El acuerdo de Lucía con su hijo y su marido
En Salamanca, en una casa de tres plantas con jardín trasero, vivía una familia que parecía cualquier otra. Lucía tenía treinta y seis años, el cabello cobrizo recogido casi siempre en una coleta baja, ojos claros y un cuerpo que aún hacía girar cabezas cuando salía a comprar el pan. Su marido, Andrés, dos años mayor, era moreno, ancho de hombros y se conservaba como si todavía jugara al rugby los domingos. Y luego estaba Iván, el hijo de ambos: veinticuatro años, delgado, rubio oscuro, con esa boca que parecía siempre a punto de decir algo que nunca decía.
El problema de Lucía no era su matrimonio. Era el ritmo. Andrés la deseaba todos los días, a veces dos veces por día, y llevaba siendo así desde hacía catorce años. Ella había probado de todo: lencería, juguetes, viajes, juegos. El problema no estaba en la cama, sino en el reloj. Lucía estaba cansada. Sencillamente cansada de tener una polla dura contra el culo cada mañana, cada noche, cada tarde robada.
Una tarde de jueves, mientras ella picaba cebolla en la encimera, Andrés entró en la cocina por detrás y le rodeó la cintura con los brazos. Le pegó la entrepierna al culo, ya endurecida, y le mordió el cuello. Lucía cerró los ojos un instante, dejó el cuchillo y giró despacio para mirarlo.
—Andrés —dijo, con esa voz tranquila que usaba cuando ya había decidido algo—. Tenemos que hablar.
—¿Otra vez? —Él sonrió y le buscó el cuello.
—Esta vez en serio. Ven, siéntate.
Andrés se sentó a regañadientes frente a la isla. Lucía sirvió dos copas de vino, le pasó una y se quedó de pie al otro lado, con las manos apoyadas en el mármol frío.
—Te quiero. Lo sabes. Pero necesito un mes. Tal vez dos. No para nosotros. Para mí. Necesito dormir, leer, escribir, no acabar el día agotada con tu polla dentro una vez más.
Andrés frunció el ceño. Iba a protestar. Lucía levantó la mano.
—Déjame terminar. Sé lo que vas a decir. Y por eso he pensado en algo.
Ella sabía perfectamente lo que iba a proponer, y sabía también que él no se lo esperaba.
—Iván —dijo, sin apartar la mirada—. Que te folle Iván.
Andrés se quedó quieto, como si no hubiera entendido bien. Después soltó una risa corta, incómoda, casi defensiva.
—¿Estás bromeando?
—No. Iván es gay. Tiene veinticuatro años. Es adulto, hace mucho que vive su vida y se folla a quien le da la gana. Si está de acuerdo, no veo por qué no.
—Lucía, es nuestro hijo.
—Por eso mismo —respondió ella—. Confías en él. Yo confío en él. No habrá secretos, no habrá otra mujer, no habrá una llamada extraña a las tres de la mañana. Será algo entre nosotros tres y se queda entre nosotros tres. Y tú te vacías las pelotas donde yo sé, no donde yo no sé.
Andrés bebió un trago largo de vino. Miró por la ventana hacia el jardín, donde un mirlo picoteaba algo en el césped. Después volvió a mirarla.
—No voy a hacer nada que él no quiera.
—Por supuesto que no.
—Y si dice que no, se acabó la conversación.
—De acuerdo.
***
Esa noche, después de cenar, Lucía llamó a Iván al salón. Andrés estaba en el sofá, con las manos apoyadas en las rodillas y la espalda demasiado recta. Iván se sentó en el sillón de enfrente con un vaso de agua en la mano, mirando a sus padres con una sonrisa apenas dibujada, como si ya sospechara que iba a oír algo extraño.
—Hijo —empezó Lucía—. Vas a pensar que se nos ha ido la cabeza. Escúchanos hasta el final.
