Sola en el hotel, dejé la ventana abierta a propósito
Después de una jornada agotadora pero redonda, volví al hotel cuando todavía no eran las seis y la calle ya estaba negra. En estas ciudades del norte la noche cae temprano, casi sin avisar. Faltaban menos de dos horas para que pasaran a buscarme: la cena en la que cerraríamos el acuerdo. Quedaban cabos sueltos, pero confiaba en convencer a los noruegos de los últimos detalles.
La habitación era amplia y del todo impersonal, uno de esos espacios de diseño escandinavo en los que lo mismo estás en Oslo que en cualquier cadena del planeta. Lo único que me enamoraba era la ventana: enorme, ocupaba la pared entera del fondo y se asomaba como un mirador privilegiado sobre una plaza comercial que ya estaba casi desierta. Enfrente, un edificio de oficinas seguía el mismo camino, aunque algunas ventanas encendidas delataban a quienes se quedaban hasta tarde.
Descorrí las cortinas y me quedé mirando hacia fuera. Volví a la mañana, a cómo Anders, el rubio de melena larga, no me había quitado los ojos de encima en toda la reunión. Ninguno de los tres lo había hecho, en realidad, pero Anders ni se molestó en disimular: lo pillé un par de veces ajustándose el bulto del pantalón con la mano. Una carta más a mi favor para la cena. Si pretendía ponerme nerviosa con aquel jueguito, había fracasado.
Y sin embargo, repasándolo, empezaba a calentarme. Me sentí halagada al imaginar que un hombre así —cuerpo de atleta, esa barba corta tan deliberada, vestido como un anuncio— hubiera decidido usar el sexo como herramienta conmigo. ¿Tan mayor me veía, o tan fácil? El truco debía de funcionarle de maravilla, despertando el deseo de clientas y rivales por igual.
La verdad es que estaban muy buenos los tres. Cuando se quitaron las chaquetas, fue evidente que querían impresionarme. No se ven todos los días tres hombres marcando pecho de aquella manera bajo unas camisas apretadas, con esos pantalones de pernera estrecha que dibujaban unos muslos de corredor. Lo que llevaban dentro quedaba para mi imaginación, aunque Anders parecía bien provisto. Menudo ambiente cargado de feromonas tuvimos toda la mañana.
Sonreí y dejé las cortinas abiertas. Me acordé de aquella vez en que mi vecino Andrés me sorprendió desnuda y decidí que merecía un premio. Y si era con mirones de por medio, mejor todavía. En el fondo lo sé desde hace años: me gusta que me observen, que me deseen, que alguien se toque pensando en mí. Me excita encender el morbo ajeno tanto como me gusta que enciendan el mío. Ducha y dedos, me dije. Te lo has ganado.
Me miré en el espejo. El traje nuevo me sentaba de maravilla, negro como la noche que ya rodeaba el edificio, de un tejido elástico que no se arruga. Debajo, un top lencero blanco. Me quité la chaqueta y agradecí que me cubriera bien los brazos. No me gustan mis brazos: ni el gimnasio consigue domarlos, y asomando de aquel top me parecían más flojos aún. Ojalá tuviera el tiempo libre de las actrices para cuidarme como ellas.
Hay que reconocerle a mi marido el buen gusto cuando me compra ropa. Prendas mucho más atrevidas de las que yo elegiría jamás, ajustadas, que me vuelven más sensual de lo que me atrevo a parecer. Y sabe escoger la lencería exacta para cada conjunto. Con los sujetadores que a mí me gustan, aquel top quedaría horrible. En cambio, con uno blanco bien armado sosteniendo el pecho, podía distraer sin esfuerzo a quien trabajara conmigo o contra mí. A él le gusta imaginarme calentando a otros hombres.
Me bajé de los tacones y suspiré al sentir la madera bajo los pies descalzos. Maldita costumbre la de encaramarnos ahí arriba. Aunque cómo mejoran las piernas con ocho centímetros de tacón. Con un suspiro, desabroché el pantalón y me lo quité con cuidado de no arrugarlo. Le siguió el top. Descalza por la habitación, en braga y sujetador, doblé la ropa y la colgué en el armario.
