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Relatos Ardientes

Un año de cibersexo y por fin quise verle la cara

En todos mis años de casada jamás le había sido infiel a mi marido. Ni una mirada de más, ni un mensaje que tuviera que borrar. Pero las tardes solas en casa son largas, y una se aburre de mirar el techo. Empecé a entrar en los chats casi por curiosidad, para matar el tiempo, y sin darme cuenta acabé hablando todos los días con la misma persona.

Se hacía llamar Adrián. Yo le dije que me llamaba Marina, aunque ese no es mi nombre. Con él fui creando una confianza que no había tenido con nadie, esa confianza extraña que solo da el anonimato. Cuando sabes que digas lo que digas no lo dice una mujer casada con su vida ordenada, sino un personaje que te has inventado, te atreves a todo. Y a veces ese personaje es más real que la cara que le enseñamos al mundo.

—Marina, ¿te das cuenta de que llevamos casi un año haciendo esto? —me escribió una noche—. Dos, tres veces por semana. Conozco rincones de tu cuerpo que no conoce ni tu marido.

—Lo sé —le contesté, con la luz del salón apagada y la pantalla iluminándome la cara—. Y me da hasta vergüenza reconocerlo, pero me corro más pensando en lo que tú me pides que con cualquier cosa que se me ocurra a mí.

Era verdad. Sus fantasías me gustaban más que las mías. Me ponía a sus órdenes con una facilidad que me asustaba. Me pedía cosas frente a la cámara, cosas que al principio pensé que nunca haría, y yo obedecía con las piernas temblando y el corazón en la garganta. Todavía recuerdo la primera vez que encendimos las dos cámaras a la vez, esa mezcla de pánico y excitación al ver su cuerpo y dejar que él viera el mío.

Con el tiempo aprendí a reconocer su forma de escribir antes incluso de que dijera quién era. La manera en que tardaba un poco más en responder cuando estaba excitado, las faltas de ortografía que le salían cuando tenía una mano ocupada. Yo apuntaba sus horarios en mi cabeza sin querer. Sabía que se conectaba después de cenar, cuando en su casa ya dormían todos, y que apagaba de golpe si oía un ruido en el pasillo. Esas pausas suyas, ese miedo compartido a ser descubiertos, nos unían tanto como el sexo.

Eso sí, de su vida real no soltaba prenda, igual que yo no soltaba de la mía. Era una regla que ninguno de los dos había puesto en voz alta y que los dos respetábamos a rajatabla. Nada de apellidos, nada de fotos del pasado, nada de nombres de calles. Nos contábamos los deseos más sucios sin pudor, pero el barrio donde vivíamos era un secreto sagrado. Conocía su cuerpo de memoria y no tenía ni idea de qué cara ponía cuando se reía.

—Nunca imaginé que algo así pudiera ponerme tan a mil —me confesó él—. Cada vez que me haces caso me vuelvo loco. Pensaba que no te atreverías a la mitad de lo que te pido. ¿No crees que ya es hora de que nos veamos las caras de verdad?

Me quedé mirando esa frase un buen rato antes de responder.

—Adrián, estoy casada. Tú eres soltero, vives con tus padres, lo tienes fácil. Para mí dar ese paso es complicado, ¿lo entiendes? Y aparte está la distancia. Yo soy de Salamanca y tú de Santander. No nos da tiempo a quedar sin que nadie sospeche.

—Pues quedemos a mitad de camino —escribió enseguida, como si lo tuviera pensado desde hacía tiempo—. Burgos nos pilla bien a los dos. Esta misma semana. No aguanto más, Marina.

***

Tardé dos días enteros en contestar a eso. Dos días dándole vueltas, mirándome al espejo, inventando excusas para no ir y deshaciéndolas una a una. La idea me daba un corte enorme. Una cosa es desnudarse detrás de una pantalla, donde puedes apagar el ordenador si algo se tuerce, y otra muy distinta es estar delante de alguien en carne y hueso.

—Me da pánico, te lo juro —le escribí al fin—. Soy tímida, estoy rellenita, no soy la mujer de las películas. Pero tienes razón. Ya está bien de fantasías. Quiero algo real. Te deseo de verdad.

—¿Y hasta dónde estarías dispuesta a llegar? —me preguntó.

—No lo sé. A lo que tú quieras. Decide tú, que siempre se te ocurren cosas mejores que a mí.

Entonces se le encendió esa parte suya que tanto me gustaba.

—Hagamos una cosa. ¿Te acuerdas de aquel juego del que hablamos una vez? Prepara una lista con seis fantasías, numeradas del uno al seis. Cuando estemos en el hotel, tiro un dado y hacemos la que salga. Sin discutir.

—¿Y si sale la más bestia?

—Sobre todo si sale la más bestia —respondió—. Prometo aceptarlo todo, sin límites. Por fuerte que sea lo que me toque, lo cumplo. Júrame que tú harás lo mismo.

—Te lo juro —escribí, y noté un calor subiéndome por el cuello.

—Pero déjame verte la cara antes, aunque sea una foto —insistió él.

—Que no, pesado. Que me muero de la vergüenza. Nos vemos directamente allí, así no me echo atrás.

