El obrero volvió al mediodía y no pudo esperar
Desperté en la misma postura en la que nos habíamos derrumbado de madrugada: desnudos, salvo por la camiseta vieja que Bayron seguía llevando puesta. Su brazo grueso descansaba sobre mi cadera, sosteniéndonos pegados como si en sueños hubiera decidido no soltarme. Pasé la mano sobre la suya para girarme hacia él, pero el pirata se había tomado muy en serio aquello de no dejarme escapar de su cama.
Apenas me moví, su brazo apretó más fuerte y nuestros cuerpos quedaron sellados. Estaba caliente, relajado, y desde mi posición veía cómo su pecho subía y bajaba al compás de su respiración. Mis ojos bajaron hasta el borde de la camiseta, justo donde terminaba toda su ropa. Más abajo, su vello púbico coronaba aquella herramienta enorme con la que llevaba semanas haciéndome perder la cabeza.
Estaba dura todavía, con algún resto seco del chocolate de la noche anterior pegado al muslo. Ayer se nos fue de las manos lo del postre en el salón. Subí la mirada hasta su cara y, pese a todo lo que habíamos hecho, dormía con una paz que me dejó callado. Pegué la cabeza contra su pecho y me quedé escuchándole respirar. Él me besó el pelo sin abrir los ojos y bajó la mano hasta mi nalga.
Olía a sudor de la fiesta, a piel limpia y a algo suyo que no sabía nombrar. Con ese aroma volví a dormirme.
—Buenos días, pervertido —murmuró flojito, acariciándome la espalda.
—Buenos días —respondí, buscándole los labios carnosos—. ¿Y por qué soy yo el pervertido, si la mano en mi culo es la tuya?
—Te lo explico —apretó con firmeza y su dedo rozó mi entrada, arrancándome un escalofrío—. Para empezar, esta nalga ya es mía. Y eres un pervertido por lo que hiciste anoche con la comida de los dioses.
Su lengua ancha y áspera me recorrió los labios. Nos quedamos mirándonos hasta que a los dos se nos escapó la misma sonrisa pícara.
—En mi defensa, capitán, usé el chocolate como tú me enseñaste —subí su camiseta para morderle un pezón—. Y esta nalga aún no te la has ganado del todo.
Su dedo se hundió un poco más y mis últimas palabras se quedaron en un quejido.
Con una fuerza tranquila, levantó mi muslo y lo colocó sobre su cadera. Ahora mi entrada quedaba expuesta y su rabo, atrapado por su mano, se puso a frotar entre mis nalgas. Me mordía el labio con una cara de vicio que me ponía cada vez más mojado.
Miré el reloj. No nos daba para más.
—Piratilla, el abordaje queda para otro día —dije, enseñándole la hora.
Bayron resopló, me sujetó la mano contra su pecho y me besó como sólo él sabía hacerlo. Cómo besaba este cabrón.
—Gracias por despertar conmigo —lo dijo tan bajito que casi no lo escuché. La mirada se le volvió tímida, sin atreverse a sostener la mía—. Podemos ducharnos juntos, si querés.
Saltó de la cama como un crío el día de su cumpleaños. Buscó toalla, mono de trabajo y zapatos. Yo intenté encontrar mi ropa hasta que él me agarró por la cintura desde atrás.
—No la busques. El pervertido la lanzó por el salón anoche. ¿Tan rápido se te olvida?
Nos duchamos sin tiempo, pero ducharse con Bayron siempre era una pequeña fiesta. Cantaba a voz en grito una canción que yo no conocía, golpeándose los muslos al ritmo. Acabé acompañándolo en el estribillo, en un idioma que no entendía.
—«Wügüri lúbara» —canté, mascando las sílabas, mientras él me ofrecía el bote de jabón a modo de micrófono y se partía de risa.
—«Iyumalei, capitán» —dijo robándome un beso—. Significa que estás loco, pero de una locura que me encanta.
—¿En qué idioma estamos cantando?
—Garífuna. La lengua de mi pueblo, en la costa caribe de Honduras.
