La noche que serví de entretenimiento en la cena
Entro al salón y mis pies se detienen antes de que mi mente procese lo que está viendo.
La mesa está preparada: velas encendidas, seis platos dispuestos, copas de cristal que atrapan la luz de la lámpara. Todo elegante, todo normal. Excepto la silla de la cabecera.
De esa silla sobresale un consolador grueso, negro y brillante, sujeto con una especie de arnés al asiento. Ocupa el espacio con un descaro total, imposible de ignorar, imposible de malinterpretar. La punta está lubricada y refleja la luz de las velas. Es enorme: más largo y más grueso que la polla de Rodrigo, y eso ya es decir mucho.
Reconozco esa silla. Es la mía.
Rodrigo sale de la cocina con una botella de vino en la mano. Me mira directamente a los ojos cuando aparece, con esa sonrisa tranquila y posesiva que he aprendido a leer en años.
—Llegarán en quince minutos —dice—. Date una ducha rápida y ponte el vestido rojo. Sin bragas.
Me pregunto si quiero negarme.
No quiero. Ya tengo el coño mojado de solo mirar la silla.
Me meto en la ducha con el agua tan fría como puedo soportar, intentando calmar algo que claramente no tiene intención de calmarse. Me paso los dedos entre los muslos y compruebo lo que ya sabía: estoy empapada, la carne hinchada, el clítoris latiéndome como un segundo corazón. Me pongo el vestido, el que Rodrigo eligió para esta noche, el que me queda una talla más ajustado de lo que llevaría en otras circunstancias. Los pezones se marcan a través de la tela. Me miro en el espejo durante un segundo antes de salir. Estoy nerviosa y estoy excitada, y las dos cosas no son incompatibles.
Rodrigo me espera junto a la silla. Sin mediar palabra, me levanta el vestido hasta la cintura, me hace apoyar las manos en el respaldo y añade otro chorro de lubricante a la punta del consolador. Me abre las nalgas con una mano y con la otra guía la polla negra hacia mi coño.
—Bájate despacio —me ordena—. Quiero verte tragártelo entero.
Doblo las rodillas. La cabeza gruesa me abre los labios y siento cómo se hunde el primer par de centímetros. Me detengo, jadeando. Rodrigo me pone una mano en el hombro y empuja hacia abajo, sin prisa pero sin permitir retirada. El consolador entra, entra, entra, ensanchándome, forzando mi coño a acomodar cada milímetro de silicona. Cuando por fin mis nalgas tocan el asiento, un gemido largo se me escapa por entre los dientes apretados.
—Buena chica —murmura, y me acomoda el vestido para cubrir la escena—. Ahora nadie sabe lo que tienes ahí abajo. Solo tú y yo.
Cuando los amigos de Rodrigo llegan, yo ya estoy sentada a la cabecera con esa polla enterrada hasta el fondo y las manos apoyadas sobre la mesa como si fuera una velada cualquiera. Solo que no lo es. Cada mínimo movimiento me la mueve dentro, me la recuerda, me la vuelve a plantar contra ese punto que Rodrigo conoce demasiado bien. Rodrigo nos presenta uno a uno con esa sonrisa cómplice suya, y ellos me miran con una mezcla de incredulidad y anticipación que hace que el calor me suba por el cuello hasta las mejillas.
Son cuatro. Rafael, con la camisa remangada y los antebrazos cruzados, me estudia como si fuera un problema interesante que resolver. Damián, más joven que los demás, intenta disimular que no sabe dónde mirar. Marcos y Tomás se acomodan en sus sillas con la calma de quien ya sabe lo que va a pasar.
—Vino —dice Rodrigo, y llena las copas.
La conversación arranca como si nada. Fútbol, trabajo, un viaje que alguien hizo el mes pasado. Yo intento seguir el hilo mientras me adapto a la presión constante en mi interior, mientras aprendo a respirar con esa verga dentro, mientras las mejillas me arden y finjo que no. Cada vez que alguien ríe, la vibración de la mesa se transmite a la silla, y tengo que apretar los labios para no hacer ningún sonido. Siento cómo mi coño se contrae rítmicamente alrededor del consolador, cómo mi propio flujo empieza a resbalar por la base y a mojar la madera del asiento.
—¿Estás cómoda? —me pregunta Rafael en un momento, con el tono neutro de quien hace una pregunta de cortesía.
—Bastante —respondo, y mi voz solo tiembla un poco.
Se ríen. No de forma cruel, sino con esa complicidad de quien comparte el mismo secreto y sabe exactamente cuál es el chiste.
