La videollamada que convirtió nuestra fantasía en algo real
Sofía y yo llevábamos tres años juntos, y si algo nos definía como pareja era que nunca nos habíamos conformado con lo obvio. No porque hubiera insatisfacción, sino exactamente por lo contrario: teníamos la clase de comunicación que convierte cada conversación nocturna en un mapa de terrenos sin explorar. Empezamos con juguetes, seguimos con fantasías narradas en voz alta mientras hacíamos el amor, y terminamos en noches donde uno de los dos describía una escena imaginaria con tal detalle que el otro llegaba al orgasmo solo escuchando.
Era nuestra forma de crecer juntos sin alejarnos.
Una noche de octubre llegó el catalizador que lo cambió todo. Yo estaba en el estudio revisando correos atrasados cuando Sofía se encerró en el dormitorio con una copa de vino y el vibrador que sus amigas le habían regalado por su cumpleaños. No pregunté. Teníamos esa clase de confianza también: el espacio propio era parte del acuerdo.
Lo que no esperaba era lo que empezó a filtrarse desde el techo.
Los vecinos del piso de arriba llevaban semanas en silencio y esa noche decidieron ponerse al día. Primero llegaron los golpes rítmicos del cabecero contra la pared. Luego los gemidos de una mujer que no hacía ningún esfuerzo por contenerse: agudos, cada vez más altos, salpicados de instrucciones precisas que atravesaban el yeso sin dificultad. Debajo de todo eso, el ritmo sordo y constante de dos cuerpos sin freno. Apagué el portátil.
Fui al dormitorio. Sofía estaba recostada sobre las almohadas, el vibrador en la mano, los ojos semicerrados. Cuando me oyó entrar, señaló hacia el techo con una sonrisa lenta.
—Llevan así un cuarto de hora —dijo.
—Lo sé.
Arriba, la mujer llegó al orgasmo con un grito largo que hizo vibrar la lámpara del techo. Sofía contuvo el aliento. Luego me miró, y en esa mirada había algo nuevo: una pregunta todavía sin forma.
—Imagínate que somos nosotros, pero con alguien más mirando.
No dije nada. Pero la frase se me quedó grabada durante semanas.
***
Sofía llegó a cenar un martes con esa mirada específica que yo ya sabía leer: una mezcla de travesura y determinación que solo aparecía cuando tenía un plan. Puso el teléfono boca abajo sobre la mesa y se sirvió vino antes de decir nada.
—He creado un perfil —dijo por fin.
—¿Dónde?
—En una app de citas. Sin cara. Solo el cuello, los hombros, la espalda. Y he estado hablando con alguien. Se llama Nicolás.
Me contó los detalles mientras cenábamos. Nicolás tenía treinta y un años, trabajaba en diseño gráfico y vivía solo en un apartamento cerca del centro. Sus fotos mostraban a un hombre de cuerpo atlético y pelo oscuro corto, con una sonrisa que Sofía describió como «de los que saben exactamente lo que hacen». Ella le había mandado tres fotos tomadas desde ángulos estudiados —el hombro, la curva de la cadera, la nuca con el pelo recogido— y él había respondido con entusiasmo creciente durante cuatro días de conversación.
—¿Y qué tienes en mente? —pregunté.
Sofía dejó el tenedor en el plato y me miró directamente.
—Una videollamada. Él no sabe que vas a estar ahí. Tú te sientas fuera de plano, ves todo y no haces ningún ruido. Yo le doy lo que quiere ver. Y cuando cuelgue...
Levantó una ceja. No necesité que terminara la frase.
La llamada quedó para el sábado a medianoche. Sofía pasó la tarde eligiendo qué ponerse —al final optó por un camisón negro de tirantes finos que le llegaba a media muslo— y yo pasé esa misma tarde intentando aparentar calma mientras la deseaba de maneras que no sabía muy bien cómo articular. El voyeur que había en mí estaba despierto y hambriento desde hacía semanas.
