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Relatos Ardientes

La noche que Rodrigo descubrió mi secreto

Rodrigo y yo llevamos más de veinte años siendo amigos, desde que nos sentamos juntos en primer grado y él me robó el lápiz rojo sin pedir permiso. Discutimos esa primera mañana con la intensidad que solo tienen los niños de seis años, y al día siguiente ya éramos inseparables. Lo que nadie entendía entonces, y muchos siguen sin entender ahora, es cómo dos personas tan distintas pueden seguir eligiéndose después de tanto tiempo.

Él es de los que disfrutan las fiestas hasta el amanecer, el trago fácil, el ruido constante y el desorden de una vida llevada sin mucho cálculo. Yo prefiero una buena conversación, una película en casa, salir a caminar por las mañanas antes de que el mundo se llene de gente. Él trata su cuerpo como terreno de conquista; yo llevo años cuidándome, no por vanidad, sino porque me gusta sentirme bien dentro de mi propia piel.

En resumen: no tenemos nada en común, excepto veinte años de historia compartida que pesa más que cualquier diferencia de carácter.

Le conté que era gay cuando teníamos diecisiete años. Lo dije con más miedo del necesario, porque lo conocía bien y sabía que no iba a reaccionar mal, pero uno nunca está del todo seguro con estas cosas. Se quedó callado un momento, asintió despacio, me preguntó si quería otro refresco, y eso fue todo. Siguió presentándome a sus mujeres, contándome sus andanzas, pidiéndome consejos que nunca seguía. Todo continuó exactamente igual.

Hasta hace poco más de un mes.

Aquella noche fue una fiesta más en su lista: demasiada gente, demasiado ruido, y Rodrigo perdiéndose con cada ronda de tragos. Lo vigilé desde la distancia durante un buen rato, sabiendo que en algún momento iba a necesitar que alguien lo rescatara. Cuando lo vi intentar levantarse de una silla y casi caerse encima de la persona de al lado, me acerqué antes de que pasara algo peor.

Lo saqué del lugar con el brazo sobre sus hombros, lo metí en un taxi y lo llevé a su apartamento. No era la primera vez que hacía eso; teníamos un sistema bien establecido para estas situaciones que se repetían con cierta regularidad.

Lo desvestí con la eficiencia de quien ya lo ha hecho antes: camisa, pantalón, calcetines. Lo acomodé boca arriba en la cama y estiré la mano hacia la sábana para cubrirlo.

Fue entonces cuando lo vi.

No lo había visto nunca así, o quizás nunca me había permitido mirar de verdad.

La polla de Rodrigo colgaba pesada sobre su muslo, gruesa incluso en reposo, con esa curva que tienen las vergas de los tipos que la tienen grande y no necesitan hacer nada para presumirla. La cabeza asomaba desde el prepucio a medias, brillante, y un par de venas gruesas le corrían por el tronco. Los huevos, hinchados y bajos, se le derramaban sobre la sábana. Tragué saliva sin querer.

Me quedé parado junto a la cama sin saber cuánto tiempo. Rodrigo dormía con esa pesadez tranquila de los borrachos profundos, completamente ajeno a todo. Me dije que estaba mal, que era mi mejor amigo, que había que taparlo y marcharse. Me lo dije con bastante convicción mientras le ponía la sábana encima.

Fui a la habitación de huéspedes, me acosté, y no pude dormir.

Llevaba un buen rato mirando el techo con la polla dura pegada al vientre, cuando empecé a convencerme de que solo iba a verificar que estuviera bien. Que no necesitara agua. Que no estuviera incómodo.

Una mentira tan transparente que casi me dio vergüenza a mí mismo. Pero fui igual.

Caminé descalzo por el pasillo oscuro hasta su cuarto. Levanté la sábana con cuidado, mirando hacia su cara para asegurarme de que seguía dormido. El corazón me latía con más fuerza de lo razonable para la situación.

Me incliné despacio.

La tomé con una mano, sintiéndola pesada y caliente en la palma, y noté cómo empezaba a responder antes de que yo hiciera nada deliberado. Se le fue engrosando entre mis dedos, alargándose sola, la cabeza abriéndose paso fuera del prepucio hasta quedar completamente descubierta. Esa respuesta involuntaria fue suficiente para hacerme perder el poco sentido común que me quedaba.

