Sola en casa me dejé llevar por una fantasía nueva
Aquella semana de febrero fue de un calor insoportable, y ese martes en particular el aire de la ciudad pesaba como una manta húmeda. Llegué a casa después de una jornada larguísima, con la blusa pegada a la espalda y las ganas de hacer absolutamente nada. Cené cualquier cosa de pie, frente a la heladera, y fui derecho a la ducha. Necesitaba sacarme de encima el sudor del día y, sobre todo, la tensión.
Abrí el agua tibia, casi fría, y me metí debajo. Me quedé un rato largo sin moverme, sintiendo cómo cada chorro me recorría los hombros, la espalda, las piernas. El calor del cuerpo bajaba de a poco. Cerré los ojos y dejé que el agua hiciera todo el trabajo.
Cuando salí del baño me até la bata sobre la piel todavía mojada y fui al living a tirarme en el sillón. Pasé canales sin encontrar nada, esa rutina aburrida de buscar algo que mire la cabeza por mí. Después de media hora decidí que lo mejor era irme a la cama.
Al llegar al cuarto me di cuenta de que seguía con la bata puesta. La noche seguía caliente, asfixiante, así que la dejé caer al piso y me acosté desnuda sobre las sábanas. La frescura del algodón contra la espalda fue lo único agradable de todo el día.
Era temprano y no tenía nada de sueño. Daba vueltas de un lado al otro, buscaba una posición y ninguna me servía. En un momento decidí dejar de pelear con la cama. Me quedé boca arriba, respiré hondo, pausado, y traté simplemente de relajarme.
Poco a poco el cuerpo me fue cediendo. Casi sin pensarlo, empecé a pasar la yema de los dedos por mi piel. Primero el cuello, después la curva de los pechos, el abdomen. Bajé hasta la pelvis, los muslos, y volví a subir.
Hice ese recorrido varias veces, muy lento, como si me estuviera reconociendo de nuevo. A los pocos segundos tenía los pezones erizados y un cosquilleo tibio que me subía desde el vientre. Sin darme cuenta, ya estaba apretando los muslos uno contra el otro.
Hace cuánto que no me dedico un rato así.
El pensamiento me agarró por sorpresa. Era verdad: hacía semanas que llegaba reventada y me dormía sin más. Extrañaba esto, este permiso de no apurarme, de no rendirle cuentas a nadie, de hacer lo que se me antojara con mi propio cuerpo.
Por un segundo pensé en buscar el teléfono y poner algún video, como hacía siempre. Pero esa noche no quería empezar por ahí. Quería ir despacio, construirlo yo, sin atajos. Así que seguí acariciándome un rato más, dejando que la anticipación hiciera de las suyas.
Todavía acostada, abrí bien las piernas y dejé que todo quedara expuesto al aire del cuarto. Me llevé dos dedos a la boca, los chupé hasta humedecerlos bien, y bajé la mano para acariciar muy suave los labios externos. El primer roce me arrancó un suspiro.
Enseguida noté la humedad propia abriéndose paso, esa señal de que el cuerpo iba más rápido que la cabeza. Aproveché y deslicé los dedos hacia adentro, paseándolos por los labios internos con una lentitud que casi me dolía de buena.
Mientras recorría una y otra vez esa zona resbaladiza, con la otra mano me amasaba los pechos y jugaba con los pezones, tirando apenas, girándolos entre los dedos. La excitación crecía con cada pasada y esa suavidad del principio ya no me alcanzaba.
Me acordé entonces de algo. Tenía un pepino en la heladera, comprado para una ensalada que nunca hice, y la idea me dio un escalofrío. Me levanté y fui rápido a la cocina a buscarlo, con la urgencia de querer tenerlo cerca para cuando llegara el momento.
De paso, agarré del tocador el aceite para bebé que uso a veces en la piel. Con las dos cosas en la mano volví a la cama y retomé exactamente donde había quedado, todavía vibrando.
Me tiré un poco de aceite sobre los pechos y empecé a amasarlos, a apretarlos con ganas. Me pellizqué los pezones con fuerza y un grito ahogado se me escapó solo. El aceite hacía que todo se sintiera más suave, más resbaladizo, más intenso.
Volqué otro chorro sobre el vientre y lo esparcí con la palma abierta, dibujando círculos hasta llegar de nuevo abajo. Pasaba los dedos de arriba abajo, rápido, sin saltearme ningún rincón, persiguiendo ese punto que me hacía arquear la espalda.
Tomé el pepino, frío todavía, y lo apoyé debajo de mí, contra la raja, entre las nalgas. El contraste de la temperatura me hizo dar un respingo. Estaba duro, grueso, y solo sentirlo ahí, firme, me calentó muchísimo más.
