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Relatos Ardientes

Buscaban un tercero y terminé enamorándome de él

Habían pasado seis meses desde que Sebastián se fue de la casa y yo seguía durmiendo del lado izquierdo de la cama, como si el otro lado lo siguiera ocupando él. Me había comprado un consolador en una tienda del centro, de los más baratos, y casi todas las noches terminaba usándolo mientras me imaginaba que era su mano la que me empujaba la cara contra la almohada.

Esas noches eran las peores. No por el sexo solitario, sino por lo que venía después: el silencio del cuarto, el techo, los pensamientos que se ponían oscuros muy rápido. Más de una vez me descubrí pensando en cosas que no se piensan, y supe que algo tenía que cambiar antes de que me terminara haciendo daño en serio.

Un viernes a la noche me obligué a salir. No tenía amigos a los que llamar —los pocos que me quedaban eran también amigos de Sebastián— así que tomé un taxi al único lugar al que podía ir solo sin que nadie hiciera preguntas: un sauna del centro, en una calle peatonal que de día estaba llena de oficinistas y de noche se transformaba en otra cosa.

Pagué la entrada, me cambié, anudé la toalla en la cintura y caminé entre el vapor buscando una esquina donde sentarme. Fue ahí donde lo vi. Estaba solo, encorvado, con los codos sobre las rodillas, mirando al piso como si hubiera ido a hacer cualquier cosa menos coger. Me senté al lado.

—¿Primera vez? —le pregunté.

—Sí —contestó, y le tembló un poco la voz.

—La mía también —le mentí.

Subimos juntos al segundo piso, donde estaban los cuartos oscuros. Lo empujé con suavidad contra una pared y me arrodillé. Tenía una verga normal, ni grande ni chica, pero el tipo cogía con una urgencia que me gustó. Algunas siluetas se acercaron a mirar desde la oscuridad. Alguno se la sacudía mientras nos miraba. A él pareció gustarle saberse observado: terminó rápido, con un quejido ahogado contra mi pelo.

Bajamos a tomar algo y me puse a llorar sin previo aviso, contándole de Sebastián. Me abrazó como si me conociera de toda la vida y me llevó a su casa. Cogimos hasta que amaneció, hasta que el cuerpo no nos daba más. A las once de la mañana, mientras yo me ponía los pantalones, me explicó casi en susurros que ese departamento no era suyo, que era el de su hermano que estaba de viaje, y que él vivía en otra zona con su esposa.

Salí a la calle con el sol pegándome en la cara y la sensación de haber sido un trapo. Esa misma semana me habían echado del trabajo —llevaba meses llegando tarde, peleándome con todos, ya no me aguantaban— así que tenía el día entero por delante para ahogarme en lo que quisiera.

Me metí a una cabina de internet a matar las horas. Abrí un par de páginas de avisos, más por costumbre que por ganas, y entre los anuncios de masajistas y de chicos que cobraban por hora encontré uno que me hizo detener el scroll.

«Pareja estable busca pasivo discreto y dispuesto para doble penetración. Sin compromiso, sin química, sin segundas. Solo una noche.»

Lo leí tres veces. Nunca había hecho un trío. Nunca había tenido dos vergas dentro al mismo tiempo. Algo en la palabra «discreto», en cómo el anuncio se cuidaba de no prometer nada, me llamó la atención. Escribí desde una cuenta nueva. Antes de salir de la cabina ya tenía un número de teléfono y una dirección en un barrio que conocía solo de paso.

***

El edificio era viejo y el ascensor no funcionaba. Subí los tres pisos a pie, con el corazón latiéndome no de deseo sino de algo más parecido al miedo. Toqué el timbre. Abrió un flaco altísimo, casi sin pelo en el pecho, con una sonrisa de bailarín. Se presentó como Damián.

—Pasa, pasa. Está todo tranquilo.

El departamento era enorme y casi sin muebles, salvo por cuatro gatos que me miraron desde distintos rincones y un par de espejos de pared a pared en la sala principal. Damián me explicó, mientras me llevaba al cuarto, que daba clases de baile en ese mismo living los fines de semana. Por eso los espejos.

En la cama me esperaba Rafael. Era todo lo contrario al flaco: bajo, ancho, con los hombros pesados de alguien que carga cosas para vivir. Estaba desnudo, recostado, con la verga dormida sobre el muslo y los ojos calmos, como si hubiera hecho esto mil veces.

—Quítate la ropa, amor —dijo, sin moverse.

Lo hice despacio, mirando el piso. Damián ya se había desnudado en algún momento que no recuerdo. Tenía la verga larga y muy delgada, como un dedo extra. Era la primera vez que veía una así. Rafael, en cambio, la tenía corta pero gruesa, y cuando se le fue endureciendo se le marcaron unas venas que parecían dibujadas con tinta.

