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Relatos Ardientes

La foto en lencería que me hizo traicionarla

El tiempo cura, dicen, y en mi caso fue verdad aunque tardó lo suyo. A los veintinueve años ya cargaba con el peso de dos relaciones que me habían dejado cicatrices poco visibles pero hondas: Mónica, que terminó en los brazos de un amigo común, y Sandra, cuya historia paralela con nuestro jefe directo me enteré de la peor manera posible. Las imágenes seguían apareciendo de noche, como un vicio que no había podido soltar del todo, pero ya con menos frecuencia. Había aprendido a vivir con ellas.

Fue en ese estado de calma forzada cuando apareció Valeria en la empresa. Tenía veinticuatro años, piel clara, el cabello negro con mechas cobrizas que cambiaba según el humor y unos anteojos de marco oscuro que le daban un aire de seriedad que desmentía su risa fácil. Trabajaba en el área de marketing digital; yo, en abastecimiento. Nuestros mundos no debían cruzarse demasiado, pero la empresa era mediana y los pasillos, cortos.

Había entrado como pasante, demostró que podía más y fue quedándose: primero cubriendo licencias, después con un contrato que nadie discutió porque era la persona más ordenada del área. La comunicación obligatoria entre abastecimiento y su equipo empezó con mensajes breves, preguntas concretas, algún chiste a costa del sistema informático que usábamos los dos.

Supe de a poco que venía saliendo de una relación complicada con alguien de sistemas, que habían terminado por culpa de un ex que la hostigaba desde hacía tiempo. No era lástima lo que sentía sino algo más parecido a la familiaridad: yo también conocía lo que era cargar con el fantasma de alguien que no te dejaba en paz.

Así fue que empezamos a coincidir más allá del trabajo. Vivíamos en el mismo barrio, separados por unas pocas cuadras, y sin haberlo planeado terminamos haciendo parte del camino juntos. Ella hablaba y yo escuchaba: las deudas del posgrado, la familia que exigía más de lo que podía dar, el ex que reaparecía cada tanto con mensajes que iban de la disculpa a la amenaza. Yo le contaba poco de mí, lo justo. Había aprendido que a veces la utilidad más real que podés tener para alguien es el silencio en el momento correcto.

En algún punto de ese período conocí a Patricia. Trabajaba en comunicaciones, tenía veintisiete años, cabello oscuro, risa honesta y ninguna intención de complicarse la vida. Tampoco yo. Empezamos a salir sin ponerle nombre y funcionó bien durante un tiempo: cenas, alguna salida al cine, noches que se prolongaban sin drama. Con los compromisos nuevos, el tiempo con Valeria se redujo a los mensajes, los planes que hacíamos y cancelábamos, la promesa de una salida que nunca se concretaba.

Hasta que llegó la fiesta de fin de año de la empresa.

Unos días antes del evento salí con Valeria a tomar algo. Estaba tensa, más de lo habitual. Su ex había vuelto a aparecer con más insistencia, y sabía que tenía intención de presentarse en la fiesta. Tomamos unas cervezas y hablamos hasta tarde. Cuando nos despedimos frente a su edificio, el silencio duró un segundo de más y nos besamos, apenas, antes de que yo me apartara.

—No es el momento —le dije.

Ella asintió sin protestas. Cada uno se fue por su lado.

***

La noche de la fiesta llegué con Patricia. Ella llevaba un vestido ajustado de color borgoña y el cabello recogido; estaba muy bien y yo se lo dije. Valeria llegó sola, con un vestido verde oscuro que le quedaba largo y los rulos sueltos, y una expresión que intentaba disimular los nervios sin lograrlo del todo. Nos cruzamos en la entrada y nos saludamos con la brevedad de quien tiene acuerdos tácitos.

