Lo que hago cuando mis padres salen de casa
Es sábado por la mañana y la alarma suena alrededor de las diez. No la apago de inmediato. Me quedo quieta bajo el edredón, escuchando ese pitido absurdo mientras mi cuerpo se niega a abandonar el calor de las sábanas. Afuera el día parece gris, perezoso, perfecto para no hacer nada. Estiro un brazo, atrapo el móvil de la mesilla y lo arrastro hasta mi cara con los ojos a medio abrir.
Abro la primera red social que aparece, sin buscar nada en concreto. Pulgar arriba, pulgar abajo. Y entonces, entre tanto ruido, se reproduce solo el vídeo de una chica. No es nada explícito, apenas una mujer moviéndose despacio frente a una cámara, pero algo en la forma en que arquea la espalda se me clava por dentro. Lo vuelvo a poner. Una vez. Otra. Y noto cómo se me acelera el pulso sin permiso.
Llevaba varios días así, con una tensión acumulada que no había encontrado momento de soltar. Vivo todavía con mis padres y la intimidad en esta casa es un lujo escaso. Pero esta mañana es distinta. Esta mañana el deseo no pide, exige. Me doy cuenta de que estoy húmeda casi al instante, antes incluso de tocarme, solo por imaginar.
Subo una mano por debajo de la camiseta y la apoyo sobre el pecho. La piel está caliente, sensible. Empiezo despacio, dibujando círculos alrededor del pezón sin llegar a rozarlo, alargando la espera a propósito. El vídeo sigue de fondo, un murmullo de respiraciones que me acompaña. Me llevo dos dedos a la boca, los humedezco y vuelvo a bajarlos. Ahora sí. Pellizco, tiro, aprieto con una firmeza que me arranca un suspiro.
—Mmm... —se me escapa, y enseguida muerdo el sonido.
Cállate. Mamá todavía anda por la cocina.
Esa idea, lejos de frenarme, me enciende más. El peligro de que alguien me oiga convierte cada gesto en algo prohibido, y lo prohibido siempre me ha gustado demasiado. Entre estas cuatro paredes, escondida bajo la tela, me siento libre de un modo que no sé explicar.
Mi sexo empieza a reclamar atención de verdad. Lo noto latir, impaciente, pero me obligo a esperar. Quiero torturarme un poco, alargar el momento hasta que sea insoportable. Imito lo que hace la chica de la pantalla: me deshago de la camiseta y del pantalón del pijama, me quedo completamente desnuda y me vuelvo a esconder bajo el edredón, como si fuera mi propio refugio secreto.
Acaricio mis muslos por dentro, subiendo y bajando, acercándome y retirándome. Hoy tiene pinta de ser una de esas mañanas largas. Lo sé porque mi cuerpo no se va a conformar con un solo orgasmo; lo siento en la forma en que cada terminación nerviosa parece haberse despertado a la vez.
Por fin paso un dedo entre los labios, ya empapados, y un escalofrío me recorre entera.
Joder. Lo voy a mojar todo.
Sigo acariciándome el clítoris muy despacio, en círculos diminutos, conteniéndome para no ir demasiado rápido. Necesito más, mucho más, pero también necesito hacerlo durar. Me siento descarada, atrevida, deliciosamente sola conmigo misma bajo estas sábanas, con la respiración de aquella desconocida sonando lejos. El sexo me palpita con una urgencia que casi duele.
Me doy la vuelta. Boca abajo, hundo la cara en la almohada y empiezo a frotarme con la mano atrapada entre mi cuerpo y el colchón. Se acabaron las caricias suaves; ahora quiero presión, fricción, algo sólido contra lo que empujar. Froto con fuerza y muerdo la almohada para ahogar los gemidos. Cierro los ojos y el vídeo deja de existir, ya no lo necesito. Estoy tan mojada que oigo el sonido húmedo de mis propios dedos.
Las piernas me empiezan a temblar. Un calambre delicioso me sube desde abajo, los muslos se me tensan y, casi sin avisar, llego. Es un orgasmo corto, brusco, casi de mal humor, como si el cuerpo solo quisiera quitarse de en medio la primera urgencia. Me quedo jadeando contra la tela, con el corazón disparado.
Y aun así, no es suficiente. Apenas se calma el temblor, ya quiero más.
***
Oigo movimiento en el pasillo. La puerta de casa que se abre, voces, las llaves. Mis padres tienen plan para hoy y van a estar fuera buena parte de la mañana. Espero, todavía desnuda y agitada, hasta que el coche arranca abajo en la calle y el motor se aleja. Entonces el silencio cae sobre la casa como un permiso.
