Estrené mis juguetes en la ducha como ella me pidió
Desde hace meses mantengo una correspondencia muy particular con una mujer que conocí en otro rincón de internet. Nuestros correos no hablan del clima ni de trabajo: nos escribimos para masturbarnos. A veces le relato con todo detalle cómo me toco, qué dedos uso, en qué orden; otras veces soy yo quien le da las instrucciones y espero su respuesta con la respiración contenida, sabiendo que del otro lado ella está cumpliendo cada palabra.
Se llama Renata, o al menos así me dijo que la llamara. Es tan descarada como yo, quizá más. Hemos llegado a retarnos a probar objetos cada vez más atrevidos, porque hasta hace poco yo no tenía un solo juguete decente. Nunca había comprado nada. Me arreglaba con un par de cosas de la casa, lo que tuviera a mano, y le contaba a Renata mis improvisaciones como si fueran hazañas.
Una tarde, mientras revisaba el correo medio distraída, me llegó un mensaje suyo con un enlace. Era la página de una tienda erótica, y en el carrito ya había dos cosas esperando: un consolador realista y unas bolas chinas.
Pone tu dirección, decía el correo. Cuando te lleguen mis regalos, te masturbás con ellos y después me contás todo. Cada detalle. ¿Estamos?
No lo dudé ni un segundo. Completé mis datos, confirmé la compra y desde ese momento no pensé en otra cosa que en el día en que tocaran el timbre.
***
Llegaron antes de lo que esperaba. Una semana después, estaba terminando de atarme las zapatillas para ir al gimnasio cuando sonó el timbre. Bajé las escaleras de dos en dos. Era el correo, con una caja pequeña y anónima a mi nombre.
La abrí ahí mismo, en el recibidor, con las manos temblando de pura intriga. Cuando vi el tamaño del consolador se me hizo agua la boca. Era largo, grueso, con las venas marcadas a lo largo y una base pesada. Demasiado grande, pensé, y esa idea en lugar de asustarme me encendió.
Lo primero que hice fue llevármelo a la boca. Me quedaba casi la mitad afuera, así de largo era. Jugué un rato con esa silicona tibia, metiéndolo y sacándolo despacio, recorriendo la cabeza con la lengua mientras un cosquilleo me subía desde el bajo vientre. Estuve a punto de mandar el gimnasio al diablo y quedarme.
Me obligué a ir. Si aguanto una hora, me dije, vuelvo el doble de caliente.
***
Y así fue. Una hora entera entre el ruido de las máquinas, mirando a los hombres resoplar bajo el peso de las barras, las venas de los brazos hinchadas, la transpiración bajándoles por el cuello. Las chicas con sus calzas apretadas estirándose en el suelo. Cada repetición que hacía, mi cabeza estaba en otra parte, en esa caja abierta que me esperaba en casa. Para cuando terminé no daba más de calentura, apretaba los muslos en cada pausa entre series.
Volví casi corriendo. Apenas cerré la puerta empecé a quitarme la ropa, prenda por prenda, hasta quedar desnuda frente al espejo del pasillo. Me detuve a mirarme: la piel todavía roja por el esfuerzo, una capa fina de sudor, los pezones ya duros por el cambio de temperatura. Me gustó lo que vi. Me gustó cómo respiraba.
Pasé las manos por mi cuerpo sin prisa, bajando hasta el sexo, y comprobé lo que ya sabía: estaba empapada. Fui hasta la caja y saqué las bolas chinas. Me las llevé a la boca un momento, más por ritual que por necesidad, porque mis propios fluidos sobraban para lubricarlas.
Me acaricié apenas, abriéndome con dos dedos, y empecé a introducirlas. La primera entró con una facilidad que me sorprendió. Detrás fue la segunda. Me quedé inmóvil un instante, dejando que el cuerpo se acostumbrara a esa presencia nueva. Fue una sensación rara y deliciosa a la vez: me sentía llena, aunque no del todo, y cada vez que contraía para mantenerlas en su sitio una corriente de placer me recorría por dentro.
Decidí dejármelas puestas mientras preparaba la ducha. El consolador venía con ventosa, así que lo pegué a los azulejos, a la altura justa, detrás de mí. No para usarlo todavía. Solo para sentirlo ahí, esperando.