Y se lo contó. Sin rodeos, sin metáforas, sin disculpas. Que necesitaba un descanso. Que Andrés no podía estar sin follar dos días seguidos. Que ella prefería que fuera él, su hijo, quien se ocupara de la polla de su padre, antes que una desconocida. Iván dejó el vaso en la mesita en algún momento de la explicación. No la interrumpió ni una vez. Cuando ella terminó, hubo un silencio largo. Andrés tenía la mandíbula tensa. Iván miró primero a su padre y luego a su madre.
—¿Y a ti te parece bien? —le preguntó a ella.
—Fue idea mía.
—¿Y a ti? —miró a Andrés.
—Si tú no quieres, no hay nada que hablar.
Iván se reclinó. Tardó un minuto entero en responder. Lucía contó los segundos por el tic del reloj de pared, sintiendo cómo el pulso le subía despacio por el cuello.
—Lo pienso. Mañana os digo.
***
La respuesta de Iván llegó al día siguiente, durante el desayuno, dicha tan suavemente que Lucía estuvo a punto de no oírla.
—Vale.
Solo eso. Vale.
Andrés levantó la vista del periódico. Buscó en la cara de su hijo algo que pudiera parecerse a una duda. No la encontró.
—¿Estás seguro?
—Si lo hacemos, lo hacemos sin teatro. Esta noche, en mi habitación. Mamá no entra y no se habla de esto en el desayuno.
Lucía sonrió contra su taza. Su hijo le había salido más práctico que ella.
***
Andrés pasó el día yendo y viniendo por la casa. Cambió la sábana de la cama de matrimonio, aunque esa noche no iba a usarla. Se duchó dos veces. Se enjabonó la polla y las pelotas con una atención que hacía años que no ponía. A las once apagó la televisión del salón y se quedó sentado en el sofá mirándose las manos durante media hora. Lucía cruzó por delante con un libro bajo el brazo, le besó la frente y subió al cuarto principal sin decir nada.
A las once y media, Andrés llamó con los nudillos a la puerta de Iván.
—Pasa.
La habitación de su hijo siempre le había parecido pequeña. Esa noche le pareció enorme. Iván estaba de pie junto a la cama, descalzo, con un pantalón de chándal gris y una camiseta blanca. Se le marcaba la polla debajo de la tela, un bulto grueso que colgaba hacia el muslo izquierdo y que Andrés miró por dos segundos antes de apartar la vista. Había una lámpara encendida en el escritorio y nada más. La música, muy bajita, era algo instrumental que Andrés no reconoció.
—Cierra la puerta.
Andrés cerró. Se quedó quieto, a dos pasos de la cama, con las manos colgando a los lados.
—Ven —dijo Iván.
Andrés dio un paso. Después otro.
Iván le puso una mano en la nuca con una calma que su padre no se esperaba. No fue un gesto de hijo. Fue un gesto de alguien acostumbrado a meterse a otro hombre en la cama y a hacer con él lo que le diera la gana. Y lo besó. Le metió la lengua directamente, sin preámbulos, hurgándole la boca. Andrés se quedó quieto el primer segundo, después abrió más los labios y le devolvió el beso con una mezcla de hambre y desconcierto que llevaba años guardándose para sí. La otra mano de Iván le buscó la entrepierna por encima del pantalón y le apretó la polla, midiéndosela por el bulto, comprobando cuánta tenía y cuán dura estaba.
—Se te está poniendo dura, papá —murmuró Iván contra sus labios, sin soltarle la verga—. Tranquilo. No tenemos prisa.
Lo desnudó despacio. Le sacó la camisa botón a botón. Le pasó la mano por el pecho, por el vientre, por la cinturilla del pantalón. Le desabrochó el cinturón con dos dedos, le bajó la bragueta y le metió la mano dentro del calzoncillo. Andrés dio un respingo cuando los dedos fríos de su hijo se cerraron directamente sobre la carne caliente de su polla. Iván lo agarró por la base y se la sacó del calzoncillo con una firmeza clínica, como quien desenfunda una herramienta que va a usar.
—Bien —dijo, mirándosela sin ninguna vergüenza—. Ya sé por qué mamá está cansada.