Abrí las piernas todo lo que pude y empecé a frotarme contra él, moviendo la cadera adelante y atrás. Así, sí, justo así. La textura desigual contra la parte más sensible me prendió como nunca. Se sentía increíble.
Aceleré el movimiento, montándolo, dejándome caer con todo mi peso en cada vaivén. La respiración se me cortaba y un gemido largo salía cada vez que volvía a apretarme contra él. Sentía que algo se acumulaba abajo, una presión que crecía y crecía sin freno.
Seguí así hasta que el cuerpo se me sacudió de golpe, como si algo explotara desde adentro. Sentí las contracciones, una atrás de la otra, y la oleada de placer que me dejó temblando sobre las sábanas. Me quedé quieta unos segundos, jadeando.
Pero no quería que terminara. Antes de recuperar del todo el aliento, me senté en otra posición, con las piernas bien abiertas, y aproveché que el pepino estaba completamente lubricado por mí para empezar a metérmelo, despacio al principio.
Dios, qué bien se siente.
Lo metía y lo sacaba cada vez más rápido, sin poder contener los gemidos. Cada empuje me llenaba de una manera que los dedos no lograban, y la idea de lo que estaba haciendo, sola, en medio de la noche, me excitaba todavía más.
Me acosté de nuevo sin sacármelo, y mientras lo movía con una mano, con la otra empecé a tocarme el clítoris, fuerte y rápido, en círculos cerrados. La combinación de las dos cosas me dejó al borde del descontrol. Estaba completamente perdida en mi propio cuerpo.
No paraba de gemir, de retorcerme, de pedir en voz baja cosas que no le decía a nadie. La respiración entrecortada, el sudor volviendo a aparecer en la frente. Sentía que iba a acabar en cualquier momento y a la vez no terminaba de llegar, y esa agonía deliciosa me encendía como una hoguera.
Estuve así varios minutos largos. Metía y sacaba, castigaba el clítoris, volvía a los pezones, hacía todo lo que se me ocurría para empujarme un poco más cerca del borde sin caer. Quería estirarlo, quería que durara, quería exprimirme hasta el final.
Cuando ya no aguanté más, el cuerpo se entregó por completo. Sucumbí en un orgasmo que me sacudió de la cabeza a los pies, con un gemido ronco que llenó todo el cuarto. Me quedé deshecha sobre la cama, los músculos flojos, la piel erizada.
Me tomé unos segundos para recobrar el aliento. Saqué el pepino y, casi sin pensarlo, me lo llevé a la boca. Quería saborearme, quería sentir algo grande y firme entre los labios. No era lo mismo que tener un hombre de verdad, lo sabía, pero en ese momento era todo lo que tenía y lo disfruté igual.
Me arrodillé en el piso, junto a la cama, para imaginarme la escena completa. Cerré los ojos y me convencí de que de verdad le estaba haciendo sexo oral a alguien, moviendo la cabeza despacio, jugando con la lengua, recreando cada gesto.
Casi sin darme cuenta, separé las rodillas y bajé una mano otra vez hacia abajo. Estaba todavía empapada, lista, como si el cuerpo no se diera por satisfecho. Empecé a tocarme de nuevo, y un gemido se me escapó alrededor del pepino.
El clítoris seguía hinchado, hipersensible, así que volví a dedicarme a él con paciencia, apretando y soltando, justo como más me gusta, mientras seguía lamiendo y chupando con la otra mano ocupada.
Me costaba gemir con la boca llena, los sonidos salían ahogados, y aun así no podía parar. Había algo en hacer las dos cosas a la vez, en interpretar esa escena para una platea que no existía, que me tenía completamente atrapada.
Y entonces apareció algo que jamás había fantaseado antes. Me imaginé arrodillada igual que ahora, con un hombre adelante y otro detrás montándome al mismo tiempo. La imagen me golpeó con una fuerza inesperada. Qué rico sería, qué rico se siente solo imaginarlo.
Era una fantasía nueva, una puerta que no sabía que tenía. Me dejé caer del todo por ella, sin censura, dejando que la cabeza llenara cada detalle: las manos, el peso, el ritmo de los dos cuerpos. No sé cuánto tiempo más me masturbé entregada a esa escena inventada, hasta que el cuerpo me regaló un tercer orgasmo.
Después de ese ya no me respondía nada. Caí rendida sobre las baldosas frescas del piso, con el pecho subiendo y bajando, intentando que la respiración volviera a la normalidad. Tenía la piel brillante, el pelo pegado a la cara y una sonrisa boba que no me podía sacar.
Pasados unos minutos, junté las fuerzas para arrastrarme de vuelta a la cama. Me acomodé entre las sábanas, todavía desnuda, con el cuerpo pesado y la mente por fin en blanco. No hizo falta nada más: después de semejante noche, me dormí casi al instante, profundamente, como hacía mucho que no dormía.