A las once y cuarenta y cinco reorganizamos el salón. Sofía se sentó en el sofá de cara a la cámara del portátil. Yo me coloqué en el sillón a su derecha, fuera de plano, desde donde podía ver la pantalla y su perfil al mismo tiempo. Probamos la disposición tres veces hasta que la imagen quedó exactamente como ella quería. Cuando estuvo satisfecha, apagó la lámpara principal y dejó solo la de la mesilla: luz cálida y difusa, la clase que convierte cualquier escena en algo íntimo aunque no lo sea.
—¿Listo? —preguntó sin mirarme.
—Desde hace dos semanas —dije.
Sofía sonrió y pulsó conectar.
Nicolás tardó dos tonos en contestar. Su cara llenó la pantalla: mandíbula marcada, barba de tres días bien cuidada, los ojos oscuros y atentos bajo unas cejas espesas. Llevaba una camiseta gris y el pelo levemente revuelto. Era más guapo de lo que yo había imaginado leyendo las descripciones de Sofía, y ese detalle me tensó de una manera que no esperaba.
—Hola —dijo ella con una voz que yo nunca le había escuchado antes. Más ronca. Más deliberada, como si cada sílaba tuviera todo el tiempo del mundo—. Llevo toda la semana pensando en esta llamada.
Nicolás sonrió. Una sonrisa calculada, de alguien seguro de lo que tiene.
—Y yo. —Sus ojos recorrieron lo que podía ver de ella—. Ese camisón te queda bien.
—¿Sí? —Sofía inclinó la cabeza y bajó un tirante despacio, hasta el hombro—. ¿Y así?
Oyó el sonido que hizo Nicolás —algo a mitad de camino entre un suspiro y una maldición— y se permitió una sonrisa satisfecha. Desde el sillón, yo observaba las dos pantallas al mismo tiempo: la cara de Nicolás concentrada en Sofía, y el perfil de mi novia cobrando vida bajo esa mirada. Tenía los pies apoyados en el suelo, la respiración más lenta de lo habitual, intentando que mi cuerpo no delatara lo que estaba haciendo.
—Baja más —dijo Nicolás.
Sofía tiró del tirante con calma deliberada. El camisón cedió y su pecho quedó al descubierto: los pezones ya endurecidos, la piel levemente ruborizada. Nicolás soltó un juramento en voz baja.
—Quédate así. No te muevas.
Ella no se movió. Dejó que él mirara durante unos segundos que parecieron mucho más largos. Luego bajó el otro tirante. El camisón cayó hasta su cintura. Cruzó las manos sobre el vientre, los ojos fijos en la cámara, esperando con una paciencia que yo sabía que le costaba.
—Enséñame el resto —dijo Nicolás. Su voz era más espesa ahora.
Sofía levantó el camisón despacio por los muslos. Debajo no llevaba nada. Separó las rodillas hacia la cámara y deslizó una mano entre sus piernas sin apartar los ojos de la pantalla.
—Llevo así desde ayer —dijo—. Empapada solo de imaginarme esta noche.
Yo me desabroché el botón del pantalón sin darme cuenta. Tenía la garganta seca y el pecho apretado.
Nicolás había bajado el encuadre de su cámara. Cuando volvió a hablar, la voz le temblaba levemente.
—Cuéntame qué quieres que te haga.
Sofía cerró los ojos un segundo mientras sus dedos encontraban el ritmo.
—Quiero que me tumbes —respondió—. Que me abras y entres despacio. Para sentirlo todo.
—¿Solo despacio?
—Al principio —dijo ella—. Luego como quieras.
Nicolás empezó a hablar. Describió lo que haría con ella con una precisión que me sorprendió: no el vocabulario nervioso de alguien improvisando, sino el de alguien que había pensado en ello con anticipación. Sofía respondía con el cuerpo más que con palabras —un arqueamiento de espalda, un gemido contenido, los dedos moviéndose con más urgencia—, y el efecto combinado de los dos en aquella sala a media luz era algo que yo nunca había visto desde fuera: mi novia entera, sin filtros, entregada a una voz en una pantalla mientras yo miraba a dos metros de distancia.
Sofía alcanzó el cajón de la mesilla auxiliar que había dejado junto al sofá. Sacó el vibrador y lo mostró a la cámara, sosteniéndolo con una mano mientras la otra seguía moviéndose entre sus piernas.
—¿Quieres verme usarlo?
