No puedo dormir cuando pienso en lo que me hacías
¿Me extrañaste hoy? No me mientas. Apuesto a que sí, igual que yo te extraño ahora, a esta hora absurda en la que debería estar dormida y en cambio estoy escribiéndote esto que probablemente nunca te envíe.
Tengo un sueño que me pesa en los párpados, pero el cuerpo no me obedece. Doy vueltas en la cama desde hace media hora. Las sábanas son nuevas, las compré la semana pasada, y cada vez que me muevo rozan mi piel desnuda con una suavidad que casi me molesta. Casi. Porque la verdad es que me gusta. Me gusta cómo se siente la tela contra los muslos, contra la espalda, contra los pechos cuando me giro de costado.
Y entonces apareces tú. Sin avisar, como siempre. Basta un instante de quietud para que tu recuerdo se cuele entre las sábanas y se acueste a mi lado.
Empiezo a sentir cómo mis pezones se endurecen. No hago nada para provocarlo, ocurre solo, con pensarte. Cierro los ojos y ahí estás: tu voz baja, esa manera tuya de decir mi nombre cuando ya no aguantas más. Un cosquilleo me sube desde el estómago y se instala más abajo, entre las piernas, en forma de latido. Un latido lento, insistente, que reconozco demasiado bien.
Te quiero dentro de mí. Así, sin rodeos. Es lo único que pienso cuando me despierto a mitad de la noche con el cuerpo encendido y la cama vacía.
Bajo una mano por mi vientre. Despacio, alargando el momento, porque sé que en cuanto llegue ya no habrá vuelta atrás. Mantengo los ojos cerrados y dejo que tu imagen ocupe todo el espacio detrás de mis párpados. Separo los labios con dos dedos y me sorprende, como siempre, lo mojada que estoy. Solo de pensarte. Solo de imaginar que eres tú quien está ahí.
El primer roce me arranca un suspiro. La yema de mi dedo apenas se desliza y un escalofrío me eriza la piel de los brazos. Es ridículo el poder que tienes sobre mí incluso en tu ausencia. Estás a kilómetros de distancia, dormido seguramente, sin saber lo que provocas, y aquí estoy yo, retorciéndome entre las sábanas con tu nombre en la boca.
Dibujo círculos sobre mi clítoris, primero suaves, luego un poco más firmes. Mi cadera empieza a moverse sola, buscando, exigiendo. Pienso en lo que me dirías si me vieras así. En cómo te morderías el labio. En cómo, probablemente, te la estarías tocando tú también mientras me miras, sin tocarme todavía, dejándome a propósito al borde de la desesperación. Te encanta ese juego. Te encanta verme rogar.
Mírame, te diría. Mira lo que haces conmigo aunque no estés.
Subo la otra mano a mis pechos. Los aprieto, juego con los pezones entre los dedos, tiro de ellos con la fuerza justa, esa que tú aprendiste a medir mejor que yo. Me incorporo un poco, me llevo uno a la boca y lo lamo. Es delicioso. Tiene algo de obsceno hacerme esto a mí misma, y eso lo vuelve más excitante todavía.
Hundo el dedo índice en mí y se me escapa un gemido que ahogo contra la almohada. No es suficiente. Nunca es suficiente con uno solo. Mi cuerpo te reclama a ti, tu peso, tu manera brusca de entrar de una sola vez cuando ya no puedes contenerte. Pero esta noche solo me tengo a mí, así que tendré que conformarme.
Meto un segundo dedo. Empiezo a moverme contra mi propia mano, marcando un ritmo que conozco de memoria, el mismo que tú me enseñaste sin darte cuenta. Estoy con la boca abierta, jadeando, gimiendo bajito, imaginando que eres tú quien me llena, quien me embiste, quien me sujeta de las caderas para hundirse más hondo.
La mano va cada vez más rápido. Mis muslos tiemblan, se tensan, los dedos de mis pies se curvan contra la sábana. Aprieto los párpados con fuerza, te veo encima de mí, te oigo, y eso basta. Sin previo aviso me deshago, me corro entre las sábanas con un temblor que me recorre entera, de la nuca a las plantas de los pies. Me quedo quieta, agitada, con la respiración entrecortada y la piel ardiendo.
