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Relatos Ardientes

Dos hombres me enseñaron lo que escondía

Quiero a mi mujer. Llevamos seis años juntos, tres casados, y nunca me planteé en serio acostarme con nadie más. Pero lo que ocurrió aquel puente largo me partió por la mitad de una forma que no esperaba. No dejé de quererla. Descubrí que en mí había una pieza que ni yo mismo sabía que existía.

No soy de gimnasio extremo. Hago pesas tres veces por semana, lo suficiente para que el pecho se me marque debajo de la camisa y el abdomen no me cuelgue. Trabajo en una oficina de consultoría: ocho horas frente a una pantalla, café cada tres horas y los hombros tensos al final del día. Mi mujer trabaja en una empresa del centro de Solveira. Empezó como coordinadora administrativa y terminó siendo el brazo derecho del director, lo que significa que sale dos horas más tarde que yo casi todos los días.

Por el puente largo, mi división consiguió tres días libres. A ella le tocó cubrir una reunión en la Bahía de Caldeiras, justo el viernes. Encontramos una solución cómoda: reservábamos un hotel en la Costa Mireval, que estaba sobre la misma línea de tren. Ella se bajaba en Caldeiras, hacía lo suyo, y por la tarde se reunía conmigo. Yo me bajaba una estación antes y mataba el día como pudiera.

Esa estación intermedia se llamaba Punta Almizar. El pueblo era pequeño, dos calles paralelas a la costa y un faro al fondo. Pregunté en la recepción del hotel por playas tranquilas y la chica de turno me marcó tres en el mapa. Una de ellas, la más lejana, tenía un símbolo que reconocí: nudista.

Por qué no, pensé. Total, aquí no me conoce nadie.

Caminé media hora por un sendero que bajaba entre pinos. La cala era de arena gruesa, cerrada por dos paredes de roca. Había una decena de personas repartidas, ninguna joven, ninguna que me prestara atención. Me desvestí con la torpeza del primer día, dejé la ropa doblada sobre la mochila y extendí la toalla al lado de una piedra plana, lo suficientemente lejos del resto para no estorbar.

Me recosté boca arriba y cerré los ojos. El sol pegaba fuerte. Pensé que iba a quedarme dormido.

—Buenas vistas las que tengo desde aquí.

Abrí los ojos. De pie, contra la luz, un tipo de mi edad. Más ancho que yo, los hombros redondos, una sonrisa que daba a entender que no le costaba acercarse a desconocidos sin ropa. Tenía el pelo castaño revuelto por el agua y todavía le caían gotas de la barba.

—Gracias —contesté, y me reí. No supe qué más decir.

Se sentó en la arena a mi lado, sin pedir permiso, como si me conociera de toda la vida. Se presentó: Damián. Estaba de paso, igual que yo. Había venido con un amigo, Iván, pero Iván se había quedado en el pueblo organizando una fiesta para esa misma noche en la casa que tenían alquilada. Hablamos de tonterías durante media hora. De trenes, del calor, de lo absurdo que era pagar cuarenta euros por una sombrilla.

—Vente esta noche —dijo de pronto—. A la fiesta. Vamos a ser cuatro o cinco, nada de gente. Hay alcohol bueno.

Tenía a mi mujer durmiendo a una hora en tren, en otro hotel, sola. Tenía que llamarla a las once para darle las buenas noches. Pero la idea de cenar solo en el pueblo, viendo la televisión del hotel, me daba más pereza que aceptar.

—Va, me apunto.

***

La casa era una planta baja con jardín interior, a tres calles de la playa. Cuando llegué ya estaban Damián, Iván y otros dos chicos que se fueron temprano, antes de la una. Iván era flaco, fibroso, con los brazos llenos de tatuajes pequeños. Trabajaba de ayudante de un diseñador de modas en la capital y hablaba con las manos, abriéndolas todo el rato como si dibujara en el aire.

Cuando los otros se fueron, quedamos los tres. Damián trajo una botella de ron añejo y nos sirvió tres vasos cortos. La música estaba baja, algo en inglés que no reconocí. La conversación se fue cayendo despacio hacia el sexo, primero con chistes, después con anécdotas concretas, después con confesiones.

