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Relatos Ardientes

La fantasía que me animé a cumplir a solas

Tengo treinta y seis años y, hasta hace poco, una parte de mí vivía detrás de una puerta que nunca me atrevía a abrir del todo. Creo que casi todo el mundo carga con algo así: un rincón secreto, hecho de morbos pequeños y deseos que no se cuentan en voz alta. El mío tenía que ver con la curiosidad, con esas cosas prohibidas que me ponían la piel caliente desde muy joven y que, sin embargo, siempre dejaba a medias.

Me gusta el sexo en todas sus formas. Me considero un amante de las mujeres, adoro chuparles el coño hasta que se corren en mi boca y follármelas hasta dejarlas temblando, pero nunca le tuve miedo a la idea de que un hombre me tocara la polla o me metiera un dedo en el culo. En la práctica, con las parejas que tuve, casi todo se había quedado en juegos a medias: una novia que me lamió el ojete mientras me la chupaba, otra que me metió un dedo bien adentro justo cuando yo me estaba corriendo dentro de ella, y aquel pequeño detalle multiplicó mi corrida hasta dejarme sin aire. Una sola vez, un amigo con el que compartimos a una chica me apretó la verga con la mano llena de saliva mientras yo la penetraba, y aquel roce de otra mano de hombre en mi polla me marcó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Solo, en la intimidad de mi departamento, era otra historia. Ahí no había que justificar nada. Una noche cualquiera, casi sin proponérmelo, mientras me hacía una paja pensando en una compañera de trabajo, me llevé la otra mano hacia atrás y me rocé el ojete por curiosidad. Sentí una corriente que me recorrió entero, desde el culo hasta la punta de la polla, y estuve a punto de correrme sin haber terminado siquiera de tocarme. Al principio fue apenas un dedo mojado en saliva, con cuidado, en esas tardes en las que el silencio del edificio era mi único cómplice. Descubrí que había una zona dentro de mí, a unos pocos centímetros, que respondía distinto: una bolita hinchada que al presionarla me hacía chorrear líquido preseminal como si me estuvieran ordeñando. Cada vez que la rozaba con la yema del dedo, mi polla daba un latigazo y soltaba una gota espesa, sin que la tocara. Me dejaba temblando de un modo que la masturbación de siempre nunca había logrado.

¿Y si voy un poco más allá?

Esa pregunta me acompañó durante semanas. La idea me daba vueltas mientras trabajaba, mientras manejaba, mientras fingía prestar atención a una reunión. Me imaginaba con algo más grueso adentro, algo que llenara ese hueco de verdad, no un dedo tímido. Quería experimentar en serio, con algo pensado para eso, no improvisar. Así que una madrugada, con la polla dura y dos dedos metidos en el culo, terminé buscando juguetes en una de esas tiendas que envían en cajas anónimas, sin etiquetas que delaten nada.

El primero fue un error. Lo elegí mal, llevado por la ansiedad más que por el sentido común: demasiado grueso, demasiado duro. Cuando llegó y lo probé, la punta apenas me abrió y ya sentí como si me partiera en dos. Me dolió y me cortó las ganas de inmediato. Lo guardé en el fondo de un cajón, frustrado, casi convencido de que aquello no era para mí.

Pero la curiosidad no se apaga tan fácil. Volví a la misma página, esta vez sin prisa, leyendo descripciones y reseñas como quien estudia para un examen importante. Encontré otro modelo: de silicona, suave, flexible, mucho más pequeño que el anterior. Doce centímetros, apenas el ancho de dos dedos, con una base ancha y redonda para que no hubiera ningún susto. Lo miré en la pantalla un largo rato mientras se me endurecía la verga solo de imaginarlo entrando.

Este sí. Este es el que necesito.

Lo pedí junto con un gel especial, de esos que ayudan a relajar y a deslizar. Y entonces empezó la peor parte: la espera. Tres días en los que revisé el estado del envío más veces de las que quiero confesar, en los que me sorprendí a mí mismo cascándomela cada noche pensando en cómo se sentiría, imaginando la silicona resbalosa entrando centímetro a centímetro por mi ojete. Deseaba ese paquete con una impaciencia casi adolescente, como si me trajera algo mucho más grande que un juguete de silicona.

***

Llegó un viernes por la tarde. Lo dejaron en la puerta, en una caja marrón perfectamente discreta, y la entré tan rápido como si alguien pudiera adivinar lo que contenía. La abrí en la cocina, con las manos un poco torpes, y ahí estaba: pequeño, oscuro, con la forma de una polla en miniatura, mucho menos intimidante de lo que había imaginado. Lo sostuve en la palma, sentí la silicona suave ceder bajo la presión de mis dedos, y noté cómo el corazón se me aceleraba sin ningún motivo razonable. La polla ya se me empezaba a hinchar dentro del pantalón.

Decidí esperar a la noche. Quería hacerlo bien, sin apuro, sin la sombra de un timbre o un mensaje interrumpiendo. Cuando por fin oscureció, cerré la puerta con llave, bajé las persianas, apagué el teléfono y dejé una sola lámpara encendida. El departamento entero parecía contener la respiración conmigo.