Andrés intentaba mirarlo y a la vez no mirarlo. Iván no se reía, no juzgaba. Trabajaba. Le dio dos pajas largas, apretando fuerte en la punta, sacándole ya una gota gruesa de líquido pre-seminal que Iván extendió con el pulgar por todo el glande.
—Siéntate en la cama.
Andrés se sentó. Iván se arrodilló entre sus piernas, le terminó de quitar los pantalones y el calzoncillo de un tirón y le abrió las rodillas con las dos manos. La polla de su padre le quedó a la altura de la cara, dura, gruesa, con las venas marcadas por toda la vara y las pelotas colgando pesadas debajo. Iván se la agarró con una mano por la base, se inclinó y le lamió los cojones primero, uno y después el otro, metiéndoselos en la boca uno a uno, chupándoselos con paciencia. Andrés soltó un jadeo entrecortado y le puso las manos en los hombros.
—Joder…
—Estate quieto.
Iván le subió la lengua por la parte de abajo de la verga, lentamente, siguiendo la vena gruesa desde la base hasta el glande. Le dio un beso húmedo en la punta. Y después abrió la boca y se la tragó entera, hasta el fondo, hasta que la nariz le tocó el vello del bajo vientre de su padre. Andrés echó la cabeza atrás y gruñó. La lengua de Iván era más caliente y más segura de lo que había imaginado. No había timidez en aquellos labios. Su hijo sabía exactamente cómo se la mamaba a un hombre, y eso, más que cualquier otra cosa, lo desarmó.
Iván empezó a mamársela en serio. Subía y bajaba con un ritmo constante, apretando los labios alrededor de la vara, dejando escapar un ruido húmedo cada vez que la sacaba hasta la punta y volvía a hundirse. De vez en cuando la dejaba salir del todo, le daba dos o tres pajas rápidas con la mano llena de saliva y volvía a metérsela hasta la garganta, ahogándose un poco a propósito, dejándole hilos de baba caer por las pelotas.
—Mírame —pidió Iván, sin soltarlo del todo, con los labios estirados alrededor del glande.
Andrés bajó la vista. Los ojos verdes de su hijo lo miraban desde abajo, brillantes, sin pestañear, con la polla de su padre pegada a la mejilla. Andrés sintió que se le escapaba algo en el pecho, no en el cuerpo, sino más arriba. Apartó la mano que tenía cerrada en el borde de la sábana y la apoyó con cuidado en el pelo de Iván. Y sin darse cuenta empezó a empujarle la cabeza, marcándole el ritmo, cogiéndole el pelo de la nuca y follándole la boca despacio.
—Despacio —dijo después, casi como un ruego, cuando notó que se le iba a escapar demasiado pronto—. Despacio o me corro.
Iván sonrió alrededor de él. Lo soltó con un chasquido húmedo, se limpió la barbilla con el dorso de la mano y subió a besarlo en la boca. Andrés se probó a sí mismo en la lengua de su hijo y no le importó. Iván lo empujó por los hombros y le dio la vuelta sobre la cama con una facilidad que a Andrés le pareció absurda. Su hijo era más fuerte de lo que parecía.
—Quédate así. Boca arriba. No te muevas.
Andrés obedeció. Iván se quitó la camiseta y el pantalón, se quedó en bóxers un segundo y después también se los quitó, sin dramatismo. Su cuerpo era delgado, definido, sin un gramo de más. Y entre las piernas le colgaba una polla larga, no muy gruesa, ya endurecida a medias, con el prepucio a medio recoger. Andrés lo miró y pensó, fugazmente, que se parecía a Lucía cuando tenía esa edad. Apartó el pensamiento al instante.
Iván se subió a horcajadas sobre él. Le besó la barbilla, el cuello, la clavícula. Le mordió el lóbulo de la oreja. Le lamió los pezones, uno y otro, mordiéndoselos hasta que su padre gimió. Se restregó contra él, polla contra polla, deslizando las dos vergas juntas entre sus vientres, agarrándolas con una mano y masturbándolas al mismo tiempo. Andrés sentía el peso de su hijo encima y le costaba respirar, pero no por el peso. Le costaba respirar por todo lo demás.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—¿Quieres seguir?