Nicolás contestó que sí con las palabras y con el cuerpo al mismo tiempo.
Ella lo encendió y lo deslizó despacio por el interior de su muslo mientras Nicolás seguía describiendo con detalle lo que quería hacerle. Cuando el vibrador llegó donde tenía que llegar, Sofía arqueó la espalda e hizo un sonido que yo reconocí de inmediato: era el sonido de cuando algo la coloca exactamente donde necesita estar. Cerró los ojos, la mano moviéndose con ritmo constante, la respiración entrecortada.
—Así —susurró—. Sigue hablando. No pares.
Nicolás habló. Yo escuchaba desde el sillón con la boca cerrada y el pecho tenso, viendo cómo mi novia se entregaba a esa voz con una libertad que me resultaba completamente nueva. No era la misma persona que conocía en la oscuridad de nuestra habitación. Era alguien más desinhibida, más consciente de cada gesto que hacía, más dueña de sí misma que nunca.
Era la misma persona, pero con una audiencia.
Nicolás llegó al clímax con la cara desencajada y los ojos fijos en la pantalla. Cuando terminó, se quedó unos segundos sin hablar, recuperando el aliento.
Sofía esperó. Luego apagó el vibrador, se lo apoyó en el muslo y sonrió a la cámara con esa dulzura suya que tiene algo de trampa.
—Qué rico... pero yo me he quedado con las ganas. Mi cuerpo quiere más. Otro día terminamos, guapo.
Y colgó.
***
La pantalla quedó negra. En el salón volvió a haber silencio, roto solo por la respiración de los dos y el zumbido apagado del vibrador que Sofía acababa de dejar sobre el sofá.
Se giró hacia mí. Tenía el pelo levemente alborotado, los labios entreabiertos, los ojos brillantes con algo que era a partes iguales deseo y satisfacción.
—¿Qué tal desde ahí? —preguntó.
Me levanté del sillón. Crucé el salón en cuatro pasos y la besé con todo lo que había estado conteniendo durante la última hora. Ella respondió con la misma intensidad, tirando de mi camiseta hacia arriba, arqueándose contra mí sin ningún preámbulo.
—Necesito que seas tú ahora —susurró contra mi cuello.
La tumbé sobre el sofá. Estaba ardiendo: más caliente, más abierta, más dispuesta de lo que la había sentido en mucho tiempo. Cuando entré en ella, los dos nos quedamos quietos un momento, solo respirando, dejando que la sensación ocupara todo el espacio disponible.
—¿Lo has visto todo? —preguntó mientras empezaba a moverse bajo mí.
—Todo.
—¿Cómo era desde fuera?
La miré a la cara, a centímetros de la mía, los ojos buscando los míos.
—Nunca te había visto así —dije—. Eras otra.
—Era yo —respondió—. Pero con sus ojos encima.
Aceleré el ritmo. Ella clavó los dedos en mis hombros. Nos movimos juntos con esa urgencia específica de cuando ya no queda nada que contenerse, cuando el deseo lleva demasiado tiempo acumulado y por fin encuentra donde ir.
—Imagínate que nos está mirando ahora —susurró—. Que ve todo lo que me haces.
Me corrí con esa imagen instalada en la cabeza: Nicolás en una pantalla oscura, Sofía completamente para mí, los tres en una dinámica donde solo dos habíamos acordado las reglas. Ella llegó justo después, apretándome con espasmos, los talones clavados en mis caderas.
Nos quedamos abrazados en el sofá durante un rato largo sin decir nada. La respiración de los dos fue calmándose poco a poco. Desde el techo llegó el sonido familiar: el cabecero de los vecinos del cuarto, otra vez, como si la noche entera hubiera decidido conspira en la misma dirección.
Sofía se rió en voz baja.
—Parece que no somos los únicos con ideas.
—Parece que no.
Un silencio. Luego, casi casual, como si fuera la cosa más natural del mundo:
—La próxima vez podríamos quedar con Nicolás en persona. Los dos.
No respondí. Dejé que la propuesta existiera en el aire del salón, pesando exactamente lo que tenía que pesar.
Pero los dos sabíamos que ya no era solo una fantasía.