Lo que vi cuando espié a mi amigo en la cabaña
Bruno y yo llevábamos diez años siendo inseparables. Compartíamos pisos en la universidad, vacaciones de verano y secretos que jamás contaríamos a nadie más. Por eso, cuando empezó a cancelarme las quedadas con excusas cada vez más torpes, supe que algo no encajaba.
—Esta semana imposible, Iván. Tengo curro atrasado.
—El sábado paso por tu casa entonces, te llevo unas cervezas.
—Mejor otro día. Voy a estar fuera.
Siempre la misma rutina durante un mes entero. Bruno no era de mentir, o eso creía yo hasta entonces. Las respuestas le salían demasiado rápido, demasiado ensayadas, como si las hubiera repetido frente al espejo antes de marcar mi número.
Sabía que los fines de semana se escapaba al chalet que sus padres tenían al pie de la sierra. Una cabaña aislada, con piscina, rodeada de pinos y de un silencio que solo rompían los pájaros. Habíamos pasado tardes enteras allí de adolescentes, cuando descubrimos un sendero estrecho que subía por la ladera y desembocaba en un claro elevado desde el que se dominaba toda la finca. Nadie más conocía ese camino. Solo Bruno y yo.
Una tarde de julio, con el calor pegándose a la piel y los celos masticándome por dentro, decidí que tenía que averiguarlo. No lo llamé. Cogí el coche, dejé la autopista y conduje hasta el cruce que llevaba a la finca. Aparqué a un kilómetro, escondí el coche detrás de unos matorrales y empecé a subir.
Esto está mal. Esto está muy mal.
Pero seguí caminando. El corazón me golpeaba las costillas a cada paso, mezcla del esfuerzo y de la sensación de estar cruzando una frontera invisible. El aire olía a resina y a tierra recalentada por el sol. Cuando llegué al claro, me agazapé entre la maleza con la respiración entrecortada y la camisa pegada a la espalda.
La piscina relucía azul abajo. Las puertas correderas de cristal estaban abiertas de par en par.
No tuve que esperar mucho.
Bruno salió a la terraza completamente desnudo. Caminaba con esa naturalidad de quien se sabe solo en casa. Lo conocía de toda la vida, habíamos compartido vestuarios, cuartos de hotel y noches de camping. Sabía que era más delgado que yo, más estilizado, con la piel clara y el pelo rubio que el sol estaba volviendo casi blanco. Verlo así, sin saber que lo miraba, me produjo una mezcla extraña de ternura y de algo más. Algo que no quise nombrar en ese momento. Le vi la polla colgando entre los muslos, ni dura ni del todo blanda, balanceándose con cada paso, y aparté los ojos como si me hubiera quemado.
Se zambulló en la piscina. Nadó unos largos sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Estuve a punto de retirarme. Me sentí ridículo, como un chaval celoso espiando a su mejor amigo por puro capricho. Tal vez Bruno simplemente necesitaba estar solo. Tal vez yo me estaba inventando un misterio donde no había nada.
Entonces la puerta del chalet volvió a abrirse.
Salió un hombre. Treinta y tantos, alto, con los hombros anchos y los brazos marcados por años de gimnasio. Llevaba solo un slip negro que apenas contenía lo que había dentro. El bulto era descarado, pesado, y la tela se le tensaba sobre un paquete que no dejaba nada a la imaginación. Caminaba con la calma de quien no tiene que demostrar nada, de quien ya sabe el sitio que ocupa en cualquier habitación. Me aferré al tronco del pino que tenía al lado para no perder el equilibrio.
¿Quién cojones es ese?
Bruno salió del agua sin decir una palabra. Cruzó la terraza con el cuerpo brillante de gotas y se acercó al hombre como si fuera lo más natural del mundo. Se arrodilló en la loseta tibia. Sin titubear. Sin pedir permiso.
Yo me quedé sin aire.
