El joven chofer que me ofreció más que un viaje
Esta historia me ocurrió hace unos meses; tardé en escribirla porque quería contarla con todos los detalles, sin atajos ni adornos.
Aunque fue algo de una sola vez, casi accidental, vale la pena dejarla por escrito. Conocí a Iván, un muchacho de veinticinco años que manejaba para una aplicación de viajes en mi ciudad. Mi auto estaba en el taller y tuve que pedir un servicio desde la oficina hasta mi casa. En la foto del perfil aparecía un chico de tez clara, cabello castaño claro y una mirada que prometía conversación.
Al abordar el coche me presenté y, mientras avanzábamos entre el tráfico, empezamos a hablar de lo que hacíamos cada uno. Yo le conté que trabajaba en una correduría de seguros, que mis días consistían en visitar empresas y explicar por qué necesitan coberturas que casi nadie quiere pensar. Él me contó que era empleado de una constructora, que el sueldo no estaba mal, pero que se había divorciado muy joven y tenía una hija de cuatro años. La pensión alimentaria lo obligaba a manejar en sus tiempos libres para redondear el mes. Vivía con su pareja actual, una chica de la que no quiso hablar mucho.
—¿Y viajas seguido por trabajo? —preguntó.
—Bastante. De hecho, mañana me voy a Monterrey a una capacitación. Me dan un reconocimiento por las ventas del trimestre.
—Suena bien. Yo no tengo ningún seguro, ¿sabes? Nunca le he visto el sentido.
—Entonces eres mi cliente ideal —le dije, y los dos nos reímos.
Llegamos a mi casa y, antes de bajar, me hizo una propuesta sencilla.
—Mateo, si quieres yo te llevo mañana al aeropuerto. Te cobro menos que la aplicación con su tarifa dinámica, y vamos tranquilos.
Le agradecí. De todas formas no tenía quién me llevara, así que acordamos hora. Guardé su número con la nota «Iván, chofer».
***
Tengo treinta y dos años, soy soltero y vivo solo. Me considero apuesto, de estatura promedio y en forma sin obsesionarme con el gimnasio. Iván, por lo que pude apreciar desde el asiento del copiloto, era alto, bien proporcionado, con esa contextura de quien hace deporte sin presumirlo. Llevaba una gorra del Atlético de Madrid, una playera azul oscura y unos pantalones deportivos que no marcaban demasiado. Antes de irse me prometió puntualidad.
A la mañana siguiente, sin embargo, se atrasó. Me marcó disculpándose por el tráfico. Cuando finalmente llegó, vi que se había puesto unos shorts y unas sandalias deportivas oscuras. Después del aeropuerto se iba a un partido con amigos; era sábado, su día de descanso.
—Disculpa la fachada —dijo riendo—, no me dio tiempo de cambiarme.
—Tranquilo, no hay problema.
Durante el trayecto retomamos la plática. Me preguntó cuánto se ganaba en mi puesto, qué se necesitaba para entrar al rubro de los seguros, si pedían título o experiencia. Hablamos de su hija, del divorcio, de cuánto le pesaba la pensión. Antes de bajarme en la terminal me ofreció ir por mí el miércoles, día de mi regreso.
—Solo avísame hora y número de vuelo. Te dejo el mismo precio que hoy.
—Hecho.
***
Esa noche, después de cenar con colegas en Monterrey y de un par de tragos de más, me dio curiosidad escribirle. Estaba en el cuarto del hotel, sin sueño, y se me ocurrió preguntarle el precio del servicio del miércoles. Imagino que mi mensaje quedó ambiguo, porque me respondió algo que no esperaba.
—¿De cuál servicio hablas? Es que ofrezco varios.
Leí la frase dos veces. Podía dejarlo pasar, podía hacerme el tonto, podía cambiar de tema. Pero llevaba dos whiskies encima y una cama de hotel vacía. Me atreví.
—Pásame la lista, a ver.
Tardó un par de minutos en contestar. Cuando lo hizo, fue directo.
—Por ti haría una excepción y te ofrezco el completo. Además te paso a buscar al aeropuerto.
Yo no terminaba de creerlo. ¿Realmente me estaba diciendo lo que sospechaba? Decidí seguirle la corriente.
—Quiero el completo. ¿Cuánto?
—El precio es a convenir. Te garantizo la satisfacción.
Me reí solo, en la habitación a oscuras. Después llegó otra foto: él en una cancha con sus amigos, una cerveza en la mano, todos sudados después del partido. Le pedí que me los presentara, medio en broma.
—¿Cuál te gusta?
Señalé al más alto. Iván me contestó algo que no esperaba.
—¿Y yo no?
—Tienes novia.
—Eso no es problema. Yo sé dividir trabajo y vida privada.
Ahí cortamos. No quise ir más lejos esa noche porque, además, había quedado de tomar una última copa con un chico que había conocido en el bar del hotel. Pero la conversación quedó dando vueltas en mi cabeza durante todo el viaje.
***
El miércoles, cuando salí de la sala de equipajes, lo encontré apoyado en su coche. Llevaba la misma gorra y una camiseta blanca que se le ajustaba a los hombros. Subí al asiento del copiloto y me sonrió.
—¿Listo?
—Listo —le seguí el juego, todavía sin estar seguro de hasta dónde iba la cosa.
El viaje a casa fue extrañamente tranquilo. Hablamos del trabajo, de la capacitación, de un restaurante que él conocía cerca de mi colonia. Cuando estacionó frente a mi puerta, me pidió usar el baño antes de irse. Acepté sin pensarlo dos veces.
