El conserje viejo y la pastilla que lo cambió todo
Si leyeron lo que escribí antes, ya saben cómo empezó todo. Yo, Mateo, y Don Ricardo, el conserje del edificio de Filosofía. Una mamada por curiosidad que se volvió costumbre, y la costumbre que se fue volviendo otra cosa.
Lo que arrancó siendo solo de noche, cuando el campus quedaba vacío y él cerraba con llave la oficina del subsuelo, fue dejando de ser suficiente. Una tarde le pedí pasar en el recreo, entre la clase de epistemología y la de lógica simbólica. Él se rió, miró el reloj y me hizo señas para que lo siguiera al cuarto de las escobas. Esa fue la primera vez que se la chupé con sol entrando por la ventanita, con la mochila tirada en el piso y los pasos de la gente del pasillo a tres metros de la puerta.
Después fue casi todos los días. A veces a las once, a veces a las dos, a veces cinco minutos antes de un parcial. El peligro era parte de la cosa. Yo bajaba con la excusa de pedirle la llave del aula magna o de devolverle un trapo que él me había dejado a propósito en alguna mesa. Y él, con esa cara de viejo cansado que la gente saluda sin mirar dos veces, abría la puerta y me dejaba pasar primero.
Esa tarde fue distinta desde el principio. Yo había llegado más tarde de lo normal y el sótano olía a lavandina recién aplicada. Don Ricardo estaba sentado en el banquito de madera donde guardaba los carteles viejos. Tenía el overol abierto hasta el ombligo y me miraba con esa media sonrisa de costado que ya le conocía.
—Me tenés esperando hace una hora —dijo.
—Tuve una exposición —contesté, mientras tiraba la mochila y me arrodillaba sin más trámite.
Le bajé el cierre del pantalón con los dientes, como le gustaba. Él me puso la mano en la nuca; no apretó, solo me sostuvo ahí, como diciendo «despacio, no hay apuro». Y empecé.
Le había aprendido todo en esas semanas. Dónde le gustaba más despacio, dónde aceleraba él solo el ritmo de la cadera, qué decía cuando estaba por terminar. Esa tarde, sin embargo, no terminó. A los pocos minutos me apartó la cabeza con suavidad y me hizo levantar.
—Quiero verte el culo —dijo.
Lo dijo así, con esa voz baja y rasposa que tenía, sin pedir permiso ni explicar. Yo me quedé un segundo mirándolo. Hasta ese día solo había sido yo de rodillas y él sentado. Esto era pasar otra línea.
Pero ya hacía rato que esa línea estaba para cruzar.
Me bajé el jean y el bóxer de un tirón y me apoyé contra la mesa de los carteles, con la espalda hacia él. Sentí el aire frío del sótano y, enseguida, sus manos.
Tenía las manos de un hombre que había trabajado toda la vida con ellas. Anchas, callosas, los dedos gruesos como salchichas. Me apretó las nalgas primero, despacio, separándolas con los pulgares. Después oí su respiración bien cerca, justo atrás.
—Mirá lo que tenés acá, pibe —murmuró—. Una belleza.
Pasó la yema de un dedo por la línea del medio, sin entrar, solo recorriendo. Yo me agarré del borde de la mesa. Ya estaba duro de solo eso.
Después escupió. Sentí el escupitajo caer caliente y bajarme por la rajita, y enseguida su dedo medio que lo iba esparciendo, presionando, sin meterse todavía. Lo hacía con paciencia, como si fuera un trabajo más, como si estuviera lijando algo. Yo apretaba los dientes y me obligaba a quedarme quieto.
Cuando el dedo empezó a entrar fue lentísimo. Primero la primera falange, después un poco más. Ese hombre tenía los dedos enormes y yo nunca había tenido nada adentro, ni siquiera míos. Sentí una presión rara, una incomodidad que no era dolor pero estaba cerca. Cerré los ojos.
—Aflojá —dijo—. Respirá. No te apures.
Hice lo que me dijo. Solté el aire y, sin que yo me diera cuenta, el dedo entró del todo. Don Ricardo lo dejó ahí un rato, sin moverlo. Después, muy despacio, empezó a sacarlo y meterlo otra vez. Y otra. Y otra.
—Te gusta —dijo. No era pregunta.
A los pocos minutos eran dos dedos. Después tres. Yo respiraba con la boca abierta, apoyado en los antebrazos sobre la mesa, con los ojos clavados en un calendario de 2019 pegado a la pared. No podía pensar. Solo sentía esos dedos gordos meterse y salir, abrirme, hacerme sitio.
Y entonces se detuvo.
Estaba por girar la cabeza para preguntarle qué pasaba cuando sentí su lengua.
No, no la punta. Su lengua entera, todo a lo largo, una lamida que iba desde más abajo hasta más arriba, lenta, húmeda, descarada. Tuve que morderme la mano para no hacer ruido. La descarga me subió por la espalda como un escalofrío al revés.
—Don Ricardo —dije, sin pensar—. Don Ricardo, Dios.
Él se rió bajito y siguió. Cambiaba entre la lengua y los dedos sin avisar. Cuando creía que era la lengua, eran tres dedos otra vez. Cuando me acostumbraba a los dedos, era la lengua. Mi cuerpo no sabía qué esperar y, por eso mismo, se volvía loco.
Me corrí sin que él me tocara la pija. Ni una vez. Se me escapó así, contra la mesa de madera, contra el calendario viejo, contra todo lo que había aprendido sobre cómo se suponía que pasaban estas cosas. Me vine entero, sin manos, sin nadie tocándome, solo con su lengua y sus dedos atrás.
