos frialdad.

—Ah, con razón andás tan bien vestida —comentó él, esbozando una sonrisa pícara antes de acelerar.

Carla no pudo evitar una risa breve, casi involuntaria.

—¿Siempre les hacés cumplidos a tus pasajeras? —preguntó, jugando con un mechón de pelo.

—Solo a las que lo merecen —dijo Daniel, con la mirada en la calle pero una expresión que delataba picardía.

El aire dentro del auto se volvió más tibio, más íntimo. Ella cruzó las piernas despacio y notó cómo los ojos de él bajaron un segundo hacia sus muslos antes de volver al camino.

—¿Y tu esposa no te reta por andar soltando piropos? —preguntó, con un tono que de repente sonó coqueto.

Daniel respiró hondo.

—Bueno, hay cosas que una mirada no puede evitar —murmuró, y esta vez fue él quien pareció medir el peso de su propia audacia.

El silencio que siguió fue denso, cargado de algo que ninguno de los dos se animaba a nombrar. El viaje continuó, pero algo había cambiado. Cada palabra, cada mirada, cada gesto mínimo estaba teñido de una tensión que prometía más.

***

El remis frenó frente al local de ropa. Carla bajó la vista al teléfono y ahí estaba el mensaje del dueño, confirmando lo que ya sospechaba: «Local cerrado hoy por inspección municipal. No vengas.»

—Mierda —murmuró entre dientes, apretando los labios.

Desde el asiento del conductor, Daniel observó su reacción por el espejo. Arqueó apenas las cejas al ver cómo sus dedos apretaban el aparato.

—¿Problemas? —preguntó, dejando el motor en ralentí.

Ella suspiró y alzó la vista hacia él.

—Sí, el local está cerrado. Me avisan recién ahora —explicó, con un dejo de fastidio.

—Ah, mala suerte —dijo él, aunque no pudo evitar que sus ojos bajaran un instante hacia su escote mientras ella se movía en el asiento.

—¿Me esperás un segundo? —pidió ella, abriendo la puerta sin esperar respuesta.

—Claro, no hay apuro.

Carla caminó hasta la puerta del local, los tacones resonando en la vereda. El vestido se movía con cada paso. Golpeó el vidrio, intentó llamar, pero nadie respondió. Frustrada, volvió al auto con pasos más rápidos, las caderas balanceándose con un ritmo que el enojo parecía acentuar.

Se dejó caer en el asiento con un suspiro exasperado.

—Llevame de vuelta a casa —dijo, cruzando los brazos.

Pero en lugar de arrancar, Daniel se giró un poco hacia ella.

—Bueno, al menos te queda el día libre. Podés aprovechar para descansar, ¿no? —comentó, intentando levantarle el ánimo.

—Sí, genial —respondió ella con sarcasmo, mirando por la ventana.

Él no se dio por vencido.

—Mirá el lado bueno… con lo linda que sos, seguro en tu casa tenés mejores planes que atender gente todo el día.

Carla lo miró de reojo. Intentó mantener el ceño fruncido, pero sus palabras le provocaron un cosquilleo en el estómago.

—¿Siempre hablás así con tus pasajeras? —preguntó, ahora con más curiosidad que enojo.

—Solo cuando la pasajera es alguien como vos —respondió él, arriesgándose un poco más.

Ella no pudo evitar una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero suficiente para que Daniel notara que su estrategia funcionaba.

—Bueno, arrancá de una vez —dijo, aunque el tono ya no era seco, sino juguetón.

Él sonrió para sí mismo mientras ponía primera. El viaje de vuelta prometía ser mucho más interesante que el de ida.

***

El remis avanzaba despacio entre el tránsito. Daniel volvió a acomodar el espejo, asegurándose de tenerla en su campo de visión. El silencio era cómodo, pero igual sintió la necesidad de romperlo.

—Entonces… ¿vivís sola? —preguntó, como si fuera algo casual, aunque el tono delataba un interés genuino.

Ella había estado mirando distraída por la ventana. Desvió la atención hacia él y sus ojos se cruzaron en el espejo.

—Sí, sola —confirmó, jugando con el borde del vestido—. Desde hace un año, más o menos. Antes compartía depto con una amiga, pero se fue a vivir con el novio.

