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Relatos Ardientes

Aquella noche en las ruinas con dos uniformados

Hola otra vez.

En mi relato anterior les conté de Andrés, cómo lo conocí y cómo fue avanzando lo nuestro. Andrés vivió un tiempo en condición de calle, y fue justo en esos meses, hablando y fumando en cualquier banca, cuando empezamos a construir lo que hoy es lo mejor que nos ha pasado a los dos.

Somos pareja desde hace varios meses. Vivimos juntos, en una intimidad que es solo nuestra, porque nadie sabe lo que somos: ni mis padres, ni los suyos, ni los compañeros de trabajo. Esta es la continuación de aquella historia.

Hace pocos días Andrés recibió una llamada. Una llamada que jamás habría recibido en la época anterior, cuando dormía en cualquier parte y nadie quería saber de él. Ahora que tenía empleo estable y un sueldo decente, la familia se acordó. Su padre agonizaba y querían que estuviera presente para los últimos momentos; de paso, pedirle plata para los gastos del funeral. Fuimos los dos, claro que ante todos solo éramos amigos. Bastaba ver las miradas que le dedicaban a Andrés —despectivas, cargadas de juicio— para imaginar lo que habría pasado si llegamos a presentarnos como pareja.

Estuvimos en la despedida. El señor murió. Dos días eternos entre velorio y entierro. Y debo confesar que cuando aún no terminaban de bajar el féretro al pozo, los dos ya estábamos pensando en el regreso. Andrés se hospedó en casa de su madre. Yo me alojé en una residencial del centro del pueblo, un lugar polvoriento y seco, a varias horas de nuestra ciudad. Esa última mañana pasó a buscarme y, antes de salir a la ruta, subió a mi habitación. Llevábamos dos días sin un solo beso. Nada.

Entró. Cerró la puerta. Y en ese primer beso, larguísimo, fuimos quitándonos la ropa como si nos quemara la piel. Acabamos en la ducha, los dos bajo el agua, tocándonos despacio, con esa hambre acumulada que se vuelve casi dolor.

Andrés se arrodilló frente a mí en el habitáculo de azulejos blancos. Sostuvo mi sexo con las dos manos, lo lamió desde la base, se lo metió en la boca con esa lentitud calculada que sabía que me volvía loco. Después fue mi turno. Lo apoyé contra la pared y, mientras el agua nos caía encima, saboreé el suyo entrándolo y sacándolo, deteniéndome a propósito justo antes del límite. Ninguno acabó ahí. La meta era otra.

Me levanté. Él se dio vuelta sin que tuviera que decirle nada, apoyó las palmas en los azulejos y me ofreció el culo mojado, brillante. Mis dedos lo prepararon despacio. Cuando empujé, gimió de una manera que me arrancó cualquier prudencia. Estuvimos así unos quince minutos, con pausas largas, hasta que acabé dentro suyo. Él terminó después, en mi boca, mientras yo me arrodillaba bajo el chorro de agua.

Salimos de la ducha, nos vestimos, dejamos la habitación. Almorzamos algo liviano en una fuente de soda frente a la plaza y enfilamos hacia la ruta.

***

El viaje hacia la ciudad era largo. Cuatro horas de carretera vacía, con campos quemados a los costados y un sol que se metía de a poco detrás de los cerros. Hablábamos del velorio, de lo extenuante que había sido, de lo absurdo de fingir delante de toda su familia. Y entre frase y frase, los dos íbamos notando que el cuerpo todavía pedía más. Dos días y medio sin un beso pesan más de lo que parece.

Estaba cayendo la noche cuando vimos al borde del camino las ruinas de una vieja estación. Lo que quedaba de unos muros de adobe, dos paredes incompletas y un techo derrumbado. Un letrero descolorido decía «zona patrimonial» con letras que ya casi no se leían. Decidimos parar a estirar las piernas. Habíamos dormido mal esas noches y necesitábamos un respiro.

Entramos al sector y estacionamos detrás de uno de los muros, donde el auto quedaba escondido desde la carretera. Bajamos. Encendí un cigarrillo. Andrés se acercó por detrás, me abrazó la cintura y me besó el cuello. Después giró mi cara y me besó en la boca, despacio, como pidiendo permiso para algo que ya sabía que iba a pasar.

Le respondí agarrándolo de las nalgas, atrayéndolo contra mí. Estábamos lejos de la ruta. Eran las ocho y media de la noche y no se veía un alma en kilómetros. La luna empezaba a asomarse por encima de los muros caídos.

Le saqué la camiseta. Él me la sacó a mí. Nos fuimos quitando todo de a poco, riéndonos por lo bajo, como dos adolescentes haciendo algo prohibido. Total, pensábamos, nadie pasaría por ahí.