***
El agua empezó a caer tibia sobre mis hombros. Tomé el jabón y me enjaboné despacio, sin apuro, demorándome en cada zona. Con cada movimiento mi espalda rozaba la punta de silicona contra los azulejos, y abajo las bolas chinas seguían haciendo lo suyo, ese peso sutil que me obligaba a apretar sin darme cuenta.
Estaba ardiendo. Hacía mucho que no me sentía tan al borde, y lo más increíble era que casi no me había tocado. Todo era sugerencia: el roce del consolador en la cola, mis propias manos resbalando con la espuma, esas bolas trabajando en silencio. Pegué la espalda a la pared fría y empecé a moverme apenas, lo justo para sentir la silicona deslizarse entre las nalgas mientras con la otra mano me pellizcaba un pezón y amasaba el pecho.
Mi respiración se volvió pesada, entrecortada. Sin proponérmelo estaba gimiendo bajito con cada exhalación, y escucharme a mí misma me encendió todavía más. El sonido del agua, la verga firme contra mi cuerpo, mis pezones, todo empujaba hacia el mismo punto.
—Ay, sí —me oí decir, y ya no me importó subir la voz—. Así, dale, así.
Estaba como poseída, hablándole a una habitación vacía, contrayéndome alrededor de las bolas. No sé cuánto duró. Solo sé que de repente esa electricidad que conozco bien me subió por las piernas y estalló justo en el centro, dejándome temblando contra los azulejos.
Me quedé quieta, sosteniéndome de la pared, dejando que el agua me lavara mientras el orgasmo se replegaba despacio. Cuando recuperé un poco de control, me saqué las bolas chinas con cuidado. Y entonces apareció ese vacío urgente, esa necesidad de llenar el hueco que acababan de dejar.
***
Despegué el consolador de la pared y lo apoyé en el suelo de la ducha, firme sobre su ventosa, apuntando hacia arriba. Me quedé mirándolo un segundo, todavía agitada, mientras empezaba a jugar con mi clítoris hinchado y reclamando atención.
Volví al manoseo lento que tanto me gusta, en círculos, y los gemidos regresaron de inmediato. Sin dejar de tocarme, me coloqué encima, dejando que la punta me buscara. Tuve que ir despacio: era demasiado grueso y mi cuerpo no estaba acostumbrado a algo de ese tamaño. Bajé centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, cómo cada parte de mí se amoldaba a esa intrusión enorme.
Apoyé las manos en el suelo mojado y empecé a montarlo con suavidad. Por dios, qué pleno se sentía. Más que lleno. A medida que el cuerpo cedía pude ganar velocidad, y entonces lo monté de verdad, sintiéndolo entrar y salir, golpeando hondo en cada bajada.
Los gemidos se transformaron en gritos, mezcla de placer y un poco de dolor por la dimensión de lo que tenía dentro. Estuve más de veinte minutos así, sin parar, perseguida por un orgasmo que se anunciaba y no terminaba de llegar. No pensaba detenerme. Seguí, y seguí, y seguí, el agua cayéndome encima, el pelo pegado a la cara, las rodillas resbalando.
Cuando por fin llegó, grité como nunca. Sentí mis fluidos bajar por la silicona mientras todo el cuerpo se me sacudía en oleadas que no daban tregua. Me quedé unos minutos con el juguete todavía dentro, apoyada hacia adelante, recuperando el aliento, incapaz de moverme.
Me incorporé con las piernas temblando, despacio, agarrándome de la mampara. El sexo me ardía, abierto y latiendo después de tener semejante miembro adentro tanto tiempo. Dejé que el agua siguiera corriendo un rato más, terminando por fin esa ducha que había empezado hacía una eternidad, recolocando la respiración.
***
Apenas salí, envuelta en una toalla y todavía con el pulso desbocado, fui directo a la computadora. Le escribí a Renata un correo larguísimo, sin ahorrarme un solo detalle: el tamaño que me había hecho temblar, las bolas chinas, los veinte minutos montada, el grito final. Le agradecí cada centímetro de sus regalos.
Cuando releí lo que le había mandado, sonreí. Era demasiado bueno para guardármelo solo entre nosotras. Y por eso, a decir verdad, me pareció un poco injusto no compartirlo también con ustedes.