Aquel aventón al vigilante terminó en mi boca
¡Hola, lindos!
Esta noche les vengo a contar el segundo capítulo de algo que muchos me estaban pidiendo: lo que pasó con don Marcos, el vigilante del edificio donde vivo.
Para quienes recién se suman, hace un par de meses les conté cómo logré convencerlo de meterse conmigo al cuartito de servicio del subsuelo. Una tarde, una mirada larga de más y una propuesta directa fueron suficientes para que ese hombre serio y de bigote prolijo terminara cogiéndome contra los estantes hasta dejarme sin aire.
Desde entonces, las cosas en el edificio cambiaron sin cambiar. Don Marcos siguió saludando con la misma cortesía de siempre. Yo seguí pasando por la recepción con una sonrisa que no significaba nada para los otros vecinos pero que él entendía perfecto. A veces le bajaba un café con leche cuando lo veía bostezar al cambio de turno. A veces me detenía a preguntarle por su semana, por su hijo, por su rodilla mala. Pequeñas excusas para apoyarme en el mostrador y mirarlo a los ojos un poco más de lo necesario.
Hubo un detalle que noté de inmediato y que confirmó todo lo que sospechaba: don Marcos empezó a cuidarse más. Nunca había sido descuidado, pero ahora la camisa estaba mejor planchada, la loción se sentía a tres metros del escritorio y el bigote tenía un recorte parejo, como si lo arreglara cada dos días. Algunas mañanas hasta me daba la impresión de que se había peinado pensando en mí. Y ese pensamiento, todas las veces que se me cruzaba, me dejaba mojado y nervioso al mismo tiempo.
El viernes pasado yo estaba en la oficina, contestando un correo cualquiera, cuando sin razón aparente se me vino encima el recuerdo de cómo me había apretado las nalgas. La fuerza de sus manos, el ritmo desesperado de las últimas embestidas, su respiración entrecortada pegada a mi cuello. Me removí en la silla. Cerré la laptop antes de tiempo. Cancelé una cena con Renata —ya me iba a perdonar— y manejé hasta el departamento más rápido de lo que debía, rezando para que él todavía estuviera ahí.
Por suerte, llegué a tiempo. Subí las escaleras que dan a la recepción y lo encontré acomodando el bolso, listo para irse.
—¿Ya se va, don Marcos? —pregunté, fingiendo casualidad.
—Ya joven. Por suerte ya es hora.
—¿Vive lejos?
—Uy, en Tlalpan. De aquí me agarro el metro y transbordo hasta el final de la línea.
—Yo iba justo para ese rumbo. Si quiere, lo dejo en su casa. —Mentira, mentira y mentira.
Frunció el ceño un segundo, como evaluando si tomarlo o no.
—¡Cómo cree! No se moleste.
—No es molestia, en serio. Lo espero en el estacionamiento, déjeme nada más subir un momento.
Aceptó. Le vi disimular una sonrisa.
Subí al departamento corriendo. Me quité la ropa de oficina, me lavé la cara, me eché un poco de Hugo Boss en el cuello y, después de pensarlo dos segundos, me puse un pants holgado sin nada debajo. Una sudadera ancha encima. Sandalias. Nada de calzones, nada de complicaciones. Si la noche se daba, no iba a haber barreras tontas que estorbaran.
Cuando bajé al estacionamiento, escuché que don Marcos estaba hablando con el vigilante del siguiente turno, justo a un costado del cuartito donde habíamos estado juntos la primera vez. Esperé en silencio, apoyado contra una columna, hasta que se despidieron. Sólo entonces salí.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí, todo bien. —Tenía la voz un poco tensa—. Pero mejor salga primero usted. Nos vemos en la esquina, donde ya no llegan las cámaras. A mi compañero le tuve que decir que estaba esperando un Uber.
Asentí. Subí al carro. Lo prendí. Mientras avanzaba hacia la salida miré por el retrovisor: él se había quedado dando una vuelta como si esperara algo, perfecto disfraz. Al llegar a la esquina aparqué, me eché un poquito de brillo en los labios, bajé el volumen de la música y respiré hondo. El corazón me latía como si estuviera por hacer una primera cita.
Don Marcos apareció a los pocos minutos. Subió rápido, blanco como una hoja.
—Le juro que me dio miedo que alguien sospechara —dijo en cuanto cerró la puerta.
Le puse una mano en el muslo, despacio, y lo miré.
—¿Ya podemos saludarnos como se debe?
Me incliné y le di un beso lento en la mejilla, muy cerca del bigote. Vi cómo se le subían los colores. No dijo nada. Yo arranqué.
***
El trayecto hacia Tlalpan se me hizo cortísimo, aunque por mapa estábamos a casi una hora. Hablamos de tonterías. De su semana, llena de quejas porque uno del cuarto piso dejó la puerta del estacionamiento abierta otra vez. De la mía, llena de juntas inútiles. De su hijo que vivía en Querétaro y al que veía cada dos meses. Yo le contaba menos de mí, lo justo para que él se relajara y se sintiera escuchado. La verdad es que su voz, calmada y profunda, me ponía. Cada vez que cambiaba de carril alcanzaba a ver su perfil a contraluz: el bigote, la mandíbula, las arrugas marcadas alrededor de los ojos. Un hombre de cincuenta y tantos, sólido, con esa elegancia callada que tienen los que pasaron media vida cuidando a otros.
Cuando llegamos a su colonia faltaban como diez minutos para que anocheciera del todo. Me señaló su calle, una bocacalle angosta de casas viejas y rejas oxidadas, y le pedí estacionarme un momento en la avenida para no dejarlo justo en la puerta.
—¿Ya se tiene que ir o se puede quedar un ratito más? —pregunté, fingiendo inocencia.
