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Relatos Ardientes

Me filmé a solas y verme me encendió otra vez

Estoy desnuda, tendida de espaldas sobre la alfombra de mi habitación, frente al espejo de piso a techo que cubre toda la pared. En el reflejo veo mis piernas abiertas, mi sexo brillante, mi piel encendida. Estoy húmeda, agitada, todavía latiendo por ese último orgasmo. Quiero calmarme, quiero un poco de paz. Pero mi cuerpo no entiende de paz: pide más.

Hace una hora, la calentura me empujó a hacer algo que nunca había hecho. Apoyé el teléfono en la repisa, lo orienté con cuidado y me filmé entera. Ahora voy a ver el vídeo. Sé que mirarme me va a llevar al límite, que quizá me corra solo con eso. De hecho, de imaginar lo que grabé ya me recorre un escalofrío.

No estoy segura de recordar todo lo que hice. Verlo será como volver a hacerlo desde fuera. Voy a descubrir cuán atrevida fui, hasta dónde me dejé ir, qué tan lejos me arrastra el instinto cuando me pongo así.

Mando la imagen al televisor y me veo: el cuerpo tendido, la cara perdida, los ojos a medio cerrar. Ahí estoy tomando el dildo y fijándolo al espejo con la ventosa. Me veo poniéndome a cuatro, acomodando las caderas, apuntando hacia ese falo grueso y firme. Me veo lubricándome y lubricándolo a él.

Empujo. En la pantalla mi cara se tensa, es evidente que duele. Lo recuerdo perfectamente: esa sensación de querer expulsar algo que no debería estar ahí. No sé cómo lo aguanté. ¿De verdad soy yo? La chica del vídeo insiste, empuja y empuja, vuelve a lubricar, vuelve a presionar.

Por fin se detiene. Su gesto cambia. Sonríe, suelta los hombros, echa un poco más de lubricante y empieza a mecer las caderas, suave, despacio. Sí, ahora sí, esa soy yo. Tengo una cara de placer preciosa. El cuerpo ya cedió, porque me muevo con más ganas, los ojos cerrados, cada vez más rápido.

El audio del vídeo es bajo. Apenas se escucha el golpe de mis nalgas contra el espejo. Esos golpes me excitan ahora, viéndolos. A medida que avanza la grabación, mi mano sube sola hacia mis pechos, los acaricia, los aprieta. Con cada embestida de la chica de la pantalla yo me pellizco los pezones, me los muerdo apenas.

Sorpresa: la mujer del televisor ha empezado a gemir distinto. Se mueve con una pasión que no reconozco como mía, las caderas le han tomado un ritmo desbocado. Es brutal cómo se penetra. Cómo gime. Cómo se entrega.

No quiero ni imaginar cómo está su cuerpo mientras lo recibe con esa fuerza. Empieza a gritar. Los gritos se mezclan con el choque de la carne contra el cristal y con su respiración rota.

Mientras la miro, mis propios pezones se ponen duros. Estoy mojada otra vez, empapada.

La chica del vídeo no afloja. Sus gritos suben, se vuelven más hondos. El placer la tiene tomada por completo. Disfruta ese falo en el culo como solo ella sabe hacerlo, y esa cara suya, esa cara de estar a punto de reventar, me hipnotiza. Se nota que el orgasmo le llega. Me gusta. Me gusta demasiado.

Tomo mi dildo y empiezo a chuparlo mientras la protagonista sigue cabalgando con el ano ese miembro de silicona que aguanta los embates sin ceder, firme, justo como ella lo quiere.

Chuparlo me sube todavía más. Estoy ardiendo. Quiero una lengua en mi sexo, quiero que me la metan, que me laman el clítoris hasta hacerme gritar. Quiero sentir algo dentro, de verdad. Cabalgar es mi posición favorita, siempre lo fue.

Y entonces me acuerdo. Me acuerdo de la primera vez que cabalgué a un hombre.

***

No conocía las posturas, no sabía nada. Me dejé llevar por ese instinto salvaje que llevo dentro. Primero me entregué de espaldas, abrí las piernas para recibirlo, le subí los pies a los hombros y moví las caderas como pude, buscando tenerlo bien adentro.

Después me acordé de cómo lo hacen los animales y me puse a cuatro. Le pedí que me lo metiera así. Se sentía increíble. Estar a su merced, dominada, abierta para él, me encendía más y más. Creo que mis gemidos y la forma en que movía las caderas lo terminaron antes de tiempo. Acabó dentro de mí enseguida. Yo no me rendí.

Esperé con paciencia y volví a la carga. Le acaricié el sexo, lento, suave. Estaba seco y no teníamos lubricante, así que me serví de mi propia humedad y lo recorrí entero, hasta que empezó a despertar otra vez. Usé saliva, escupí un poco, lo masajeé. La saliva se secaba rápido, no alcanzaba.

Entonces acerqué la boca, lo besé, lo cubrí con mi lengua, lo dejé húmedo y lo masturbé de nuevo. Lo besé otra vez, abrí más los labios y dejé caer la saliva sobre él. Imaginé que mi boca era mi sexo y lo penetré con ella: lo metía y lo sacaba, chupaba, ordeñaba. Lo metía hasta el fondo y volvía a sacarlo, succionando.

Para entonces estaba durísimo. Es mi momento, pensé. Antes de que él se pusiera encima, me adelanté y lo monté. Lo miré a los ojos mientras con la mano guiaba su sexo hacia el mío, ya empapado.

—No dejes de mirarme —le dije.

Y empecé a bajar muy despacio, hasta tenerlo dentro por completo. Lo sentí tan profundo que parecía rozarme algo nuevo. Fue ahí, por primera vez en mi vida, cuando entendí lo que era el verdadero placer: esa marea que crecía mientras lo cabalgaba sin freno.

