La ducha que me hizo llegar tarde esa mañana
El despertador sonó a las siete y media y yo ya estaba despierto por dentro, aunque tuviera los ojos cerrados. Lo primero que noté, antes incluso que el ruido, fue la presión tirante entre las piernas. Una de esas erecciones de la mañana que no piden permiso, que aparecen mientras uno todavía está a medias en un sueño que se escapa.
Y vaya sueño. No conseguía recordar las imágenes, solo la sensación: piel, calor, una boca que se acercaba muy despacio. Estiré el brazo, golpeé el botón del despertador para que se callara, y la habitación quedó en silencio. Me quedé un momento boca arriba, con la sábana levantada como una tienda de campaña, sonriendo solo.
Me la acomodé por encima de la ropa, casi sin pensarlo, una caricia lenta a través del algodón del pijama. Joder, qué manera de empezar el día. Tenía que ducharme y salir corriendo, lo sabía, pero el cuerpo me pedía otra cosa muy distinta.
Me levanté con torpeza, me ajusté los pantalones del pijama como pude para que la tela no tirara, y crucé el pasillo hacia el baño arrastrando los pies. Mi piso era pequeño, las paredes finas, y a esa hora todavía olía al café que no me había hecho. Cerré la puerta del baño detrás de mí.
Abrí el grifo y esperé apoyado en el lavabo a que el agua dejara de salir helada. Me miré en el espejo mientras el vapor empezaba a empañarlo: pelo revuelto, marca de la almohada en la mejilla y, más abajo, la prueba evidente de que aquello no se iba a resolver solo con agua fría. Ni siquiera quería que se resolviera con agua fría.
***
El agua ya salía caliente cuando me metí en la ducha. El primer chorro en la nuca siempre era mi parte favorita del día, ese momento en que los hombros se sueltan y el cuerpo entiende que ya no está dormido. Dejé que el calor me recorriera la espalda un buen rato, con la frente apoyada en los azulejos.
La erección no había bajado. Al contrario: el calor y el vapor parecían alimentarla. Decidí que no tenía ningún sentido pelearme con ella. Tenía prisa, sí, pero hay prisas que pueden esperar cinco minutos.
Cogí el bote de jabón líquido y me eché un buen chorro en la palma. Empecé por abajo, sin tocarme directamente todavía, masajeándome los testículos con la mano enjabonada. Los notaba pesados, cargados, tensos de la noche entera acumulando ganas. Mi polla dio un tirón impaciente, como reclamando su turno.
La agarré por la base con dos dedos y subí muy despacio, extendiendo el jabón desde el tronco hasta la punta. La espuma hacía que la mano se deslizara sin ningún esfuerzo, y solté un suspiro largo, vaciando todo el aire de los pulmones de golpe. El agua me caía de costado, lo justo para no quedarme frío, mientras el resto del cuerpo quedaba protegido bajo el chorro.
Apoyé la espalda en la pared de la ducha. El azulejo estaba tibio, resbaladizo, y la postura me dejaba las dos manos libres. Con una me sujetaba la base. Con la otra empecé el ritual de verdad.
***
Bajé la piel del prepucio despacio, descubriendo el glande del todo, y formé un anillo con el índice y el pulgar. Penetré ese anillo con mi propia carne hasta llegar al surco que separa la cabeza del tronco, y volví a subir. Abajo y arriba, sin prisa, concentrándome en ese punto exacto donde la sensación se vuelve casi insoportable de tan buena.
Me detuve en la corona, dándole vueltas con el pulgar, repartiendo la humedad que ya empezaba a brotar mezclada con el jabón. Despacio. No hay prisa. Bueno, sí la hay, pero al diablo. Cada vez que rozaba la zona más sensible se me escapaba un temblor en las piernas.
Empecé a notar que goteaba, ese líquido transparente y espeso que aparece cuando el cuerpo ya sabe lo que viene. Paré la mano de golpe. Conocía mi propio juego: si seguía a ese ritmo, aquello duraba treinta segundos y se acababa la fiesta. Y yo no quería que se acabara tan pronto.
Cambié de mano, pero no sin antes darme una caricia larga desde la base hasta la punta, una especie de ordeño lento que me arrancó un gemido apretado entre los dientes. Con la otra mano descansada y todavía resbaladiza de jabón, volví a empezar, esta vez desde más abajo, abarcando todo el tronco.
***
Estaba durísimo. Cuando bajé la vista, vi la vena del dorso marcada bajo la piel tensa, el glande hinchado y de un rosa brillante que solo aparece cuando todo va en serio. Tragué saliva. El espejo del baño ya estaba completamente empañado y el aire pesaba de tanto vapor.