—Quiero seguir.
—¿Quieres follarme?
Andrés tragó saliva.
—Sí.
—Dilo.
—Quiero follarte.
Iván abrió el cajón de la mesilla con una mano. Sacó un sobre, lo abrió con los dientes y le enfundó el condón a su padre con dos dedos expertos, deslizándolo hasta la base con un movimiento pulido. Después sacó un bote pequeño, se vertió una buena cantidad de lubricante en la mano y le embadurnó bien la polla, apretándola de arriba abajo, sacándole otro gemido. Se echó más en los dedos y se llevó la mano atrás. Andrés lo vio meterse dos dedos en el culo, mirándolo a los ojos mientras lo hacía, abriéndoselo para él sin apartar la vista un solo segundo.
—No te voy a hacer nada que no quieras. Si en algún momento prefieres parar, paramos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Iván se inclinó hacia atrás. Se agarró la polla de su padre por la base, se la colocó contra el agujero y bajó las caderas despacio. Andrés sintió cómo la punta se abría paso, cómo el anillo del culo de su hijo cedía y lo tragaba, apretándolo con una fuerza que le sacó un jadeo largo. Iván se hundió sobre él centímetro a centímetro, mordiéndose el labio, con la frente empapada, hasta que se sentó del todo, hasta que el culo le tocó las pelotas a su padre.
—Joder —susurró Iván, con los ojos cerrados—. La tienes gorda, papá.
—Iván…
—Calla.
Iván empezó a moverse, despacio al principio, subiendo y bajando en pequeñas sacudidas, acostumbrándose. Andrés se agarró a sus muslos con las dos manos y dejó que se moviera. No tenía nada que enseñar allí. Esa noche, en esa habitación, no era el padre. Era una polla montada por su hijo.
El ritmo creció. Iván apoyaba las palmas en el pecho de Andrés y se balanceaba con una concentración casi atlética, subiendo hasta dejarle la polla casi fuera del todo y volviendo a dejarse caer de golpe, con un ruido carnoso de nalga contra ingle que llenaba la habitación. Su propia polla le rebotaba contra el vientre a cada bote, dura, filtrando líquido preseminal sobre el ombligo de su padre. Andrés gemía a medias, mordiéndose el labio, intentando no hacer demasiado ruido. La casa era grande pero las paredes nunca son tan gruesas como uno cree.
—No te tapes —dijo Iván, sin dejar de moverse, apretando el culo alrededor de la verga de su padre a propósito—. Mamá lo sabe. Para eso estamos aquí. Que te oiga si quiere.
Andrés soltó un sonido que era mitad risa, mitad jadeo, y dejó de morderse. La sensación lo subía por la columna como una corriente que llevaba años cortocircuitada. Levantó las caderas para encontrarse con las de su hijo y por primera vez en la noche se atrevió a marcar un ritmo propio, embistiéndolo desde abajo, clavándole la polla hasta el fondo cada vez que Iván bajaba.
—Así —dijo Iván, con los ojos cerrados, con la boca abierta—. Así, papá, fóllame así.
Estuvieron así un tiempo que ninguno de los dos midió. Cambiaron de postura una vez. Iván se bajó, se puso a cuatro patas en el borde de la cama y le enseñó a su padre el culo abierto, con el agujero ya rojo y brillante de lubricante, palpitando. Andrés se colocó detrás, se agarró la polla y se la volvió a meter de un empujón limpio, hasta el fondo, arrancándole a Iván un gemido ronco contra la almohada. Sujetándolo por las caderas, descubriendo que sus manos sabían exactamente dónde apretar, empezó a follárselo en serio, con embestidas largas y fuertes, dando palmadas involuntarias con las pelotas contra el culo de su hijo cada vez que se hundía del todo.
—Más fuerte —le pedía Iván en voz baja, agarrado a la sábana, con frases cortas—. Más. Rómpeme, papá, dame duro.
