La noche que serví de entretenimiento en la cena
Entro al salón y mis pies se detienen antes de que mi mente procese lo que está viendo.
La mesa está preparada: velas encendidas, seis platos dispuestos, copas de cristal que atrapan la luz de la lámpara. Todo elegante, todo normal. Excepto la silla de la cabecera.
De esa silla sobresale un consolador grueso, negro y brillante, sujeto con una especie de arnés al asiento. Ocupa el espacio con un descaro total, imposible de ignorar, imposible de malinterpretar.
Reconozco esa silla. Es la mía.
Rodrigo sale de la cocina con una botella de vino en la mano. Me mira directamente a los ojos cuando aparece, con esa sonrisa tranquila y posesiva que he aprendido a leer en años.
—Llegarán en quince minutos —dice—. Date una ducha rápida y ponte el vestido rojo.
Me pregunto si quiero negarme.
No quiero.
Me meto en la ducha con el agua tan fría como puedo soportar, intentando calmar algo que claramente no tiene intención de calmarse. Me pongo el vestido, el que Rodrigo eligió para esta noche, el que me queda una talla más ajustado de lo que llevaría en otras circunstancias. Me miro en el espejo durante un segundo antes de salir. Estoy nerviosa y estoy excitada, y las dos cosas no son incompatibles.
Cuando los amigos de Rodrigo llegan, yo ya estoy sentada a la cabecera con ese objeto enterrado dentro de mí y las manos apoyadas sobre la mesa como si fuera una velada cualquiera. Solo que no lo es. Rodrigo nos presenta uno a uno con esa sonrisa cómplice suya, y ellos me miran con una mezcla de incredulidad y anticipación que hace que el calor me suba por el cuello hasta las mejillas.
Son cuatro. Rafael, con la camisa remangada y los antebrazos cruzados, me estudia como si fuera un problema interesante que resolver. Damián, más joven que los demás, intenta disimular que no sabe dónde mirar. Marcos y Tomás se acomodan en sus sillas con la calma de quien ya sabe lo que va a pasar.
—Vino —dice Rodrigo, y llena las copas.
La conversación arranca como si nada. Fútbol, trabajo, un viaje que alguien hizo el mes pasado. Yo intento seguir el hilo mientras me adapto a la presión constante en mi interior, mientras aprendo a respirar con eso dentro, mientras las mejillas me arden y finjo que no. Cada vez que alguien ríe, la vibración de la mesa se transmite a la silla, y tengo que apretar los labios para no hacer ningún sonido.
—¿Estás cómoda? —me pregunta Rafael en un momento, con el tono neutro de quien hace una pregunta de cortesía.
—Bastante —respondo, y mi voz solo tiembla un poco.
Se ríen. No de forma cruel, sino con esa complicidad de quien comparte el mismo secreto y sabe exactamente cuál es el chiste.
El primer orgasmo me llega durante el primer plato, sin aviso. Rodrigo apoya el pie en el armazón de la silla desde debajo de la mesa y transmite una vibración sutil que yo no esperaba. Me muerdo el labio con fuerza. Pero el sonido igual se escapa: un jadeo corto y ahogado que corta la conversación durante un segundo.
Todos se giran hacia mí.
—Disculpen —dice Rodrigo, sin apartar los ojos de los míos—. Sigue, Marcos, que te escuchaba.
Y la conversación continúa. Pero las miradas son otras. Rafael apoya el mentón en la mano y me observa con algo que no es burla. Damián bebe un sorbo largo de vino. Yo intento recomponerme mientras las contracciones todavía recorren mis muslos y el sudor me pega la tela del vestido a la espalda.
El tiempo que falta hasta la retirada de los platos principales es el más extraño de toda la noche. Converso, o intento hacerlo. Respondo preguntas. Río en los momentos correctos. Y todo ese rato tengo ese objeto dentro de mí, y cuatro pares de ojos que ya no me miran exactamente como antes.
***
Cuando retiran los platos, Rodrigo se levanta y rodea la mesa hasta situarse detrás de mí. Saca una cuerda del bolsillo de la chaqueta. Fina, negra, del tipo que no deja marcas pero que no tiene ninguna intención de soltarse sola.
—Extiende los brazos —me dice al oído.
Los extiendo. Me los ata a los laterales de la silla con nudos que no aprietan demasiado pero que son completamente inútiles si se intentan deshacer sin ayuda. Luego, con la misma calma metódica, asegura mis tobillos al armazón.
Ahora estoy completamente inmovilizada.
Puedo sentir la madera contra la parte posterior de los muslos, el frío del metal en los tobillos, el peso de cuatro pares de ojos recorriéndome con una libertad nueva. Ya no hay nada que cruzar o ajustar o esconder. Estoy exactamente donde estoy, y ahí me quedo.
—Ya pueden tocarla —dice Rodrigo, y vuelve a su silla.
Rafael se levanta primero. Rodea la mesa con la copa en la mano, deja la copa sobre la madera cuando llega a mi altura, y me mira desde arriba unos segundos antes de deslizar los dedos por el escote. No busca nada en particular. Solo explora, con la paciencia de quien tiene tiempo de sobra. Cuando encuentra un pezón y ejerce presión, el sonido que suelto está entre el gemido y la protesta.
—Sensible —comenta, sin apartar la vista.
—Mucho —confirma Rodrigo desde su extremo de la mesa.