Me di una ducha larga, más por ritual que por necesidad. Bajo el agua caliente me preparé con calma, me enjaboné bien el ojete, metí un dedo, después dos, sintiendo cómo la piel se me relajaba con el calor. Me tocaba la verga a media asta, sin querer correrme todavía, con esa mezcla de pudor y excitación que solo conoce quien se anima a algo por primera vez. Me sequé, me tiré en la cama boca arriba y dejé el juguete y el gel a mi alcance, sobre la mesa de noche, como dos invitados a los que llevaba tiempo prometiéndoles esa cita.

No tenía ninguna prisa. Eso lo había aprendido: que todo se siente mucho mejor cuando el cuerpo lleva un rato encendido, cuando la sangre ya está caliente y esa zona escondida se vuelve más sensible, más hinchada, más reclamante. Así que empecé por mí mismo, sin tocar todavía el juguete. Me escupí en la mano y me la agarré, pasándome el pulgar por la punta, haciendo círculos lentos alrededor del glande. Me acaricié despacio, de la base hasta la punta, sin intención de terminar, solo de subir la temperatura grado a grado. Sentía la polla latir contra mi palma, cada vez más dura, más hinchada, y una gota transparente empezó a asomar en el agujero.

Con la otra mano me lamí dos dedos y los llevé atrás. Me acaricié el ojete en círculos, sin meterlos todavía, dejando que la piel se despertara. Después empujé apenas, y el primer dedo entró suave, como si el culo me lo estuviera pidiendo. Lo moví adentro, curvándolo hasta encontrar esa bolita hinchada, y al presionarla se me escapó un gemido en voz alta que me sorprendió a mí mismo. La polla saltó y una nueva gota gruesa cayó sobre mi vientre.

Cuando ya estaba durísimo y respiraba más fuerte, con el ojete despierto y palpitando, tomé el juguete. Lo pasé por mi piel, lo deslicé entre las piernas, lo froté contra los huevos, lo apoyé sobre mi verga y comparé el tamaño mientras me mordía el labio. Estaba tan excitado que cada roce me arrancaba un escalofrío. Me metí la punta del juguete en la boca, lo chupé un poco, jugando a imaginar que era una polla ajena, y esa idea sola casi me hace correrme ahí mismo. Lo deseo dentro de una vez por todas, pensé, y la sola idea me puso más caliente todavía.

Puse una cantidad generosa de gel sobre la punta, la esparcí con los dedos hasta que el juguete brillaba entero, resbaloso, y me eché otro chorro directo en el ojete. El líquido frío me hizo apretar el culo por un segundo. Después, con las piernas abiertas y las rodillas dobladas hacia el pecho, apoyé la punta suave de aquellos doce centímetros justo en el agujero, en el lugar donde el cuerpo me pedía atención a gritos. Hice una presión leve, apenas un empuje, y sentí cómo la punta cedía un poco y se quedaba ahí, adentro, esperando. Me detuve. Respiré. Tranquilo. No hay apuro.

Soy estrecho, así que volví a poner gel y empujé otra vez, con más paciencia que fuerza. Centímetro a centímetro, fue entrando. La primera mitad me costó, con esa tensión inicial que enseguida se transformó en algo distinto, en una presión cálida que me hizo abrir la boca sin emitir sonido. Sentía el músculo abrirse alrededor de la silicona, cediendo, tragándosela despacio. Y entonces ocurrió: la segunda mitad entró casi sola, suave, como si mi cuerpo por fin se hubiera rendido, como si el culo llevara años queriendo ceder y solo necesitara permiso.

Temblé. Lo digo en serio: temblé de placer, con un estremecimiento que me subió por la espalda y me erizó hasta la nuca. Lo hundí del todo, hasta la base ancha que me garantizaba que nada podía salir mal, y me quedé un momento inmóvil, con las piernas abiertas y la polla apuntando al techo, sintiéndolo entero dentro de mí, asimilando una sensación para la que no tenía ninguna referencia previa. Estaba lleno. Estaba abierto. Y me encantaba.

***

Empecé a moverme con cuidado, balanceando las caderas contra el juguete, subiendo y bajando el culo unos centímetros, dejando que la punta interna rozara justo el punto exacto. Con cada movimiento, una oleada distinta me recorría desde el centro hacia afuera. Agarré el juguete por la base y empecé a follarme yo mismo, sacándolo hasta que solo quedaba la punta adentro y volviéndolo a meter entero de un empujón suave. Al principio despacio, marcando un ritmo, después un poco más rápido, sintiendo cómo el gel hacía un ruido húmedo que resonaba en el departamento vacío.

No necesitaba siquiera acariciarme la polla: de mi verga, semierecta y latiendo, empezó a salir un líquido espeso y blanquecino sin que yo hiciera nada, un chorrito continuo que me caía por la piel y me mojaba los huevos, como si el placer se hubiera mudado por completo a otra parte de mi cuerpo. La próstata me palpitaba cada vez que la punta del juguete la golpeaba, y con cada golpe soltaba otra gota, y otra, hasta que tenía el vientre y la ingle empapados.