Honestamente, había asumido que era nigeriano la primera vez que lo vi. Me di cuenta de lo torpe que había sido al pensarlo.
—Te pido disculpas. Cuando te vi pensé que eras de Nigeria.
—No te disculpes —se rió mientras hacía el gesto de un garfio con la mano—. ¿A que ahora entiendes mejor mi lado pirata? Nunca te dije realmente de dónde venía, así que no pasa nada.
Me besó despacio, abrazados bajo el agua.
***
Lo acerqué al trabajo en coche, aunque él insistía en que no me molestase. Pese a sus protestas, el viaje fue divertido: seguimos perfeccionando nuestra actuación musical de la ducha.
—Pórtate bien, pirata, que no quiero que me llamen los encargados —bromeé desde la ventanilla.
Bayron rodeó el coche, asomó la cabeza por la del piloto, me comió la boca y me lamió la mejilla antes de irse muerto de risa. Con este tío es imposible, pensé, limpiándome la cara.
De vuelta en casa, sonó el teléfono. Era mi hermano, preguntando por el estado del piso que le cuidaba durante sus vacaciones. Estuve tentado de contarle lo de Iván, pero las palabras de Bayron seguían dándome vueltas en la cabeza: «he estado donde está él, lo último que necesita son más golpes». Le prometí discreción y le pedí que disfrutara del viaje.
Era demasiado temprano para volverme a la cama y demasiado tarde para dormir. Decidí ser productivo: puse la lavadora con la ropa sucia, incluida la mía, y me tumbé desnudo a leer una novela japonesa que llevaba meses pendiente. Estaba metido dentro del libro cuando el móvil vibró sobre la mesilla.
—Buenos días, perdona que te moleste.
Hablaba tan bajito que apenas le entendía. Era Iván, el compañero de piso de mi hermano, el chico tímido y miedoso que cuando bebía se convertía en una bestia diferente. Le pedí que me hablase más alto.
—Tu hermano me pasó tu número. Sale agua del grifo del baño y no sé cómo cortarla.
Le indiqué por teléfono dónde estaba la llave de paso. Le costó encontrarla. Cuando por fin la cerró, le insistí en que no la tocara y me vestí a toda prisa.
Mi problema con Iván era que no conseguía ver al chico tímido sin acordarme del impresentable que rompió una botella en plena calle para insultar a Bayron. No tenía ninguna gana de quedarme a solas con él, pero un piso inundado tampoco esperaba.
Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Iván recogía el agua del baño y del salón con una toalla y una cara de pánico.
—Iba a afeitarme. Pensé que habían cortado el agua, me fui al salón y, cuando me di cuenta, todo estaba inundado —no me miraba al hablar—. El grifo no se cerraba por más que lo giraba.
—Tranquilo, vamos a echarle un ojo a ese grifo rebelde —le puse una mano en el hombro.
El fallo estaba detrás del grifo: una goma suelta dejaba salir el agua. Bajé a la ferretería de la esquina y volví en menos de diez minutos. Iván no se separaba de mí, igual de mudo.
—Oye, lo de anoche —tartamudeó—. No sé por qué me pasa. Bebo y la pago con Bayron. No es justo, con todo lo que hace por mí.
—¿Qué ibas a hacer?
—Iba a pegarte. Bayron lo vio. Me lee a mí y a todos. Si no me para a tiempo… —se quedó callado.
—Pues dale las gracias a Bayron —le dije sin levantar la cabeza del lavabo—. Yo no soy tan paciente como él. El golpe que querías darme te habría costado una pierna rota.
—Sí, sé que no tengo perdón —se le quebró la voz—. Cuando bebo soy sólo rabia. No pienso. Sólo quiero romper cosas, hacerme daño. He intentado controlarlo y no puedo.
—Por eso tienes que buscar ayuda profesional. No es bonito ni cómodo, pero es la única salida.
—Tú no me conoces como para decirme eso —dijo en voz baja, empezando a enfadarse.
