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Relatos Ardientes

Me corro con las mujeres que invento al escribir

Son las dos de la madrugada y vuelvo a estar caliente por culpa de un relato que todavía no he terminado de escribir. Me pasa siempre. Empiezo con la intención de contar una historia, de ordenar las escenas, de elegir las palabras justas, y a la tercera frase ya no estoy contando nada: estoy viviéndolo. El cuento deja de ser un texto en la pantalla y se convierte en una mujer concreta, con un nombre que acabo de inventar, con una boca que solo existe en mi cabeza y que, sin embargo, siento tan real como el escritorio bajo mis codos.

Esta noche la protagonista se llama Mariela. La he descrito hace un par de párrafos: un vestido oscuro que se le ajusta a las caderas, el pelo recogido con descuido, los zapatos altos que se quita en cuanto cruza la puerta. La he hecho mía con cada adjetivo. Y ahora, mientras intento describir cómo se desnuda para el otro personaje, soy yo el que la mira hacerlo.

La polla me arde dentro del pantalón. No es una manera de hablar. Es un calor concreto, una presión que sube y que ya no me deja seguir tecleando con tranquilidad. Aparto las manos del teclado, me reclino en la silla y dejo que la imaginación haga lo que el texto ya no alcanza a contener.

Solo un momento, me digo. Solo hasta que se me pase y pueda volver a la frase.

Pero nunca es solo un momento.

***

Me bajo la cremallera despacio, como si alguien pudiera estar mirándome, aunque sé que estoy solo en el departamento. Saco la polla de su escondite y la tengo ya gruesa, dura, con la piel tensa de tanto aguantar. La aprieto en la base y noto el pulso latiéndome contra la palma. Está caliente, mucho más caliente que el resto del cuerpo, como si toda la sangre de esta hora se me hubiera concentrado ahí.

La mano empieza a moverse sola. Sube, baja, bajo la piel para descubrir el glande, oscuro y sensible, tan despierto que el primer roce me arranca un suspiro. Es un placer que he sentido mil veces y que, aún así, cada vez me parece nuevo. Hay algo casi mágico en esa contradicción: conocer perfectamente lo que viene y temblar igual ante la primera caricia.

Cierro los ojos y dejo de ser yo. Dejo de ser el tipo de la silla a las dos de la mañana y me convierto en el personaje de mi propio relato. Ya no es mi mano la que sube y baja: es la boca de Mariela. Una boca nueva, desconocida, húmeda y suave, que se ha cerrado alrededor de mi verga y ha tomado el control. La imagino arrodillada, mirándome desde abajo con esos ojos que yo mismo le inventé hace un rato, y siento cómo el ritmo de mi propia mano se acompasa al de su cabeza.

Con la otra mano le sujeto la nuca. En la fantasía la sujeto, le hundo los dedos en el pelo recogido, le pido sin palabras que no se detenga. Ella no se detiene. Va más hondo, más lento, y el calor de esa boca imaginada me recorre la columna entera.

***

Lo que más me excita no es solo el sexo que escribo. Es haberla construido yo. Cada detalle de Mariela salió de mi cabeza: la lencería carísima que llevaba bajo el vestido, el encaje que se le pegaba a la piel como una segunda capa, la manera en que se mordía el labio al desabrocharse. La he diseñado para que me guste exactamente a mí, sin un solo defecto, sin una sola concesión. Y por eso me responde como nadie real respondería: justo como yo quiero, en el instante exacto en que lo deseo.

La mano se me acelera un poco. Pienso en sus pechos, que también describí, turgentes y sensibles, en cómo se le endurecían los pezones cuando el otro personaje los lamía. Me imagino esa boca recorriéndome el cuello, bajando por el pecho, mientras mis dedos buscan entre sus piernas y encuentran el clítoris hinchado, resbaladizo, latiendo bajo la yema. La acaricio en círculos lentos en mi cabeza y ella gime, y ese gemido inventado me sube por dentro como si lo estuviera oyendo de verdad.

Toda la escena que llevo escribiendo desde hace una hora se me viene encima de golpe. La mujer del vestido elegante, la ropa interior que cae al suelo, el primer beso largo, el momento en que ella se sienta a horcajadas. Cada frase que tecleé es ahora una imagen, y cada imagen me aprieta los huevos un poco más. Los siento llenos, cargados, pesados desde el primer párrafo, como si hubieran estado acumulando todo este tiempo de pura anticipación.