Saqué la lengua y lamí desde los huevos hasta la punta, despacio, siguiendo la vena gruesa del tronco. Cuando llegué a la cabeza me la metí en la boca centímetro a centímetro, cuidando de no rozarle con los dientes, hasta que sentí la punta contra el fondo de la garganta. Me la saqué, respiré, y volví a bajar. Rodrigo estaba durísimo dentro de mi boca, grueso, salado, con ese sabor a piel dormida que me tenía la polla goteando sin haberme tocado todavía.

Empecé a chupársela con un ritmo lento y cuidadoso, la lengua envolviendo la cabeza en cada subida, la mano acompañando en la base para que no se me escapara ningún milímetro. Con la otra mano me la saqué del pantalón y empecé a masturbarme al mismo tiempo, tan duro que la más mínima caricia me hacía temblar. Le lamí los huevos uno por uno, se los besé, me los metí en la boca mientras seguía pajeándolo despacio con el puño cerrado.

Rodrigo no se movió en ningún momento. No abrió los ojos. Pero la verga se le puso todavía más dura contra mi paladar, y en un par de ocasiones respiró más hondo, con un suspiro pesado que me hizo apretar los muslos. Le chupé la punta con más ganas, sacándole el líquido preseminal con la lengua, tragándomelo como si fuera lo único que me hacía falta en el mundo. La calidez de esa polla dentro de mi boca fue suficiente para llevarme al borde sin apenas darme cuenta.

Me corrí en silencio, con la frente apoyada en el colchón, mi propio semen chorreándome por los dedos y cayendo en la alfombra. Seguí con la boca llena de él unos segundos más, quieto, escuchándolo respirar.

Cuando todo pasó lo tapé de nuevo, fui al baño, me lavé las manos y la cara, y me quedé mirando el espejo un momento sin reconocerme del todo. Luego volví a la habitación de huéspedes y no dormí en toda la noche.

***

Tres semanas después, un grupo de amigos organizó un viaje a la costa. Éramos seis: Rodrigo, Tomás con su novia, una pareja que conocíamos desde hacía años, y yo. Rentamos un apartamento a media cuadra de la playa por cinco días, el tipo de lugar donde el sol y el vino hacen que todo parezca menos complicado de lo que es.

Rodrigo llevó a Valentina, una chica con la que salía desde hacía algunas semanas. Desde el primer desayuno noté algo raro entre ellos. Ella llegó con entusiasmo; él, con la distancia amable de quien está cumpliendo con algo que ya no lo convence. En la mesa, mientras Valentina hablaba, Rodrigo miraba el mar y asentía con ese retraso de un segundo que delata que no estás escuchando de verdad.

Mis amigos, con la generosidad imprudente de los que ya tienen pareja, se encargaron de presentarme a cada hombre soltero que cruzara la playa. Al cuarto día apareció uno que me llamó la atención: Esteban, un tipo tranquilo que rentaba la cabaña de al lado y que llegó con una tabla de surf que claramente no sabía usar. Lo integramos al grupo sin mucho trámite, tomamos cervezas en la terraza, y cuando la noche avanzó y los demás fueron subiendo a dormir, nos quedamos solos.

Terminamos en mi habitación.

Apenas cerré la puerta Esteban me empujó contra ella y me metió la lengua hasta la garganta, con una mano ya bajándome el pantalón. Le desabroché el cinturón sin dejar de besarlo, le bajé el bóxer y le saqué la polla, mediana pero dura como una piedra, la cabeza ya mojada. Me arrodillé y me la metí en la boca de una vez, tragándomela entera, escuchándolo soltar un jadeo largo contra el techo.

Se la chupé un rato de rodillas, con las dos manos apoyadas en sus muslos, mientras él me hundía los dedos en el pelo. Después me levantó, me tiró boca abajo en la cama y me abrió las nalgas con las manos. Sentí su lengua caliente entre ellas, entrando y saliendo, mojándome el culo entero durante varios minutos hasta dejarme empapado y abierto. Le pedí que me follara y él no lo pensó dos veces: se puso el condón, me acomodó las caderas contra su vientre y me metió la verga entera de una sola embestida.

Me folló firme, sin apuro, con el pecho pegado a mi espalda y una mano alrededor de mi polla, pajeándome al ritmo de sus caderas. Me giró después, me levantó las piernas hasta apoyarlas contra sus hombros y me penetró de nuevo mirándome a los ojos, dándomela cada vez más profundo hasta que sentí sus huevos golpeándome el culo con cada estocada. Terminó adentro del condón con un gruñido ronco, mientras yo me corría a chorros sobre mi propio vientre.

Cuando se fue cerca de la una de la madrugada —madrugaba, me explicó— me quedé en la cama con el único cigarrillo que me permito después del sexo.