—Ah, qué cómodo —comentó él, relajando la postura al volante—. Tu propio espacio, hacer lo que querés sin que nadie te joda. Aunque a veces debe ser medio aburrido, ¿no?

Carla se encogió de hombros.

—Depende. A veces sí, sobre todo los fines de semana. Pero una se acostumbra.

Daniel aprovechó el hueco para seguir indagando, con un poco más de audacia.

—¿Y novio no tenés? —preguntó, tratando de que sonara como simple curiosidad, aunque el pulso se le aceleró al formularlo.

Ella soltó una risa suave, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa.

—No, por ahora no. —Hizo una pausa, dudando si seguir, pero finalmente agregó—: Aunque no me vendría mal alguien… alguien que me acompañe, que me haga sentir bien.

La respuesta hizo que él apretara apenas el volante. No podía evitar imaginar escenarios, posibilidades.

—Con lo linda que sos, no entiendo cómo no tenés una fila de tipos esperando —dijo, arriesgando un cumplido más directo.

Carla bajó la mirada, pero no de timidez, sino para ocultar una sonrisa que se le escapaba.

—¿Y vos? Seguro tu mujer no te deja andar diciéndole eso a cualquiera —respondió, devolviéndole la pelota con una mirada astuta.

Daniel respiró hondo, como si la pregunta lo metiera en un terreno más delicado.

—Bueno… la verdad es que hace rato que las cosas no andan bien en casa —confesó, con un dejo de amargura—. A veces uno extraña sentirse deseado, ¿sabés?

El ambiente dentro del auto se volvió aún más íntimo, como si las paredes los aislaran del mundo. Carla notó que su propia respiración se hacía más lenta, más consciente.

—Sí, lo sé —murmuró, casi para sí misma, pero lo bastante alto para que él la escuchara.

—¿Y qué tipo de hombre te gustaría tener? —preguntó él, ahora con la voz más baja, más personal.

Ella dejó escapar un suspiro, como si nunca antes se lo hubiera permitido decir en voz alta.

—Alguien que me trate bien, que me haga reír… alguien que sepa lo que quiere —respondió. No lo dijo directamente, pero sus ojos en el espejo decían bastante más.

Daniel asintió despacio, procesando cada palabra. El auto seguía andando, pero ninguno de los dos parecía estar pensando en el destino.

***

El remis frenó frente al edificio de Carla, un bloque de departamentos modesto pero prolijo, con macetas florecidas en los balcones. Daniel apagó el motor, pero no hizo ademán de cobrar. En cambio, se giró hacia ella y apoyó un brazo en el respaldo del asiento delantero, la mirada cálida pero con un destello nuevo de audacia.

—Che… ¿me invitás unos mates? —preguntó, con una media sonrisa que hacía difícil saber si bromeaba.

Ella ya tenía la mano en la manija. Se detuvo. Los dedos se le tensaron sobre el metal frío mientras procesaba la pregunta. No era algo que hiciera normalmente, invitar a un desconocido a casa. Pero después de ese viaje él ya no se sentía tan extraño. Y esa mezcla suya de seguridad y vulnerabilidad le hacía cosquillas en el estómago.

—¿En serio? —preguntó, arqueando una ceja, sin poder evitar la sonrisa.

—Total, vos misma dijiste que no tenés nada que hacer —respondió él, encogiéndose de hombros como si fuera lo más natural del mundo—. Y yo tengo el día libre después de este viaje.

Carla soltó una risa suave, jugando con un mechón.

—¿Y tu mujer no te va a salir a buscar si te demorás?

Daniel sostuvo su mirada sin apartarse.

—Ya te dije que las cosas no andan bien —susurró, y esta vez no había rastro de broma—. Además, son solo unos mates, ¿no?

El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades. Ella sentía el latido en las sienes, acelerado, pero no por nervios, sino por esa emoción que precede a algo prohibido. Asintió.

—Bueno, dale… pero solo unos mates —aclaró, aunque los dos sabían que ninguno estaba pensando en la yerba.

