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Relatos Ardientes

La primera vez que me entregué a un desconocido

Tenía veintidós años cuando me decidí. Había vivido toda mi vida en Guadalajara con la sensación de que algo me faltaba, de que cada vez que veía a un compañero de la oficina pasarse la mano por el cuello, mi mirada se quedaba allí más tiempo del que debía. Llevaba meses con una aplicación de citas instalada en el celular, abierta cada noche bajo las sábanas y cerrada cada mañana antes de salir a trabajar. Hasta ese viernes nunca había contestado un mensaje.

Me llamo Damián, aunque para esa app me había puesto otro nombre. Era una manera tonta de protegerme, como si cambiar dos letras me hiciera invisible. Trabajo en una agencia pequeña de diseño gráfico, en un edificio del centro donde el aire acondicionado nunca alcanza para los ocho que somos en la oficina. Esa tarde, mientras todos guardaban las cosas para irse a casa, yo me quedé sentado frente a la computadora fingiendo que revisaba un archivo. En realidad estaba mirando la pantalla del teléfono, escondida entre los muslos.

Había hecho match con un hombre que vivía a doce minutos a pie. Doce. Como una señal.

Su nombre en la app era Tomás. Tenía treinta y dos años, según el perfil, y solo dos fotos: una de él en lo que parecía una azotea con la ciudad de fondo, y otra de su torso, en blanco y negro, recortada justo por debajo del ombligo. No era un cuerpo de gimnasio. Era un cuerpo real, con la línea suave de los hombros y un poco de vello en el pecho. Me gustó precisamente por eso.

—¿Trabajas cerca? —escribió.

—A diez minutos.

—¿Tienes plan para hoy?

Me tardé tres minutos en escribir «no» y otros dos en enviarlo.

Lo que vino después fue una conversación corta, sin rodeos. Él propuso vernos en su departamento. Yo dije que sí antes de pensarlo. Me mandó la dirección y un mensaje que decía «sube directo, piso cinco, sin timbre, te dejo abierto». Apagué la computadora, me despedí del último compañero que quedaba y salí a la calle con la cara caliente y las manos frías.

***

El edificio era viejo, de fachada amarilla descascarada y un portero electrónico que no funcionaba. Subí por las escaleras porque el elevador estaba detenido, contando los pisos para distraerme. En el cuarto piso me detuve, me apoyé contra la pared y respiré tres veces seguidas. Pensé en bajarme. Pensé en mandarle un mensaje diciendo que me había surgido algo. Pensé en muchas cosas, pero seguí subiendo.

La puerta del 5B estaba entornada. La empujé con el dorso de la mano.

—Pasa —dijo una voz desde el fondo.

El departamento olía a café recién hecho y a algo más, algo que tardé en identificar y que después comprendí que era simplemente él. Tomás apareció en el pasillo con jeans y una camiseta blanca, descalzo. Era más alto de lo que había imaginado por las fotos, y más delgado. Tenía una barba corta, oscura, y los ojos de un color difícil de definir.

—Eres más guapo en persona —dijo, y se rió de su propio cliché.

Me reí también, por nervios. Me ofreció agua y la acepté solo por tener algo en las manos. Hablamos cinco o diez minutos parados en la cocina, sobre cualquier cosa. Mi trabajo. El suyo: era ingeniero en una empresa de telecomunicaciones. El calor que hacía esa semana. Yo asentía sin escuchar la mitad, concentrado en su boca, en sus manos, en la forma en que apoyaba la espalda contra el refrigerador.

Cuando se quedó callado y me miró de una manera distinta, supe que ya no íbamos a hablar más.

—¿Es tu primera vez? —preguntó.

No sé cómo lo notó. Asentí.

—Lo vamos a hacer con calma. Si quieres parar, me dices y paramos. ¿Está bien?

—Está bien.

Me tomó de la muñeca y me llevó por el pasillo. El departamento era chico: la habitación estaba al fondo, con una cama doble cubierta por una colcha gris. Las cortinas estaban a medio cerrar y entraba una luz naranja, de atardecer, que se cortaba contra la pared y le caía en diagonal en la cara cuando se giró para mirarme.

***

Me pidió que me sentara en el borde de la cama. Él se quedó de pie frente a mí. Sin decir nada, se quitó la camiseta y la dejó caer al suelo. Me quedé mirándolo desde abajo, con la boca un poco abierta, sintiendo que el corazón me golpeaba contra las costillas como si quisiera salirse.

—Ahora tú —dijo.

Me quité la camisa con torpeza. Se me enredó en los brazos y los dos nos reímos. Él se acercó, se arrodilló entre mis piernas y me ayudó a sacármela. Después me puso una mano en la mejilla, me inclinó la cara y me besó.

El beso fue lento al principio. Tenía los labios calientes y un poco ásperos, y olía a café. Cuando entreabrió la boca y me buscó la lengua, sentí algo en el estómago que no había sentido nunca con una mujer. Era distinto. Era como si todo encajara de una manera que no necesitaba que nadie me explicara.

Me empujó con suavidad para que me recostara. Se subió encima sin quitarse los jeans todavía y me besó el cuello, la clavícula, el centro del pecho. Cada vez que su boca bajaba un poco más, yo cerraba los ojos. Cuando me desabrochó el cinturón, levanté las caderas para ayudarlo.

—Tranquilo —dijo contra mi oreja—. Tenemos toda la noche.

Eso me desarmó más que cualquier otra cosa. No estaba acostumbrado a que alguien lo dijera. Las pocas veces que había estado con una chica, todo había sido apurado, casi clandestino, con el reloj corriendo. Esa frase —«tenemos toda la noche»— se me quedó dando vueltas mientras él me bajaba los pantalones y los calzoncillos juntos.

