Lo que hice en el baño del hospital durante mi parto
Hace unos meses, una amiga que trabaja como fisioterapeuta y matrona me contó algo que jamás se me habría ocurrido. Se llama Elena, y una tarde, entre cafés, me explicó que muchas embarazadas recurren a la masturbación durante las contracciones para que el dolor sea más llevadero y, con el orgasmo, ayudar a que el parto avance.
Al principio me reí. Pensé en quién demonios podría pensar en correrse en medio de unos dolores que yo imaginaba terribles, partida en dos sobre una camilla. Pero Elena hablaba con esa seguridad de quien ha visto pasar cientos de partos, y la idea se me quedó clavada como una astilla.
Durante todo el embarazo había usado un aceite que ella misma me recomendó. Marcos me daba masajes en la zona del perineo dos veces al día para aumentar la elasticidad y evitar un desgarro. Empezó siendo un trámite clínico, casi médico, pero terminó siendo otra cosa. Sus dedos aprendieron mi cuerpo de una manera nueva, y más de una noche el masaje acababa conmigo mordiendo la almohada.
Yo siempre fui de las que no le tienen miedo a su propio deseo. Antes de quedarme embarazada había probado cosas que Marcos ni se imaginaba, y guardaba en algún cajón de la memoria experiencias que aún me ponían la piel de gallina si las dejaba salir. Pensé que el embarazo iba a apagar todo eso, pero fue al revés: nunca me sentí tan sensible, tan a flor de piel, tan dispuesta.
Así que cuando leí en internet decenas de testimonios de mujeres que aseguraban haberse corrido vivas entre contracción y contracción, dejé de reírme. Soy curiosa, y desde siempre he sido demasiado cachonda para mi propio bien. Decidí que no me iba a perder esa experiencia.
Al preparar la bolsa del hospital, metí en el neceser, entre el cepillo de dientes y la crema de manos, un vibrador de bala rosa metalizado, pequeño y discreto.
—¿Estás loca? —dijo Marcos cuando se lo conté—. ¿Y si entra la matrona a ver cómo vas y te encuentra ahí dándole alegría al asunto?
—Si es una matrona medianamente informada, conocerá el método y lo respetará —contesté—. Nunca leí que arrestaran a una parturienta por masturbarse.
Él movió la cabeza, entre escandalizado y resignado. Me conocía lo suficiente como para saber que cuando se me mete algo entre ceja y ceja, no hay quien me pare.
***
El día llegó una madrugada de finales de marzo. Las primeras contracciones me despertaron como un puño cerrándose por dentro, cada vez más seguidas, más profundas. Desoí a Marcos, que quería salir corriendo al hospital, y le hice caso a Elena: como todavía no había perdido el tapón mucoso, llené la bañera de agua caliente y me sumergí.
El agua ayudaba. Entre oleada y oleada de dolor, flotaba con los ojos cerrados, respirando como me habían enseñado en el curso de preparación. Pero cuando la casa empezó a quedárseme pequeña, cogí la bolsa y nos fuimos.
Me instalaron en la habitación donde pasaría también los días después del parto. Solo me dejaron una pelota de pilates, en la que me senté un buen rato, balanceándome, muerta de dolor con cada contracción. Marcos me sostenía la mano y me secaba el sudor de la frente con una toalla.
Hasta que decidí que había llegado el momento de la acción.
Me levanté, fui hasta la bolsa y rescaté mi neceser. Marcos empezó a protestar en voz baja, que vaya ideas, que iba a coger una infección, que esto no era una película.
—Me voy al baño —le dije—. Dejaré la puerta entornada por si me mareo. Si viene alguien del personal, les dices que estoy haciendo pis. No aguanto este dolor, y si el orgasmo lo alivia, ¿qué pierdo?
Le di un beso largo, con lengua, sujetándole la nuca, y me encerré.
Lo primero fue apoyar el móvil en el tocador, sobre el neceser, encuadrando el inodoro completo. Quería tener el recuerdo entero. Programé la grabación con diez segundos de margen, me senté en la taza lo más cómoda que pude y saqué la bala.
Como tenía el móvil grabando, no podía poner ningún vídeo que me sirviera de gasolina, así que cerré los ojos y busqué en mi memoria. Tiré de un recuerdo muy concreto, de los años anteriores a Marcos, cuando yo era otra mujer mucho más salvaje.
***
Fue durante unas vacaciones, en casa del abuelo de una amiga. Ella estaba fuera casi todo el día en una academia, y yo me quedaba sola en aquel caserón con don Aurelio, un viejo de espalda ancha y manos enormes que aún conservaba algo de aquel hombre que debió de ser de joven.