El primer orgasmo me llega durante el primer plato, sin aviso. Rodrigo apoya el pie en el armazón de la silla desde debajo de la mesa y transmite una vibración sutil que yo no esperaba. La verga negra empieza a temblar dentro de mí, un zumbido bajo que se propaga por todas las paredes de mi coño y me sube directo al vientre. Me muerdo el labio con fuerza. Aprieto los muslos contra la madera. Intento controlar el temblor de los hombros, la manera en que la respiración se me acelera. Pero es inútil: la corrida me sube desde las plantas de los pies, me atraviesa las caderas y me estalla dentro. Un jadeo corto y ahogado corta la conversación durante un segundo. Siento cómo me chorrea el coño alrededor del consolador, cómo mi vientre se sacude en oleadas contra el borde de la mesa.
Todos se giran hacia mí.
—Disculpen —dice Rodrigo, sin apartar los ojos de los míos—. Sigue, Marcos, que te escuchaba.
Y la conversación continúa. Pero las miradas son otras. Rafael apoya el mentón en la mano y me observa con algo que no es burla. Damián bebe un sorbo largo de vino y le veo el bulto duro marcarse contra la costura del pantalón. Yo intento recomponerme mientras las contracciones todavía recorren mis muslos y el sudor me pega la tela del vestido a la espalda, con los pezones ahora completamente erectos empujando la tela.
El tiempo que falta hasta la retirada de los platos principales es el más extraño de toda la noche. Converso, o intento hacerlo. Respondo preguntas. Río en los momentos correctos. Y todo ese rato tengo esa polla de silicona clavada dentro, y cuatro pares de ojos que ya no me miran exactamente como antes. Cada tanto Rodrigo activa la vibración durante dos segundos, tres, y me deja al borde otra vez sin dejarme terminar.
***
Cuando retiran los platos, Rodrigo se levanta y rodea la mesa hasta situarse detrás de mí. Saca una cuerda del bolsillo de la chaqueta. Fina, negra, del tipo que no deja marcas pero que no tiene ninguna intención de soltarse sola.
—Extiende los brazos —me dice al oído.
Los extiendo. Me los ata a los laterales de la silla con nudos que no aprietan demasiado pero que son completamente inútiles si se intentan deshacer sin ayuda. Luego, con la misma calma metódica, asegura mis tobillos al armazón, separándome bien las piernas, obligándome a mantener el coño abierto y ensartado.
Ahora estoy completamente inmovilizada.
Con un tirón seco, Rodrigo me levanta el vestido hasta la cintura y lo deja plegado ahí, dejando a la vista mis muslos abiertos, la base del consolador negro brillando de humedad entre mis piernas, mi coño hinchado y rojo alrededor de la silicona.
—Miren —dice, con la voz tranquila—. Lleva casi dos horas así.
Puedo sentir la madera contra la parte posterior de los muslos, el frío del metal en los tobillos, el peso de cuatro pares de ojos recorriéndome con una libertad nueva. Ya no hay nada que cruzar o ajustar o esconder. Estoy exactamente donde estoy, y ahí me quedo, con el coño empalado y expuesto para todos ellos.
—Ya pueden tocarla —dice Rodrigo, y vuelve a su silla.
Rafael se levanta primero. Rodea la mesa con la copa en la mano, deja la copa sobre la madera cuando llega a mi altura, y me mira desde arriba unos segundos antes de deslizar los dedos por el escote. Con un movimiento seguro me baja el vestido de los hombros hasta que las tetas me quedan al aire, redondas y pesadas, con los pezones tan duros que duelen. No busca nada en particular. Solo explora, con la paciencia de quien tiene tiempo de sobra. Cuando encuentra un pezón y lo pellizca entre el pulgar y el índice, el sonido que suelto está entre el gemido y la protesta.
—Sensible —comenta, sin apartar la vista.
—Mucho —confirma Rodrigo desde su extremo de la mesa—. Se corre solo con eso si insistes.
Rafael sonríe. Baja la cabeza y me chupa el pezón derecho, tirando de él con los labios, mordiéndolo con cuidado calculado, mientras con los dedos me retuerce el izquierdo hasta que se me arquea la espalda cuanto las cuerdas me permiten. Gimo abiertamente, sin poder contenerme. Cada tirón en las tetas me contrae el coño alrededor del consolador, y cada contracción me arranca otro jadeo.
Damián se acerca desde el otro lado. Más despacio, con más dudas, pero se acerca. Sus manos son más frías y menos seguras, pero cuando encuentra el ritmo hay algo en esa torpeza que me desestabiliza de una forma diferente. Diferentes texturas, diferentes intenciones, diferentes velocidades. Me pone una mano en el muslo interior, subiendo despacio, y se detiene a apenas dos dedos del punto donde la silicona me atraviesa.
—¿Puedo...? —empieza.
—Lo que quieras —dice Rodrigo—. Tocarla, chuparla, meterle los dedos, meterle la polla en la boca. Solo no la desates. Y no te la folles. Ese coño es exclusivamente mío.