Llamaron a la puerta.

Rodrigo entró sin esperar respuesta, en pantalón corto, con la cara de alguien que lleva un rato dando vueltas en su cuarto sin poder dormir. Se sentó en el borde de la cama, me quitó el cigarrillo de los dedos con toda la naturalidad del mundo y le dio una calada larga.

—¿Cómo estuvo? —preguntó.

—Bien. Tenía que madrugar.

—Ah.

Miró hacia la ventana. Afuera el mar rompía despacio y el aire olía a sal.

—Valentina y yo no estamos bien —dijo—. En la cama, especialmente. No conectamos. Me la cojo y ni se me para bien, hermano.

No supe qué responder, así que no dije nada. Rodrigo le dio otra calada al cigarrillo y luego giró la cabeza para mirarme directamente.

—Me di cuenta de algo esa noche en el apartamento —dijo, con una calma que no esperaba—. Cuando me llevaste borracho a dormir. No estaba tan dormido como creías. Sentí perfecto cómo me la chupabas.

El cigarrillo se me quedó quieto entre los dedos.

—No me molestó —continuó—. Para nada. Me la pusiste tan dura que me costó no correrme en tu boca ahí mismo.

No iba a ser yo quien dijera la siguiente palabra. Rodrigo sostuvo mi mirada sin apartar los ojos, y fue él quien cruzó la distancia entre los dos. Me agarró la nuca con una mano, me pegó la boca a la suya y me besó como si llevara semanas pensándolo, la lengua entrando decidida, el sabor a cigarrillo mezclándose con el ron que había tomado antes.

Le bajé el pantalón corto de un tirón y me la encontré ya dura, más gruesa incluso de lo que la recordaba de esa noche. Me arrodillé frente a él sobre la alfombra y lo tomé como antes, pero esta vez sin el peso del miedo encima, sin la angustia de estar haciendo algo que él no sabía. Sus manos encontraron mi nuca.

—Así —dijo, con una voz que no le había escuchado nunca—. Chúpamela así, como esa noche.

Le engullí la polla entera, dejando que me llegara al fondo de la garganta, con los ojos llenos de lágrimas y la saliva escurriéndome por el mentón hasta caerle sobre los huevos. Tomé el ritmo que él marcaba con las caderas, lento al principio y con más presión después, sintiéndolo tensarse a medida que el tiempo pasaba. Le lamí los huevos, le mordisqueé la piel del interior de los muslos, y cuando volví a la verga se la chupé con toda la boca, mojándosela entera con la lengua, haciendo ruido a propósito para que me viera disfrutarla.

—Puta madre —murmuró, agarrándome del pelo con las dos manos ahora—. Me lo haces mil veces mejor que ella.

Cuando lo noté al borde me separé y lo miré desde abajo, con los labios hinchados y la barbilla brillándome.

—Quiero sentirte adentro.

Se levantó, me di vuelta, me incliné sobre la cama con las palmas abiertas sobre el colchón y el culo alzado hacia él. Escuché cómo escupía en su mano y se la pasaba por la polla; después sentí sus dedos abrirme, mojándome, uno primero y luego dos, hundiéndolos hasta los nudillos mientras yo me arqueaba y le pedía que se apurara. Rodrigo entró despacio, ajustando el ritmo hasta estar completamente dentro, y se quedó quieto un momento como midiendo algo. La sentí gruesa, caliente, llenándome entero.

Luego empezó a moverse.

Al principio con estocadas lentas y profundas, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta el fondo, arrancándome un gemido con cada empujón. Me agarró por las caderas y aceleró, folándome cada vez más duro, la cama chocando contra la pared, el sonido de su vientre golpeándome el culo llenando la habitación entera. Me tapó la boca con una mano cuando se dio cuenta de que estaba haciendo demasiado ruido.

—Callate —me susurró al oído, sin dejar de embestirme—. Los vas a despertar a todos.

Me sacó la polla, me giró boca arriba, me levantó las piernas y volvió a hundírmela mirándome a la cara. Me folló así un rato largo, con mis tobillos junto a sus orejas, la vista clavada en cómo su verga entraba y salía de mí, brillante de saliva y de sus propios fluidos. Me agarró la polla y me la empezó a pajear al mismo tiempo que me la metía, con esa habilidad natural que tienen los tipos que se conocen a sí mismos.

