Cuando Mateo se fue, Iván vino a buscarme
El sol entraba por la ventana de la cabaña cuando salimos a caminar. Mateo, Iván y yo bajamos por el sendero que daba al arroyo, y el aire frío de la montaña me ayudó a despejarme. Lo que Iván nos había liado para fumar la noche anterior me había dejado durante horas en un estado raro, como flotando en una nube que no acababa de disiparse.
Al volver, comimos lo que Iván había preparado. Era un cocinero excelente, mucho mejor de lo que cualquiera de los tres habría imaginado, y la comida me cayó tan bien que se me cerraron los ojos sin querer. Me despedí, dejé el plato en el fregadero y subí a la habitación arrastrando los pies por los escalones de madera.
Debí dormir toda la tarde. Cada tanto me despertaba por un ruido lejano —una risa en la planta baja, el crujido del suelo, el viento entre los pinos— y volvía a caer en un sueño espeso, dulce, que me arrastraba hacia adentro como una corriente.
Soñé con la noche anterior. Con Mateo y con Iván encima de mí, con sus pollas en mi boca, en mis manos, en mi culo. En el sueño podía sentir el peso de sus cuerpos, el calor de su aliento bajándome por el cuello, las embestidas, los besos repartidos entre los dos. Era un sueño tan vívido que mi cuerpo respondía sin que yo pudiera evitarlo, igual que la noche antes.
***
En algún momento me quedé suspendido en ese limbo donde el sueño y la vigilia se confunden. Estaba boca abajo sobre el colchón, con una camiseta de Mateo tres tallas grande y nada más. La habitación estaba a oscuras y olía a madera húmeda. Tenía la polla medio dura por todo lo que había estado soñando, atrapada entre mi cuerpo y la sábana.
Entonces sentí el peso. Alguien acababa de subir a la cama, lentamente, con cuidado de no despertarme.
Unas manos me recorrieron las piernas desde los tobillos. Subieron por los gemelos, por los muslos, se metieron bajo la camiseta y me agarraron el culo con fuerza, estrujándolo de un modo que me hizo soltar un suspiro contra la almohada. Las mismas manos levantaron la tela hacia arriba. Yo ayudé un poco, alzando el torso lo justo para que pudiera sacármela por encima de la cabeza, y la tiré a un lado sin abrir los ojos.
Qué manera de despertarse, pensé.
Sonreí en silencio. Las manos siguieron acariciándome, acompañadas de besos pausados —en las piernas, en las nalgas, en la espalda, en los hombros—. Mi respiración empezó a acelerarse. Sentí un aliento cálido recorrerme la nuca, después unos labios entreabiertos lamiéndome despacio la curva del cuello. Su cuerpo se pegó contra el mío. Su pecho contra mi espalda. Su pelvis contra mi culo.
Estuve a punto de decir su nombre. Iba a decir «Mateo, fóllame», pero algo me detuvo en seco. Una mano demasiado grande sobre mi cintura. Un pecho demasiado ancho contra mis omóplatos. Y, sobre todo, aquella polla durísima que se apoyaba en mi espalda baja y no era, definitivamente, la polla de Mateo.
Se acercó a mi oído y me lo susurró antes de que yo terminara de entenderlo.
—Mateo se ha ido. Le ha surgido algo urgente. Me pidió que te avisara —dijo Iván con la voz ronca contra mi oreja—. Ahora eres mío.
Se me erizó la piel desde la nuca hasta los talones. La respiración se me cortó. Mi cuerpo dejó de pertenecerme en ese segundo exacto.
***
Iván entrelazó los dedos con los míos sobre la sábana. Volvió a besarme el cuello mientras frotaba su polla dura contra mi culo, despacio, sin prisa, marcando un ritmo. Mi cuerpo respondió solo: levanté la pelvis, abrí un poco más las piernas, le ofrecí lo que él ya sabía que iba a tomarse aunque yo no dijera nada.
Bajó beso a beso por mi espalda. Cada vértebra, cada hueco entre las costillas, hasta llegar al final. Me separó las nalgas con las dos manos y empezó a lamerme el ojete con una paciencia que no esperaba. Largo, lento, profundo. Los gemidos se me escapaban contra la almohada como si fueran ajenos. Las manos se me cerraron sobre las sábanas, agarrándolas con tanta fuerza que se arrugaron debajo de mí.
No quería huir. No quería que parara. Quería estar exactamente ahí, en cuerpo y alma, esclavo del placer que Iván despertaba en mí sin pedir permiso.
Escupió un par de veces sobre mi entrada y se colocó. Sentí la cabeza de su polla apoyada contra el músculo, presionando con calma, sin forzar. Después se dejó caer. Su peso me hundió en el colchón mientras su polla entraba poco a poco, milímetro a milímetro. Sentía que me iba a partir en dos. El dolor y el placer me llegaron al mismo tiempo, en partes iguales, peleándose por mí.
Su boca volvió a mi oído.
—Te voy a destrozar el culo y vas a suplicarme que no pare —me dijo.
—Sí, por favor —respondí con un hilo de voz—. Fóllame, Iván.
***
El dolor fue cediendo. Su polla se acomodó dentro de mí, mi cuerpo se rindió, y lo que quedó fue una sensación rara, plena, como si ese hueco hubiera estado esperándolo desde la tarde anterior. Mi cuerpo entero estaba entregado a él.