Una mañana salió de la ducha pensando que no había nadie en la casa. Lo vi cruzar el pasillo con la toalla a medio anudar, y lo vi a él, todo él. No pude callarme.
—Qué bien dotado está usted —le solté, descarada.
El viejo se quedó de piedra, pero su cuerpo respondió antes que su orgullo, y se le levantó allí mismo, despacio, como un mástil. Yo estaba en esa época loca en la que el peligro me daba más morbo que miedo. Me saqué los pechos sin que me lo pidiera.
Me hizo una seña hacia su dormitorio. Allí me chupó los pezones con una avidez que no esperaba de un hombre de su edad, mientras yo se la masturbaba despacio, sintiendo su grosor en la palma. Después me senté encima a horcajadas y me lo follé yo, marcando el ritmo, hasta que se corrió dentro. Luego bajó la cabeza entre mis piernas y me lo limpió todo con la lengua, y me provocó uno de los mejores orgasmos de mi vida.
Nos vimos un par de veces más, siempre a media mañana, siempre con la casa en silencio. Yo le pedí dinero, medio en broma, medio en serio, y él me lo dio sin rechistar, siempre más de lo que yo esperaba. Había algo en ese intercambio, en ese hombre mayor pagando por mí como si yo fuera un capricho imposible, que me encendía de una forma que entonces no sabía nombrar. La última vez me abrió el culo despacio, con paciencia, mientras me acariciaba con un dedo por delante, y fue algo que todavía recuerdo con un escalofrío en la nuca.
***
Sentada en aquel inodoro del hospital, con la barriga enorme y una nueva contracción tensándome la espalda, deslicé la bala por mi clítoris hinchado y volví a ese cuarto, a esas manos.
Me imaginé que iba a visitarlo a la residencia donde sé que vive ahora, vestida de enfermera, que cerraba la puerta, que me quitaba la bata y le bajaba el pantalón del pijama para comprobar si aquel hombre todavía respondía como entonces. La fantasía me daba igual de absurda que excitante, y eso era justo lo que necesitaba.
El vibrador zumbaba contra mi clítoris en círculos cerrados, los mismos que sus dedos habían dibujado años atrás. Mi cuerpo, tan tenso por el parto, encontró otra clase de tensión, una que conocía bien y que sabía hacia dónde iba.
Apreté los dientes para no gemir demasiado fuerte. La habitación estaba al otro lado de la puerta, el hospital entero respiraba ahí fuera, y eso me ponía todavía más. Pensé en don Aurelio entrando por detrás, en su boca caliente, en el peso de su cuerpo, y dejé que la imagen me llevara.
Me corrí con una sacudida larga que me recorrió de los muslos al pecho, mordiéndome el labio hasta hacerme daño. Y Elena tenía razón: durante esos segundos, el dolor de las contracciones desapareció por completo, disuelto en otra cosa mucho más antigua y más mía.
Pero el orgasmo también desató lo demás. Sentí un chorro tibio entre las piernas y comprendí que acababa de romper aguas. Una contracción brutal me dobló por la mitad. Paré el móvil como pude, lo apagué con dedos temblorosos y llamé a voces.
—¡Marcos! ¡Ya está, ya viene!
Él entró pálido, entre asustado y orgulloso de que me hubiera salido con la mía. Mientras me ayudaba a levantarme, le susurré al oído:
—Ya verás el vídeo cuando volvamos a casa.
***
Parí sin epidural, bastante rápido, como si aquel orgasmo le hubiera dado permiso a mi cuerpo para abrirse. La leche me subió esa misma noche, y al tener por fin a mi hija sobre el pecho, sentí que todo aquel atrevimiento había sido, además de placer, una forma de no rendirme al miedo.
Hace unos días que estamos en casa. Tengo leche de sobra, y cuando la niña se sacia y se duerme, dejo que Marcos me vacíe lo que queda. Le encanta. A veces, después, me pasa la punta de la polla por los pezones mojados y se pone malísimo, y yo, aunque la cuarentena me lo prohíba todavía, disfruto viéndolo perder la cabeza.
Estoy esperando a dejar de sangrar para volver a la normalidad. Pero antes, sin que nadie lo sepa, quiero probar yo sola con el vibrador grande, bien untado de lubricante, para comprobar cómo ha quedado todo ahí abajo después de la batalla.
Marcos ya vio el vídeo en el ordenador. Lo mira una y otra vez, y mientras flipa con el descaro de su mujer, se masturba sin parar. Dice que es lo más excitante que ha visto nunca. Y yo, que conozco la historia completa que pasaba por mi cabeza esa noche, sonrío y me lo guardo para mí.