—Yo tuve una vez una cosa con un tío —dijo Damián, mirando al fondo del vaso—. Una sola. Pero llegó a más de lo que pensé.

Iván levantó las cejas. Yo me reí por puro nervio.

—¿Cómo decidieron quién hacía qué? —pregunté antes de pensarlo.

Damián levantó la mirada y sonrió.

—Por el tamaño.

Iván se rió. Yo me quedé callado. La pregunta había salido de mi boca como si hubiera estado guardada en el bolsillo, esperando el momento. Damián notó algo, porque dejó el vaso despacio sobre la mesa.

—¿Quieres ver quién la tiene más grande de los tres?

***

Lo dijo como si fuera una broma, pero los tres sabíamos que no lo era. Iván fue a buscar una cinta métrica que tenía en el equipaje. Damián puso un video en el televisor, algo bastante directo, y nos quedamos los tres en silencio mirándolo, sentados en el sofá grande, los pantalones por los tobillos. La primera erección llegó rápida. La segunda también. La tercera tardó un poco más, pero llegó.

Iván midió primero. Después Damián. Después yo. Anotó los tres números en una servilleta como si fuera un acta:

—Iván, diecisiete. Tú, dieciséis. Yo, catorce.

Me miró. Damián tenía esa cara de quien ha estado en este sitio antes y sabe qué viene a continuación.

—Si lo hacemos como dije, Iván es el primero. Y yo, el último.

No esperé a que nadie dijera que sí. Me arrodillé delante de Iván, sin mirarlo a la cara, y le metí la polla en la boca. Estaba caliente, dura, salada por el sudor del día. Damián se arrodilló a mi lado y se la chupó por el otro lado. Le pasábamos la lengua los dos a la vez, chocándonos los labios, y cada vez que nos rozábamos Iván empujaba un poco más adelante con las caderas. Le agarré la base con la mano. Damián le agarró las pelotas. Iván tardó muy poco en correrse, con un gemido seco, y nos cayó en la cara a los dos.

Damián se levantó y me limpió la mejilla con el pulgar. Después me empujó suavemente del hombro hasta que quedé sentado en el sofá con las piernas abiertas. Se me arrodilló entre ellas y me chupó sin prisa, con las manos en mis muslos. Iván se puso detrás de él, en cuatro, y le empezó a comer el culo con la cabeza hundida entre las nalgas. Damián gemía contra mi piel. Yo le agarré el pelo y lo apreté contra mí. Era la primera vez en mi vida que le ponía las manos en la cabeza a un hombre, y me sorprendió lo natural que se sentía.

Iván se irguió y nos miró. Tenía la verga otra vez dura.

—Yo a ti —me dijo, señalándome con el mentón.

Me bajé del sofá. Me puse boca arriba en la alfombra y le abrí las piernas. Iván se me sentó en la cara y yo empecé a comerle el culo, con los ojos cerrados, con la cabeza echada hacia atrás. Sabía a jabón y a sal. Damián seguía chupándomela despacio, sin dejarme terminar, frenando cada vez que notaba que iba a explotar. Me tenía al borde durante minutos enteros. No te corras todavía, me decía a mí mismo, mordiéndome los labios.

—Ahora —dijo Iván, levantándose.

Damián se puso a cuatro patas sobre la alfombra. Iván se colocó detrás, le untó los dedos con un lubricante que sacó de un cajón, le abrió despacio y le metió la polla muy lentamente hasta encontrarle el fondo. Damián apretó los dientes y empujó hacia atrás. Yo me arrodillé delante de él. Le ofrecí la mía y la tomó. Empezamos los tres a movernos con el mismo ritmo: Iván detrás, embistiéndolo, y yo delante, dejándome chupar sin tocarme con las manos. La cabeza de Damián subía y bajaba con la fuerza de los empujones de Iván. Cuando Iván se corrió, gritó, y se quedó dentro un rato largo.

Salió. Se tumbó en el sofá. Yo ocupé su sitio.

Le metí la polla a Damián despacio. Estaba caliente, húmedo, tan húmedo que apenas hizo falta empujar. Le agarré las caderas y empecé a moverme. Él levantó la mano y me hizo un gesto: al sesenta y nueve. Cambiamos de postura sobre la alfombra. Yo abajo, él encima al revés. Me la chupaba mientras yo le devolvía el favor, y entre los dos, sin saberlo, montamos un ritmo que nos llevó cerca del final al mismo tiempo. Me corrí dentro de él con la cabeza echada hacia atrás y la boca llena.