Empecé a subir y bajar la mano, esta vez sin frenarme tanto. El sonido del jabón, el del agua, mi propia respiración cada vez más rápida: todo se mezclaba en un ruido húmedo que llenaba la ducha. Cerré los ojos y dejé que la cabeza se fuera de nuevo a ese sueño a medias, a esa boca imaginaria que se abría para mí.
La mano se me iba sola, cada vez más deprisa. Aquello había dejado de ser una simple paja: me estaba follando mi propia mano, embistiendo las caderas hacia delante para encontrarme con ella, como si tuviera enfrente algo más que azulejo y vapor. Abrí los ojos un segundo y la imagen de mi glande hinchado, brillante bajo la luz blanca del baño, me puso todavía peor.
Empecé a jadear sin disimulo. Con la mano libre me agarré los testículos, los noté contraídos, subidos, listos. Joder, qué cachondo estoy. El calor empezaba a concentrarse en un punto bajo del vientre, una bola de tensión que crecía con cada movimiento.
Aumenté el ritmo. Y luego un poco más. La espalda se me pegó del todo a la pared, las rodillas me empezaron a fallar, y noté que estaba al borde. Lo sentía subir, esa cuenta atrás que el cuerpo lleva solo. Mmmm. Estaba cerca. Lo tenía ahí mismo.
***
Mi polla empezó a palpitar contra mi mano, ese latido inconfundible que avisa de que ya no hay vuelta atrás. Y entonces hice algo que me encanta y que me cuesta horrores: paré. Apreté con fuerza justo debajo del glande, conteniendo los espasmos a medio camino, quedándome temblando en el filo exacto entre el casi y el todavía no.
Fue una tortura deliciosa. El cuerpo entero me pedía soltarlo, las caderas se me movían solas buscando lo que les negaba, y yo apretaba los dientes para aguantar unos segundos más en ese punto donde el placer se vuelve casi dolor. Aguanté. Conté hasta cinco. Hasta diez.
Y solté.
El primer chorro salió disparado con una fuerza que no me esperaba, tanta que llegó hasta el cristal de la mampara y se quedó pegado ahí, resbalando despacio. Solté un gemido largo que se me escapó sin control mientras el segundo y el tercero seguían saliendo, espesos y blancos, uno detrás de otro.
Fueron seis o siete sacudidas en total, aunque las últimas perdieron fuerza y me cayeron en los pies, mezclándose enseguida con el agua que corría hacia el desagüe. Me quedé apoyado en la pared, con la mano todavía sujetándome, viendo cómo el semen resbalaba lentamente por el cristal empañado.
Solté todo el aire de golpe. No me había dado cuenta de que llevaba un buen rato conteniendo la respiración, y al vaciar los pulmones las piernas me temblaron un poco, como si acabara de subir corriendo cuatro pisos. Una risa floja se me escapó solo. Vaya forma de empezar el lunes.
Dejé que el agua caliente se llevara los restos, enjuagué el cristal con la alcachofa de la ducha y me quedé un momento más bajo el chorro, con los ojos cerrados y la cabeza completamente en blanco, esa paz tonta y absoluta de después.
***
Y justo cuando empezaba a relajarme de verdad, la realidad volvió a la carga.
PUM PUM PUM. Tres golpes secos contra la puerta del baño que me sacaron del trance de un susto.
—¡Bruno! ¡Sal ya, que llegamos tarde! —la voz de mi compañero de piso atravesó la madera, impaciente.
Miré el reloj sumergible que tenía pegado en los azulejos y se me cayó el alma a los pies. Llevaba casi veinte minutos ahí dentro. Veinte. El sueño, el ritual, el aguantar y soltar: todo aquello que en mi cabeza habían sido cinco minutos se había comido media mañana.
—¡Ya voy, ya voy! —grité, cerrando el grifo a toda prisa.
Salí de la ducha resbalando, agarré la toalla y empecé a secarme a manotazos mientras buscaba la ropa con la otra mano. El espejo seguía empañado, mi pelo era un desastre y todavía me temblaban un poco las rodillas, pero por dentro había una calma que ninguna prisa podía quitarme del todo.
Me vestí en tiempo récord, salté por encima de los charcos del suelo y abrí la puerta del baño con una sonrisa que no supe disimular. Mi compañero me miró de arriba abajo, con el abrigo ya puesto y las llaves en la mano.
—¿Se puede saber qué hacías ahí dentro tanto rato? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Despertarme bien —contesté, pasando por su lado hacia la cocina—. Hay días que necesitan un buen comienzo.
No dijo nada más. Yo me serví el café de un trago, todavía con la piel caliente y el cuerpo flojo, y pensé que sí, que llegaría tarde, pero que merecía la pena. Algunas mañanas piden exactamente eso: una ducha larga, una fantasía a medio recordar y veinte minutos robados al reloj para uno mismo.
Y, sinceramente, no me arrepentí ni un segundo.