Mi primera doble penetración fue estando sola
Hola otra vez, queridos lectores. Hoy quiero contarles cómo fue mi primer encuentro de verdad con la doble penetración, aunque quizá la palabra «encuentro» no sea la más exacta, porque en aquella primera vez no había nadie más en la habitación que yo.
Como ya saben quienes me siguen, desde que empecé a descubrir mi propio cuerpo siempre me han fascinado los tríos de dos hombres y una mujer. El primer vídeo que vi a escondidas, con el corazón a mil y el volumen casi en cero, era justamente eso: una chica entre dos tipos que la usaban a la vez. Desde ese día se me quedó la idea clavada, como una espina dulce que no terminaba de soltarme.
La fantasía de estar follada por delante y por detrás al mismo tiempo me acompañó durante años. La imaginaba en la ducha, antes de dormir, en los ratos muertos del autobús camino al trabajo. Pero una cosa es soñarla y otra muy distinta es atreverse. Y antes de buscar a dos hombres de carne y hueso, quise saber qué sentía. Quise probarlo a mi manera, sin prisas y sin testigos.
En un relato anterior les conté que, cuando me compré mi segundo vibrador, metí en el mismo pedido una caja de preservativos y un bote de lubricante. Ya se imaginarán para qué. Llevaba semanas con esos juguetes guardados en el cajón de la mesilla, debajo de una pila de calcetines, esperando el momento adecuado. El problema era que en casa nunca había momento adecuado.
***
El momento llegó un viernes de pleno verano. Mis padres y mi hermano se marchaban a pasar el fin de semana a la casa del lago, con mis tíos, y a mí me tocaba quedarme. Inventé que tenía la fiesta de cumpleaños de Marina, mi mejor amiga, y que prefería dormir en mi cama. Nadie sospechó nada. Cuando el coche se alejó por la calle y el ruido del motor se perdió, me quedé de pie en el recibidor, escuchando el silencio de la casa entera para mí.
Tenía toda la noche. Tenía todas las habitaciones. Y tenía esa idea que llevaba meses rondándome.
No corrí al dormitorio de inmediato. Quería que fuese algo lento, casi una ceremonia. Me preparé una copa de vino blanco, me di una ducha larga, me afeité con calma y dejé que el agua caliente me relajara cada músculo. Mientras me secaba frente al espejo me miré de un modo en que no solía mirarme: con ganas. Tenía las mejillas encendidas antes incluso de empezar.
Cerré las cortinas del cuarto aunque no hiciera falta, encendí solo la lámpara de la mesilla y puse un audio-relato en el móvil. Últimamente me ponían más los audios que los vídeos; me gustaba imaginar las caras, los cuerpos, los detalles que la voz solo sugería. Elegí uno en el que dos hombres se turnaban con una mujer, para estar acorde con lo que tenía pensado. Los primeros susurros de aquella grabación me erizaron la piel.
Saqué del escondite mis dos vibradores, los condones y el lubricante, y lo dispuse todo sobre la cama como quien ordena sus herramientas antes de un trabajo importante. Estaba caliente sin haberme tocado todavía. Podía notar la humedad entre las piernas solo de pensar en lo que iba a hacer.
***
Me desnudé del todo y me tumbé boca arriba sobre las sábanas frescas. La voz del audio llenaba la habitación. Llevé una mano hasta el clítoris y empecé a acariciarme en círculos lentos, sin prisa, dejando que la tensión fuera subiendo sola. Con la otra mano tomé el primero de los vibradores, lo paseé por mi sexo para empaparlo y, cuando estuvo bien resbaladizo, lo deslicé dentro de mí.
Solté el aire de golpe. Lo dejé en la velocidad más baja, una vibración suave y constante que me mantenía al borde sin empujarme del todo, y entonces empecé a ocuparme de la otra parte del plan.
Me mojé el dedo índice con mi propia humedad y lo llevé despacio hasta el ano. Dibujé círculos alrededor, presionando apenas, acostumbrándome a la idea antes que a la sensación. Después abrí el lubricante, me embadurné los dedos y me apliqué una buena cantidad. La primera vez que metí la punta del índice contuve la respiración. Sentí cómo el músculo se resistía un segundo y luego cedía, abriéndose alrededor de mi dedo. Era una sensación rara, nueva, pero para nada desagradable.
Esperé. No tenía ninguna prisa y eso era justamente lo mejor de estar sola: nadie marcaba el ritmo más que yo. Cuando noté que el cuerpo se relajaba, eché más lubricante y añadí un segundo dedo. Esa vez sí me molestó. Me ardía un poco, una quemazón leve que me hizo arrugar la frente.
