Cierra la puerta y haz lo que te diga esta noche
Cierra la puerta con seguro. Apaga el teléfono para todos menos para mí. Y ahora, despacio, quítate la ropa.
Sé que estás solo. Sé que llevas días esperando este mensaje, esa nota de voz que te prometí cuando me fui de viaje y te dejé con las ganas a medias. Aquí estoy. No me ves, pero te estoy mirando con la imaginación, y créeme que lo que imagino es suficiente para tenerme ya inquieta.
¿Quieres gozar conmigo aunque estemos a quinientos kilómetros? Entonces hay una sola regla: obedece.
Yo tampoco vine vestida a esta llamada. Tengo puesto el conjunto que tanto te gusta, el de encaje negro con dos pequeños moños rojos sobre el pecho. Me lo puse pensando en ti, frente al espejo de un cuarto de hotel que huele a desconocido. Me queda mejor que la última vez. Realza todo, levanta, aprieta donde tiene que apretar. Si me vieras ahora dejarías de respirar un segundo, lo sé.
¿Ya te desnudaste? No me hagas repetirlo.
Quiero que empieces despacio, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche, porque la tenemos. Lleva una mano a tu pecho y acaríciate. No te rías, hazlo. Juega con tus pezones, pasa la yema del dedo en círculos lentos hasta que los sientas despertar. Sonríe. Disfrútalo. Yo estoy haciendo lo mismo, sentada al borde de la cama, con una pierna cruzada sobre la otra y el corazón ya golpeándome el cuello.
Ahora llévate el dedo medio a la boca. Lámelo. De arriba abajo, sin apuro, como me lamerías a mí si me tuvieras enfrente. Saboréalo. Imagina que es mi piel, que es el sabor que te dejé la última noche antes de subirme al avión. Mientras lo haces, yo me muevo para ti. Si pudieras verme, dirías que bailo, pero es más lento que eso, es la forma en que se mece alguien que sabe que la están deseando.
Y sé que me deseas. Lo escucho en cómo respiras del otro lado.
Baja las manos a los muslos. Masajéalos, apriétalos con firmeza pero sin lastimarte. Todavía no. No subas todavía, no lo toques aún, aunque te esté pidiendo a gritos que lo hagas. La paciencia es la mitad del placer, mi amor, y esta noche quiero que aprendas a esperar tanto como yo aprendí a extrañarte.
Mientras tú te tomas los muslos, yo me acaricio los pechos. Los aprieto, los suelto, los dejo caer y rebotar despacio. Tengo los pezones duros desde que empecé a grabarte esto. Pellízcalos tú también. Suave primero, después un poco más. Quiero que sientas en tu cuerpo lo mismo que yo siento en el mío, que estemos en la misma frecuencia aunque nos separe medio país.
***
Ahora ponte de lado. Sí, como te digo. Lleva una mano a tus nalgas y acarícialas. Date una palmada. Otra. No te cohíbas, nadie te escucha más que yo, y yo no voy a juzgarte: voy a calentarte. Apriétate, juega, recórrete con la palma abierta. Imagina que son mis manos las que te recorren, que soy yo la que decide cuánto y cómo.
Yo tengo las nalgas tibias de tanto provocarme pensando en ti. Me las acaricio mientras te hablo, y cada palabra que te digo me moja un poco más.
Lámete los dedos índice y medio. Mójalos bien. Llévalos hacia atrás y acaríciate ahí, en ese punto que finges que no te gusta cuando soy yo la que lo toca. No mientas, lo disfrutas. Te conozco. Pasea los dedos alrededor, sin entrar, dibujando círculos hasta que se te erice toda la espalda. ¿Lo sientes? Ese cosquilleo que sube es exactamente lo que yo quiero provocarte.
Si te animas, prueba a entrar despacio. Un dedo nada más, sin forzar nada, con calma. Respira. Mételo y sácalo a tu ritmo. Si quieres más, suma otro. Y si esta noche te sientes valiente, busca ese punto que te hace ver las estrellas, ese que descubrimos juntos una madrugada de la que todavía me acuerdo. Tómate tu tiempo. Yo no me voy a ningún lado.
¿Ya se te puso dura? Lo apuesto. Déjame imaginar que me arrodillo frente a ti, que llevo días con hambre de probarte. Si estuviera ahí ahora mismo no te pediría permiso. Te tomaría con la boca entera, sin avisar, hasta hacerte temblar las piernas. Pero como no estoy, te toca a ti hacer lo que yo haría.
Llévate la mano. Apenas la base, todavía no más. Aprieta despacio y suéltala. Otra vez. Quiero que sientas la espera tanto como la sentí yo todos estos días durmiendo sola en camas que no eran la nuestra.