Me moví más. Cambié de posición, me puse de costado, con una pierna arriba, y seguí clavándomelo, ahora entrando en un ángulo distinto que me tocaba justo ahí, más profundo. Después me di vuelta boca abajo, con la cara contra la almohada y el culo levantado, y me lo metí desde atrás, imaginando por un segundo que era otra persona quien lo empujaba, quien me abría con ganas. Cerré los ojos y me dejé llevar, perdiendo poco a poco la noción del tiempo y del pudor. Pensaba en cosas prohibidas, en escenas que nunca me había animado a contarle a nadie, en una mano ajena agarrándome la nuca, en una polla dura entrando y saliendo de mí al mismo ritmo. La fantasía y la sensación física se mezclaban en algo que me desbordaba. Gemí solo, en la penumbra, gemidos largos, sucios, sin nadie que me escuchara, y por una vez no me dio ninguna vergüenza gritar «así, más adentro, más» a la nada.

El placer fue creciendo de un modo que no se parecía a nada de lo conocido. No era el final brusco y rápido de siempre, sino una marea lenta que subía y subía, que se concentraba en aquel punto interno y se expandía por todo el cuerpo. Volví a acostarme boca arriba, dejé el juguete metido hasta la base y me llevé por fin la mano a la polla, agarrándomela con firmeza. Bastaron tres o cuatro pajazos lentos, apretando bien, sintiendo el juguete quieto pero vibrando con cada latido de mi culo, para llevarme al borde.

Cuando el orgasmo llegó, llegó distinto. No fue una descarga, fue un desbordamiento. El semen salió en abundancia, sin esfuerzo, casi a chorros, en cuatro, cinco, seis lechazos gruesos que me cayeron en el pecho, en el cuello, uno hasta me alcanzó la barbilla. Mientras me corría, el culo se me contraía alrededor del juguete, apretándolo, ordeñándolo como si fuera una polla de verdad, y esa presión interna hacía que cada espasmo durara el doble. Una sensación de ordeño me sacudía de adentro hacia afuera. Me arqueé sobre la cama, con el juguete todavía dentro, prolongando cada espasmo, moviéndolo apenas, dejando que el placer se vaciara solo, a su ritmo, sin que yo pudiera ni quisiera controlarlo. Todavía me temblaban las piernas cuando la última gota me caía por el costado. Fue largo, intenso, abrumador.

Me quedé después un rato así, tendido, con la respiración entrecortada, el pecho embarrado de mi propia corrida y el cuerpo flojo, mirando el techo. Una risa tonta se me escapó, mezcla de incredulidad y alivio. Tantos años evitándolo, para esto. Cuando por fin retiré el juguete, despacio, sentí un último estremecimiento, casi de despedida, el ojete cerrándose otra vez alrededor de la nada, y una calma profunda que hacía tiempo no conocía.

***

Esa noche dormí distinto. No por culpa, ni por vergüenza, sino por una especie de paz rara, la de haber dejado de pelearme con una parte de mí. Seguía siendo el mismo hombre al que le encantan las mujeres, que sueña con un encuentro de a tres, con una tía chupándome la polla mientras otra se sienta en mi cara, que fantasea con mil cosas más. Pero había sumado algo nuevo, un lugar al que ahora sabía cómo volver cuando estuviera solo y con ganas de explorarme el culo sin pedirle permiso a nadie.

En los días siguientes me sorprendí pensando en ello, reviviéndolo, cascándomela en la ducha con dos dedos metidos, y también mirando otra vez aquella página. Ya estoy pensando en el siguiente paso: un modelo un poco más grande, catorce centímetros, tres dedos de ancho. Y, quién sabe, quizás más adelante me anime a uno aún mayor, o a que sea una mano ajena la que me lo meta. Pero no hay prisa. Aprendí que lo mejor de todo esto está justamente en eso: en darme tiempo, en perderle el miedo de a poco, en descubrirme sin culpa.

A veces pienso que lo prohibido no es más que aquello que no nos atrevemos a probar. Y que el día que cerré esa puerta con llave para abrir, por fin, la otra, dejé de ser un espectador de mis propias fantasías. Si tú también guardas una de esas curiosidades en el fondo de un cajón, tal vez sea hora de sacarla a la luz. Yo lo hice una noche cualquiera, a solas con mi ojete y un juguete de silicona, y todavía me cuesta creer todo lo que me estaba perdiendo.

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Comentarios(8)

LunaSol_27

excelente!!! me quede pensando en el final toda la tarde

DanteRosetti

Buenisimo, toca algo que muchos sentimos pero pocos nos animamos a confesar. Espero que haya una segunda parte!

NocturnaCBA

Me recorde a una noche parecida hace tiempo jajaja. Tremendo como lo describiste.

turista

Cuantas partes tiene?? quedamos con ganas de mas

lectora_porteña

Muy bien escrito, se siente autentico y cercano. Sigue publicando!

SombrasLectora

Eso de animarse por fin... le llego a cualquiera. Buen relato.

FedericoBaires

increible!! de los mejores que lei ultimamente en fantasias

Sebastian

Saludos desde Mexico, justo lo que necesitaba leer hoy :)

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