Bruno le hundió la cara en el bulto antes incluso de bajarle el slip. Le mordió la tela, le olisqueó los huevos por encima, le pasó la lengua a lo largo del contorno de la polla que se marcaba dura contra el algodón. El hombre le dejaba hacer, con una mano apoyada en la nuca de Bruno, guiándolo despacio. Cuando por fin se desató los lados del slip y lo dejó caer, la verga se le sacudió pesada delante de la cara de mi amigo. Gorda, gruesa, con una vena marcada bajando por el dorso y el capullo hinchado apuntando ya hacia arriba. Bruno abrió la boca de inmediato, con una obediencia que me dejó clavado al tronco.
La agarró por la base y se la fue metiendo poco a poco, centímetro a centímetro, mientras el otro cerraba los ojos y se llevaba las manos a la nuca dejándose hacer. Bruno se la tragaba con una técnica que solo se aprende con horas y horas de rodillas. Le lamía la punta, le pasaba la lengua por el frenillo, se la volvía a meter hasta el fondo hasta que la garganta le hacía ese ruido húmedo de arcada controlada. Se la sacaba escupiendo un hilo de baba que le caía en la barbilla, y volvía a por más. Le mamaba los huevos uno por uno, se los metía enteros en la boca, y después subía otra vez a devorarle la polla con un hambre que yo no le había visto nunca ni delante de un plato de comida.
Mi cabeza era un torbellino. Bruno, mi Bruno, el que se quejaba de lo difíciles que eran las chicas, el que me había contado a media voz su última cita fallida con una compañera del trabajo. Todo aquello había sido una pantalla. Una pantalla cuidadosa, mantenida durante años quizá. No sentía rechazo. Sentía el vértigo de descubrir que conocía a mi amigo mucho menos de lo que creía, y al mismo tiempo, una corriente de calor que no me esperaba subiéndome por el estómago.
El otro empezó a moverle la cabeza a un ritmo más marcado, follándole la boca sin miramientos. Bruno se dejaba, con las manos apoyadas en los muslos duros del tipo, tragando cada embestida hasta el fondo. Se le saltaban las lágrimas. Se le escurría la baba por el mentón hasta caerle en el pecho. Y aun así no apartaba la cara. Al contrario, cada vez que el tipo aflojaba, Bruno se hundía él solo hasta empotrarse la nariz contra el pubis del otro, como si necesitara sentirlo hasta la campanilla.
***
El hombre lo cogió del pelo, suave pero firme, y le marcó el ritmo durante un rato largo. Después lo apartó de un tirón limpio. Bruno se incorporó con las mejillas encendidas, los labios hinchados y un hilo de baba colgándole del mentón, y se colocó a cuatro patas sobre la tumbona de lona que tenía al lado. La luz del atardecer le caía oblicua sobre la espalda. Separó las rodillas él solo, arqueó la espalda, y ofreció el culo blanco al aire, con esa docilidad ensayada de quien ya sabe lo que viene y lo pide.
El hombre se tomó su tiempo. Preparó cada gesto con un cuidado metódico que contrastaba con su físico imponente. Escupió sobre el agujero de Bruno y le hundió dos dedos gruesos hasta el nudillo. Bruno gimió con la cara pegada a la lona. El tipo giró los dedos, los sacó, volvió a escupir, los metió otra vez. Le abrió el culo con las dos manos y se lo comió con la boca, sin prisa, mientras Bruno se agarraba a los bordes de la tumbona con los nudillos blancos.
—Ábrete más —le oí decir al tipo, con una voz grave que llegó nítida hasta mi escondite—. Así, cabrón, así me gustas.
Bruno respondió con un jadeo largo que no era palabra ni frase, solo una vocal quebrada. Bajó más el pecho contra la lona y se abrió aún más las nalgas él mismo, presentándose sin vergüenza.
Y luego el tipo entró. Se agarró la polla por la base, se la apoyó en el agujero relucente de saliva, y empujó despacio hasta que se la tragó entera de una sola pasada larga. Bruno soltó un grito ronco que se cortó a la mitad. Se quedó un instante quieto, como acostumbrándose, y después empezó a echar el culo hacia atrás él mismo, empalándose una y otra vez contra el otro.