Sentir su lengua otra vez, su saliva mezclada con la mía, el roce de su pecho contra el mío al aire libre, era otro nivel. Lo hice arrodillarse y le metí el sexo en la boca. Después él me devolvió el favor. Estuvimos así un rato, alternando, sin apuro. Lo puse en cuatro sobre una piedra plana y le lamí el culo hasta que se le doblaron las rodillas.

Estábamos tan metidos en lo nuestro que perdimos de vista todo lo demás. Se oían vehículos a lo lejos, en la carretera, pero los sentíamos como un rumor distante, ajeno a nosotros.

Lo apoyé contra una de las paredes, ligeramente inclinado hacia atrás, y empecé a penetrarlo. Despacio al principio, después con más ganas, aprovechando cada centímetro del tiempo perdido. Él gemía sin contenerse. La luna nos alumbraba lo suficiente como para verle la cara, los ojos cerrados, la boca entreabierta.

Llevábamos un buen rato cuando un ruido cerca nos hizo congelar.

***

No nos habíamos dado cuenta. Una patrulla había estacionado al lado de nuestro auto. Habían apagado el faro buscacaminos y la baliza, así que ni la luz ni el ruido del motor nos alertaron. Estaban ahí. Mirándonos. No sabíamos hace cuánto.

Cuando los vi, salí de Andrés de un tirón. Los dos caímos al suelo buscando torpemente la ropa para taparnos. Eran dos uniformados. Uno de cuarenta y tantos, recio, con la cara picada por viejas cicatrices. El otro más joven, treinta y poco, de hombros anchos y mirada nerviosa.

Estaban deleitados. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta. Y entre las disculpas que balbuceamos, se acercaron despacio.

—Tranquilos, tranquilos —dijo el mayor con una sonrisa que no tenía nada de tranquilizadora.

¿Cómo se suponía que estuviéramos tranquilos?

Estábamos desnudos, en medio del sexo, en una zona protegida, con prohibición expresa de ingreso. El culo de mi pareja todavía dilatado. Mi sexo todavía durísimo.

—Esto es zona patrimonial, caballeros —siguió el mayor, paseándose alrededor nuestro como si estuviera dando una clase—. Patrimonio cultural del Estado. Está prohibido el acceso. Y lo que ustedes hacían aquí… bueno, eso ya es otro cantar.

Empezó a hablar de sanciones, de prefectura, de cargos por atentado contra la moral pública. Andrés temblaba a mi lado. Yo sudaba frío. Si nos llevaban a la comisaría, todo el mundo sabría lo nuestro. Mi familia. Mi trabajo. Todo se iría al carajo en una sola noche.

—Pero —dijo el mayor, y se acercó hasta quedar pegado a nosotros—, todos somos humanos. Un momento de calentura lo tiene cualquiera, ¿no?

Su mano grande agarró la nalga de Andrés. La otra, la mía. Apretó. Sentí el pulso latirme en las sienes.

—Ustedes verán cómo arreglamos esto para que nadie salga perjudicado.

***

Reconozco que nos derrumbamos. Por mi trabajo, por mi familia, por todo lo que habría que explicar si esto salía a la luz, estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa. Andrés también, aunque la cara se le había puesto gris.

La mano del mayor nos levantó por las nalgas. Sus dedos buscaron el ano todavía dilatado de Andrés. Mi sexo, hasta hace minutos durísimo, ya se había marchitado de puro miedo. No fue mejor cuando el más joven entró al juego.

—¿Y bien? —preguntó el mayor mientras se quitaba la guerrera y la dejaba doblada sobre una piedra—. ¿Una mamada aquí mismo y cada quien a su casa, o pasamos por prefectura?

El menor se puso detrás de Andrés. Le agarró el sexo, le sobó las nalgas, le abrió el ano con dos dedos. Andrés tenía los ojos llenos de lágrimas. A mí, el mayor me llevó la mano hasta su entrepierna, todavía vestida. Lo sentí duro a través de la tela. Bajó el cierre y me ordenó que se lo sacara.

Cuando descubrimos los dos sexos —enormes los dos, con las venas marcadas— nos dieron a elegir. Una mamada y todo quedaba como si nada hubiera pasado. O en cuatro, para que nos metieran su verga, y se acababa el asunto ahí mismo.

El corazón nos golpeaba en el pecho. Sabíamos que estábamos a un paso de ser violados, en el mejor de los casos. Por dos uniformados calientes que se aprovechaban de habernos pillado con los pantalones bajos.

Decidimos entregarnos. Solo les pedimos algo: hacerlo en el maletero del auto. Tenía los asientos abatidos y daba espacio para los cuatro. Además, ya empezaba a hacer frío. Aceptaron.

Se terminaron de desvestir mientras yo abría el portalón. Cuando los cuatro entramos, los dos uniformados, ahora solo con las botas a medio desatar, se miraron. Y entonces ocurrió algo que no esperábamos: se besaron. En la boca. Despacio. Mientras se agarraban el sexo el uno al otro.