Mientras subíamos al departamento noté que algo se le marcaba bajo el pantalón deportivo negro que se había puesto en algún momento del viaje. Se había quitado la ropa interior, lo entendí entonces. Salió del baño, se acercó y me preguntó con una calma que me desarmó.
—¿Aquí?
—Donde quieras —respondí, atónito de oírme decir eso.
Me puso la mano en el pecho y, con la otra, llevó la mía hasta su entrepierna. Sentí el bulto a medio crecer, tibio bajo la tela. Le bajé el pantalón sin decir nada y me arrodillé en el pasillo. No tuve miedo ni vergüenza, solo unas ganas tremendas de no pensar en nada más por una hora.
—Así, despacio —murmuró—. Y disculpa si todavía sabe a pipí, vengo de manejar todo el día.
Fue lo último en lo que me detuve a pensar. Lo seguí un par de minutos hasta que él dio un paso atrás.
—Levántate. ¿Quieres el completo o solo que te termine en la boca?
—Como tú prefieras.
—El que paga manda.
—Entonces el completo.
***
Subimos a mi cuarto. Le pedí un minuto para lavarme los dientes y la cara. Cuando salí, ya estaba acostado en mi cama, desnudo, con el televisor encendido en algún canal de deportes. Era como si llevara años entrando a esa habitación. Me corrió un escalofrío por la espalda. Estaba nervioso, sí, pero también más excitado de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.
Volví a la cama y seguí donde había quedado. Su miembro era de piel clara, con el prepucio retraído apenas, fácil de descubrir por completo. Se había arreglado el vello, perfectamente cuidado, como si supiera que esa tarde iba a usarlo. Me pidió que pusiera una película en la televisión, algo hetero, algo cualquiera; obedecí sin discutir y volví a lo mío. Cuando él se sintió listo, sacó un condón de su mochila y se untó lubricante. Yo, con la voz un poco quebrada por la vergüenza y la calentura, le pedí que me preparara también, que iba a necesitar tiempo.
—Voy a ir a tu ritmo —dijo mientras se acomodaba—, pero cuando empiece, voy en serio.
No contesté. Sentí cómo entraba poco a poco, con una paciencia que no esperaba. Su miembro era de tronco grueso y cabeza delgada, una proporción que al principio me arrancó un quejido. No quise quejarme demasiado; no quería que parara. Me puso de rodillas y empezó a embestirme con calma, haciéndome preguntas tontas, como si me conociera desde hacía años. Si estaba cómodo, si quería más despacio, si me gustaba.
—Dime «papi» —me pidió, casi al oído—. Dime que quieres que te llene.
La intensidad fue creciendo y, con ella, mis gemidos. Se inclinó hacia adelante y me apoyó el pecho en la espalda. Sentí su respiración pesada contra mi nuca, sus manos sosteniéndome las caderas. Cuando se vino, lo hizo con una serie de embestidas profundas y un gruñido contenido. Pude notar cada espasmo a través del látex, una sensación extraña, casi suave.
Se desplomó sobre mí unos segundos y después se retiró despacio. Me dio un beso en el hombro, casi sin pensarlo, y se fue al baño a deshacerse del condón. Cuando volvió, se acostó a mi lado y miró el techo.
—¿Pedimos algo de comer?
—¿Qué se te antoja?
—Tacos.
Pedimos tacos a una taquería cercana. Mientras esperábamos, él estiró el brazo y me jaló la cabeza hasta su pecho. Me dijo que con gusto podía seguir dándome los servicios que yo quisiera, cuando quisiera. Que esa tarde había sido distinta. Yo no sabía si creerle del todo, pero asentí.
Un rato después me pidió que volviera a bajar a su entrepierna. Lo hice. Esa segunda vez fue más corta, más blanda, y terminó pidiéndome que tragara todo. No le discutí. Si había llegado hasta ahí, ya no tenía sentido fingir pudor.
***
Cuando se vistió, saqué de la billetera mil quinientos pesos y se los dejé sobre la cómoda. Nunca habíamos acordado un precio, pero quería tener un motivo para volver a verlo. Él los tomó sin contar, los guardó en el bolsillo de los shorts y me dio la mano como si cerráramos un trato comercial cualquiera.
—Fue un gusto coincidir, Mateo.
—Lo mismo digo.
Cuando bajó al estacionamiento, le mandé un mensaje agradeciéndole. No me llegó la doble palomita. Me había bloqueado.
Durante semanas seguí pidiendo coches por la aplicación con la esperanza de que volviera a tocarme su perfil. Cada vez que se asignaba uno, miraba la foto del conductor y, si no era él, cancelaba el viaje. Cinco veces, diez, quince. Nunca apareció.
Tengo un video que grabó esa tarde desde mi propio teléfono. En él me dice, con una sonrisa de medio lado, «para que te acuerdes de mí». No necesito el video para acordarme. Hoy, después de meses sin saber nada, me llegó un mensaje suyo. Me saludó como si no hubiera ocurrido nada, me preguntó cómo estaba y, al final, me pidió prestada una cantidad para algo de su hija.
Le contesté lo único que se me ocurrió.
—Me coges y te llevas el dinero.
Tardó un minuto en responder. Después, dos palabras.
—Voy en camino.
Hasta aquí llego. Agradezco los comentarios y espero que les haya gustado.