Damián se acerca desde el otro lado. Más despacio, con más dudas, pero se acerca. Sus manos son más frías y menos seguras, pero cuando encuentra el ritmo hay algo en esa torpeza que me desestabiliza de una forma diferente. Diferentes texturas, diferentes intenciones, diferentes velocidades.
—¿Puedo...? —empieza.
—Lo que quieras —dice Rodrigo—. Solo no la desates. Y no te la folles. Eso es exclusivamente mío.
Se ríen. Yo también, o algo parecido a reírse: un sonido que sale de mi garganta sin que yo haya decidido que salga.
***
Lo que sigue no tiene una narrativa limpia. Son sensaciones que se superponen sin orden: unas manos en el pelo que me inclinan la cabeza hacia atrás, una palma plana y firme presionando el pecho, dedos que trazan el borde del muslo sin cruzar adonde saben perfectamente que no deben cruzar, lo cual es casi peor que si lo hicieran.
Hay un momento en que pierdo la cuenta de cuántas manos son. Dos en el pecho, una en el pelo, otra trazando círculos en el muslo. El cerebro deja de catalogar y solo procesa el calor, la presión, el movimiento constante. No hay nada que hacer con las manos atadas excepto cerrar los puños, abrirlos, volver a cerrarlos.
Rodrigo se levanta en algún momento de ese caos y me agarra la mandíbula con una mano. Me inclina la cabeza hacia atrás más todavía, hasta que el cuello queda completamente expuesto. Me mete los dedos en la boca despacio.
Los envuelvo con la lengua por reflejo, sin pensarlo.
Escucho el murmullo de aprobación que recorre la mesa.
—Así —dice Rodrigo, en ese tono que no necesita volumen para ocupar toda la habitación—. Exactamente así.
Los retira despacio. Hay saliva en las comisuras de mis labios. No puedo limpiarla con las manos atadas, y él no hace ningún gesto por ayudarme.
—¿Lo ven? —dice, mirando a los demás—. Acepta lo que le des.
Alguien hace un comentario que no llego a procesar porque en ese momento Tomás, que hasta ahora se ha mantenido al fondo en silencio, se acerca y se pone en cuclillas junto a mi silla. Me mira a los ojos durante un segundo largo desde abajo.
—¿Estás bien? —me pregunta, solo para mí, con el tono de quien genuinamente quiere saber.
—Sí —digo.
Esta vez la voz no tiembla. Y los dos lo sabemos.
Asiente. Pone una mano en mi rodilla y la deja ahí, sin más intención que el contacto, el peso, la presencia. Por alguna razón ese gesto sencillo me desequilibra más que todo lo demás junto.
***
El segundo orgasmo no tiene un desencadenante único, sino la acumulación de todo.
El calor de cuatro personas prestando atención a cada variación en mi respiración. El objeto dentro de mí que lleva más de una hora quieto pero que siento en cada movimiento, en cada intento de cruzar los muslos que las cuerdas no me permiten completar. Las manos en distintas partes de mi cuerpo con distintas intenciones. La voz de Rodrigo al fondo, comentando algo en voz baja que hace reír a alguien.
Cuando llega, no intento silenciarlo.
La cabeza cae hacia atrás. Los brazos tiran de las cuerdas sin conseguir nada. Un sonido largo y roto se escapa de mi garganta y llena el silencio que de repente se ha instalado en la habitación.
Rodrigo está detrás de mí en ese momento. Me pone las manos en los hombros mientras el temblor recorre todo mi cuerpo, de arriba abajo, como una corriente que tarda en apagarse. Puedo sentir su satisfacción en la presión de los dedos, en el modo en que contiene la respiración para escucharme.
—Ahí está —dice, en voz muy baja.
La mesa permanece en silencio durante unos segundos.
Luego alguien choca su copa contra la de otro.
—Impresionante —dice Rafael, y en su voz hay algo que se parece más al respeto que a la burla.
Estoy jadeando. El sudor me pega el vestido a la espalda. Los músculos de los muslos llevan tanto tiempo en tensión que ya no distingo si los controlo yo o si simplemente han dejado de obedecerme. Tengo los ojos húmedos sin saber exactamente por qué.
—¿Quieres que te suelte? —me pregunta Rodrigo al oído.
—No —digo.
Él no transmite mi respuesta en voz alta. Solo vuelve a su silla, se apoya en el respaldo con los brazos cruzados, y mira a los demás.
—Tenemos para rato —dice.
***
Más tarde, cuando ya no tengo orgasmos pendientes pero tampoco quiero que la noche termine, Rodrigo desata las cuerdas con la misma calma con que las anudó. Mis muñecas están enrojecidas. Mis tobillos también. Me levanto despacio, con la torpeza de quien ha pasado demasiado tiempo en la misma postura, y él me sostiene por el codo hasta que recupero el equilibrio.
Los demás están terminando la copa. Rafael me mira con esa sonrisa a medias que no ha abandonado desde el principio. Damián ha recuperado algo de su compostura inicial. Tomás levanta la copa brevemente en mi dirección, un gesto pequeño y discreto que nadie más parece captar.
Rodrigo me alcanza mi copa de vino, que lleva fría sobre la mesa desde el primer plato.
—Siéntate donde quieras —dice.
Me siento en una de las sillas normales. El cuero frío contra los muslos se siente extrañamente ordinario después de todo. Cojo la copa, bebo un sorbo, y escucho cómo la conversación retoma su curso como si nada hubiera interrumpido el hilo.
Alguien dice algo sobre el partido de mañana. Alguien responde. Se sirven más vino.
Sigo temblando, muy levemente, donde nadie puede verlo.