***
No es la primera vez que me hago esto pensando en ti. Lejos de eso. Se ha vuelto una costumbre peligrosa, casi un ritual. Cuando no estás —y últimamente no estás casi nunca— mi recuerdo de ti hace el trabajo que deberían hacer tus manos.
Me quedo tumbada un rato, recuperando el aliento, y en lugar de calmarme empiezo a pensar en otras cosas. En todo lo que me gustaría que me hicieras. Porque una vez no me alcanza, nunca me alcanza contigo, ni siquiera en mi imaginación.
Pienso, por ejemplo, en cómo me gustaría que me tomaras por detrás. Fuerte, casi con violencia, sujetándome del pelo, mientras al mismo tiempo me besas el cuello con una ternura que no encaja con el resto y que precisamente por eso me enloquece. Esa contradicción tuya. La brusquedad y la dulzura en el mismo gesto. Nadie más sabe hacer eso.
Pienso en lo distintos que se sentirían tus dedos en lugar de los míos. Más gruesos, más seguros, sabiendo exactamente dónde presionar y cuándo aflojar. Mis dedos hacen lo que pueden; los tuyos hacían magia.
Y entonces se me arma una escena completa en la cabeza, tan vívida que casi puedo olerla. Estoy en la cocina, sentada en el borde de la mesa, de espaldas a ti. Es de madrugada también, como ahora, y bajamos los dos por agua sin habernos puesto de acuerdo. La casa en silencio. Solo nosotros y la luz tenue de la campana extractora.
Tú me abrazas por detrás. Una mano sube hasta mis pechos y los abarca, los amasa con calma, sin prisa, como quien tiene toda la noche por delante. La otra baja despacio por mi vientre, se demora en la cadera y al fin se hunde entre mis piernas. Giras un poco mi cara y me besas, un beso profundo, hambriento, mientras tus dedos empiezan a moverse.
Me falta el aire. De lo bien que me tocas, me falta literalmente el aire. Echo la cabeza hacia atrás, contra tu hombro, y siento tu aliento caliente en mi oreja. Siento también cómo te vas poniendo duro contra mi espalda baja, cómo mi propio calor te enciende a ti, y esa idea —la de saber que verme así te excita tanto como a mí me excita que me toques— me lleva al borde otra vez.
En mi cabeza me masturbas justo en esa mesa de la cocina, sin desnudarme del todo, con la ropa a medio quitar y la respiración hecha un desastre. Me llevas hasta el final ahí mismo, hasta que me corro de nuevo, esta vez mordiéndome la mano para no despertar a nadie, deseando darme la vuelta y arrodillarme para devolverte el favor con la boca.
Abro los ojos. Sigo sola. La cocina está vacía, la cama está vacía, y solo queda el eco de una fantasía que se siente más real que mi propia almohada.
Suspiro y estiro un brazo hacia el lado frío del colchón, ese lado que deberías ocupar tú. Está helado. Me cubro con la sábana hasta los hombros y me quedo mirando el techo, todavía agitada, con la piel zumbando y una sonrisa tonta que no me puedo quitar.
Quizá mañana te lo cuente. Quizá te describa cada detalle, con calma, por mensaje, mientras estés en una reunión aburrida y no puedas hacer nada al respecto más que apretar los dientes y cruzar las piernas. Me gusta la idea de devolverte un poco de la tortura que me provocas a esta hora cada noche.
O quizá no te diga nada. Quizá me lo guarde como un secreto, como una de esas cosas que solo yo sé que pasan en la oscuridad de mi habitación cuando el mundo duerme y tú no estás.
Pero algo es seguro: la próxima vez que nos veamos, no pienso conformarme con mis dedos. Pienso cobrarte cada una de estas madrugadas en las que me dejaste sola con tu recuerdo y un cuerpo que no sabe esperar.
Así que sí. Te extrañé hoy. Te extraño ahora. Y te voy a seguir extrañando, una y otra vez, con los ojos cerrados y la mano entre las piernas, hasta que vuelvas a llenar este lado vacío de la cama.
Buenas noches. O lo que queden de ellas.