***

Bajo la mano libre. Acaricio el escroto, lo rozo apenas, y el placer cambia de textura, se vuelve más sordo y más profundo. Un dedo, casi por su cuenta, se desliza más atrás y juega en el borde de mi propio ano, tanteando, presionando suave. Es un territorio que casi nunca exploro, y precisamente por eso me electriza. La fantasía se desdobla: soy el hombre que la penetra a ella y, al mismo tiempo, soy el cuerpo que se abre a una caricia nueva, prohibida, deliciosa.

En mi cabeza, Mariela se ha dado la vuelta. Le acaricio las nalgas, firmes y tibias, y deslizo un dedo explorador hacia ese otro punto tan estrecho, tan caliente y húmedo como su boca. La imagino tensándose y luego cediendo, abriéndose para mí con un gemido contenido, y mientras lo pienso mi propio dedo repite el gesto sobre mi piel. Es la primera vez que aguanta una embestida así, me digo en la ficción, y ese «por primera vez» me enloquece más que ninguna otra cosa.

El ritmo de las dos manos se sincroniza. Una en la polla, rápida ya, sin disimulo; la otra atrás, presionando al compás. La respiración se me ha vuelto entrecortada. Suelto el aire por la boca en pequeños jadeos que rebotan en el silencio del departamento y me dan un poco de vergüenza y mucho más placer.

***

Ya no pienso en frases. Ya no hay relato, ni pantalla, ni protagonista con nombre. Solo queda el cuerpo, el calor, la presión que se concentra en un punto y empieza a desbordarse. La polla está al límite. La aprieto, aflojo, la aprieto otra vez, retrasando a propósito lo que sé que es inevitable, alargando el filo unos segundos más porque el borde es casi mejor que la caída.

Pienso en todas ellas a la vez. No solo en Mariela: en todas las mujeres que he inventado a lo largo de los años, las que ya tienen su relato terminado y las que todavía esperan en borradores a medias. Las invoco a todas, las junto en un mismo cuarto imaginario, y siento que cada una me reclama. Boca, manos, lenguas, pieles que solo existieron en una pantalla y que ahora me rodean, me tocan, me empujan al precipicio.

El placer sube como una marea que ya no obedece. Los muslos se me tensan, el vientre se contrae, el aire se me queda atascado en la garganta. Aprieto los párpados con tanta fuerza que veo destellos.

Y entonces estallo.

***

El orgasmo es largo, profundo, de los que parten en dos. Me corro con un gemido ronco que no controlo, en oleadas que se suceden una tras otra, cada una un poco menos violenta que la anterior pero todas igual de absolutas. La leche cae sobre mi mano, sobre el vientre, tibia y espesa, y en mi cabeza cae sobre todas ellas: sobre la boca de Mariela, sobre sus pechos, sobre la piel de cada mujer que alguna vez puse en una página.

Me corro sobre mis propias historias. Las lleno a todas, las marco a todas, las hago mías de la única forma en que de verdad pueden serlo: dentro de mi cabeza, donde nadie más entra y donde nada me está prohibido.

Me quedo quieto unos segundos, con la respiración disparada y el corazón golpeando. Poco a poco el cuarto vuelve a su sitio: el escritorio, la lámpara, el zumbido del ventilador, la pantalla todavía encendida con la frase a medio escribir. Mariela vuelve a ser solo eso, palabras en un documento. Y yo vuelvo a ser yo, un tipo despeinado a las dos y media de la madrugada con la mano sucia y una sonrisa idiota.

***

Me limpio, me acomodo, recupero el aliento. Releo el último párrafo que había dejado a medias y me río solo, porque ni siquiera tiene sentido: lo escribí ya demasiado caliente, las palabras salieron atropelladas, hay una coma donde debería ir un punto y un adjetivo repetido dos veces. No importa. Lo arreglaré mañana.

Porque eso es lo que nadie entiende cuando me preguntan por qué escribo estos relatos si casi nadie los lee. No los escribo para que los lean. Los escribo para esto: para el instante exacto en que la historia deja de ser mía y se vuelve carne, en que una mujer que no existe me hace temblar más que muchas que sí existieron.

Apago la lámpara. Dejo el documento abierto, con el cursor parpadeando al final de la frase inconclusa, esperándome. Mañana habrá otra escena, otra mujer, otro nombre inventado. Y otra vez, sin remedio, terminaré corriéndome con todas ellas.

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Comentarios (5)

Tomas_lector

Increible... me dejo sin palabras. Pocas veces lei algo tan honesto.

Florencia_R

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de mas. Se nota que hay algo personal ahi adentro.

EscrituraNocturna

que relato tan unico!!!

MarceloFC

Se siente muy real, eso es lo que lo hace especial. Muy bueno.

Noctua_Ros

Me recordo a noches en que yo tambien mezclo lo que imagino con lo que siento. Excelente, de verdad.

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