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Relatos Ardientes

Así fue como la vecina madura me hizo hombre

Cumplir dieciocho años en sábado tiene algo que los cumpleaños entre semana no tienen: el día entero te pertenece. La comida en familia fue tranquila y correcta, con la tarta de rigor y las velitas que siempre me dan ganas de esconderme bajo la mesa. Sobreviví, recogí los regalos, acepté los abrazos y, a media tarde, avisé a mis amigos.

La reunión fue en la esquina de siempre a las seis y media. El plan era claro: comprar, precalentar en casa de Pablo y luego salir a lo que saliera. Entré al supermercado del barrio con el pecho un poco más henchido de lo habitual. Esa noche ya podía comprar lo que quisiera sin pedirle el favor a nadie.

Cogí una cesta y fui directo a la sección de bebidas: vodka, whisky, cervezas, refrescos para mezclar. Me puse en la cola de la caja y esperé. Cuando me tocó el turno mis amigos ya estaban fuera.

Al otro lado de la cinta estaba Sandra.

La conocía de toda la vida, o casi: era la cajera del súper de siempre, la que había visto detrás del mostrador desde que era un crío y mi madre me traía a hacer la compra semanal. Tendría algo más de cincuenta. Pelo castaño oscuro con vetas plateadas, recogido siempre en una trenza. Gafas de media luna. Y un cuerpo que el uniforme naranja del supermercado se esforzaba en ocultar sin demasiado éxito, porque Sandra era alta, delgada y tenía ese tipo de figura que se nota a pesar de cualquier ropa.

Empezó a pasar los artículos por el escáner sin decir nada. Cuando llegó a las botellas, paró. Me miró por encima de las gafas.

—Carnet.

Le tendí el documento con la clase de orgullo desproporcionado que solo tiene sentido a los dieciocho años. Lo examinó por los dos lados y me lo devolvió.

—Hoy mismo. Felicidades.

—Gracias.

—Las resacas de cumpleaños son especiales. —Sonrió levemente mientras seguía pasando artículos—. Ya me lo contarás mañana.

Pagué, metí todo en las bolsas y me fui.

***

Al día siguiente abrí los ojos con la cabeza convertida en una piedra sólida y la boca con sabor a alcohol de mala calidad. Mi madre había subido la persiana de golpe antes de salir con mi padre a comer con unos familiares. La casa era mía.

Pasé media hora bebiendo agua y comiendo dos galletas en la cocina. Me duché. Me puse un chándal limpio. Hacía frío fuera pero necesitaba aire, y el aire de mi cuarto ya empezaba a hacérseme irrespirable.

Salí a caminar sin rumbo por el barrio. Las calles de adosados estaban casi vacías esa mañana de domingo. Anduve unos minutos con la cabeza gacha, pensando en nada en particular, hasta que choqué con alguien.

No fue un golpe fuerte. Fue el tipo de encontronazo que se produce cuando dos personas van mirando hacia abajo al mismo tiempo. Levanté la vista y vi a Sandra.

Ella también puso cara de susto. Llevaba vaqueros oscuros, un jersey de lana color burdeos y el pelo suelto sobre los hombros. Sin el uniforme del súper parecía mucho más joven, o quizá simplemente diferente. Más persona y menos cajera.

—Perdona —dije.

—Iba mirando el teléfono —dijo ella al mismo tiempo.

Nos miramos un segundo. Ella fue la primera en sonreír.

—¿Tal como esperabas la resaca?

—Peor —admití—. Mucho peor.

—El aire ayuda. —Señaló con la cabeza hacia la casa que tenía justo detrás—. Aunque el té ayuda más. Si quieres.

Habría podido decir que no. Tendría que haber dicho que no.

—Sí, venga.

***

Su salón era tranquilo y ordenado: libros en las estanterías, un sofá gris grande frente a la ventana, luz de mediodía entrando de lado. Me senté mientras ella fue a la cocina. Saqué el móvil sin ningún propósito real.

¿Qué hago aquí exactamente?

Volvió con dos tazas. Se sentó a mi lado, dejando espacio razonable entre nosotros, y me pasó una.

