Sola en casa, mi cuerpo deja de obedecerme
La última copa de la noche todavía dejaba un cerco rojo sobre la mesa cuando escuché el motor del coche de Mariela alejarse por la calle. Habían venido a cenar, a jugar a las cartas, a reírse de tonterías hasta tarde, y yo había sido la anfitriona perfecta: atenta, simpática, con la sonrisa puesta. Pero por dentro contaba los minutos. Sabía lo que me esperaba en cuanto la casa volviera a quedar en silencio.
Recogí los vasos, sacudí las migas del mantel y apagué el televisor sin mirarlo siquiera. El calor de esa noche de verano era espeso, pegajoso, de los que se meten debajo de la ropa y no se van. Llevaba puesto un pijama liviano sobre la ropa interior ajustada y una blusa fina que apenas me cubría. Cada movimiento me recordaba que estaba sola. Por fin, sola.
Cuando no hay nadie, no me reconozco. Algo se enciende en mí que de día mantengo apretado bajo llave, y la sola idea de quitarme la ropa y quedar desnuda me recorre como una corriente. No es decisión. Es algo que sucede, como respirar.
Abrí las ventanas del cuarto buscando una brisa que no llegaba. Me quité el sostén primero, y mis pechos quedaron libres bajo la tela. Los pezones rozaban la blusa con cada paso, y ese roce mínimo, casi nada, ya empezaba a tensarme. Mejor me acuesto antes de que esto se me vaya de las manos, pensé. Una mentira que me digo cada noche.
No llegué a la cama.
Me quedé de pie frente al espejo grande del cuarto, el que va del suelo al techo y en el que me veo entera. Bajé el pantalón del pijama despacio, centímetro a centímetro, mirándome. Me pellizqué los pezones con suavidad, casi para probarme. Tranquila. Lo controlas. Esto no te excita. Mentira otra vez. El pantalón ya estaba en mis tobillos y yo me miraba las nalgas firmes reflejadas en el cristal, la curva tensa de la espalda, la sombra entre las piernas.
—No te toques —me dije en voz baja, casi una súplica—. Por favor, no.
Fue inútil. Me llevé las manos atrás y me abrí las nalgas para que la tela ajustada de la ropa interior se metiera entre mis labios. Tiré de ella hacia arriba, la estiré, busqué que se hundiera, que me separara, que me recordara que estaba ahí. Con las dos manos abiertas sobre mi propia piel, cerré los ojos e imaginé a alguien detrás de mí. Un hombre grande, pesado, impaciente, sosteniéndome por las caderas.
Empecé a mover la cadera como si lo ayudara a entrar. Con ritmo primero, después con fuerza, meciéndome contra un cuerpo que no existía pero que mi piel ya creía sentir. Subí a la cama y me puse en cuatro, ofreciéndole todo a esa silueta inventada. La humedad llegó sola, y la tela la fue absorbiendo. Tiré más de ella, la quise bien adentro. Me movía como si lo tuviera dentro, y mis pezones, ahora sí, estaban duros como nunca.
Mis manos no esperaron permiso. Bajaron solas, buscando entre mis piernas, encontrando el calor y el resbalón. Me deshice de la ropa interior y de la blusa de un tirón y quedé desnuda en mitad de la cama, en cuatro, jadeando, entregada a un amante que sólo vivía en mi cabeza. La mano se movía rápida, desesperada, y yo ya no pensaba en nada que no fuera ese frenesí.
La humedad me había mojado los dedos y, sin darme cuenta, los llevé más atrás. Rocé el otro lugar, ese que casi nunca me animo a tocar, y un espasmo eléctrico me cruzó la espalda entera. Me quedé quieta un segundo, sorprendida del propio temblor.
¿Y por qué no? ¿Qué me lo impide?
Total, si no me gustaba, volvía a lo seguro, a lo conocido, y nadie se enteraría jamás. Empecé a acariciar despacio, a dilatar con paciencia, con los dedos resbalados de mi propia humedad. Cada caricia abría un poco más, y cada apertura me arrancaba un suspiro que ni yo reconocía como mío.
***
En la mesa de noche guardo mis juguetes. Todos me parecían demasiado grandes para lo que pretendía esa noche, pero había uno con base de ventosa, de esos que se fijan a cualquier superficie lisa. Lo pegué al espejo, calculando la altura, midiendo el ángulo con una precisión que me dio risa y vergüenza a la vez. Me acomodé delante, de espaldas al cristal, y empecé el vaivén de caderas buscando ese punto exacto, queriendo que entrara solo.