El hombre le dejó tomar el mando unos segundos y después le clavó las manos en las caderas. A partir de ahí ya no hubo cortesía. Le empezó a meter la polla con un ritmo profundo y constante, embistiéndolo de lleno, hasta el fondo, con el sonido de las cinglas y de la carne golpeando carne llegando hasta arriba como si estuviera pasando a un metro de mí. Bruno gemía sin freno, con la cara de lado sobre la lona, la boca abierta, los ojos entornados. Le pedía más con palabras que yo no entendía del todo desde el claro pero cuyo sentido no dejaba lugar a dudas.
Algo se movió en mí que no pude detener.
El calor me bajó al sexo de golpe. Era una mezcla insoportable: la crudeza de la escena, la entrega total de Bruno, la fuerza tranquila del otro, el saber que yo no debería estar viendo nada de aquello. Me bajé el pantalón corto con manos torpes. Me bajé también el bóxer. La polla me saltó dura, empapada de líquido preseminal, latiendo antes incluso de tocarla. No pensé. No me di tiempo a pensar.
Me la agarré con la mano derecha y empecé a machacármela escondido entre las ramas, con el ruido seco de mi propia respiración golpeándome los oídos. La escena de abajo me marcaba el ritmo sola. Cada embestida del tipo contra el culo de Bruno era un tirón de mi puño sobre mi propia verga. Cada gemido de mi amigo era una descarga que me subía por la espina. Sentía la polla tan hinchada que me dolía, con la punta granate y el capullo salido brillándome entre los dedos. Me pasé el pulgar por encima, embadurnándome de mi propio jugo, y volví a bombear más rápido.
Tardé vergonzosamente poco. Cuando me corrí, mordí el dorso de la mano izquierda para no hacer ruido y el gemido se me quedó atrapado en la garganta. Los chorros de semen me salieron a borbotones, calientes, densos, salpicándome los muslos y las hojas del arbusto delante de mí. Cuatro, cinco descargas seguidas que me dejaron temblando de rodillas. Lo demás se perdió entre las hojas.
La vergüenza llegó al instante, junto con la confusión y con una sensación de pertenecer, sin permiso, a algo de lo que no formaba parte.
Abajo, el hombre terminó dentro de Bruno con una serie de embestidas finales, brutales, empujándolo hasta el borde de la tumbona con cada golpe. Le oí gruñir al correrse, un sonido grave y animal, y vi cómo se quedaba clavado hasta el fondo, sacudiéndose, vaciándole toda la leche dentro. Después se separó sin teatro y una gota espesa de semen le resbaló a Bruno por el interior del muslo hasta la rodilla. El tipo caminó hasta la piscina y se metió de un salto, como si nada de aquello hubiera roto su rutina de fin de semana. Bruno se quedó tendido sobre la tumbona, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando despacio, el culo aún abierto y brillante bajo la luz oblicua del atardecer.
Desde el claro yo veía cosas que él jamás imaginaría que vi.
Bajé por el sendero con el corazón desbocado y la mente en blanco. El camino de regreso al coche me pareció el doble de largo que la subida.
***
Cuatro días después, Bruno me escribió como si tal cosa.
—¿Tomamos algo el viernes? Te debo varias.
—Donde quieras —contesté, con los pulgares más torpes de lo normal.
Quedamos en el bar de siempre. Pedimos las cervezas de siempre. Hablamos del verano, del trabajo, de un partido que ninguno de los dos había visto entero. Yo asentía y reía en los momentos correctos. Por dentro, cada vez que lo miraba a la cara, se me superponían las dos imágenes: Bruno apoyando el codo en la barra, Bruno arrodillado en la loseta tragándose una polla hasta la garganta. Bruno explicando una anécdota tonta de la oficina, Bruno a cuatro patas con la espalda arqueada y el culo abierto pidiendo más.
Había un cristal nuevo entre nosotros, fino y duro, que él no podía ver. Yo tampoco sabía cómo romperlo. Tampoco sabía si quería romperlo.
—¿Estás raro, no? —me preguntó a media noche, ya con la tercera cerveza.