—No tengo café. ¿Has tomado té alguna vez?

—No creo.

—Entonces hoy es un día de primeras veces.

Tenía un sabor que no esperaba: ligeramente amargo, con algo floral que no supe identificar. Le di un segundo sorbo. No estaba mal.

Empezamos a hablar. De la noche anterior, de sus propias épocas de salir, del barrio. Sandra hablaba directo, sin rodeos, con ese humor seco que tienen algunas mujeres mayores que han decidido dejar de perder el tiempo siendo corteses sin razón. Me resultó fácil hablar con ella desde el principio.

En algún momento me preguntó si tenía novia. Le dije que no. Me preguntó si había habido chicas la noche anterior. Le conté cómo había ido, que íbamos demasiado destrozados como para acercarnos a nadie. Ella escuchó sin comentar demasiado.

—¿Y qué tipo te gusta?

—Pues lo normal —dije, sin saber bien qué contestar—. Que estén buenas. Que sean interesantes.

Sandra dejó su taza en la mesita. Se levantó, extendió los brazos con naturalidad y se giró despacio, como si me pidiera que la evaluara.

—¿Y yo?

No tardé en responder.

—Sí. Estás muy buena.

Volvió a sentarse. Esta vez no dejó espacio entre nosotros. Su muslo caliente pegado al mío, su mano posándose sobre mi pierna con firmeza.

—¿Has estado alguna vez con una mujer de verdad? No con una chica. Con una mujer.

—No.

Sonrió. Era una sonrisa calmada, sin urgencia.

—Las chicas de tu edad todavía no saben lo que quieren. Las mujeres sí. —Apretó levemente la mano sobre mi pierna—. ¿Quieres saber la diferencia?

Respondí que sí con la voz. El resto de mi cuerpo llevaba un rato respondiendo por su cuenta.

***

Nos besamos despacio. Sus labios eran suaves y sabían al té. Cuando su lengua entró en mi boca me olvidé de la resaca, de la hora que era y de todo lo demás.

Sandra besaba sin apresurarse. Una mano en mi nuca y la otra en mi pecho, controlando el ritmo, haciendo que cada segundo durara más de lo habitual.

Se separó un momento, agarró la parte baja de su jersey y se lo quitó de un tirón. No llevaba sujetador. Sus pechos aparecieron grandes y redondos, con los pezones oscuros ya erectos. Los miré. No pude hacer otra cosa.

—Tócalos.

Los toqué. Los besé. Me recreé con ellos sin prisas, pasando la lengua por cada pezón, sintiéndolos endurecerse más con cada movimiento. Sandra apoyaba la cabeza hacia atrás y me guiaba con los dedos en el pelo, sin apretar, dejándome hacer.

Cuando se dejó caer al suelo de rodillas y me bajó el pantalón de un movimiento me quedé inmóvil. Me tomó entre las manos, levantó los ojos hacia los míos y pasó la lengua desde la base hasta la punta con una lentitud calculada.

Lo que hizo a continuación no tiene comparación con nada que hubiera vivido antes. Sabía exactamente dónde aplicar la presión, cuándo cerrar los labios y cuándo usarlos abiertos, cuándo mirarme y cuándo cerrar los ojos. Tuve que apartar la vista varias veces para no llegar demasiado pronto. El esfuerzo fue considerable.

Cuando se puso de pie empezó a quitarse los vaqueros dándome la espalda. Lo hizo despacio, bajando también la ropa interior de encaje negro que llevaba debajo. Se giró una vez completamente desnuda. Su cuerpo era firme, sin rastro de flacidez, con ese culo redondo y bien formado que había notado muchas veces detrás del mostrador sin permitirme pensar demasiado en él.

Se sentó a horcajadas sobre mí. Me tomó con una mano, se colocó y fue bajando muy despacio, sin apartar los ojos de los míos.

—Tranquilo —dijo en voz baja.

El calor fue inmediato. Sandra empezó a moverse con un ritmo pausado y controlado, sin perder la calma. Sus manos en mis hombros. Sus pechos a la altura de mi boca. Gemía pegada a mi oído, suave, y cada vez que aumentaba el ritmo sus dedos se clavaban un poco más en mi piel.

