El profesor irlandés que conocí en Nochevieja
Os cuento lo que pasó la última Nochevieja porque, mientras casi todo el mundo se quemaba la garganta con cava de oferta, yo estaba a punto de pasar la mejor noche del año en un dormitorio que no era el mío.
Llevo años haciéndolo igual. Diciembre me cansa, los brindis obligados me agotan y nunca le he encontrado el sentido a fingir alegría delante de una mesa llena de gente que se ve dos veces al año. Así que cuando llegó el día 31, hice lo de siempre: compré algo decente para cenar, descorché una botella tranquila y me senté en el sofá con la app abierta sin demasiada fe.
Grindr esa noche no es Grindr. Es un cementerio. La mayoría de los perfiles activos están en otras ciudades, viajando, o tan pasados de copas que ni leen los mensajes. Hice scroll un par de veces, descarté tres o cuatro propuestas tibias y casi cierro la aplicación. Justo antes de bloquear la pantalla apareció un perfil nuevo a doscientos metros.
La foto era sin cara: un torso delgado, pálido, con un mechón de pelo rizado asomando por la parte superior. Bio escueta, en un español algo titubeante. Edad: 24. Le escribí sin pensarlo mucho.
—Hola, ¿solo esta noche?
Tardó menos de un minuto en contestar. Me dijo que se llamaba Liam, que era irlandés, que llevaba apenas tres meses en la ciudad y que daba clases de inglés en un instituto del barrio. Sus compañeros de piso se habían ido a celebrar a casa de unos amigos y él había preferido quedarse. Estaba aburrido, dijo. Y solo.
La conversación se calentó rápido. Me mandó una foto suya con la polla a medio empalmar, circuncidada, bien proporcionada para su tamaño. Después una del culo, blanco, pequeño, depilado. Yo le devolví un par de fotos parecidas y nos enseñamos las caras casi al mismo tiempo. Me sorprendió. Tenía una carita de niño con gafas de pasta, los rizos castaños desordenados y una sonrisa cortada por delante por un diente algo torcido que le daba carácter. Me dijo que le encantaba mi sonrisa y que el contraste de edades le ponía especialmente.
—Los chicos mayores saben lo que hacen cuando se trata de divertirse —escribió, traduciendo torpemente al castellano una frase que sonaba mejor en su idioma.
Le mentí. Le dije que estaba en casa de mis padres con toda la familia, que la cena terminaba sobre las once y que entre la cena y las doce campanadas podía hacerme un hueco si vivía cerca. Vivía cerca. Diez minutos andando. Me explicó que era pasivo, que le encantaba mamar y que en realidad le gustaba todo. Vamos, como a mí.
A las diez y media estaba en su portal con el abrigo cerrado hasta el cuello y un frío que cortaba la cara. Bajó descalzo a abrirme, vestido con un chándal gris claro y una sudadera negra que le quedaba grande. Me recibió con una sonrisa tímida que se le quedaba a medio camino entre la cara y los ojos.
Subimos en ascensor sin hablar. El piso era el típico de profesor extranjero recién llegado: muebles viejos, una bandera del Real Madrid colgada con chinchetas que seguro no era suya, y un olor mezclado a comida india del día anterior. Me condujo directamente a su habitación.
Cerré la puerta detrás de mí y le metí la mano en la entrepierna sin pedir permiso. Estaba ya empezando a hincharse. Él me agarró por la nuca y se abalanzó a besarme. Besaba bien. Mejor de lo que esperaba. Con esa mezcla de hambre y educación que tienen los chicos jóvenes que todavía no saben muy bien qué hacer con sus ganas. Se le empañaron las gafas casi al instante. Soltó una risa, se las quitó y las dejó sobre la mesilla.
—Aquí estoy —me dijo, ya sin sonrisa.
Empezamos a desnudarnos sin separarnos del todo, ayudándonos el uno al otro como si compitiéramos por desvestir antes al otro. Cuando lo tuve frente a mí sin nada encima, me quedé quieto un segundo solo para mirarlo. Estaba más delgado de lo que parecía vestido, con una línea de vello suave que le bajaba desde el ombligo. Las clavículas marcadas. La piel sin marcas de sol, casi traslúcida bajo la luz amarilla de la lámpara de noche.
Se arrodilló frente a mí sin que se lo pidiera y empezó a recorrerme con la lengua. Primero el ombligo, después los huesos de las caderas, y por fin la polla, que tenía ya pidiendo paso. Me la chupó con una delicadeza extraña al principio, como si estuviera afinando un instrumento. Después fue subiendo el ritmo. Me lamió los huevos despacio, los chupó con los labios cerrados, y yo gemía bajo, jugando con los dedos enredados en sus rizos.
Le levanté la cara con la mano por debajo de la barbilla y me agaché a besarle. Sabía a mí, a piel salada y a saliva caliente. Lo puse de pie y le empujé suavemente hacia la cama.
—Túmbate.
Obedeció sin chistar. Me coloqué encima de él y nuestras pollas se encontraron a la altura del bajo vientre. Empecé a moverme despacio, frotando una contra la otra, sosteniéndome con los brazos a cada lado de su cabeza. Él me agarraba la espalda y subía las caderas para encontrarse conmigo. Nos morreábamos sin descanso, con la respiración cada vez más entrecortada, y yo sentía cómo su pecho subía y bajaba bajo el mío.