Se ríen. Yo también, o algo parecido a reírse: un sonido que sale de mi garganta sin que yo haya decidido que salga.
Damián respira hondo y me pasa dos dedos por encima del clítoris, sobre el consolador clavado. Grito. Es un grito corto y crudo, sin permiso. Vuelve a hacerlo, con más confianza, dibujando círculos lentos sobre el capullo hinchado mientras el consolador sigue plantado en mí sin moverse. Marcos, que hasta ahora observaba, se levanta también y me agarra la otra teta con una mano grande y caliente, apretándola, amasándola, mientras Rafael sigue chupándome la primera.
***
Lo que sigue no tiene una narrativa limpia. Son sensaciones que se superponen sin orden: unas manos en el pelo que me inclinan la cabeza hacia atrás, una palma plana y firme presionando el pecho, dedos que trazan el borde del muslo y ahora sí cruzan, dedos que se hunden a los lados del consolador buscando cómo caben junto a la silicona en mi coño ya lleno.
Alguien —creo que Marcos— me mete dos dedos junto al consolador y encuentra que sí, que caben, que puedo estirarme más. El estiramiento me arranca un aullido largo. Se ríen otra vez, satisfechos. Damián sigue con el clítoris, ahora más rápido, y Rafael me alterna las mordidas entre los dos pezones sin descanso.
Hay un momento en que pierdo la cuenta de cuántas manos son. Dos en el pecho, una en el pelo, otra trazando círculos en el clítoris, dos dedos dentro del coño empujando junto a la silicona. El cerebro deja de catalogar y solo procesa el calor, la presión, el movimiento constante. No hay nada que hacer con las manos atadas excepto cerrar los puños, abrirlos, volver a cerrarlos.
Rodrigo se levanta en algún momento de ese caos y me agarra la mandíbula con una mano. Me inclina la cabeza hacia atrás más todavía, hasta que el cuello queda completamente expuesto. Me mete los dedos en la boca despacio.
Los envuelvo con la lengua por reflejo, sin pensarlo. Los chupo con hambre, girando la lengua alrededor de los nudillos, mamándolos como si fueran una polla.
Escucho el murmullo de aprobación que recorre la mesa.
—Así —dice Rodrigo, en ese tono que no necesita volumen para ocupar toda la habitación—. Exactamente así.
Los retira despacio, con un hilo de saliva que se rompe entre mis labios y sus dedos. Hay saliva en las comisuras de mi boca. No puedo limpiarla con las manos atadas, y él no hace ningún gesto por ayudarme.
—¿Lo ven? —dice, mirando a los demás—. Acepta lo que le des.
Se abre la bragueta sin dejar de mirarme, saca la polla dura y me la restriega por los labios sin llegar a meterla, marcándome la boca con su punta húmeda.
—Abre —me dice.
Abro la boca. Me mete la polla hasta el fondo de la garganta de una sola embestida, sin cortesías, y se queda ahí un segundo antes de retirarse y volver a empujar. Me folla la boca despacio pero profundo, dejándome tragar cada vez, mientras Damián me sigue frotando el clítoris y Marcos me sigue metiendo los dedos junto al consolador. Rafael me tira del pelo desde atrás para mantenerme la cabeza en la posición que Rodrigo quiere.
Un comentario que no llego a procesar recorre la mesa porque en ese momento Tomás, que hasta ahora se ha mantenido al fondo en silencio, se acerca y se pone en cuclillas junto a mi silla. Rodrigo saca la polla de mi boca justo entonces, dejando un hilo de saliva colgando de mi barbilla, y me deja jadear. Tomás me mira a los ojos durante un segundo largo desde abajo.
—¿Estás bien? —me pregunta, solo para mí, con el tono de quien genuinamente quiere saber.
—Sí —digo, con la voz ronca de haber tenido la garganta llena.
Esta vez no tiembla. Y los dos lo sabemos.
Asiente. Pone una mano en mi rodilla y la deja ahí, sin más intención que el contacto, el peso, la presencia. Por alguna razón ese gesto sencillo me desequilibra más que todo lo demás junto.
***
El segundo orgasmo no tiene un desencadenante único, sino la acumulación de todo.
El calor de cuatro personas prestando atención a cada variación en mi respiración. El consolador que lleva más de dos horas dentro de mí y que Rodrigo elige justo entonces para volver a activar en potencia máxima. La verga negra vibra con fuerza contra mi punto G mientras Marcos sigue con los dedos dentro y Damián no me suelta el clítoris ni un segundo. Las manos en distintas partes de mi cuerpo con distintas intenciones. La polla de Rodrigo que vuelve a apoyarse en mis labios, esta vez solo para que la lama sin tragarla, para que la salive mientras me corro.
Cuando llega, no intento silenciarlo.