Y Andrés se las daba sin pensar. Le agarró la nuca con una mano y le empujó la cara contra el colchón. Con la otra le rodeó la cintura y lo levantó un poco, arqueándoselo, para meterse más adentro. Le dio una palmada en la nalga izquierda que sonó en toda la habitación. Iván gimió con la boca contra la almohada, apretándole la polla desde dentro como si quisiera ordeñársela.
—Voy a acabar —avisó al fin, agarrándolo con más fuerza, embistiéndolo cada vez más deprisa, con la respiración rota.
—Acaba dentro. Vacíate dentro.
Andrés cerró los ojos, empujó tres, cuatro, cinco veces más, cada vez más rápido, hasta que se clavó hasta el fondo y se dejó ir con un gemido gutural que le salió de un sitio que no conocía. Sintió cómo se corría a chorros dentro del condón, cómo el culo de su hijo lo apretaba durante toda la descarga, cómo las pelotas se le vaciaban una y otra vez, más de lo que se había vaciado en meses. Se quedó dentro un rato largo, apoyado contra la espalda de Iván, respirando en su nuca.
Iván se quedó quieto durante un instante largo, con la polla propia colgando dura entre las piernas, todavía sin descargarse. Después se incorporó a medias, se llevó la mano al vientre, se agarró la verga y empezó a machacársela con el ritmo eficiente de quien lleva media hora aguantándose. Andrés, todavía dentro, sacó la mano y le atrapó los cojones desde atrás, apretándoselos justo lo necesario. Iván apoyó la frente en la almohada, jadeó dos veces y se acabó él mismo sobre la sábana, con un temblor breve y los ojos cerrados, disparando cuatro o cinco chorros de semen espesos que le mancharon el vientre y las manos.
—Joder —soltó, con la voz tomada.
—Joder —repitió Andrés, por lo bajo.
***
Cuando se separaron, Iván se levantó, fue al baño, volvió con una toalla húmeda y limpió a su padre con la misma calma con la que lo había desnudado. Le sacó el condón anudado y lo tiró a la papelera. Le pasó la toalla por la polla todavía sensible, por las pelotas, por los muslos. Después se tumbó a su lado, se tapó hasta la cintura y se quedó mirando el techo.
—¿Estás bien? —preguntó Andrés, todavía con la respiración entrecortada.
—Estoy bien.
—No esperaba que fuera así.
—¿Cómo esperabas que fuera?
—No lo sé. Más raro, supongo.
Iván sonrió hacia el techo.
—Es raro. Pero también es agradable. Para mí también, papá. Follas bien. No se me había ocurrido pensarlo, pero follas bien.
Andrés guardó silencio. Pensó en Lucía, dos puertas más allá, leyendo o intentando leer. Pensó en la conversación de la cocina, en el cuchillo dejado a un lado y en la copa de vino servida con la frialdad de quien ha decidido algo de antemano.
—Tu madre es más lista que los dos —dijo al fin.
—Mucho más lista —contestó Iván—. Y nos quiere. Por eso lo propuso.
Andrés se incorporó despacio. Buscó su ropa en el suelo. Iván lo observó vestirse sin moverse de la cama, con un brazo doblado bajo la cabeza, mirándolo con una mezcla extraña de afecto filial y satisfacción de amante, todavía desnudo, todavía con manchas de su propio semen secándosele en el vientre.
—¿Mañana? —preguntó Iván, sin énfasis.
Andrés se detuvo con un calcetín en la mano. Lo miró. Tardó en responder, pero no porque dudara. Tardó porque quería medir bien las palabras.
—Mañana —dijo—. Y pasado, si tú quieres.
Iván asintió y cerró los ojos. Andrés salió de la habitación, cerró la puerta despacio y se quedó un instante en el pasillo, descalzo sobre el parqué frío, con las pelotas vacías por primera vez en muchos años sin haber tocado a su mujer. Al fondo del corredor, bajo la rendija de la puerta del dormitorio principal, todavía se veía encendida la luz de la lámpara de Lucía.
Andrés caminó hacia ella sin prisa. Esa noche, por primera vez en años, no tenía nada que pedirle.