Dejé los dedos quietos dentro y, con la otra mano, seguí jugando con mi clítoris para no perder la excitación. Funcionó. El placer de delante fue tapando la incomodidad de atrás, y poco a poco el ardor se transformó en otra cosa, en una presión que empezaba a gustarme más de lo que esperaba. Tenía la respiración entrecortada y pequeños gemidos se me escapaban sin que pudiera evitarlo.
Necesitaba correrme. Lo necesitaba con una urgencia casi dolorosa. Pero me había prometido algo: el primer orgasmo de la noche tenía que ser con los dos juguetes dentro a la vez. Quería que mi primera doble penetración, aunque fuese conmigo misma, fuese exactamente la fantasía que tantas veces había imaginado. Así que apreté los dientes y aguanté.
***
Repetí el proceso con un tercer dedo, sumando lubricante cada vez, hasta que sentí que el cuerpo estaba listo. Entonces saqué un preservativo de la caja y se lo puse al segundo vibrador. No tenía a nadie a quien explicárselo, pero la higiene es la higiene, y la idea de hacerlo bien me daba una calma extraña. Eché más lubricante en el ano y embadurné también el juguete hasta dejarlo brillante.
Por un momento saqué el vibrador de mi sexo para concentrarme. Apoyé la punta del otro contra mi ano, me relajé todo lo que pude y empujé. Cuando la cabeza entró se me escapó un gemido largo, mitad sorpresa, mitad placer. Me quedé quieta, dándole a mi cuerpo el tiempo de entender lo que estaba pasando. Después empujé el resto, despacio, milímetro a milímetro, hasta que lo tuve entero dentro de mí.
Fue, como les decía, una sensación muy rara. Una plenitud que no había sentido nunca, una presión que llenaba un espacio que ni sabía que estaba vacío. Y de nuevo: rara, sí, pero no en el mal sentido. En el mejor de todos.
Esperé unos minutos para acostumbrarme a esa invasión. Luego empecé a moverlo, primero con cuidado y después con más confianza, follándome el culo a mi propio ritmo. Con la mano libre tomé el primer vibrador y volví a hundirlo en mi sexo. Y ahí estaba: empalada por delante y por detrás, exactamente como tantas noches había soñado, cumpliendo la fantasía de alguna manera, aunque fuese a solas y con mis propias manos.
***
Sabía que no iba a aguantar mucho más. Así que dejé de contenerme y empecé a moverme con los dos juguetes a la vez. Tardé un poco en encontrar el ritmo, pero cuando lo encontré fue como descubrir una coreografía secreta de mi propio cuerpo: cuando uno entraba en mi vagina, el otro salía de mi culo, y al revés, en un vaivén continuo que no me dejaba un solo segundo de respiro. Para colmo, cada vez que empujaba el vibrador de delante, el dorso de mi mano me rozaba el clítoris.
El placer subía en oleadas. Ya ni siquiera escuchaba el audio; las voces se habían convertido en un murmullo de fondo, eclipsadas por mi propia respiración y por los sonidos húmedos de los juguetes. Cerré los ojos y me dejé llevar por las imágenes que tenía dentro de la cabeza, esas dos figuras sin rostro que llevaba años inventando.
Noté cómo los músculos se me tensaban por dentro. Tenía una sensación extraña, como de querer empujar algo hacia fuera, una presión que crecía sin parar. Arqueé la espalda contra el colchón y se me retorcieron los dedos de los pies. Estaba cerca, tan cerca que casi me daba miedo.
Aumenté el ritmo. Más fuerte. Más hondo. Me follaba a mí misma con una furia que no me reconocía, como si quisiera alcanzar algo que se me escapaba por poco. Y entonces llegó.
Solté el gemido más fuerte que había dejado escapar en toda mi vida, un sonido que rebotó contra las paredes de la habitación vacía, al mismo tiempo que el orgasmo más intenso que había sentido hasta aquel momento me atravesaba de arriba abajo. Las piernas me temblaron sin control. Las sábanas quedaron empapadas debajo de mí. Me quedé tendida, jadeando, con los dos juguetes todavía dentro y una sonrisa tonta en la cara.
***
Tardé un buen rato en recuperar el aliento. Los saqué con cuidado, uno y luego el otro, y me quedé mirando el techo mientras el corazón volvía poco a poco a su sitio. Pensé que si una doble penetración a solas era capaz de hacerme sentir aquello, no quería ni imaginar lo que sería con dos hombres de verdad.
Algún día, me dije. Algún día lo intentaré de verdad.
Pero esa, queridos lectores, es otra historia que todavía no estoy lista para contar. Por ahora me quedo con aquella noche de verano, la casa entera para mí sola y mi primer encuentro, torpe y maravilloso, con una de mis fantasías más antiguas.