Cuando bajó la cabeza y me la metió en la boca, abrí los ojos de golpe. No esperaba que empezara por ahí. No esperaba que se sintiera de esa manera: la lengua tibia, la presión justa, una mano firme en la base. Solté un gemido y me tapé la boca con el dorso, avergonzado.

Él levantó la vista sin sacarla y me hizo un gesto con los ojos. Hazlo. No te calles.

***

Después de un rato me pidió que me incorporara. Se puso de pie, se desabrochó los jeans y los dejó caer. Cuando lo vi entero, sin nada encima, tragué saliva. Era más grueso de lo que había imaginado, con una curva ligera hacia arriba. Yo nunca había tenido una en la mano que no fuera la mía.

Se sentó en el borde de la cama y me pidió que me arrodillara entre sus piernas. Yo lo hice. Me agarró la nuca con cuidado, sin presionar, y me guió. La pasé primero por los labios, después por la lengua. Sabía a piel limpia, a algo levemente salado. Al principio me dieron arcadas y me retiré. Él me acarició el pelo y esperó.

—Sin prisa —dijo.

Lo volví a intentar. Esta vez con calma, abriendo bien la boca, dejando que entrara solo lo que pudiera manejar. Aprendí en cuestión de minutos lo que hacía que apretara las manos contra las sábanas, lo que le sacaba un sonido grave que parecía venirle del pecho. Cada vez que lo escuchaba, algo se encendía un poco más en mí.

Después de un rato largo, me tomó por los hombros y me hizo subir. Me dio vuelta sobre la cama con una facilidad que no esperaba.

—Boca abajo —dijo—. Apoya la cara en la almohada.

***

Lo que vino después es lo que más recuerdo. Sentí cómo me besaba la espalda, despacio, vértebra por vértebra. Sentí sus manos abriéndome con cuidado, una crema fría que me hizo apretar los puños, los dedos suyos preparándome con una paciencia que no merecía. Tardó. Tardó mucho. En algún momento, lo único que existía en el mundo era esa cama, esa habitación, esa luz naranja muriéndose en la pared.

Cuando finalmente lo sentí entrar, me quejé. Fue un dolor seco, agudo, que me hizo morder la almohada. Él se detuvo en seco.

—¿Sigo o paro?

—Espera —dije.

Esperó. Apoyó la frente contra mi nuca, sin moverse, hasta que yo respiré hondo y le dije que siguiera. Esta vez fue más despacio, milímetro a milímetro, y el dolor empezó a transformarse en otra cosa. No sé bien cómo describirlo. Era una mezcla de incomodidad y de algo cálido que iba subiendo desde abajo, algo que me pedía más sin que yo lo pensara.

—Así —murmuré, sorprendido de mi propia voz.

Empezó a moverse. Primero con calma, luego con un ritmo que me hizo levantar las caderas para encontrarlo. Me agarró de las muñecas y me las cruzó contra la espalda. Yo estaba con la cara hundida en la almohada, gimiendo sin reconocerme, sintiendo cómo todo el cuerpo me temblaba.

—Date la vuelta —dijo después.

Me acomodó boca arriba con las piernas dobladas contra el pecho. Desde ahí podía verle la cara, los ojos entrecerrados, la mandíbula apretada. Le pasé los brazos por el cuello y lo atraje hacia mí. Nos besamos mientras seguía moviéndose, y por primera vez en toda mi vida sentí que estaba exactamente donde tenía que estar.

***

No quería que terminara. Cuando me preguntó dónde, le dije que en mi boca.

Me arrodillé otra vez, con las piernas temblando, y lo terminé con la mano y con la lengua. Recibí todo sin moverme, sin apartarme. Después lo besé en la cadera, en el muslo, y me quedé apoyado contra su pierna unos segundos mientras él me acariciaba el pelo en silencio.

Me dejó usar el baño. Me dio una toalla limpia. Mientras me vestía en la habitación, lo miré desde la puerta: estaba sentado al borde de la cama, en bóxer, mirando el celular con una expresión tranquila. Levantó la vista cuando notó que lo observaba.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy bien.

Y era cierto. Tenía el cuerpo deshecho, las piernas inseguras, una molestia rara entre las nalgas que iba a durarme dos días. Pero estaba bien. Mejor que bien.

Nos despedimos en la puerta con un beso largo. No me pidió el teléfono ni yo se lo pedí a él. No hizo falta.

Bajé las escaleras con la mano apoyada en el barandal, despacio, sintiendo cada peldaño en todo el cuerpo. Cuando salí a la calle ya era de noche. El aire estaba tibio y olía a comida de algún puesto cercano. Caminé hasta la esquina, me apoyé contra un poste y me reí solo, sin poder evitarlo.

Había estado por primera vez con un hombre. Y lo único que pensaba, mientras esperaba el camión para volver a casa, era cuándo iba a poder volver a hacerlo.

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Comentarios (6)

DiegoLN99

que relato tan bueno... me dejo sin palabras, de verdad.

SebasDelSur

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. Muy bien narrado, se nota que lo viviste de verdad.

Rodrigo_Mdq

Me recordo a algo que me paso hace años. Esa sensacion de entrar a un lugar sin saber lo que va a pasar... tremendo como lo describis.

LeonardoNqn

Hubo segunda parte? Espero que si, porque esto se corto justo cuando mas queria seguir leyendo jaja

GatoGris87

increible!!! uno de los mejores que lei en esta categoria sin dudas

anita_ple

Lo que mas me gusto es como describes los nervios del principio. Se siente real, no parece forzado ni exagerado. Felicitaciones.

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