Caí rendido en la alfombra. Pensé que terminaba ahí.

—Falta lo tuyo —dijo Damián.

***

Me levanté. Tenía las piernas temblando, pero la cabeza despierta del todo. Los miré a los dos.

—Me toca a mí ahora. Y quiero hacer la vaquerita. Pero los dos a la vez.

Iván silbó. Damián se rió y se tumbó de espaldas en la alfombra, con las manos cruzadas detrás de la nuca, la polla otra vez tiesa esperándome. Iván buscó el lubricante.

Me senté encima de Damián y me bajé poco a poco hasta empalarme entero. Iván se colocó detrás, de rodillas, y empezó a empujar al lado de la de Damián. Me dolió. Me dolió mucho. Pero respiré despacio, dejé que el cuerpo se abriera, y al rato los dos estaban dentro a la vez, los dos muy quietos, esperando a que yo decidiera el ritmo.

Subía y bajaba muy poco al principio. Tres centímetros. Cinco. Diez. Damián me agarraba la cintura. Iván me besaba la nuca y me empujaba contra la boca de Damián para que nos besáramos. Cuando nos besamos por primera vez, supe que aquello ya no era una broma de borrachos. Sentí algo que no era curiosidad. Era hambre.

Se corrieron casi al mismo tiempo: Iván dentro, Damián por encima de mi espalda al salir. Yo me levanté con las piernas temblando y me dejé caer en el sofá del fondo.

—No te muevas —dijo Iván—. Mira lo que falta.

Lo que faltaba era que ellos terminaran de ordenar lo que habíamos empezado. Iván se puso a cuatro patas en la alfombra. Damián, con esa polla más corta pero más gruesa, le entró. Iván se la tomó sin un solo gesto de dolor, como si llevara horas esperándolo. Damián se la metió hasta el fondo y empezó a masturbarlo al mismo tiempo, con la mano cerrada alrededor del eje. Tardaron veinte minutos largos. Yo, desde el sofá, me masturbaba despacio, viendo cómo el sudor les corría por la espalda. Saqué el móvil. Hice una foto de los tres reflejados en el espejo de la pared. La borré antes de que terminara la noche, pero esa imagen quedó conmigo durante meses.

Se corrieron casi a la vez. Damián dentro. Iván sobre la alfombra. Y yo, dos minutos después, sobre mi propia mano. Vinieron al sofá los dos, me lamieron los dedos y me dejaron limpiarles los suyos con la lengua.

***

El sol entraba por la persiana cuando me desperté. Eran las nueve. Los tres desayunamos en un bar que abría temprano, café cargado y huevos revueltos, hablando de cualquier cosa menos de lo que había pasado. Antes de despedirnos, Damián me dijo:

—Estamos aquí todo el fin de semana. Por si te aburres.

Tomé el primer tren a la Costa Mireval. Cuando entré a la habitación, mi mujer todavía estaba en la cama, con el pelo revuelto y la sábana hasta la cintura. Me metí debajo, contra su espalda, y le pasé el brazo por encima.

—¿Qué tal tu noche? —murmuró.

—Bien. ¿Y la tuya?

—Como todas.

Cerré los ojos. La quería igual que el día anterior. Quizá más. Pero ya no era el mismo hombre que había salido de casa el jueves, y supe, en ese momento, que nunca volvería a serlo.

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Comentarios (6)

Vigilante82

Increíble relato!! me dejó sin palabras, de esos que no podés dejar de leer.

ElMendocino88

Me encanto la forma en que lo contaste, sin que se note forzado para nada. Ojalá haya una segunda parte!

AndresLP

excelente!!! seguí escribiendo

Pancho_Tucuman

Hay algo en los relatos de playa que me resulta especial... quizas el ambiente, la libertad. Este me recordó a unas vacaciones de hace años donde tambien pasaron cosas inesperadas. Muy buen trabajo, de verdad.

LucasMar

Quisiera saber si vas a continuar o si quedó en ese unico encuentro, me quedé con ganas de saber qué pasó despues.

MatiasC

tremendo, se hizo cortísimo

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