La noche siguió su curso. Bailé con Patricia, tomé más de lo conveniente y me reí de chistes que no recordaría al día siguiente. Pasada la medianoche me llegó el primer mensaje de Valeria. Lo ignoré. Llegó un segundo, un tercero. Al cuarto, Patricia fue al baño y aproveché para leer: su ex había entrado al evento y la había estado siguiendo de mesa en mesa. Estaba escondida en un rincón, necesitaba salir.

La encontré sin mucho esfuerzo. Le dije que la acompañaba hasta la puerta y desde ahí le pedía un taxi. Salimos por la entrada lateral, esperamos en la vereda hasta que paró un auto, ella subió y se fue. Todo duró diez minutos.

Cuando volví al salón, Patricia estaba de pie junto a la barra con una copa en la mano y una expresión que no necesitaba traducción. Alguien le había contado. Le expliqué lo que había pasado; me escuchó sin interrumpirme y al final dijo que lo entendía, pero que no le gustaba ser el tema de conversación en la oficina. Me pidió que nos retiráramos.

La llevé en el auto hasta su casa. A mitad del camino el silencio entre nosotros se fue disolviendo y cuando llegamos al portón nos besamos con la urgencia mezclada de la pelea no resuelta y el alcohol. Le subí el vestido. Llevaba encaje negro. Lo que pasó en el asiento trasero fue rápido y necesario, y los dos sabíamos que no era suficiente para arreglar lo que había empezado a romperse.

Estaba de vuelta en la ruta cuando el teléfono empezó a vibrar. Valeria. Lo dejé sonar. Volvió a llamar. Atendí.

Su ex la había estado esperando en la puerta del edificio. Había logrado entrar, pero él seguía abajo, y su hermano, con quien vivía, no estaba en casa. Su voz era baja, controlada, pero se notaba el esfuerzo.

Me desvié hacia su barrio sin pensarlo demasiado. Aparqué a media cuadra y le avisé. Cuando bajé del auto, él estaba en la vereda: veinticinco años, actitud inflada, los brazos cruzados. Me miré las manos un segundo y caminé hacia la puerta.

Valeria abrió antes de que llegara. Él me preguntó quién era yo. Le dije que era su novio. No lo creyó de inmediato, pero tampoco tenía argumentos concretos para discutirlo. Esperé, firme, hasta que decidió que no valía la energía y se fue caminando. Me quedé otro rato, hasta que el hermano de Valeria avisó que estaba llegando. Entonces me fui.

***

En la oficina, los chismes hicieron lo que siempre hacen. Patricia me lo dijo directamente: no quería malentendidos, no quería triángulos, no quería que la gente hablara. Le dije que lo entendía. Las cosas entre nosotros fueron enfriándose con esa lentitud con que mueren las relaciones que nunca tuvieron demasiado fuego.

Seguí acompañando a Valeria algunas noches, pero sin hacerlo evidente: dejaba que saliera primero y me sumaba a pocas cuadras de la empresa, fuera de la vista de cualquier compañero. Ella seguía nerviosa, aunque menos. Su hermano estaba al tanto y el ex había reducido sus apariciones.

Un sábado por la tarde terminamos en el centro comercial sin haberlo planeado demasiado. Recorrimos tiendas sin ningún propósito real, probamos helados en el patio de comidas, discutimos sobre qué película valía la pena ver. En una tienda de ropa se metió a probarse cosas y me mandaba fotos desde el probador para pedirme opinión. Cuando llegamos al sector de ropa interior, me quedé afuera.

—¿No entrás? —me preguntó desde adentro.

—No, esperá acá.

Salió con una bolsa y seguimos caminando. Ya en la vereda, me dijo que revisara el teléfono.

La foto era ella en el probador, de frente, con un conjunto verde que le marcaba la cintura y hacía más claro el contraste con su piel. Cerré el mensaje sin decir nada.

—¿No te gustó? —preguntó.

—No es eso.

—¿Entonces?

—No tenés que hacer eso con cualquiera, Valeria.

—Solo lo hago con vos.

Me sostuvo de la cara antes de que pudiera responder y me besó. Esta vez no me aparté. El beso duró lo suficiente como para que los dos entendiéramos que ya no había vuelta atrás.