Sonrío contra la almohada. Ahora sí.
Me levanto, todavía con las piernas algo flojas, y abro el cajón de la cómoda donde guardo las cosas con las que me gusta jugar cuando estoy sola. Un succionador pequeño, de los que vibran y palpitan a la vez, y un bote de crema corporal alargado, de forma sospechosamente conveniente, que llevo usando para otra cosa desde hace meses. Hoy puedo ser todo lo que necesito ser. Puedo gemir sin tapujos, gritar si me apetece, dejarme llevar sin un solo oído indiscreto en kilómetros.
Vuelvo a la cama y me tumbo boca arriba, con las rodillas dobladas y los pies plantados en el colchón. Coloco el succionador sobre el clítoris. Con lo empapada que estoy, en las primeras intensidades casi no lo siento, así que subo la potencia poco a poco. Y entonces empieza. Una vibración profunda que me recorre desde el pubis hasta la punta de los dedos de los pies, una ola que crece y no para de crecer.
Llego al borde del segundo orgasmo en cuestión de minutos, pero esta vez no quiero que termine tan pronto. Aparto el aparato justo a tiempo, jadeando, frustrada y encantada al mismo tiempo. Me doy la vuelta, me pongo a cuatro patas y alcanzo el bote de crema.
Lo deslizo entre mis piernas y empiezo a penetrarme. Despacio, muy despacio. Soy estrecha y al principio molesta un poco, pero estoy tan mojada que el cuerpo cede enseguida, se abre, lo acoge. Empujo y me retiro, marcando un ritmo lento que voy acelerando conforme la incomodidad se transforma en algo cálido y espeso. Jadeo cada vez más alto, sin nadie a quien esconderme.
Me azoto una nalga con la mano libre. El golpe suena seco en la habitación vacía y el escozor se mezcla con todo lo demás de una forma que me vuelve loca. No es suficiente. Cuanto más obtengo, más quiero. Estoy ardiendo entera y mi cuerpo se ha convertido en una sola exigencia.
El ritmo de mi mano sube. Me pellizco un pezón hasta hacerme un poco de daño, me golpeo de nuevo, y cuando ni eso basta, me llevo el bote a la boca y lo lamo, probándome a mí misma. Me gusta. Me gusta tanto que pierdo el último resto de vergüenza. Me siento como un animal en celo, una criatura que solo sabe desear, que solo quiere cabalgar hasta no poder más.
Así que improviso. Doblo la almohada, la coloco entre mis piernas y monto sobre ella, apretando el succionador y el bote a la vez contra mi sexo, las dos cosas a máxima potencia. Y cabalgo. Me muevo de forma frenética, descontrolada, adelante y atrás, restregándome contra todo, persiguiendo la sensación que ya empieza a formarse en el centro de mi vientre.
Me pellizco los pezones con las dos manos, casi con saña, y por un instante levanto la vista. Hay un espejo apoyado contra la pared, frente a la cama. Y me veo. Despeinada, encendida, con la boca entreabierta y los ojos vidriosos, moviéndome sobre la almohada sin ningún pudor. Verme así, tan entregada, tan mía, es lo que me empuja al borde.
Y exploto.
El orgasmo me parte por la mitad. Grito sin contenerme, una sola vez, larga, y caigo rendida sobre la cama con todo el cuerpo temblando. La almohada está empapada, las sábanas también, mis muslos brillan. Me quedo ahí tirada, boca abajo, con la respiración entrecortada y una sonrisa estúpida pegada a la cara.
***
Tardo varios minutos en volver a la realidad. El techo, la luz gris de la ventana, el succionador todavía zumbando bajito a mi lado hasta que lo apago. Estoy agotada, sí, pero no saciada. Lo curioso de las mañanas como esta es que cada orgasmo, en lugar de calmar el hambre, la alimenta.
Hoy me he despertado descarada, con ganas de mucho, y sé que el siguiente paso no van a poder darlo ni mis dedos ni mis juguetes. Necesitaré otra cosa. Una voz al otro lado de la pantalla, alguien que me cuente al oído lo que me haría, un cómplice para una de esas charlas calientes que se alargan hasta perder la noción del tiempo.
Me incorporo, busco el móvil entre las sábanas revueltas y empiezo mi siguiente misión: encontrar a alguien dispuesto a seguirme el juego. Una conversación, una llamada, lo que surja. La casa sigue vacía y tengo toda la mañana por delante.
Pero eso, mejor lo dejo para la próxima vez. ¿No?