Giré un poco la cabeza buscando su boca. Me moría por que me besara, por morderle el labio, por sentir su lengua. Pero Iván no me lo concedió. Su mano grande se cerró sobre mi nuca y me apretó la cara contra el colchón con firmeza. Me dolía. Y me ponía aún más.
Entonces empezó el castigo. Aún estaba recuperándome del dolor de la noche anterior, mi agujero todavía no se había entregado del todo, cuando Iván comenzó a embestirme sin piedad. Una mano en mi nuca contra la almohada, la otra atrapando mi muñeca derecha contra la sábana, y la cadera golpeándome con un ritmo que no daba respiro a nada.
Dolía. Pero me gustaba de un modo que no me sabía explicar. No era un dolor insoportable. Era intenso, brutal, y a la vez puro placer.
Oía el sonido del cuerpo de Iván chocando contra el mío, ese golpe seco de pubis contra nalgas que es la música más obscena que existe. Oía su respiración agitada detrás de mí. Oía mis propios gritos ahogados contra la tela de la almohada.
—Joder, sí, Iván, sí, sí, sí —gemía sin pensar.
Mi ojete estaba ya completamente abierto, lubricado, dispuesto. Solo había placer. El calor, los golpes, sus gemidos detrás de mí. Sentí un cosquilleo nacerme dentro del vientre, bajar hasta los huevos y subir de golpe por la polla. Gotas de semen empezaron a mojar la sábana debajo de mí sin que yo me hubiera tocado siquiera una vez.
***
Iván me soltó la nuca de golpe. Me agarró por la cadera, me dio la vuelta y volvió a inmovilizarme las muñecas contra la cama, ahora boca arriba. Mis piernas se abrieron solas. No había en mi cuerpo ni una sola fibra que quisiera resistirse a él.
Se inclinó sobre mí y me besó con hambre. Su lengua jugaba con la mía, sus dientes me mordían el labio inferior, mi boca buscaba la suya como si me faltara el aire. Bajó al cuello, mordió, lamió, dejó marcas que iba a tener que esconder al día siguiente con el cuello de la sudadera. Escupió en su mano, se frotó la polla y me la volvió a meter en el culo palpitante.
Esta vez, una vez dentro, se quedó muy quieto. Me miró desde arriba. Me dio un beso pequeño en la mejilla, después en la otra, después en un párpado, después en el otro. Me apartó un mechón de pelo de la frente con dos dedos.
—Eres precioso. Me pones a mil. Quiero que seas mío —me dijo, despacio, con una dulzura que no encajaba con lo que estaba pasando entre nosotros.
Algo se me removió por dentro. Mi cuerpo latía contra el suyo. Levanté las piernas y le rodeé la cintura, le pasé los brazos por detrás del cuello, hundí la cara en su hombro y le recorrí el cuello con la boca y con la lengua. Después busqué sus labios y le besé como si quisiera tragármelo entero.
—Soy tuyo, Iván —le susurré con la boca pegada a la suya—. Cuando quieras, como quieras. En cuerpo y alma. Fóllame.
***
Y me folló. Sacaba la polla casi del todo y volvía a meterla hasta el fondo, una y otra vez, mientras yo lo apretaba contra mí con piernas y brazos. Pasó un brazo por debajo de mi cabeza y el otro lo cerró alrededor de mi cintura. Me levantaba unos centímetros de la cama y me dejaba caer sobre su polla, y yo gritaba de placer cada vez que el golpe me alcanzaba dentro.
En el fondo de mi cabeza, mientras él me embestía, daba gracias a Mateo por haberse ido. No había dejado de fantasear con este momento desde el segundo en que crucé la puerta de la cabaña y vi a Iván sentado en el sofá, con las piernas abiertas y esa mirada que ya me lo decía todo. Era un deseo que me había negado durante semanas, que reprimía porque Iván despertaba en mí algo que no sabía que tenía: una violencia, una necesidad de rendirme, una entrega que jamás había sentido con Mateo. Y yo quería a Mateo. Por eso me lo callaba.
Iván seguía. Sus embestidas se volvieron más profundas, más lentas, más obscenas.
—Me pones cachondísimo —me dijo entre dientes—. Mi puto perro.
—Me voy a correr —le contesté gimiendo.
—Hazlo. Córrete para mí.
El calor explotó dentro de mí. Mi boca buscó su piel para morderle el hombro mientras notaba cómo se vaciaba dentro, cómo su semen me llenaba el culo, cómo el mío salía a chorros entre nuestros vientres pegados. Un estallido de placer nos devoró a los dos al mismo tiempo.
Nos quedamos ahí, jadeando, sudando, dos trozos de carne aún ardiendo sobre la cama deshecha. Iván apoyó la frente en mi cuello sin salirse, y yo le acaricié la espalda con la palma abierta mientras intentaba recuperar la respiración.
***
Nos dormimos así, abrazados, en el silencio que queda después de un huracán. La calma que viene después de la tormenta. Y mientras me hundía otra vez en el sueño, supe que cuando Mateo volviera tendría que mirarlo a los ojos y mentir, o tendría que contárselo todo. Pero esa decisión podía esperar al amanecer.