***

Subieron juntos. En el ascensor ella pulsó el botón del tercer piso y esperaron en silencio, la tensión palpable. Daniel la miraba de reojo: la curva del cuello, el modo en que el pelo le caía sobre los hombros. Ella fingía no notarlo, aunque el rubor en las mejillas la delataba. El cuerpo grande de él parecía ocupar más espacio del habitual en la cabina estrecha.

El ascensor frenó. Carla salió primero, buscando las llaves en el bolso con manos que temblaban apenas. Daniel la siguió, su presencia sólida y cálida detrás de ella, como una promesa.

Metió la llave en la cerradura, la giró y empujó.

—Bienvenido —dijo, en un susurro.

Él cruzó el umbral detrás de ella y la puerta se cerró suave, marcando el inicio de algo que ninguno de los dos había planeado, pero que ambos, en secreto, deseaban.

***

El golpe de la puerta al cerrarse sonó como un eco en el departamento chico. Carla apenas alcanzó a dejar el bolso sobre la mesa de la entrada cuando sintió el calor del cuerpo de Daniel pegándose a su espalda. Sus brazos la rodearon con firmeza, atrapándola antes de que pudiera reaccionar.

—Hoy sos toda mía —susurró él contra su cuello, la voz grave y cargada de intención.

Ella sintió el peso de su excitación presionando contra ella a través de la tela, y un escalofrío le recorrió la columna. Intentó girarse, apoyando las manos sobre las de él en un intento débil de separarlo.

—Esperá… era solo tomar unos mates —protestó, pero la voz le salió más floja de lo que quería, el aliento entrecortado.

Daniel no se dejó disuadir. Con un movimiento experto, una de sus manos subió y le apretó un pecho a través del vestido. Carla contuvo un gemido al sentir cómo sus dedos se hundían en la carne.

—Cuando una mujer invita a un hombre a su casa, es para una sola cosa —murmuró contra su oreja, el aliento caliente erizándole la piel.

Ella sabía que esto podía pasar. Lo había imaginado desde el momento en que aceptó invitarlo. Pero no esperaba la urgencia con la que él la manejaba, como si no pudiera aguantar un segundo más. Y aunque una parte de ella quería resistirse, otra, más profunda y primitiva, respondía a cada toque.

Él no le dio tiempo a pensar. Con la mano libre agarró el borde del vestido y empezó a levantarlo, descubriendo de a poco sus muslos, las medias de encaje, la piel que temblaba bajo su tacto. La humedad entre sus piernas crecía, una respuesta involuntaria que la delataba más que cualquier palabra.

—Ya ves… no querés que pare —murmuró Daniel, notando cómo el cuerpo de ella se arqueaba hacia atrás, buscando más contacto.

Carla no respondió. No podía. Cada caricia le nublaba los pensamientos, cada roce de sus dedos que ahora exploraban más allá del borde de la ropa interior.

Por fin ella giró hacia él, que capturó sus labios en un beso profundo y voraz. Se dejó llevar, las manos aferradas a sus hombros mientras la urgencia los consumía. El vestido cayó al suelo, y con él, cualquier último intento de resistencia.

***

El vestido negro se deslizó hasta formar un círculo oscuro en el piso, descubriendo el conjunto de encaje que apenas contenía sus formas. El sostén, con las tiras finas cayendo sobre los hombros, enmarcaba un escote donde la piel contrastaba con el encaje. Más abajo, la cintura se estrechaba antes de abrirse hacia las caderas, y la tanga desaparecía entre las nalgas. Las medias, sujetas por ligas delicadas, dibujaban líneas que terminaban en los tacones altos.

Daniel la observó con ojos oscuros, hambrientos, mientras se desabrochaba el cinturón con manos que ya no disimulaban la urgencia.

—Arrodillate —ordenó, con una voz que no dejaba lugar a negociaciones.

Carla sintió un nuevo escalofrío, pero esta vez de anticipación. Despacio, dobló las piernas hasta apoyar las rodillas en la alfombra. Desde abajo lo vio liberarse, ya duro, la piel tensa.

—Vamos, no te hagas rogar —murmuró él, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos antes de guiarse hacia su boca.

Ella abrió los labios y lo recibió, primero el sabor salado, después el peso sobre la lengua. Daniel no le dio tiempo a acomodarse; con un movimiento firme de caderas empujó más adentro.

