Mi compañero de viaje me sorprendió en la ducha
Llegamos al hotel pasadas las once de la noche y yo solo tenía una cosa en la cabeza: encerrarme en el baño y desahogarme. Había sido una semana inhumana. Mateo y yo veníamos arrastrando reuniones, cenas con distribuidores y catas hasta la madrugada por media docena de ciudades distintas, y entre vuelo, presentación y copa de despedida no había tenido ni un minuto para mí. Ni siquiera para coquetear con alguna desconocida en la barra del hotel.
Trabajamos juntos en el departamento comercial de una marca de bebidas premium. Es un puesto que suena glamuroso y a veces lo es, pero también significa salir a las ocho de la mañana, comer con clientes a las dos, cenar con clientes a las nueve y rematar la noche en algún cóctel con clientes a las doce. Cuando llevas seis días así, lo único que pide el cuerpo es agua caliente y diez minutos a solas con tu propia mano.
Mateo aún andaba abajo, en el lobby, repasando con la organización los horarios del día siguiente. Yo aproveché para meterme al ascensor sin decir nada, subir a la suite que la empresa nos había reservado para los dos y abrir el grifo de la ducha antes de quitarme siquiera la corbata.
***
Me desnudé despacio. Solo verme la entrepierna recién depilada me recordó al fin de semana anterior con mi mujer, cuando habíamos tonteado un par de horas con la maquinilla en el baño de casa. Esa sesión me había dejado el cuerpo distinto, más sensible, más reactivo al roce de cualquier tela. Llevaba toda la semana notándolo, llevaba toda la semana esperando este momento.
Entré bajo el chorro caliente. El primer impacto me arrancó un gemido tonto, de puro alivio. Me apoyé en los azulejos y dejé que el agua me corriera por la nuca, por la espalda, por los muslos. Tengo el rabo de tamaño normal, ni más ni menos, pero algo grueso, y al cogerlo con la mano enjabonada se hinchó casi de inmediato.
Empecé a masturbarme con calma. No quería terminar rápido, quería que durara. Cerré los ojos e invoqué a Lucía Vargas, la directora comercial de zona con la que habíamos comido esa misma tarde. Una mujer alta, melena oscura, con un escote tan bien medido que los cuatro hombres de la mesa tuvimos problemas para ponernos de pie al final sin que se nos notara la incomodidad debajo del pantalón.
En mi cabeza yo le estaba bajando el sujetador. Le mordía el hombro. Le metía la mano por debajo de la falda mientras ella seguía hablando como si nada del trimestre.
Y entonces se abrió la puerta del baño.
***
Mateo entró como si tal cosa, en calzoncillos, con la camisa colgando del antebrazo y el móvil en la otra mano. Yo me quedé congelado, la polla a tope agarrada con todos los dedos, como un crío al que pillan en falta.
—¿Qué haces? —solté, intentando taparme con el otro brazo.
—Por mí no pares —dijo él sin alterarse, dejando la camisa en el toallero.
—Mateo, en serio, ¿puedes salir? Estoy… estaba…
—Cascándotela. Ya lo veo. ¿Y? ¿No has hecho la mili o qué? ¿Tan raro es que un colega te vea? Nosotros incluso nos la chupábamos entre toda la cuadrilla.
Lo dijo con la naturalidad de quien comenta que llueve. Yo me quedé sin palabras un segundo entero, con el agua todavía golpeándome la espalda.
—¿Qué dices? —conseguí balbucear.
—Lo que oyes. No me digas que nunca te la ha chupado un tío.
—No sabía que fueras gay.
—Y no lo soy. Pero cuando no hay otra cosa…
Soltó una risa corta y dejó el móvil sobre el lavabo. Yo seguía con la mano en la polla porque, sinceramente, no se me ocurría qué hacer con ella. Era una situación tan absurda que mi cuerpo no acababa de decidir si esconderse, salir corriendo o quedarse a ver qué pasaba.
—Joder, qué corte —dije, más para mí que para él.
—¿Corte? Tienes un rabo precioso, te la estás machacando con la mano y aquí hay un tío dispuesto a hacerte el trabajo. ¿Y dudas?
—Es que yo…
—Es que nada. Olvídate de la boca, no mires si no quieres. Estamos los dos calientes, llevamos una semana de mierda, no se lo vamos a contar a nadie y nos desahogamos. Punto.
Hablaba con una seguridad rara, como si no fuera la primera vez que tenía esa conversación. Y quizá no lo era.
—Mateo, joder, estoy flipando.
—Ven aquí.
***
Se sentó en el borde de la bañera, descalzo, y me agarró por las caderas. No me preguntó otra vez. Sin más, se llevó mi polla a la boca.
Con todo el lío de la charla yo me había quedado medio blando. Pensé que el cuerpo me iba a fallar, que esto era demasiado raro, que iba a echarme atrás. Pero en diez segundos la tenía dura otra vez, más dura incluso que antes. Y eso me asustó casi tanto como me excitó.
No estaba pensando en Lucía. Estaba pensando solo en él.
Mateo sabía lo que hacía. Subía y bajaba sin prisa, con la lengua aplastada contra la cara inferior del glande, dejando que la saliva caliente lo bañara todo. Cada cierto tiempo me la sacaba entera de la boca y me pasaba la lengua por la base, por los huevos, por el perineo, y volvía a tragársela hasta el fondo sin avisar.