Encontramos el ritmo sin palabras, los dos ajustándonos al otro con una naturalidad que me sorprendió. El ritmo fue creciendo hasta que ya ninguno de los dos tenía mucho control sobre nada, y cuando llegó el momento lo hicimos con unos segundos de diferencia. Él primero, hundiéndose hasta el fondo y quedándose ahí, apretando los dientes mientras me llenaba el condón con espasmos que sentí uno por uno; yo inmediatamente después, corriéndome sobre mi propio vientre en chorros gruesos, con la espalda arqueada y la respiración cortada, mientras él seguía moviéndose despacio adentro mío para exprimirse los últimos temblores.

Ninguno habló por un rato. Rodrigo se sacó el condón, hizo un nudo, lo tiró a la basura y buscó el cigarrillo abandonado en el cenicero. Lo terminó parado junto a la ventana, desnudo, mirando el mar oscuro desde la persiana entreabierta, con la polla todavía a medio bajar entre las piernas.

—Esto no significa nada raro —dijo al final—. Soy muy caliente, nada más.

—Claro —dije—. Yo igual.

***

Eso fue hace cuatro semanas.

Desde entonces nos lo hemos repetido tantas veces que casi nos lo creemos: no significa nada, es solo calor, seguimos siendo los mismos amigos de siempre. Y en cierta forma es verdad. El lunes después de cualquier encuentro llegamos iguales que siempre, sin dramas, sin la conversación que empieza con «tenemos que hablar».

Rodrigo tiene una energía que no se apaga fácil. La semana pasada apareció en mi apartamento un martes a mediodía, con esa sonrisa que ya reconozco desde lejos, y terminamos en la ducha con el agua caliente corriéndonos por encima, su verga clavada en mi culo hasta el fondo y sus manos apretándome las caderas contra los azulejos. Me folló contra la pared mientras yo me pajeaba, hasta que se corrió dentro mío con un gruñido que rebotó en las baldosas.

El domingo anterior fue en el estacionamiento de un centro comercial, adentro de su auto con el vidrio completamente empañado. Me la chupé arrodillado entre sus piernas sobre el asiento del conductor, tragándomela entera hasta que se me llenó la boca de semen caliente y espeso, sin poder tragarlo todo. Después me pajeó él a mí con su propio semen resbalándome por la comisura de los labios, y su mano libre sobre mi boca cuando empecé a hacer demasiado ruido al correrme.

Una tarde en casa de su tía, mientras ella preparaba café en la cocina, me susurró al oído que esperara. No esperamos mucho: me arrastró al baño del pasillo, me bajó los pantalones hasta las rodillas, me inclinó sobre el lavabo y me metió la polla en seco con solo un poco de saliva, tapándome la boca con la mano para que no gritara mientras me la clavaba hasta el fondo en embestidas cortas y contenidas. Se corrió adentro mío en menos de tres minutos, sin ruido, mordiéndome el hombro para no gemir.

No sé cómo llamarle a esto. Tampoco me parece urgente encontrar un nombre.

Lo que sé es que los dos llegamos a cada encuentro sabiendo exactamente lo que queremos, sin negociaciones ni ambigüedad. Que los veinte años que cargamos encima hacen que todo sea más fácil, más natural, sin la incomodidad que trae lo desconocido. Que Rodrigo sabe ahora con precisión lo que le gusta —que le mamen la polla lento hasta ponerlo al borde, que me corra encima de su verga mientras me la mete hasta el fondo—, y a mí me gusta dárselo.

Según él, no es gay. Lo hace conmigo de puro caliente.

Según yo, él no me gusta. Lo hago con él de puro caliente.

Lo cierto es que cada semana terminamos igual: con el culo lleno de su semen, exhaustos, satisfechos, y exactamente tan amigos como siempre.

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Comentarios(8)

Facundo_GBA

Buenisimo!!! de lo mejor que lei en esta categoria

SantiG92

Por favor continuá la historia, quedé con ganas de saber cómo siguió todo entre ellos

marcos_narrador

Me encantó como lo narrás, se siente muy real. La tensión de esa noche antes de que todo cambie está perfecta

Nico_lector

tremendo relato, me removio cosas por dentro que no esperaba. muy bueno!!

RobertoNoche

Siempre me gustan los relatos con ese fondo de amistad verdadera antes de todo. Dale con la segunda parte!!

pablito_33

que buen final... me dejó pensando un rato. esas noches que lo cambian todo son las mas intensas

AndresLP

Me hizo recordar una situacion parecida que viví hace años. Esas decisiones donde das un paso sin vuelta atrás... muy bien escrito

Tomas77

segunda parte urgente!!! muy buen trabajo

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