Terminada la tarea, volví a la ventana. Con la luz encendida, si alguien miraba al piso nueve, vería a una morena de pelo a los hombros, madurita interesante, exhibiéndose en lencería y provocando a quien quisiera mirar. Me sentí sucia y excitada al mismo tiempo. ¿Alguno de los chicos que cruzaban la plaza en patinete levantaría la vista? ¿Me vería y se la sacaría aprovechando la oscuridad? ¿O llamaría a sus amigos para mirarme entre todos, comentando en su idioma incomprensible lo que me harían?
¿O los mirones estarían enfrente? Hombres de camisa ajustada y corbata cara, como los de la mañana, tocándose mientras lo grababan con el móvil. Y quizá sus compañeras pegadas al cristal, compitiendo conmigo por encender ese mismo deseo. Imaginé a una de ellas apretando los pezones contra la ventana fría para que su jefe la tomara por detrás mientras los dos me miraban. La fantasía me recorrió entera, aunque la realidad fuera mucho más sosa.
Los únicos pezones duros eran los míos, que reaccionaban con su fuerza de siempre. Y la única entrepierna receptiva, otra vez la mía. Metí la mano entre las piernas y me alegró encontrar humedad. Bajé los tirantes del sujetador, primero uno y luego el otro, y empecé a tocarme por encima de la braga. Despacio, a mi ritmo, disfrutando cada roce.
Miradme, estoy aquí para poneros cachondos. ¿No querríais subir a saber lo que es una mujer de verdad? Con el vaivén suave de la mano, las copas del sujetador resbalaron hacia abajo y dejaron salir mis areolas. Me imaginé entrando a la reunión sin el top, sin enseñar nada, pero sabiendo ellos que bajo la chaqueta iba desnuda y caliente. Imaginé abrir la chaqueta sobre aquella mesa de madera oscura y decirles, sin pestañear, que eran suyas si se las ganaban.
Mi cabeza voló a la sala de reuniones. Estaba arrodillada sobre la mesa, sin chaqueta ya, exhibiéndome para ellos, calentándolos con cada insinuación. Anders, Mikkel y Bjorn se tocaban muy despacio, con la promesa de que el último en correrse sería el que me montaría, siempre que firmaran el trato. Mis pezones los apuntaban, desafiantes; mis areolas oscuras, tan distintas de las que estaban acostumbrados a ver en sus rubias pálidas.
Tiré de la braga hacia abajo y la dejé a media pierna. Metí un dedo entre los labios y apoyé la palma en el clítoris. Empecé a moverme y a jadear. En mi fantasía, Mikkel no aguantaba y se corría sobre su traje a medida, fuera de sí. Los otros lo empujaban para acercarse, machos disputándose a la hembra en celo. Decían cosas en su idioma, me llamaban zorra en un español torpe para que lo entendiera, anunciaban cómo pensaban reventarme sobre la mesa.
Empujé un poco más y el segundo dedo hizo el milagro. Me corrí. Me apoyé en la ventana y el frío del cristal en los pezones fue un latigazo que me recorrió la espalda.
***
Ahora ya podía ducharme. Tiré la braga y el sujetador sobre la cama, sin molestarme en cerrar las cortinas ni apagar la luz. Que me miraran, si les apetecía. Me metí en la ducha, enorme, perfecta para una fiesta como la que recordaba con Diego y Carla. Ni cerré la mampara. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo y me espabiló. Me lavé la cara mientras notaba cómo los pezones volvían a reaccionar, esta vez al calor.
Ojalá hubiera pedido a recepción una copa de vino blanco. Que me la subiera el botones, ese de cabeza afeitada y barba poblada que parecía bajado de un barco vikingo, con un pecho de levantador de pesas. Lo imaginé abriendo la puerta del baño y encontrándome desnuda bajo el agua, mi cuerpo expuesto al espejo de pared entera del otro lado. Sin pestañear, habría sabido lo que yo quería.