Andrés y yo nos miramos sin decir nada.

***

Nos pusieron en cuatro. El más joven se acomodó detrás de Andrés. El mayor, detrás de mí. La espera mientras se ponían los preservativos fue eterna. Oía los sollozos contenidos de Andrés. Mi propio corazón latía contra el piso del auto como si quisiera escaparse.

No fueron brutales. Esa fue la sorpresa. Esperábamos una embestida violenta, animal, y lo que recibimos fue otra cosa. Una caricia primero en la espalda. Otra en las nalgas. Después la entrada, lenta, casi paciente.

Andrés gimió como si lo hubieran herido. Yo también, aunque para mí era apenas la segunda vez en la vida que me penetraban. La primera había sido muchos años atrás, cuando no debí haber dejado que pasara, y de ese día entendí que me gustaban los hombres.

Las embestidas del mayor no eran fuertes. Cada vez que entraba bajaba la intensidad al notar mi tensión. Lo mismo hacía el más joven con Andrés. La luna entraba por el portalón abierto y nos dejaba vernos. Estiré la mano. Andrés la tomó. Nos quedamos así, agarrados de la mano, mientras dos extraños nos cogían en silencio.

No sé cuánto rato pasó. Lo recuerdo como una eternidad y como un suspiro al mismo tiempo. Hasta que los dos intensificaron el ritmo, las venas marcadas en los cuellos, y acabaron casi al mismo tiempo. Una sincronía rara, casi obscena, entre ellos dos.

Se quedaron dentro nuestro en un silencio largo. Andrés me hizo un gesto con la cabeza para que mirara atrás. Los dos uniformados se estaban besando otra vez, con los sexos todavía clavados en nosotros, iluminados por la luna que se colaba por el maletero abierto.

***

Cuando finalmente se retiraron, dolió. Pensé que me había destrozado. Los dos se quitaron los condones llenos, y entonces vi algo que no me esperaba: el más joven le agarró el sexo al mayor, todavía con restos de semen, y se lo metió en la boca. Lo lamió entero, con cuidado, como si fuera la cosa más valiosa del mundo. El mayor le devolvió el gesto. Y después se volvieron a besar.

Andrés y yo, todavía en cuatro, los mirábamos como si estuviéramos en otro planeta. Estos dos hombres se besaban como si no existiera nadie más. Como si nosotros, dos minutos antes, no hubiéramos sido sus víctimas.

Cortaron el beso. Nos miraron. Nos extendieron la mano, los dos a la vez, para ayudarnos a salir del maletero. Nos «dieron permiso» para vestirnos. Ellos también se vistieron. Y antes de despedirse, el mayor me preguntó si nos quedaba algún cigarrillo y si les convidábamos un par.

Encendimos los cuatro afuera, apoyados en los muros de la vieja estación. Y entonces empezaron a contarnos su historia.

Llevaban siete años de compañeros de patrulla. Días enteros juntos, turnos larguísimos, noches durmiendo en la misma pieza de las postas rurales. De a poco, sin saber cómo, lo que sentían el uno por el otro se había vuelto otra cosa. Solo se habían atrevido a tocarse cuando estaban penetrándonos a nosotros. Solo se habían besado por primera vez esa misma noche, en el maletero, mientras nos cogían. Cada uno tenía mujer en su casa. Hijos. Una vida entera que sostener.

—Disculpen lo de antes —dijo el mayor, mirando el suelo—. No estuvo bien. Si quieren, no nos vuelven a ver nunca más. Si quieren… podemos juntarnos otro día. A tomar algo. A conversar. Estamos en lo mismo, en el fondo.

Andrés y yo nos miramos. Tomamos los números de teléfono. Subimos al auto. Nos fuimos.

***

Llegamos a casa de madrugada. Nos metimos a la ducha juntos, esta vez sin sexo, solo abrazados bajo el agua. No hablamos durante un buen rato. Lo de la denuncia se nos cruzó por la cabeza un par de veces, pero ¿qué titular sería ese? «Denuncia por presunta agresión sexual de dos uniformados a pareja gay sorprendida en zona patrimonial». Imposible.

Esa misma noche llegó un mensaje del mayor. Saludaba. Pedía perdón otra vez. Proponía juntarnos a tomar algo cuando quisiéramos.

De eso hace tres días. Desde entonces hemos hablado por mensaje como si fuéramos viejos amigos. Esta noche vamos a vernos los cuatro en un pub del centro. A conversar. A conocernos.

Conversar y conocernos.

Supongo que esto va a tener una tercera parte.

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Comentarios (1)

NocheEnVela

Que relato!!! Me dejo sin palabras de verdad, tremendo

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