—Mierda… —gruñó, enredando una mano en su pelo para marcar el ritmo—. Sabía que ibas a ser buena, pero esto…

Ella no podía hablar, pero sus ojos, un poco llorosos por el esfuerzo, se alzaron para encontrar los de él. Movió la lengua alrededor, saboreándolo, antes de hundir la cabeza otra vez, ahora con más confianza.

—Así, justo así —murmuró él, conteniendo un quejido.

Carla respondió con un sonido gutural que lo hizo cerrar el puño con más fuerza en su pelo. Con cada movimiento, la humedad entre sus piernas aumentaba, y el roce de la tanga contra la piel sensible la hacía contonearse buscando alivio.

—Te encanta, ¿no? —preguntó Daniel, notando cómo respondía su cuerpo—. Por eso invitaste a un hombre mayor.

Ella no podía negarlo. Aunque hubiera querido, la forma en que sus dedos se aferraban ahora a los muslos de él, animándolo a moverse más rápido, era respuesta suficiente.

***

Daniel se retiró de su boca con un sonido húmedo, dejando un hilo brillante entre los labios de ella y la punta. Con un movimiento brusco pero calculado la levantó de las rodillas y la empujó contra el borde de la mesa del living. La madera fría se estremeció bajo su peso, y el encaje de la tanga corrido a un lado sonó como un susurro obsceno.

—Así que esto es lo que querías, ¿no? —gruñó mientras se acomodaba en su entrada, sintiendo cómo ella ya estaba completamente mojada—. Una solitaria que necesita que un hombre le enseñe.

Carla gimió cuando la penetró de un solo empujón, llenándola de golpe. Las uñas se le clavaron en el borde de la mesa mientras se estiraba para acomodar su grosor.

—Dios… sí… —jadeó, arqueando la espalda contra la superficie dura.

Daniel no le dio tiempo de acostumbrarse. Empezó a moverse con embestidas profundas y un ritmo constante, cada golpe haciendo que sus caderas chocaran contra la mesa. El sonido húmedo de sus cuerpos se mezclaba con los gemidos entrecortados de ella.

—Mirate —ordenó, agarrándole los muslos para abrirla más—. Mirate con alguien que ni conocías hace una hora.

Ella obedeció, bajando la vista a donde sus cuerpos se conectaban. Verlo desaparecer dentro de ella, una y otra vez, le provocó una oleada de vergüenza y excitación a la vez.

—¿Te gusta sentir cómo te uso? —preguntó él, acelerando—. ¿Saber que mi mujer no tiene idea de que estoy acá?

—¡Sí! —gritó Carla, sintiendo cómo cada palabra sucia lo prendía más—. ¡Más fuerte!

Daniel maldijo entre dientes y cambió el ángulo, buscando ese punto que la hacía gritar. Cuando lo encontró, ella dejó escapar un alarido, las piernas temblando alrededor de su cintura.

—Eso es, gritá —rugió él, clavándose más hondo—. Quiero que te acuerdes de esto cada vez que te toques.

Las embestidas se volvieron más erráticas, más urgentes. Ella lo sentía hincharse dentro de sí, listo. El aire olía a sexo y a piel transpirada, y el choque de sus cuerpos llenaba la habitación.

—Voy a… —empezó él, pero Carla lo interrumpió.

—Adentro —susurró, mirándolo directo a los ojos—. Quiero sentirte adentro.

Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Con un gruñido animal Daniel se hundió hasta el fondo y explotó, llenándola con pulsaciones calientes que la hicieron estremecer bajo él.

Cuando por fin se separaron, la mesa estaba corrida varios centímetros y el cuerpo de Carla brillaba con una fina capa de sudor. Daniel se acomodó la ropa sin apuro, mirándola con una sonrisa satisfecha.

—No creo que olvides este viaje en remis tan pronto —murmuró, pasando un dedo por su cuello húmedo antes de llevárselo a la boca.

Carla, todavía jadeando, solo pudo asentir. Sabía que ninguna fantasía en soledad volvería a ser suficiente después de esto.

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Comentarios (3)

RosinaK_81

Excelente!!! me enganchó desde la primera línea

Damian_cba

La tensión del espejo retrovisor está perfecta, se siente real. Muy buen relato

Valentina_lec

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber que pasó despues jaja

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