La cabeza cae hacia atrás. Los brazos tiran de las cuerdas sin conseguir nada. Un sonido largo y roto se escapa de mi garganta y llena el silencio que de repente se ha instalado en la habitación. Siento el chorro caliente saliéndome del coño alrededor de la silicona, empapando el asiento, resbalando por dentro de mis muslos. Me sacudo entera, arqueada contra las cuerdas, y sigo corriéndome durante lo que parece medio minuto entero, oleada tras oleada, con Damián todavía frotándome el clítoris para alargarlo todo lo posible.
Rodrigo está detrás de mí en ese momento. Me pone las manos en los hombros mientras el temblor recorre todo mi cuerpo, de arriba abajo, como una corriente que tarda en apagarse. Puedo sentir su satisfacción en la presión de los dedos, en el modo en que contiene la respiración para escucharme.
—Ahí está —dice, en voz muy baja.
La mesa permanece en silencio durante unos segundos.
Luego alguien choca su copa contra la de otro.
—Impresionante —dice Rafael, y en su voz hay algo que se parece más al respeto que a la burla.
Estoy jadeando. El sudor me pega el vestido a la espalda. Tengo los pezones inflamados de tanta boca y tantos dedos, marcados de rojo. Mis muslos brillan de flujo hasta las rodillas. Los músculos llevan tanto tiempo en tensión que ya no distingo si los controlo yo o si simplemente han dejado de obedecerme. Tengo los ojos húmedos sin saber exactamente por qué.
—¿Quieres que te suelte? —me pregunta Rodrigo al oído.
—No —digo.
Él no transmite mi respuesta en voz alta. Solo vuelve a su silla, se apoya en el respaldo con los brazos cruzados, y mira a los demás.
—Tenemos para rato —dice.
Damián no tarda ni tres segundos en volver a bajar la mano hacia mi clítoris. Marcos me vuelve a agarrar una teta. Rafael se acerca esta vez con la polla fuera del pantalón, gruesa y goteando, y me la apoya contra los labios sin decir nada. Miro a Rodrigo por el rabillo del ojo. Rodrigo asiente una sola vez.
Abro la boca.
Rafael me la mete despacio, disfrutando cada centímetro. Marcos se acerca por el otro lado con la suya, y Rodrigo me toma la mano derecha, la desata solo lo justo para que pueda cerrarla alrededor del tronco de Marcos y volver a atarla en esa posición. Ahora tengo una polla en la boca, otra en la mano, dos hombres tocándome las tetas y el clítoris, y el consolador vibrando dentro del coño empapado. La cabeza se me va. No sé cuántas veces me corro en la hora siguiente. Pierdo la cuenta antes de la tercera.
Cuando Rafael termina, lo hace en mi cara. Un chorro grueso de semen caliente me cruza la mejilla y me cae por el mentón. Marcos, poco después, se corre en mis tetas, chorros blancos que me marcan el pecho y el vientre. Damián no aguanta más y se corre en mi mano cuando Rodrigo le concede el turno. Tomás no participa: se queda sentado, con la copa en la mano, mirándome con esa mezcla suya de respeto y algo más difícil de nombrar. Rodrigo es el último. Me hace bajar de la silla, todavía con el consolador dentro, y me la mete por detrás en la boca mientras estoy arrodillada frente a los otros, corriéndose en mi lengua y obligándome a tragar cada gota mientras me sostiene la cabeza.
***
Más tarde, cuando ya no tengo orgasmos pendientes pero tampoco quiero que la noche termine, Rodrigo desata las cuerdas con la misma calma con que las anudó. Mis muñecas están enrojecidas. Mis tobillos también. Con cuidado me hace elevarme del consolador; la silicona sale de mí acompañada de un chorro final de flujo espeso, y siento el vacío repentino en el coño como una ausencia. Me levanto despacio, con la torpeza de quien ha pasado demasiado tiempo en la misma postura, y él me sostiene por el codo hasta que recupero el equilibrio. Me limpia la cara y el pecho con una servilleta blanca, sin prisa, casi con ternura.
Los demás están terminando la copa. Rafael me mira con esa sonrisa a medias que no ha abandonado desde el principio. Damián ha recuperado algo de su compostura inicial. Tomás levanta la copa brevemente en mi dirección, un gesto pequeño y discreto que nadie más parece captar.
Rodrigo me alcanza mi copa de vino, que lleva fría sobre la mesa desde el primer plato.
—Siéntate donde quieras —dice.
Me siento en una de las sillas normales. El cuero frío contra los muslos desnudos y aún pegajosos se siente extrañamente ordinario después de todo. Cojo la copa, bebo un sorbo, y escucho cómo la conversación retoma su curso como si nada hubiera interrumpido el hilo.
Alguien dice algo sobre el partido de mañana. Alguien responde. Se sirven más vino.
Sigo temblando, muy levemente, donde nadie puede verlo.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí chicas escort en Rosario.