Me costó aguantar, pero lo hice. Llegó al orgasmo antes que yo, con un temblor que recorrió todo su cuerpo y un sonido largo y bajo que me apretó los dientes. Entonces me dejé ir también.

***

Nos duchamos en el cuarto de baño del piso de arriba. La ducha era grande, con alcachofa de lluvia que echaba agua tibia desde el techo como una cortina continua.

Sandra me enjabonó con calma, pasando las manos por mi espalda, mis brazos, mi pecho. Cuando llegó más abajo lo hizo con la misma naturalidad que el resto, aunque el efecto en mí no fue exactamente el mismo. Mis manos buscaron sus caderas.

Le lavé el pelo. Ella me dijo que había que aclararlo bien, que si no el champú lo estropeaba. Estuvimos un rato largo bajo el agua sin hablar, abrazados, mientras el vapor llenaba el espacio y el sonido de la ducha lo cubría todo.

***

Su dormitorio tenía las persianas a media altura. Una cama grande con edredón oscuro, un tocador, ropa ordenada en el armario. Me senté en el colchón a esperarla y mis ojos recorrieron la mesilla casi sin querer.

Un succionador de clítoris. Un consolador mediano. En el tocador, otro vibrador y algo de silicona bastante elaborado. En el armario, pegado con ventosa a la puerta, un dildo de tamaño generoso a media altura.

Así es como pasa las tardes cuando vuelve del trabajo.

La imagen de Sandra llegando a casa con el uniforme naranja del súper, dejando las bolsas en la encimera y subiendo a este cuarto me calentó más de lo que esperaba. Cogí el consolador de la mesilla y lo olí sin pensar.

—¿Te gusta lo que encuentras?

Levanté la vista. Estaba en el marco de la puerta, con el pelo húmedo suelto sobre los hombros y una toalla corta atada al pecho.

—Tenía curiosidad —dije.

—Claro que sí. —Se acercó despacio—. ¿Y si en lugar de olerlo pruebas el original?

Dejó caer la toalla al suelo.

Se subió a la cama, colocó un pie en el cabecero y se mostró justo a la altura de mi cara. Brillante, cálida. Aspiré hondo.

Empecé con la lengua despacio, de arriba abajo, sin prisa. Sandra apoyó una mano en la pared y cerró los ojos. Fui encontrando el ritmo: ella me lo indicaba con la presión de los dedos en mi pelo y la cadencia de su respiración, que fue haciéndose más corta y más rápida a medida que avanzaba. Cuando se acercó al orgasmo sus piernas empezaron a temblar y tuve que sujetarla por las caderas para que no perdiera el equilibrio.

Se corrió apretando la cara contra el brazo, con el cuerpo en espasmos. No paré. El segundo llegó antes que el primero.

***

Me tumbé boca arriba y Sandra se colocó a cuatro patas sobre la cama. La penetré desde atrás con un movimiento directo y ella clavó los codos en el colchón, dejó caer la cabeza y soltó un sonido ronco que se amortigüó contra la almohada.

Follé a esa mujer con la misma atención que le había prestado a todo lo anterior: sin urgencia, disfrutando de cada detalle, la curva de su espalda bajo mis manos, los sonidos que hacía con cada embestida, la manera en que apretaba cuando llegaba al límite.

Llegó antes que yo otra vez. Cuando terminó se giró, se arrodilló frente a mí en el borde de la cama y me tomó con la mano, mirándome fijo con esa expresión tranquila que había tenido desde el principio. Me corrí sobre ella. Se relamió despacio y sin dramatismo.

***

El sol ya estaba bajo cuando bajamos. Sandra me acompañó hasta la puerta en albornoz, con el pelo todavía húmedo cayéndole por los hombros. En el recibidor me dio un beso corto.

—Si te portas bien, la próxima vez te enseño cómo funciona la ventosa.

Salí a la calle bajo la luz anaranjada de las farolas con las piernas algo flojas y una sonrisa que no pude quitarme en todo el camino a casa.

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Comentarios (1)

viajero77

excelente relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

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