—Ponte en cuatro —pidió Damián—. Queremos verte el culo.

Obedecí. Apoyé los codos en el colchón y arqueé la espalda. Escuché a Rafael soltar un silbido bajo.

—Ay, qué buen culo tienes, mi amor —dijo.

—Gracias —contesté, y me reí sin querer.

Damián fue el primero en acercarse. Me pasó la palma por la espalda, me agarró del pelo y me empujó la cabeza hacia la entrepierna de Rafael. La verga gruesa me llenó la boca de golpe. Era dura como un fierro y olía a jabón nuevo. Empecé a mamarla mientras Rafael me apretaba el pelo con una mano y, con la otra, me daba unas cachetadas suaves en la mejilla. No me dolían. Me ponían.

Por detrás, Damián me había escupido y se había metido sin avisar. Su verga delgada entraba con facilidad pero no me hacía sentir gran cosa. Disimulé igual.

—Qué rico, qué rico —repetí entre arcadas, con la boca llena de Rafael.

Después de un rato me incorporé y me senté arriba de Rafael, de espaldas, despacio, dejando que su verga gruesa me abriera de a poco. La sensación fue tan distinta a la de Damián que casi grité. Era dolor y placer en la misma cosa, y por algún motivo me dieron ganas de besarlo. Me giré, me incliné hacia adelante y le busqué la boca. Me besó como si no fuéramos dos desconocidos.

Damián volvió detrás de mí y, mientras Rafael seguía adentro, se acomodó para entrar también. Llenó mi culo de saliva y empujó con paciencia. Pegué un grito que se me escapó entero, sin pudor. Por un instante creí que no iba a entrar. Después, cuando entró, fue una sensación nueva, casi insoportable: dos vergas distintas moviéndose con ritmos distintos dentro de mí, una gruesa y firme, la otra fina y rápida.

Rafael me mordió el cuello, me dio besos por toda la espalda, me agarró los pectorales por detrás. Damián se vino primero, casi sin avisar. Salió, soltó un quejido cansado y se dejó caer al costado, mirándonos.

—Sigan ustedes —dijo, y se prendió un cigarrillo en el borde de la cama.

Rafael me empujó hacia la sala, hacia los espejos del living. Me puso de rodillas frente a uno de ellos y me siguió cogiendo desde atrás. Yo miraba en el reflejo cómo entraba y salía esa verga gruesa, cómo se le tensaban los muslos, cómo mi propia cara se descomponía con cada embestida. Nunca me había visto así. Hubo algo en mirarme en ese estado, con un hombre que recién conocía adentro mío, que me terminó de prender. Le pedí que se viniera dentro y se vino con un quejido ronco, mordiéndome el hombro.

Cuando me sacó la verga goteando, me la puso en la boca sin preguntar. La mamé hasta dejarla limpia. Me abrazó por detrás, todavía agitado, y me dijo al oído:

—Me gustas mucho, Joaquín.

—Tú también, Rafa.

***

Nos lavamos en el baño chico del fondo. Damián se había quedado dormido entre los gatos. Cuando salí a la calle, Rafael salió detrás de mí, ya vestido.

—Yo también me voy. Tengo que hacer unos mandados.

Caminamos juntos hasta la avenida. Resultó que vivía a seis cuadras de mi cuarto alquilado. Le dije que tenía una verga hermosa y se rió como si nunca se lo hubieran dicho antes. Él me dijo que tenía un culo difícil de olvidar. Lo invité a tomar algo a mi casa.

Cogimos otra vez, esta vez sin público y sin espejos, y fue todavía mejor. Le pedí que se quedara a dormir. Aceptó sin pensarlo dos veces.

Empezó a venir todas las noches. A veces, los sábados, íbamos a casa de Damián a repetir el trío para mantenerlo contento; Rafael no quería romper las cosas de golpe. Yo aguantaba esos sábados porque sabía que el resto de la semana Rafael era mío y solo mío.

A los seis meses dejó a Damián y se mudó a mi cuarto. Tres años después seguimos viviendo juntos. Cuando los vecinos preguntan, decimos que somos primos hermanos que se vinieron de la provincia. No nos creen del todo, pero nadie se mete. Discutimos como cualquier pareja, nos reconciliamos como cualquier pareja, y a veces, cuando él se duerme antes que yo y le miro la espalda ancha bajo la sábana, me acuerdo de aquella tarde en la cabina de internet, cuando leí el anuncio tres veces antes de animarme a escribir.

Sebastián, mi ex, podría estar muerto por lo que me importa hoy. Lo único que sé es que esa noche dejé de pensar en hacerme daño. No fue el sexo. No fue el trío. Fue ver, en el reflejo del espejo de un departamento ajeno, a un tipo que todavía podía gustarle a alguien.

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Comentarios (1)

LucasVerano

Increible!! se me hizo muy corto, quiero la continuacion ya jaja

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