Habría dejado la copa sobre el lavabo y habría venido a mí. Su boca buscando la mía, sus manos directas a mis pezones. Bajo el agua que nos empapaba me habría besado con ardor mientras yo le abría la camisa. Una pierna enroscada en torno a él, sintiendo cómo se le ponía dura. Mis manos bajando hacia su pantalón para liberar a aquella fiera.
Me habría arrodillado en la ducha, relamiéndome ante lo que tenía delante. Una mata de pelo rubio descuidada, la entrepierna de un hombre acostumbrado a tomar lo que quiere y a no andarse con ceremonias. Yo habría intentado una caricia delicada con la boca, pero él se habría apoderado de mi cabeza y habría marcado el ritmo, sus manos a ambos lados, llevándome adelante y atrás mientras yo luchaba por darle placer.
Y así me sorprendí de pronto en la ducha, a cuatro patas bajo el agua caliente, jugando entre las piernas con el frasco fino de mi carísimo champú como si fuera la verga soberbia de aquel amo imaginario. Apoyé la mejilla en el suelo de la ducha, ofreciendo el cuerpo al agua, y exploté en un nuevo orgasmo, agotador, imparable. Rendida, me dejé deslizar hasta quedar tendida boca arriba, el agua bañándome entera.
Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y salí. Me envolví en el albornoz, suave y tibio, recogí el pelo en una toalla y abandoné el baño lleno de vapor. La temperatura de la habitación era perfecta. Me tumbé en la cama enorme, frente al televisor, estiré el brazo hacia el teléfono y pedí que me subieran a la habitación una copa de vino blanco bien fría. Ahora sí.
No tardaron en llamar a la puerta. Solté el cinturón del albornoz, me deshice de la toalla del pelo, me subí a los tacones y fui a abrir. Quien traía la copa era una chica menuda, de grandes ojos y curvas marcadas bajo el uniforme. Me miró sin decir nada, aunque mis pechos eran perfectamente visibles, las areolas oscuras contrastando con el blanco del albornoz. Recogí la copa, murmuré un «gracias» y cerré.
¿Estás loca? ¿Qué esperabas, que entrara a follarte de verdad? Menos mal que había subido aquella monada y no un hombre. Volví a la cama, todavía caliente, con la imaginación desbordada. Era hora de descansar y dejar que el sexo lo pusieran otros.
***
Busqué en el bolso hasta dar con lo que quería: mi memoria USB de viaje. La enchufé al televisor, coloqué los almohadones para hacerme un respaldo cómodo y me tumbé sin quitarme los zapatos. Bebí el primer sorbo de vino. Estaba perfecto, un blanco afrutado, mi favorito. Me abrí el albornoz y acerqué la copa fría a un pezón. El estremecimiento me hizo gemir.
Encendí la tele y abrí la carpeta del USB. Había una que decía «Material nuevo». Mi marido me había preparado una sorpresa para el viaje. Estos días había estado demasiado cansada para tocarme en condiciones, así que la idea me encantó. Dentro, cinco archivos numerados, cada uno con un escenario distinto. El muy zorro sabía cómo dejarme caliente desde tres mil kilómetros de distancia. Una película para cada noche.
Abrí el último, convencida de que si lo había guardado para el final era porque ahí había algo grande. La protagonista bajaba de un coche carísimo con un vestido azul que le sentaba como un guante, sombrero enorme, gafas de sol de diva. La mujer que yo querría ser. Le contaba a su terapeuta sus sueños húmedos, en los que bailaba en lencería para un hombre que no era su marido.
Saboreé otro trago, el líquido frío y yo cada vez más encendida. Quería ser la protagonista de aquel baile. El albornoz se deslizó a medida que ella se desnudaba para el desconocido. Cuando empezó a tocarse, seguí su ritmo. Y cuando él se acercó y la besó como un dominador, tragué saliva y me mordí los labios. Deseaba aquello con todas mis fuerzas.