Cuando volví a respirar normal, lo oí reírse.
—Buen trabajo, ¿no? —dijo.
—Sí —contesté, jadeando—. Buen trabajo.
***
Pensé que se había terminado. Empecé a subirme el bóxer, todavía mareado, cuando sentí sus manos otra vez separándome las nalgas. Esta vez no fueron los dedos.
Era él, frotándome con su pija contra el culo. Hasta ese día yo sabía dos cosas sobre la pija de Don Ricardo: que era gorda y que casi nunca se le ponía dura. Tenía sesenta y ocho años y la sangre, decía él riéndose, ya no le iba para abajo como antes. Por eso lo nuestro había sido siempre lo mismo: yo lo chupaba, él se venía o no, y listo.
Por eso lo sentí raro cuando, contra mi piel, había algo duro.
Pensé que era el dedo otra vez. Pero el dedo no era tan grueso, ni tan tibio, ni tan resbaladizo. Y entonces empezó a entrar.
Giré la cabeza, asustado, y lo vi. Estaba parado atrás mío con el overol caído hasta las rodillas y la pija parada como la de un pibe de veinte. Una pija gorda, oscura, con la cabeza brillante. La suya. Por primera vez en todas esas semanas, la suya de verdad.
—Don Ricardo —dije.
—Me tomé una pastilla —contestó, sin sacar la mano de mi cadera—. Una azul.
Yo no dije nada.
—Quiero cogerte —dijo después, casi en voz baja—. Hace semanas que no pienso en otra cosa.
Empujó un poco más. Sentí cómo se abría camino.
—Aunque se me pare el corazón con la pastilla, no me importa —agregó—. Si te puedo coger hasta cansarme, está todo bien.
Algo se me cerró en el pecho. No era miedo, era otra cosa. Algo que mezclaba ternura con un fondo medio loco, medio peligroso. Sonreí sin que él me viera. Mirá vos lo apegado que estaba el viejo.
—Si te duele te aviso, vamos despacio —murmuró.
Yo no quería despacio. En agradecimiento por lo que acababa de decirme, lo paré un segundo, lo hice sentarse en el banquito y me senté yo encima de él.
De un solo tirón. Hasta el fondo.
Fue como si me partiera al medio y al mismo tiempo me ordenara por dentro. Me quedé un segundo así, sentado, con su pija enterrada hasta donde no llegaba ni mi propia mano. Lo oí gemir abajo mío.
Y empecé a moverme.
No sabía que mi cuerpo pudiera hacer eso. Me alzaba con los muslos y caía, me alzaba y caía, sintiendo que cada bajada me tocaba un punto adentro que yo no había sabido que tenía. Era la próstata, supongo. No sé. Solo sé que cada vez que su pija entraba hasta el fondo, algo en mí explotaba un poco más.
Don Ricardo me agarraba la cintura y miraba.
—Qué rico saltás, pibe —decía, con la voz rota—. Qué rico saltás.
Yo no podía contestar. Solo apretaba los ojos y seguía.
—Ni mi mujer, cuando estaba viva, se movía así.
Me corrió frío por la nuca. No supe si era por la frase o por el contexto. Pero ya no podía parar.
—Dale —dijo—. Date sola, putita. Date sola.
Lo último no me gustó. Nunca me había gustado que me llamaran así, ni siquiera por gente que conocía bien. Y oírselo a él, justo a él, fue como un balde de agua fría. Pero estaba tan ido, tan caliente, con esa pija adentro como si fuera la primera del mundo, que no le dije nada. Solo seguí moviéndome, más fuerte, casi con bronca.
Y entonces lo sentí venirse.
Fue una descarga larga, caliente, que me llenó por dentro. Sentí cada palpitación de su pija, una atrás de otra, vaciándose en mí. Don Ricardo apretó los dientes y se quedó duro debajo, las manos clavadas en mi cintura, sin respirar.
Cuando terminó, se aflojó. Yo también.
Me levanté con cuidado. Me dolían los muslos y tenía la espalda empapada. Pensaba que se había terminado, otra vez. Pensaba que ya nos vestíamos, que él iba a fumar un cigarrillo en la puerta del depósito y yo subía las escaleras como si nada, como tantas veces.
Pero Don Ricardo se levantó conmigo.
Y de una sola estocada, de pie, me la metió de nuevo entera.
—Que no se desperdicie el viagra —dijo en mi oreja—. Te voy a coger hasta que ya no se me pare.
Y cumplió.
Ese día no sé cómo nadie nos escuchó. No sé cómo el conserje del turno tarde no bajó nunca a buscarlo. No sé cómo no pasó un alumno por el pasillo, no sé cómo el reloj se movió tan rápido y al mismo tiempo tan despacio. Lo único que sé es que pasé más de una hora apoyado contra esa mesa de los carteles, con la cara contra el calendario de 2019, mientras Don Ricardo me cogía como si fuera la última vez que iba a coger en su vida.
Y quizás, para él, lo era.
Cuando salí del sótano, ya era de noche. El campus estaba vacío. Caminé hasta la parada del colectivo sintiendo todo distinto entre las piernas y, debajo del cuello, un cosquilleo que no se me iba.
Al día siguiente, cuando bajé al subsuelo, él estaba ahí.
Sentado en el banquito. Esperándome.
Como si nada hubiera pasado.