Su primo nos pidió mirarnos y yo dije que sí
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
Pensé que el vodka me había nublado la cabeza, pero cuando cerró la puerta de la habitación supe que ella llevaba años esperando ese momento exacto.
Lucía me miró por encima del fuego y supe que esa noche no íbamos a dormir solas. Faltaban dos botellas de vino y nadie hablaba ya de irse a la cama.
La Polaroid colgaba de mi cuello cuando ella apareció bajo el umbral, descalza y sonriendo, custodiada por dos hombres que yo no conocía de nada.
Lo vi tocar el bajo tres semanas seguidas antes de hablarle. Cuando entramos a la sala VIP y se cerró la puerta, supe que no se iba a casa sin probarme.
Las luces estaban listas, la cámara encendida y mis cinco amigas me miraban en silencio, esperando ver hasta dónde me animaba a llegar yo sola.
Camila evitaba mirarme desde el otro lado de la piscina. Esa noche, cuando salí a tomar aire entre los naranjos, ella me siguió en la oscuridad sin que yo le pidiera nada.
Carla se movía inquieta bajo las sábanas. Cuando me susurró lo que quería, supe que la noche en la cabaña no iba a terminar como yo había planeado.
Me hizo subir a su cuarto en silencio y, minutos después, entró agarrada de la mano de un hombre veinte años mayor que ella.
Cuando me crucé con ella en el pasillo del baño caí en que ya nos conocíamos: habíamos matcheado en la app la semana anterior y nadie había puesto cara a la otra hasta esa noche.
Pensé que la fiesta había terminado cuando cerré la puerta. Pero ella seguía descalza en mi sofá, con la copa apoyada en la rodilla y otra caja entre las manos.
Estábamos solas frente al espejo. Yo arreglándome el labial; ella mirándome con una intensidad que ya no era amistad. Y entonces se acercó.
Acepté bailar para una despedida de soltero porque necesitaba el dinero. Lo que no esperaba era que cuatro chicos me ofrecieran el doble por algo más.
Cuando salí del baño y la vi maquillándose frente al espejo, supe que esa noche en la previa antes de la disco no iba a terminar bien para mí. O quizá demasiado bien.
A las tres de la madrugada, dos hombres tocaron la puerta. Lo que ninguno de ellos sabía era que Camila llevaba semanas pidiéndome esa noche.
Creí que era una cita a escondidas con la prima de mi novia. Lo que no sabía era que el teléfono al lado de la cama estaba transmitiendo todo en vivo.
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Siempre miré a las otras chicas en las duchas del vóley y lo llamé curiosidad. Hasta que los labios de mi mejor amiga me enseñaron la verdad esa noche.
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Cuando mi jefe propuso subir a su departamento a seguir la fiesta, mi esposa dudó. Pero la curiosidad y el alcohol pesaban más que la prudencia esa noche.