Quedamos para dos días después. En Burgos, en una cafetería de la calle de la Paloma que se llamaba El Sifón, a las cinco de la tarde. Le dije cómo iría vestida para que me reconociera: unos vaqueros, una camisa azul claro y una chaqueta tejana.

—Y tú —añadí, riéndome sola delante de la pantalla— ponte un chándal. Será más divertido.

—Eres mala —me contestó—. ¿Y si se me pone dura, que sabes que se me va a poner? Con el chándal se me va a notar todo. Qué mala eres.

Me fui a dormir esa noche con el cuerpo encendido y una lista de seis fantasías escondida en el bolso, escrita con mi peor letra para que mi marido no la entendiera si la encontraba.

***

El día de la cita no pude comer nada. Inventé una excusa cualquiera, una compra que tenía que hacer en otra ciudad, y conduje hasta Burgos con las manos sudadas pegadas al volante y la radio puesta sin escucharla. Aparqué a tres calles de la cafetería y todavía me quedé un rato dentro del coche, retocándome el pintalabios en el espejo, preguntándome qué demonios estaba haciendo.

A las cinco en punto, vestida tal como habíamos quedado, empujé la puerta de El Sifón.

Lo vi enseguida. Era imposible no verlo. Era el único hombre de toda la cafetería que estaba sentado en chándal, en un taburete de la barra, removiendo un café que ya debía de estar frío. Me lo imaginé tan nervioso como yo, a punto de conocer por fin a la mujer que más veces había visto correrse en su vida. Sabía que me deseaba. Llevaba casi un año deseándome a través de una pantalla, y ahora iba a comprobar si la cara estaba a la altura del resto.

Respiré hondo, crucé el local y me senté en el taburete de al lado. Él giró la cabeza despacio para mirarme.

Y entonces no pude reprimir un grito que hizo que media cafetería se volviera.

—Dios mío… ¿Tú eres Adrián?

Se quedó blanco. La cucharilla se le cayó dentro de la taza.

—¿Y tú… eres Marina? —preguntó con un hilo de voz que no era el suyo.

Los dos nos quedamos en silencio. Un silencio espantoso, que duró siglos, con el ruido de la cafetera de fondo y unas risas en la mesa de al lado que de pronto me parecieron insoportables. Lo rompió él, con la voz quebrada.

—No puede ser. Dime que no es verdad. Dime que esto no está pasando.

—No se lo habrás contado a nadie, ¿verdad? —fue lo único que se me ocurrió decir—. Por favor, dime que no se lo has contado a nadie.

—¿Cómo se lo voy a contar a nadie? —respondió, tapándose la cara con las manos—. ¿Cómo se llama esto entre hermanos? ¿Qué hemos hecho?

Porque eso era él. No un desconocido de Santander. Mi hermano. El que dormía en la habitación de enfrente, al otro lado del pasillo, en la misma casa donde habíamos crecido los dos.

—Tú decías que eras de Santander —murmuré, agarrándome al borde de la barra para no caerme del taburete—. Que vivías solo, que…

—¿Y tú no decías que eras de Salamanca? —me cortó él, con una risa amarga que daba miedo—. Mentirosa. Vives a quince metros de mí. Dormimos bajo el mismo techo. Cenamos cada domingo con nuestros padres en la misma mesa.

Le había mentido sobre la ciudad para protegerme, igual que él me había mentido a mí. Los dos nos habíamos inventado una vida lejana para que el otro nunca pudiera buscarnos, para que aquello no saliera jamás de la pantalla. Y al inventarnos las mismas mentiras, sin saberlo, habíamos terminado citándonos a mitad de camino de ninguna parte, los dos saliendo de la misma casa esa misma mañana, cada uno con su excusa.

Pensé en cada noche de ese año. En cada cosa que le había enseñado, en cada cosa que él me había pedido y yo había hecho. En las cámaras encendidas. En la lista de seis fantasías que llevaba en el bolso en ese preciso instante, numeradas del uno al seis. Se me revolvió el estómago y, a la vez, sentí algo más en el centro del cuerpo que me dio todavía más vergüenza, porque no era solo rechazo.

—Qué vergüenza, Dios mío —susurré, sin atreverme a mirarlo a los ojos—. Qué vergüenza si alguien se enterase alguna vez.

Él me miraba con una mezcla imposible de horror y de otra cosa que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. La camarera nos preguntó si íbamos a querer algo. Ninguno contestó.

Seguíamos sentados el uno al lado del otro, en la barra de aquella cafetería de Burgos, con un café frío y un dado que él había sacado del bolsillo del chándal sin darse cuenta y que ahora descansaba sobre la madera, entre los dos.

Ninguno se levantaba. Ninguno se iba.

¿Y ahora qué?

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Comentarios (5)

Tita_Rios

Buenisimo!!! me quede con ganas de saber como siguio todo

FelipeRA

La tension del encuentro en la cafeteria... increible como lo narraste. Espero que haya continuacion

NachoBaires

jaja me rio porque algo asi me paso a mi, el primer encuentro cara a cara con alguien que solo conoces por pantalla es una sensacion rarisima

Valentin_R

excelente!!! muy bien escrito, lo disfrute mucho

CintiaP_Sur

Se hizo corto, por favor una segunda parte!! quede muy enganchada con la historia

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