Miró su reloj y suspiró.
—Un rato puedo.
Me acerqué a su oído. El olor de su loción mezclado con su sudor de fin de jornada era una bomba. Le susurré, muy bajo:
—¿Le molestaría si buscamos un sitio con un poco más de privacidad?
Le di un beso pequeñito en el lóbulo. Cerró los ojos. No me contestó con palabras, sólo asintió mientras tragaba saliva.
***
La colonia era un laberinto de callejones cerrados y calles sin salida. A dos cuadras encontré uno especialmente angosto, casi un pasadizo entre dos bardas altas, con un solo foco lejano que titilaba al fondo. Metí el carro hasta el final, apagué las luces, bajé el motor y dejé sólo la luz tenue de la guantera. Don Marcos miró por la ventana, comprobando que no hubiera nadie. Asintió otra vez, ahora con menos miedo y más expectativa.
—Eche su asiento para atrás —le dije.
Lo hizo despacio, como si no quisiera arruinar el momento. Pasé una pierna por encima de la palanca de cambios y me acomodé de costado, medio recargado en su regazo. Le pasé los dedos por el pecho, por encima de la camisa, y bajé hasta el cinturón. Lo desabroché sin prisa. Cuando le bajé el cierre del pantalón, ya tenía la verga medio dura, presionando contra la tela del bóxer. La saqué con cuidado, casi con reverencia. Sentí el calor en mi palma antes incluso de empezar.
A mí me gusta empezar lento. Que sienta primero la respiración y la lengua, antes que la boca entera. Le pasé la punta de la lengua por la base, por el frenillo, por la cabeza. Lo escuché soltar un suspiro contenido, de esos que se le escapan a un hombre que llevaba tiempo aguantando. Me la metí poquito a poco, sintiéndola crecer entre mis labios, llenándome la boca al ritmo de mi propia salivación. Cuando ya estaba completamente dura y palpitante, comencé a chuparla con más ganas, subiendo y bajando, ayudándome con la mano para apretarle la base.
Don Marcos puso una mano en mi nuca. No empujó. Sólo se sostuvo ahí, como agarrándose de algo.
Levanté la cabeza un segundo, con los labios brillantes, y le murmuré:
—No traigo nada debajo del pants.
No tuve que repetirlo. Su mano izquierda viajó directo a mi cadera, me bajó el pants hasta la mitad de las nalgas y empezó a acariciarlas con la palma abierta. Apretaba, soltaba, volvía a apretar. Yo seguí trabajándole la verga con la boca, mientras él me iba abriendo despacio.
—Métame un dedo, don Marcos. Por favor.
Me lo acercó primero a la boca. Lo chupé como si fuera otra verga, ensalivándolo bien. Lo volvió a llevar atrás. Lo sentí presionar contra mi entrada, sin entrar todavía, hasta que cedí y se deslizó hasta el nudillo. Solté un gemido contra su sexo. Vibró todo. Él gimió también, bajito.
Empezó a moverlo, primero apenas, después con un ritmo lento y firme que me volvió loco. Yo no podía dejar de pensar que estábamos en una calle. Que un perro podía ladrar. Que alguien podía asomarse a una ventana y vernos. Esa idea, lejos de detenerme, me prendió más. Apreté los labios alrededor de la cabeza de su verga, dejé que la lengua hiciera espirales y aceleré.
—Así, así —susurró él, sin soltarme la nuca—. Espérate, no me apures tan rápido.
Pero yo no quería esperar. Quería sentir cómo se le iba acumulando todo en la base, cómo se le tensaba el muslo, cómo se le entrecortaba la respiración. Subí y bajé más rápido. El dedo dentro de mí encontró un punto preciso y empezó a presionar ahí, en círculos pequeños. Sentí que las piernas me temblaban.
—Ya, ya, me voy a venir —gimió.
No me quité. Al contrario, lo metí hasta donde me daba la garganta y me quedé ahí, sin moverme, dejando que la lengua hiciera el último trabajo. Lo sentí palpitar entre mis labios y entonces vino el chorro caliente, espeso, llenándome la boca casi hasta atrás. Me retiré apenas un poco para no ahogarme y dejé que terminara de venirse contra mi lengua. Después tragué todo, despacio, mirándolo a los ojos.
Don Marcos se dejó caer contra el asiento, respirando como si hubiera corrido una cuadra.
—Qué rico sabe usted, don Marcos —le dije, limpiándome la comisura del labio con el pulgar.
Soltó una risa baja, casi avergonzada.
—Otro día repetimos en el cuartito —dijo, acomodándose el cinturón—. Pero ahora ya me tengo que ir, joven.
—Cuando quiera. —Me incliné y le di un beso en la barbilla, justo al borde del bigote.
***
Saqué el carro del callejón despacio, como si nada. Volvimos a la avenida principal. Él se bajó a dos cuadras de su casa, recogió su bolso del asiento de atrás y cruzó la calle sin mirar atrás, con ese paso tranquilo de hombre que ya recuperó el aire. Lo seguí con la vista hasta que se perdió entre las casas.
Yo encendí la música, bajé el espejo retrovisor para mirarme un segundo —los labios todavía hinchados, el brillo casi borrado— y arranqué de regreso. El camino a casa se me hizo eterno, pero el cuerpo lo tenía vibrando todavía. Aún sentía el sabor de su semen al fondo de la garganta y el olor de su loción pegado al cuello de mi sudadera.
Así fue nuestro segundo encuentro. Casual, rápido, casi clandestino. Pero no por eso menos delicioso. Ahora sólo me queda esperar al siguiente turno de noche para volver a meternos al cuartito, como me prometió.
Les dejo besos y travesuras.
Cereza.