—Cansado. Mucho curro.
Asintió. Bebió. No insistió. Bruno nunca insistía. Era una de las cosas que más me gustaban de él, y esa noche me pareció también una de las más crueles.
***
Pasaron tres semanas. Cuando empezaba a convencerme de que podía vivir con aquello, de que podía guardarlo en un cajón y seguir adelante, las excusas volvieron.
—Esta semana imposible, Iván. Lo siento.
Esa vez no dudé. Cogí las llaves del coche con un nudo en el estómago y una necesidad enferma de ver, de confirmar, de tal vez entender por qué seguía sin poder pensar en otra cosa. Hice el mismo camino. Aparqué en el mismo sitio. Subí por el sendero más rápido que la primera vez, sin pararme a recuperar el aire.
El claro estaba igual. La piscina, también.
Pero esa tarde no había un hombre en el chalet.
Había dos.
Bruno estaba entre ellos, en el borde de la tumbona, y los dos tipos se lo repartían con una calma posesiva que no dejaba sitio para el malentendido. Uno mayor, de barba canosa y espalda ancha, con una polla oscura y gruesa que le colgaba pesada entre los muslos. Otro más joven, casi de mi edad, con tatuajes oscuros en los brazos y una verga larga, fina, curvada hacia arriba, que ya la tenía dura y goteando.
Bruno estaba de rodillas en el suelo, con la boca ocupada por la polla del mayor. Se la mamaba con la misma entrega hipnótica que le había visto la primera tarde, mientras el joven tatuado se colocaba detrás y le hundía la cara entre las nalgas. Le comía el culo con hambre, con lametones largos y ruidosos que llegaban nítidos hasta el claro. Bruno gemía con la boca llena, y el sonido salía amortiguado, húmedo, obsceno.
Después cambiaron de posición sin decir palabra, como si fueran los pasos de una coreografía ya ensayada. El más joven se sentó en la tumbona, se agarró la polla curvada por la base, y Bruno se le montó encima de espaldas, dejándose caer despacio sobre ella hasta clavársela entera. Empezó a cabalgarlo él mismo, subiendo y bajando con los muslos abiertos, la polla propia meneándose dura contra el vientre. El mayor se acercó por delante y le metió la verga en la boca al mismo tiempo, aprovechando cada bajada de Bruno para follarle la garganta al ritmo del otro. Los tres encajaban con una precisión que no era la primera vez que practicaban.
Bruno estaba empalado por los dos extremos y gemía sin poder cerrar la boca, con la baba cayéndole en las manos del mayor y el sudor brillándole por el pecho, por los brazos, por los muslos. Se le veían las venas del cuello tensas. Se le sacudía la polla propia entre las piernas, dura y roja, sin que nadie se la tocase. Al final el mayor le agarró la cabeza con las dos manos y se corrió a chorros en la boca, y Bruno tragó con los ojos cerrados, sin perder una gota, mientras el tatuado le clavaba las manos en las caderas y lo embestía desde abajo hasta vaciarse él también dentro con un rugido corto.
Lo que pasaba allí abajo no era un encuentro improvisado. Era una rutina. Una rutina con reglas que yo no conocía.
Me quedé mirando. Esta vez no me toqué. Esta vez no sentí el latigazo ciego de la primera tarde, sino una fascinación oscura y un dolor sordo que no sabía dónde colocar. Comprendí que durante diez años había vivido al lado de un mundo paralelo del que Bruno no me había contado una sola línea. Un mundo en el que él era otro. Un mundo del que yo solo podría formar parte como una sombra entre los pinos.
Bajé otra vez por el sendero antes de que terminaran. No quería verlo acabar. No esa noche.
En el coche, antes de arrancar, me quedé un buen rato con las manos en el volante y los ojos cerrados. Tenía que decidir algo. Seguir mirando desde la sombra y vivir con eso. O dar un paso, una llamada, una conversación a media voz en cualquier terraza, y aceptar que después de esa conversación nuestra amistad ya no podría ser la misma.
Pero esa, como suele decirse, es otra historia.