Cambié de posición. Me coloqué entre sus piernas y bajé despacio, dejándole un reguero de besos por el esternón, el ombligo, la cara interna de los muslos. Cuando llegué a su polla, no dudé. Me la tragué entera hasta sentir la punta en el fondo de la garganta. Lo escuché soltar un quejido largo, casi sorprendido. Eso me puso a mil. Empecé un ritmo lento y profundo, deteniéndome cada pocos segundos para mirarle a los ojos, y cada vez que lo hacía él se mordía el labio inferior como si no se lo pudiera creer.
No sé cuánto tiempo estuve así. Sé que disfruté como hacía meses que no disfrutaba con una mamada. Cuando volví a subir para besarle, él tenía los ojos vidriosos y la cara enrojecida.
Le besé el cuello, le lamí el lóbulo de la oreja, bajé hacia los pezones y los mordí muy suave mientras con la otra mano le sobaba la polla y le apretaba los huevos. Empecé a apretar un poco más fuerte. Le miré a los ojos buscando una señal. Él asintió con la cabeza, casi imperceptiblemente. Apreté un poco más. La situación me parecía morbosa de cojones: yo estrujándole las pelotas con calma, él sosteniéndome la mirada y con la polla cada vez más dura.
—¿Te gusta esto? —le pregunté.
—Sí —contestó en un hilo de voz.
Acerqué la boca a la suya y le dije:
—Abre.
Abrió la boca y le escupí dentro. Cerró los labios y tragó sin dejar de mirarme. Le brillaban los ojos. Solté los huevos y le acaricié el cuello con los dedos abiertos. Jugué un segundo con la nuez de Adán y después le rodeé el cuello con toda la mano. Él levantó la cabeza para facilitarme el agarre.
—¿Quieres más?
—Más.
Empecé a ejercer presión muy despacio, midiendo. Acerqué otra vez la boca a la suya y volví a escupirle dentro. Esta vez lo besé antes de que pudiera tragar, y los dos compartimos el regusto.
No pude más. Lo tenía duro como una piedra y la situación me había desencajado. Me senté a horcajadas sobre él y empecé a frotar mi culo contra su polla, dejándola resbalar entre mis nalgas. Me eché hacia delante para seguir besándole y al cabo de un rato cogí su polla con la mano y la dirigí a mi agujero.
Me incorporé para tener las dos manos libres y poder abrirme yo mismo. Su polla fue entrando despacio. Vi su cara descomponerse de placer mientras yo bajaba milímetro a milímetro. Cuando la tuve toda dentro, paré un segundo para reorganizarme. Tomé las riendas. Empecé a cabalgar despacio y volví a buscarle el cuello con la mano. El placer se nos multiplicó al instante. Él follándome desde abajo, casi sin moverse, y yo apretándole la garganta cada vez que aceleraba.
Estuvimos así un buen rato hasta que paramos a recuperar el aliento. Me tumbé a su lado y le dejé respirar.
—Igual no me corro —me dijo, todavía jadeando—. He bebido un par de copas de cava antes de bajar a abrirte.
Me hizo gracia la franqueza. Le contesté que no pasaba nada, que él decidía. Y entonces me soltó, mirando al techo, que aquella era la primera vez en su vida que follaba a alguien. Que hasta ese día siempre había sido pasivo. Que no se había atrevido nunca a dar el paso.
No supe muy bien qué decirle. Le besé la sien y le pasé un brazo por debajo de los hombros para acercármelo. Se acomodó pegándose a mi pecho y se quedó un rato así, respirando despacio. Yo era alto y grande comparado con él, casi le doblaba el cuerpo, y aun así él se acoplaba a mí como si llevara toda la vida durmiendo en esa postura.
Estuvimos un rato sin decir nada. Yo notaba su pelo haciéndome cosquillas en la barbilla. Le acariciaba la espalda con la yema de los dedos y él respondía con un suspiro cada poco. Si hubiera sido cualquier otra noche del año, me habría quedado a dormir.
Pero faltaba poco para las doce.
***
Ya sé que era una manera bruta de cortar aquello, pero las uvas son las uvas. Hasta cuando paso la Nochevieja solo en casa, las tomo. Es una de las pocas tradiciones a las que no he renunciado. Si hubiera sabido lo bien que iba a encajar con él, me habría llevado las doce uvas en un tuper y nos las habríamos comido juntos. Pero a esas alturas seguía con la mentira de la familia montada, así que tuve que romper el momento.
—Tengo que volver —le dije—. Mi familia me espera con las uvas.
Lo entendió. Vaya remedio le quedaba, pobre. Nos vestimos en silencio, él pasándome el jersey por encima de la cabeza con una sonrisa cansada. En la puerta me dio un último morreo largo y un abrazo. Salí del portal y bajé corriendo dos manzanas para llegar a casa antes del primer cuarto.
Llegué a tiempo. Me serví una copa, abrí el bote de uvas en almíbar y me las tomé delante del televisor mientras pensaba en lo que acababa de pasar. Acababa de follarme a un irlandés de 24 años en su primera vez como activo, le había escupido en la boca, le había apretado el cuello y media hora después estaba contando campanadas en pijama, solo en mi salón, como cualquier año.
Desde aquella noche se ha conectado pocas veces. Esta última semana hemos vuelto a hablar y nos hemos pasado los teléfonos. No sé si conseguiremos repetir antes de que termine el curso. En teoría, nos apetece a los dos. Si nos volvemos a ver, os contaré por aquí lo que pase.
Espero que os haya gustado esta historia que, como siempre, es absolutamente real.
Y, como siempre también, me encanta recibir vuestros comentarios por aquí o por mail.
Abrazos,
Marcos.