Estaba difícil. El cuerpo se resistía, pero la excitación pesaba más que cualquier reparo y yo presionaba, presionaba, hasta que solté un quejido ahogado contra la almohada. La punta había entrado. Me detuve, respiré, me di ánimos en silencio. Ya pasó lo peor. Quieta. Acostúmbrate.
Mis propias contracciones querían expulsar al intruso, lucharon contra él, y por un instante perdí. Hice fuerza, un esfuerzo enorme, casi instintivo, como queriendo echarlo fuera, y la sorpresa fue justo la contraria: ese empuje me dilató más y el juguete avanzó un poco. Había encontrado el truco. Repetí el movimiento, esa presión rara y contradictoria, y centímetro a centímetro fue entrando, hasta que mis nalgas chocaron contra el frío del espejo y lo tuve por completo dentro de mí.
Me quedé inmóvil unos segundos, asimilando esa sensación nueva, plena, casi excesiva. Después empecé a moverme. Suave, lento, sin sacarlo, sólo meciéndome lo justo para sentirlo. Eché un poco de lubricante por encima, dejé que chorreara entre mis nalgas, y entonces sí lo saqué un poco y volví a hundirlo. Resbalaba ahora, entraba y salía limpio, sin obstáculo, y con cada movimiento el placer subía un escalón más.
Me movía duro contra el cristal. El golpe de mi cuerpo contra el espejo hacía un ruido sordo, rítmico, que me prendía todavía más. Cada envión me arrancaba un gemido entrecortado, cortado a la mitad por el impacto. Gemía cada vez más alto, sola en mi cuarto, poseída por un amante imaginario y un juguete pegado a un espejo, y nunca me había sentido tan libre y tan perdida al mismo tiempo.
Quise verme. Necesitaba verme así, en esa pose, devorada por mi propio deseo. Tomé el teléfono de la mesa de noche, lo apoyé contra la lámpara hasta encuadrarme de cuerpo entero y le di a grabar. No para nadie. Sólo para mí, para esa otra yo que sale cuando la casa queda vacía.
Volví a los empujones, más rápidos, más profundos. Aceleré sin pensar, jadeando, y se me escapó un grito que no supe contener. Yo conozco mi cuerpo: cuando empiezo a gritar es porque el final ya viene y no hay forma de frenarlo. Empujé fuerte. Dentro, fuera, dentro, fuera. Grité otra vez, y supe que ya no había vuelta atrás.
—Sí, sí, sí —repetía sin reconocer mi propia voz—. Me vengo, me vengo.
Sentí las lágrimas brotando solas, llorando de puro placer, y solté un último grito largo que me vació por completo. Los espasmos llegaron brutales, en oleadas, sacudiéndome de arriba abajo hasta tirarme tendida sobre el suelo, temblando. Frente a mí, en el espejo, mi amante seguía firme y reluciente, y yo lo miré con una mezcla de gratitud y locura.
Me arrastré hacia él casi sin fuerzas y lo lamí, desesperada, mientras los últimos temblores todavía me recorrían. El cuerpo ya no me respondía, las piernas me pesaban, pero no podía soltarlo. Estaba completamente entregada, y por un momento dejé de ser la mujer prudente que todos conocen para ser sólo esto: deseo, sudor, jadeo, abandono total.
***
La calma volvió de a poco. La respiración se fue acomodando, el corazón bajó de revoluciones, y el sudor empezó a enfriarse sobre mi piel. Giré la cabeza para mirarme una vez más en el espejo, todavía tirada en el suelo, y me vi tal como me había imaginado: abierta, dilatada, brillante de humedad, marcada por mi propia osadía.
Me quedé así un buen rato, tendida sobre las baldosas frescas, descansando, recuperando el aliento. Tendría que apagar el teléfono, borrar el video, fingir mañana que no había pasado nada. Pero todavía no. Todavía no quería volver a ser la otra.
Porque la excitación no se iba. Latía, baja, persistente, como brasa que no se apaga del todo. Estiré la mano hacia la mesa de noche, hacia los otros juguetes que esperaban en el cajón, y me pregunté, con una sonrisa que nadie vería jamás, si esta vez me animaría a más. A cabalgar despacio frente al espejo. Quizá a probar dos a la vez, uno en cada sitio, y descubrir hasta dónde aguanta este cuerpo que de noche deja de obedecerme.
Estaba tan caliente otra vez que la respuesta ya la sabía. La noche apenas empezaba, y yo, por suerte, seguía sola.