No sé cuánto tiempo estuve encima de él. Recuerdo que empecé de rodillas sobre la cama, que después me puse en cuclillas, que me di la vuelta para darle la espalda, que volví a mirarlo de frente. No paraba de subir y bajar. Por fin sentí esas ganas enormes de acabar.

Mis gemidos lo hicieron temblar, su sexo empezó con esos pequeños espasmos que anuncian el final. Mis gemidos se convirtieron en gritos. Sentí mi primer orgasmo y, al mismo tiempo, ese calor estallando dentro de mí. Nos contrajimos a la vez, fundidos en lo mismo. Fue increíble. Me quedé encima de él un buen rato, recostada sobre su pecho.

***

Aquel hombre quedó agotado. Yo quería más, claro que quería más, pero no se lo dije ni se lo insinué. Se duchó y se fue. Me dejó sola y encendida. Era inevitable: me masturbé montando la almohada, frotando el clítoris contra la seda. Lo hice en la cama, y después otra vez en la ducha, con el chorro del hidromasaje sobre mí.

Y aquí estoy ahora, de nuevo sola y caliente, mirando un vídeo mío. No tuve que recurrir a esas páginas que siempre me ayudan a arrancar. Tengo mi propia película. Soy la protagonista, soy la actriz, soy la que disfruta de tocarse frente a la cámara. Y vaya que soy cochina.

Quiero cabalgar otra vez. Tengo el dildo mojado y resbaladizo de tanto chuparlo. Me toco, me penetro con los dedos fingiendo que es algo más. Entran y salen sin esfuerzo.

Lo fijo al suelo con la ventosa y lo enciendo. Vibra. Qué rico.

Me acomodo para montarlo, pero los dedos se me van solos hacia el ano, que sigue dilatado de antes. Me lubrico y me meto un dedo. Entra y sale con facilidad. Me meto dos y pasa lo mismo. Quiero que me tomen por detrás, pero también quiero cabalgar. Mi mente perversa busca cómo conseguir las dos cosas a la vez. ¿Cómo lo hago?

Mientras lo pienso, gimo con los dedos clavados en el culo, y mis propios gemidos me encienden más.

Entonces se me ocurre. Traigo otro dildo y lo pego al lado del primero, en el suelo. Voy a probar con los dos. Los lubrico bien. Mis dos orificios están abiertos, listos.

Apunto el primero a mi ano, empujo y me lo meto. Lo enciendo al máximo. Quiero cabalgarlo, pero se despega del suelo. Mejor todavía: se quedará dentro, vibrando.

Me acerco al otro y lo guío hacia mi sexo. Empiezo a cabalgar. Rápido, fuerte. Subo y bajo, subo y bajo. Cada vez que lo meto hasta el fondo, mis nalgas golpean el suelo y el dildo del culo se hunde un poco más, despertando algo que crece dentro de mí, algo que quiere salir. Cabalgo más duro, golpeando, empujando.

No aguanto más. Empiezo a gritar, sin pudor, sin freno. Soy una perra, soy una cochina, soy gritona y escandalosa y me da igual. Cabalgo frenética, fuera de control. El dildo de atrás vibra y golpea algo imposible de nombrar, algo que se infla y se infla. ¿Qué es esa sensación rara? No lo sé, pero me gusta y no puedo parar. Ya no pienso. Le he entregado el cuerpo entero al placer.

Me voy a correr. Sí. Sí. Estoy a punto.

Cabalgo buscando ese orgasmo que ya viene. Está cerca, muy cerca.

Miro el espejo y ahí estoy yo, montada, los pechos sacudiéndose con cada envión, los pezones tensos. Me encanta verme así, ver cómo se mueve mi cuerpo mientras el placer sube y el dildo de atrás sigue vibrando y siento que voy a estallar.

Penetrada por los dos lados, cabalgo como lo que soy esta noche. Grito, gimo, más fuerte. Sí. Voy a estallar.

Sí.

Sí.

Y entonces ocurre algo que no esperaba. Mi cuerpo expulsa un chorro, un chorro de verdad, líquido que salpica todo a mi alrededor. Me pongo a cuatro y los chorros siguen, mojan la alfombra, la pared, el espejo. No sé qué hacer. Cada espasmo trae otro, más débil cada vez. Me deshago, me derrumbo, sigo temblando. El dildo de mi ano sale solo, todavía vibrando, y eso me arranca un último estremecimiento, el último chorro de este orgasmo brutal, larguísimo, que no se parece a nada que haya sentido antes.

No sabía que mi cuerpo pudiera hacer eso. Siempre pensé que era un truco de las películas. Pero me pasó a mí. Lo viví yo.

No puedo más. Estoy descontrolada y agotada.

No quiero ir a la ducha todavía. Sé que no podré con mi propia bestia cuando sienta el chorro del hidromasaje sobre la piel. Lo sé. Por eso me quedo aquí, tendida en la alfombra, desnuda y mojada con mis propios líquidos. No me importa. Ya no me importa nada.

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Comentarios (5)

melinda_scl

que relato tan intenso!!! lo lei dos veces y la segunda fue incluso mejor que la primera jaja

SorMiranda22

Por favor escribi mas cosas asi, se hizo demasiado corto. Quede con ganas de mas!

DanteRosetti

La descripcion del principio me atrapo enseguida. Muy bien escrito, se nota que hay algo genuino detras de las palabras

Catalina_R

¿y al final que hiciste con el video? jaja la curiosidad me pudo

Riqui_89

Eso de verse desde afuera tiene algo muy especial que no habia pensado hasta ahora. Le da una vuelta interesante al tema, original de verdad

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