Terminé de ajustar las piezas y me levanté del suelo.
—No te conozco, es verdad. Y no tengo ningún interés en meterme en tu vida. Pero te lo dejo claro: una marca más en el cuerpo de Bayron, un insulto más, y la bebida será el menor de tus problemas.
Mis ojos no se apartaron de los suyos, que escapaban hacia el suelo. Le pedí que abriera la llave de paso. Cuando volvió, abrimos el grifo y funcionó sin escándalo.
Mientras yo recogía el desastre, Iván intentó disculparse de nuevo. Me confesó, llorando, que se sentía un mierda cada vez que Bayron le pagaba el alquiler o le compraba comida, y que aquella mezcla de gratitud y vergüenza se le volvía rabia. No me sorprendió, pero me removió. Le hice una tila y lo dejé pensando en el sofá. Antes de irme me pidió, casi suplicando, que no le contara a Bayron nada de aquello.
Volví a casa con un sabor amargo en la boca.
***
Casi a la hora del almuerzo, me preparé un picoteo: queso, frutos secos, mermelada, picatostes y un té negro helado con canela y clavo. Lo dejé en la mesa y, cuando me iba a sentar, sonó el timbre.
Bayron estaba en la puerta, con el uniforme de trabajo y un lado de la cara sucia, como si se hubiese limpiado a manotazos antes de venir.
—Buenas tardes, mi jefe dice que aquí hay unos arreglos pendientes —levantó las cejas, payaseando—. ¿Puedo pasar?
—¿Y te manda a ti solo? Hay mucho trabajo, no sé si vas a poder con todo.
En cuanto entró me tomó por la cintura y me comió la boca. Olía a sudor, a polvo de obra, a hombre que llevaba horas trabajando bajo el sol. Le lamí el cuello, le bajé la cremallera del mono, le mordí los pezones. Le saqué los brazos de la prenda y hundí la cara en su axila para olerlo entero. Lo empujé contra la pared y mi lengua recorrió la otra.
Bayron gemía sin disimular. Estábamos solos, nadie nos oía. Soltaba alguna palabra en garífuna entre suspiro y suspiro. El mono se le quedó atascado a media bajada porque su erección lo aguantaba por delante. Mirar cómo abultaba allí me ponía más todavía.
Me bajó la camiseta hasta dejármela presa en las muñecas. Con una mano me acariciaba el costado como si quisiera memorizarlo; con la otra encontró el botón del pantalón. Me lo desabrochó. Con un movimiento de caderas le ayudé a deslizarlo hasta los pies. Ya no había nada entre nosotros. Su pecho contra mi espalda, su vello rozándome, su lengua otra vez en mi axila.
Lo separé de la pared y lo arrastré hasta la mesa del salón, con el mono colgándole de los tobillos. Le quité los zapatos, le arranqué el uniforme entero y lo dejé desnudo sobre la madera. Era mi comida, ahora, y no pensaba dejar que se enfriara.
Me metí su miembro en la boca, primero la punta y luego entero. Lo sacaba, dejaba que un hilo de saliva le cayera al glande y volvía a tragarlo, girando la muñeca desde la base. Cada giro le hacía dar un saltito de cadera. Cuando le succionaba con las mejillas hundidas, se le escapaba un gemido roto.
Mis manos le masajearon los huevos hasta dejarlos pesados, le levanté las piernas y le besé el perineo. Le mordí una nalga, después la otra; no quería que ninguna se sintiera celosa. Bayron movía las caderas pidiéndome más. Le separé los cachetes y bajé la lengua hasta su entrada. La acariciaba, la escupía, la lamía. El sonido de mi saliva mezclado con sus gemidos me ponía la polla a latir contra el filo de la mesa.
Metí un dedo. Lo moví despacio, cambiando de zona y de profundidad, hasta que lo encontré. Bayron soltó un gemido grave y largo, el cuerpo recorrido por un cosquilleo.
—Aquí está la perla, ¿eh? —murmuré.