El terapeuta la masturbaba y yo me tocaba a la par. Se besaban de la manera más sucia y yo quería esa boca para mí, una lengua de fuego entrando entre mis labios. Cuando él la tumbó en el sofá y empezó a devorarle el sexo, mis dedos aceleraron. Quería una lengua así, traviesa, jugando con mi clítoris. La pareja en pantalla parecía amantes prohibidos, y eso lo hacía todo más caliente.
Cortocircuité. Fui al minibar y cogí un zumo bien frío. Me tumbé de nuevo sobre el albornoz y apoyé el envase helado contra mi piel mientras jugaba con los labios y el clítoris. Iba a probar lo que disfrutaba aquella diosa. Y me corrí otra vez. Paré para recuperar el aliento, hasta que ella se arrodilló y empezó a comérsela. La escena me puso caliente de inmediato.
Cuando vi cómo se la metía entre los pechos, supe que necesitaba algo más que un envase de zumo. Me levanté y saqué del fondo de la maleta mi consolador de viaje: uno fino, discreto, pero consolador al fin. Empecé a chuparlo al mismo ritmo en que ella devoraba a su amante en la pantalla, mi saliva colgando igual de obscena que la suya. Qué talento el de aquella mujer. El de ella, no el mío.
Él la levantó en brazos y la clavó sobre su sexo como un atleta. No aguantó demasiado y la tiró al sofá. Empecé a penetrarme con el consolador siguiendo el martilleo de la película. No le había bajado el volumen, y los gemidos de ella rivalizaban con los míos. Vamos, reviéntame como a ella. Le agarré los pezones con la misma rudeza con que él agarraba los suyos.
La obligó a recoger las piernas contra el cuerpo. Me acordé de mis clases de pilates e intenté imitarla, los agujeros expuestos como los de una mujer entregada del todo. Pero era ella la que de verdad disfrutaba; mi juguete de goma no alcanzaba tanto placer, aunque me tenía completamente empapada.
Decidí ser la protagonista. Bajé de la cama, puse el consolador firme contra el suelo y me senté encima. Empecé a cabalgarlo. Vamos, fóllame, ¿te tiras a muchas pacientes? Me maravillé del aguante de ella, pensando cuánto habrían tardado en rodar la escena. Y me corrí de nuevo, las piernas temblando, sin querer parar.
Estaba tan desatada que se me había escurrido el placer por el consolador hasta manchar el suelo de la habitación. Mierda, debí poner una toalla. Y de repente me di cuenta de que no me importaba en absoluto. Que supieran que me había masturbado, qué más daba. Como un interruptor, recordé que la ventana seguía abierta. ¿Me habrían visto? Desde la plaza era imposible. ¿Pero desde los edificios de enfrente? Me separé del juguete y fui hasta el cristal. Nadie.
El teléfono sonó en ese instante. Era Anders.
—Dígame.
—Pasamos a buscarte en treinta minutos, Marisa, no lo olvides.
En la pantalla, justo entonces, él puso a la actriz a cuatro patas y la tomó sin piedad. El grito de ella era imposible de disimular.
—¿Qué ha sido eso, Marisa?
—La alarma de incendios, seguro. Yo también me he sobresaltado. Os veo enseguida.
—Han quedado varios puntos sin cerrar. Espero que entre los tres podamos ofrecerte una solución a tu gusto.
—Seguro que sí. Hasta pronto, Anders.
Colgué. En la pantalla seguían follando como ruido de fondo, pero yo ya no tenía tiempo para ellos. Bajé el volumen y los dejé ahí mientras empezaba a arreglarme.
En la maleta estaba el paquete de regalo que me había dejado mi marido. «Para una noche especial», decía la tarjeta. Lo abrí. Un conjunto de lencería de seda y tul bordado, rojo intenso, con su braga alta a juego. Imposible envolverme mejor. Mi marido me vestía por dentro como una diosa y yo me arreglaría por fuera para estar a la altura. Los orgasmos de la tarde me habían dejado la cabeza despejada y serena.
Era hora de salir a pelear contra aquellos tres vikingos. ¿Cómo acabaría la noche?