***

Me invitó a pasar a su departamento. No debí haber aceptado, todavía estaba con Patricia aunque fuera de nombre. Pero acepté. En el ascensor no nos dijimos nada. Adentro, con el departamento en silencio y la luz apagada del pasillo, ella se acercó.

Me quitó la campera, después la camisa, y empezó a recorrerme el cuello con la boca. Tenía una concentración en los movimientos que me descolocó. Me dijo que esperara un momento y desapareció hacia el dormitorio.

Salió con el conjunto que había comprado. El verde le quedaba exactamente como en la foto, quizás mejor.

Se subió encima y me besó con una intensidad que no había esperado. Era más decidida de lo que su apariencia sugería. Bajó despacio, pasó la lengua por mi vientre, me quitó el resto de la ropa con una calma que contrastaba con la urgencia del beso. Me tomó con la mano, después con la boca. Lo hacía entero, sin apuro, y cuando se retiraba me miraba a los ojos con una sonrisa que era casi una provocación.

No me quedé quieto demasiado tiempo. La levanté por los hombros, la giré y la apoyé de rodillas frente a mí. Le tomé el pelo con una mano y la acerqué, pero no del todo. Jugué con eso: acercarla y alejarla, que sintiera lo cerca que estaba sin llegar. Vi cómo le cambiaba la respiración, cómo dejaba de tener el control que creía tener. Cuando finalmente se lo permití fue de un solo movimiento y ella soltó un sonido que no era un gemido sino algo más hondo, más visceral.

La recosté sobre la cama y bajé. Usé la lengua con paciencia, sin apurarme, explorando hasta encontrar lo que la hacía arquearse. Cuando llegó la primera vez lo hizo con el cuerpo entero, los muslos cerrándose, las manos aferrando las sábanas. No le di tiempo de recuperarse: seguí con los dedos, buscando un ángulo distinto, y llegó otra vez antes de que pudiera anticiparlo.

—Pará —dijo, sin convicción.

No paré.

La tercera vez fue diferente. Sentí que algo cambiaba en su cuerpo, una tensión que no cedía de la manera habitual. Me retiré, me puse el preservativo y la penetré despacio. Ella se quedó inmóvil un instante, y después soltó todo de una vez. No lo había vivido antes y se notaba en su cara: la sorpresa genuina, el cuerpo que no entendía del todo lo que le había pasado.

Seguimos un buen rato más. La hice cabalgar hasta que llegó de nuevo, esta vez con un control que fue aprendiendo en el momento. Cuando terminamos los dos estábamos quietos en la oscuridad, escuchando cómo volvía la respiración normal.

—No sabía que podía hacer eso —dijo al final.

—Ahora sí sabés.

***

Terminé con Patricia la semana siguiente. No fue una conversación larga. Ella ya lo veía venir y lo recibió con la misma pragmaticidad con que había encarado todo lo nuestro. Con Valeria las cosas avanzaron sin que nadie lo declarara: un día estábamos pasando tiempo juntos, al siguiente ya no necesitábamos explicar por qué.

Su ex dejó de aparecer del todo cuando entendió que había alguien que no iba a correrse. Los chismes de la oficina se apagaron solos con el tiempo, como siempre pasa. Seguimos en la misma empresa un par de años más, hasta que ella consiguió algo mejor y yo cambié de área. Para entonces ya vivíamos juntos.

Nos casamos dos años después de esa noche, con una ceremonia chica, la familia cercana y los amigos que de verdad contaban. Lo que construimos tenía como base algo que ninguno de los dos había tenido antes: la costumbre de decirse las cosas. Esa apertura que le dábamos a las conversaciones difíciles terminó siendo el núcleo de todo, también de nuestra vida en la cama. Pero esa historia la contaré en otro momento.

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Comentarios (1)

NocturnoBaires

Tremendo arranque, quede enganchado desde la primera linea. Hay segunda parte o nos quedamos con las ganas?

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