***
Lubrícate un poco. Con saliva, con lo que tengas, no importa. Quiero que sea suave, que te deslices sin pelear contra tu propia piel. Ahora pégala contra el vientre, en esa posición, y con la otra mano juega con los testículos. Apriétalos despacio, uno, el otro, jálalos con cuidado. Goza eso también, no lo descuides, que ahí guardas la mitad de lo que te hace gemir.
Yo ya empecé a tocarme el clítoris. Me hace temblar oírte respirar así, entrecortado, contenido, como si estuvieras a punto de pedirme permiso para terminar. Todavía no te lo doy. Me muero por meterme los dedos, me muero por sentirte dentro, pero quiero estirar esto, quiero que dure, quiero que cuando termines no te quede una gota de fuerza.
Acaríciate la punta. Con la yema, en círculos pequeños, suave. Moja apenas el tronco y deslízate de arriba abajo, lento, como si tuvieras toda la paciencia del mundo. No corras. Si sientes que estás cerca, frena. Quita la mano. Respira. Cuando bajes un poco, vuelve a empezar. Así, una y otra vez, hasta que no soportes más la espera.
Yo estoy abriendo las piernas ahora. Si me vieras, sabrías exactamente cuánto me tienes. Estoy empapada, y todo esto es tu culpa, por hablarme con esa voz, por respirar así, por dejarme imaginarte obedeciéndome desde tan lejos.
Imagina que me siento sobre ti. Que me acomodo despacio, que te siento entrar centímetro a centímetro mientras te clavo las uñas en el pecho. Mueve la mano a ese ritmo, el ritmo que tendría yo encima de ti, sin prisa al principio, midiéndote, acostumbrándome. Luego más rápido. Luego como a ti te gusta, cuando pierdo la cabeza y dejo de fingir que tengo el control.
Más rápido. Móntame con la mano, cógeme con la imaginación, hazme tuya aunque no me tengas. En mi cabeza estoy gritando tu nombre, y los vecinos del cuarto de al lado ya deben saber que estoy pensando en alguien, porque nadie me hace este ruido más que tú.
***
Aguanta. Un poco más. Sé que cuesta, lo sé porque yo estoy igual, temblando, con los dedos resbalándome, mordiéndome el labio para no terminar antes que tú. No quiero llegar sola. Quiero que crucemos esta línea juntos, a la cuenta de tres, como dos personas que comparten cama aunque hoy compartan distancia.
Tócame, dirías tú. Y yo te diría que ya lo estoy haciendo, que tengo una mano abajo y otra apretándome el pecho, que estoy a punto, que no me sueltes ahora.
Acelera. Aprieta. Yo también. Estoy temblando.
Imagina que te muerdo el cuello, que te clavo los dientes despacio en el hombro mientras me sacude el primer espasmo. Estoy ahí. Estoy llegando. Me estoy deshaciendo pensando en ti, en tu voz, en esa cara que pones justo antes de rendirte.
Ahora sí. Déjate ir. No te guardes nada, no seas egoísta esta noche. Dame todo, hasta la última gota, como si pudieras llenarme las manos y la boca desde donde estás. Quiero escuchar cómo terminas. Quiero saber que llegamos juntos, que aunque no me tengas, fui yo la que te llevó hasta el final.
Eso. Así. Quédate ahí un segundo, temblando, sin moverte.
***
Ahora ve más despacio. Acaríciate apenas, con la palma abierta, sin exigir nada. Tómate un momento para agradecerle a tu propio cuerpo todo lo que acaba de darte. Yo hago lo mismo, tirada de espaldas sobre una cama que de repente no se siente tan vacía, con la respiración volviendo de a poco a su lugar.
Ay, mi amor. Me hiciste gozar tanto, y ni siquiera estabas aquí. Eso debería decirte algo sobre lo que provocas en mí, sobre lo que pasa cuando solo me basta tu voz para dejarme así.
¿Te gustó? No me respondas todavía. Quédate un rato con los ojos cerrados, recordando cada cosa que te pedí, imaginando que la próxima vez no habrá pantalla ni distancia, que seré yo y no tu mano la que decida cuándo y cómo.
Porque la habrá. Y no pienso ser tan paciente.
Vuelvo en tres días. Tres. Y cuando cruce esa puerta no quiero que pierdas un segundo en preguntarme cómo estuvo el viaje. Quiero que me lleves contra la pared, que termines en persona lo que esta noche empezamos a oscuras y a distancia.
Hasta entonces, guarda este mensaje. Escúchalo cuantas veces quieras. Y cada vez que lo hagas, recuerda quién manda aquí, aunque esté lejos.
No puedo esperar a tenerte de verdad.