Él sólo afirmaba con la cabeza, con la boca abierta. Cada presión sobre el mismo punto le sacaba una descarga más fuerte. Tuvo que soltarse el rabo porque ya no podía controlarse. La cabeza apoyada contra la madera, el cuello tenso, las caderas temblando.
Lo froté un poco más, le lamí los huevos otra vez y entonces ocurrió. Las piernas se le estiraron de golpe, las caderas dieron una sacudida y su falo empezó a derramarse, mezclado con su semen, sin que él se hubiera tocado siquiera. El líquido le bajaba por el tronco hasta los testículos y ahí lo recogí con la lengua.
Bayron resoplaba, intentando volver del orgasmo. Alargó el brazo y me tocó la cabeza. Levanté la mía hasta su altura.
—«Lúgürün nidúheñu… lúwagu hugúdü… adügei nuagu» —dijo con la voz rota.
—No sé qué me has dicho, pero me encanta oírte hablar en tu idioma. Sobre todo así.
—Significa: te deseo… te pertenezco… hazme tuyo —tradujo, mientras me sujetaba la cara para que no me apartara.
Aquellas palabras me cayeron encima como un afrodisíaco acústico. Le acaricié el pene en reposo, recogí lo que pude de su esencia y la unté sobre mi miembro. Le mordí el muslo por dentro y, mirándolo a los ojos, le di una estocada. Animal, pero controlada.
—«¡Adügei nuagu! ¡Hazme tuyo!» —gritó con la voz rota, el sudor de la espalda empapando la madera.
Entraba en él gimiendo. A cada embestida le veía vibrar el pecho, las manos agarradas al filo de la mesa, las venas marcadas. Su ano se cerraba a mi alrededor y me dejaba atrapado un segundo antes de soltarme. Cuando se relajaba, mi polla salía sólo para volver a entrar con más ganas.
—Me tienes loco. No sé cómo lo haces, pero este fuego… —las palabras se me cortaban entre gemidos—. Te deseo, Bayron.
Su mano buscó la mía y nuestros dedos se entrelazaron sobre la mesa. Seguí bombeándolo al ritmo de mi respiración, que me costaba controlar por los movimientos de su cuerpo. La mesa crujía. El vaso de té temblaba, el hielo dejaba un cerco de agua alrededor, idéntico al que iba dejando su espalda sudada sobre la madera.
La descarga me llegó sin avisar, brutal. Los olores, la mirada de Bayron, el tono con el que me pedía que lo hiciera mío. Me corrí dentro de él y mi cuerpo cayó sobre el suyo, sin fuerzas, con algunos espasmos sueltos exprimiendo el último cosquilleo del orgasmo.
Sus piernas me rodeaban, nuestras manos seguían entrelazadas, mi cara descansaba sobre su pecho. El latido de su corazón me devolvía la calma. Bayron me acariciaba el pelo, jugaba con mi oreja, sin querer soltar la otra mano. Le besé el pecho y, al incorporarme, nos volvimos a besar.
—¿Eso era tu almuerzo? —dijo al ver el plato—. Te he cortado el almuerzo.
—Para nada. Me has dado el plato fuerte. Esto era el picoteo de después.
Le ofrecí un té frío y puse más comida en el plato. Comimos juntos, charlando de todo y de nada. Era un tío increíble, curioso, atento, interesado por cualquier cosa que yo dijera. En eso estábamos cuando le llegó un wasap. Sonrió leyendo la pantalla.
—No me habías dicho que estuviste en casa arreglando el grifo. Así que además de pervertido y animal, también tienes lado de manitas —pegó su frente a la mía.
—Pensaba que ese lado ya lo conocías.
—Si tus habilidades con las manos fueran sólo las que conozco, no entiendo cómo ese grifo ha dejado de soltar «agua» —se rió de su propia broma, y luego se puso un poco más serio—. Iván dice que estuvisteis hablando. Su mensaje dice «cuídalo, no sabes lo que tienes». ¿Me tengo que poner celoso?
Y se lanzó a besarme otra vez.