Sus dedos me agarraban el culo, abriéndolo y cerrándolo a su ritmo. Le acabé poniendo la mano en la nuca casi sin darme cuenta. Lo guiaba un poco, no demasiado. Él se dejaba hacer y al mismo tiempo seguía dirigiendo. Mis cojones rodaban en su boca como dos bolas tibias, y yo había dejado de pensar en cualquier otra cosa que no fuera ese ritmo.
***
Cuando me corrí no avisé. No podía hablar. Le agarré la cabeza con las dos manos y le solté todo dentro, en chorros largos, con la espalda completamente arqueada contra los azulejos. Si no me hubiera estado sujetando él, me habría caído al suelo en mitad de la corrida.
Mateo no se separó. Aguantó el primer chorro y los siguientes, y en vez de tragarlo todo se lo dejó en la boca y me lo extendió por la polla y los huevos con la lengua, como si me estuviera firmando algo encima. Era una sensación tan obscena que el rebote del orgasmo me duró mucho más de lo que estaba acostumbrado.
Cuando por fin se retiró y se puso de pie, vi que el glande le asomaba por encima del elástico del calzoncillo. Estaba muy duro y goteaba.
—Ven —le dije, con la voz pastosa—. Ahora te toca a ti.
***
Le bajé el calzoncillo sin pensarlo mucho, antes de que la cabeza me diera tiempo a frenarme. Lo que apareció debajo me cortó la respiración un segundo. No era enorme en abstracto, pero era el primer pene de otro hombre que yo veía a esa distancia, y a esa distancia todo parecía el doble. Era ancho, recto y muy lleno. Tuve un instante de duda. Solo uno.
Me arrodillé en la bañera. El plato estaba caliente bajo mis rodillas porque la ducha llevaba abierta todo ese rato. Abrí la boca y me metí el glande. No me cabía mucho más que eso. La primera vez que tocó la garganta tuve una arcada pequeña, vergonzosa, que él fingió no oír.
Pero ya lo había decidido. No iba a dejarlo a medias. Si él me había hecho el trabajo, yo iba a devolvérselo entero.
Empecé despacio, jugando con la punta, acostumbrando la lengua al sabor distinto, a la sal, al tacto duro y a la vez resbaladizo de la piel del capullo. Le sorbí el glande entero. Su líquido seminal empezó a mezclarse con mi saliva y, contra lo que esperaba, el sabor no me echaba para atrás. Lo encontré agradable, raro, nuevo, pero agradable.
Cuanta más saliva producía, más fácil era. Le repartí todo el brillo por el tronco, por la base, por los huevos. Mateo apoyó las manos en mi cabeza y empezó a acompañarme con embestidas suaves. Me la metía hasta donde podía y luego se retiraba para dejarme respirar.
—Así, despacio —dijo, con la voz ronca.
***
Sentí cómo se le tensaban los muslos bajo mis manos. Las respiraciones se le acortaron. Yo me preguntaba, mientras lo chupaba, si sería capaz de aguantarle la corrida en la boca. No me dio tiempo a decidirlo.
El primer chorro me lo soltó dentro, denso y caliente, y se me fue directo a la garganta antes de que pudiera reaccionar. El segundo me cayó en la cara cuando aparté la boca por instinto. Los siguientes, más cortos, los recibí con la boca abierta otra vez, la lengua plana contra la base del glande, copiando exactamente lo que él me había hecho a mí un rato antes.
Le hice un traje de saliva y semen a aquel rabo. Igual que él al mío. Mateo se rio bajito, todavía con los ojos cerrados, apoyado en la pared de la bañera.
—Lo sabía —dijo.
***
Salimos de la ducha sin hablar mucho más. Nos secamos cada uno por su lado, evitándonos un poco la mirada, no por vergüenza sino por algo más raro, una especie de timidez nueva. Yo me puse el albornoz del hotel, él se vistió de calle.
—¿Vas a salir? —pregunté, intentando que sonara normal.
—Tengo que cenar con Lucía —contestó, mirándose en el espejo mientras se peinaba con los dedos—. Quedó en pasarme las cifras del trimestre. No me esperes despierto.
Me hizo gracia, no sé por qué. La misma Lucía con la que yo me estaba haciendo una paja media hora antes.
—Vale —dije.
Cuando cerró la puerta de la habitación me quedé un rato sentado en la cama, con el albornoz abierto, mirando al techo. Estaba relajado y al mismo tiempo no lo estaba. Tenía un picor extraño en el pecho. Me metí entre las sábanas, apagué la luz y me costó dormirme más de lo que esperaba. No era culpa, exactamente. Era algo más parecido a celos, aunque tampoco sabía bien de quién: si de Mateo, por irse a cenar con ella; o de Lucía, por tenerlo a él toda la noche.
***
Me dormí sin enterarme. Y desperté de una manera muy concreta.
Estaba boca arriba, con las sábanas a media altura, y notaba la polla completamente erecta, metida hasta el fondo de una boca caliente que ya no necesitaba que nadie le explicara nada. Me quedé quieto, con los ojos cerrados, todavía sin saber del todo si estaba soñando.
—Buenos días —murmuró Mateo, sin sacármela del todo.
No abrí los ojos. Me dejé hacer. Hundí los dedos en su pelo y le dije, muy bajito, que siguiera. Que no se parara hasta que yo se lo dijera.
Esa mañana llegamos tarde a la primera reunión. Lucía nos miró raro cuando entramos. No dijo nada.