Un viento me dejó desnuda frente a cientos de mirones
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
«Qué linda colita», dijo a mi espalda. No me di vuelta enseguida. Esa voz no podía ser la suya, no después de cuatro años de silencio.
El armario del señorito guardaba un uniforme negro con cofia blanca, y don Aurelio le aseguró que en cuanto se lo pusiera dejaría de ser Marcial para siempre.
Al despertar en su cama, con su melena rubia sobre la almohada, supe que aquella semana en Lisboa ya no iba a terminar como la había planeado.
Llevaba dos años deseándolo en silencio. Esa madrugada, después de la graduación, sus manos se deslizaron hasta mi cintura y supe que ya no había vuelta atrás.
Desde mi silla de ruedas vi a mi esposa salir del auto del brazo de mi jefe. Y supe, sin saber cómo, que esa noche yo iba a sobrar en mi propio matrimonio.
Tres margaritas, el patio lleno de invitados y la mano de Mateo deslizándose bajo mi falda antes de doblar la primera esquina. Nadie en casa sospechaba nada.
Pensé que el disfraz me daba anonimato esa noche, hasta que ella entró al baño y supe, por su sonrisa, que no me había servido de nada.
A las tres de la madrugada el champán seguía abriéndose y ella, sentada en el sofá, no apartaba los ojos de nosotros mientras yo te buscaba la cintura bajo el vestido.
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Cuando mi madre y su amiga aparecieron sin avisar, mi novio seguía en cueros dentro del agua y yo en topless. Lo que vino después todavía me hace sonreír.
Catalina salió a la terraza en camisón blanco, se sentó a mi lado sin decir palabra y esa noche dejamos de ser solo hermanos en la casa frente al mar.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Acepté la invitación al café convencida de que solo hablaríamos. Lo que no esperaba era que Mariana me ofreciera a su marido como prueba de que sí sabía dar placer.
A las tres de la madrugada le pregunté si quería besarme. Lo único que nos separaba era el sueño de la chica que dormía a un metro de la cama.
Cuando bajé al jardín a fumar, él ya estaba ahí esperando. Sabía que tarde o temprano íbamos a quedarnos solos. Y yo también lo sabía.
Entré al baño como un hombre y salí con un minivestido y plataformas. Mi novia me esperaba en la sala con tres desconocidos y una sonrisa que lo decía todo.
La fiesta del hotel terminó de madrugada, pero la verdadera noche empezó cuando Valeria se sentó a mi lado en el sofá y deslizó la mano dentro de mi short.