Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuando volví, mi padre no estaba solo en la sala

Era sábado, víspera de un lunes festivo. Mi madre y mi tía Adela aprovecharon para irse hasta la finca del abuelo, mientras que Tobías, mi hermano menor, se fue de paseo con unos compañeros. Habíamos jugado partido esa misma mañana, así que cuando ellos salieron, mi padre y yo quedamos solos en el apartamento.

Esa noche él preparó hamburguesas en la parrilla pequeña del balcón. Bebimos cerveza fría mientras sonaba un disco viejo que guardaba con cariño. Hacía un calor pegajoso, denso, de esos que vuelven imposible mantenerse vestido. Mi padre andaba en pantaloneta, con el torso desnudo, y yo me había escapado a la ducha apenas terminamos la cena.

Antes del agua me afeité entero. Pecho, axilas, ingles, también la zona del culo. Me gustaba sentirme liso, expuesto. Salí del baño con una toalla envuelta debajo del pecho, como suelen llevarla las mujeres, y otra más pequeña enrollada en la cabeza. Pasé por el pasillo haciendo un gesto exagerado al verlo en el sofá.

—Te ves muy sexy así, ¿eh? —dijo entre risas, sin disimular la mirada.

—Estoy ensayando, papi —contesté, y le hice una pasarela corta hasta mi habitación.

Una vez dentro, me sequé y me puse solamente un bóxer blanco, ajustado, de los que dibujan todo. Quería provocarlo. Llevábamos tiempo jugando con esto, pero siempre con licor y poppers de por medio. Esta vez quería ver hasta dónde llegaba sobrio, o al menos lúcido. Quería saber si era deseo de verdad o efecto de la borrachera.

Cuando salí, sus ojos se quedaron pegados en mí. No disimuló. Recorrió mi cuerpo despacio, deteniéndose en el bulto del bóxer, y supe entonces que la noche ya estaba decidida.

—¿Vemos una película? —propuso, con la voz a media tira.

—Listo, pero hoy paso del trago. Hagamos parche sano —dije, porque quería todo claro.

—Bueno, amor. Yo escojo la primera.

—Como quieras, pa'.

Nos acomodamos en mi cama, contra la pared. Él agarró el control y buscó en Netflix. Eligió una historia que ya conocía de memoria, lo noté: un mafioso que secuestra a una mujer y le da un año para enamorarse de él. Yo, que suelo ver más fútbol que pantalla, no le tenía fe. Pero a los diez minutos entendí su jugada. La trama era una excusa: lo que él esperaba eran las escenas eróticas.

Y vaya si llegaron. La protagonista, una mujer espectacular. El tipo, un macho con aire de actor. Una escena en la ducha, otra en un yate, otra donde él la esposa para obligarla a mirar mientras se mete con otra. La tensión iba subiendo. Y conmigo subía la verga, debajo del bóxer, presionando contra la tela hasta marcarse entera.

Lo miré de reojo. Tenía la misma situación bajo la pantaloneta. Su respiración había cambiado, más lenta, más sonora. De pronto se estiró, bajó el cuerpo y apoyó la cabeza sobre mi muslo derecho, como sin querer, sin despegar los ojos del televisor. Empezó a acariciarme la pierna, primero hasta la rodilla, después un poco más arriba.

Yo le respondí pasándole los dedos por el pelo, por la nuca, por la mandíbula recién afeitada. La habitación estaba oscura, alumbrada por el reflejo azulado de la película. Su pulgar rozó el bóxer, justo donde la verga empujaba hacia afuera, y me arqueé sin pensarlo.

Esta vez quería ser yo el que mandaba. Metí la mano por un costado del bóxer, saqué la verga ya dura y le acerqué su boca. No dudó un segundo. Abrió y se la tragó entera. Se giró boca abajo, terminó de sacármela por el costado de la tela y comenzó a devorarla con un ansia que no había visto antes en él.

—Quítamelo —le dije, jalando del resorte.

Me sacó el bóxer y lo dejó caer al piso. Quedé desnudo bajo la pantalla parpadeante. Subió hasta mi cara y nos besamos largo, con lengua y dientes y todo lo que se calla durante el día. Bajó de nuevo, mordió las tetillas, jugó con ellas hasta que se pusieron tan duras como la punta de mi verga. Después volvió abajo. La metía completa, hasta sentir cómo tocaba el fondo de su garganta. La sacaba para respirar y la volvía a clavar.

En la película, el tipo sacaba a la mujer ahogándose del mar. Después, ella le chupaba la picha sentada en la cama de un yate. La coincidencia me dio risa y calentura al mismo tiempo.

Mi padre siguió bajando. Mordisqueó los dedos de mis pies, la planta entera. Después subió por los gemelos, por los muslos, y se metió entre mis piernas. Tomó los huevos en su boca, los chupó despacio, y enseguida buscó más abajo. Le agarró desespero. Me sujetó por las corvas, levantó mis caderas, metió un cojín grueso debajo y, con las piernas en alto, se abalanzó sobre mi culo.

Lo comió con la lengua, con los labios, con los dientes. Metía la lengua todo lo que podía, jugaba dentro, salía, volvía a entrar. Estaba ansioso, como si llevara meses esperando. Yo gemía y le sujetaba la cabeza, sin querer que parara nunca.

Cuando ya no aguantaba más, lo invité a acostarse en sentido contrario. Sesenta y nueve perfecto. Le chupé la verga al mismo tiempo que él me chupaba la mía. Después rodamos un poco y terminamos cada uno mordiéndole el culo al otro, en una postura que nunca habíamos probado.

Ya tenía la verga revitalizada, dura otra vez, y al verlo gimiendo debajo de mí supe lo que tocaba. Me arrodillé entre sus piernas, le pasé los brazos por debajo de las rodillas y apunté la verga a su culo. Empujé despacio, y él mismo me pidió que se la metiera entera, que le diera duro.

Así lo hice. Cada embestida era placer y deseo y un poco de rabia: rabia porque el hombre que me dio la vida disfrutaba que le entraran por el culo. Lo puse después de lado, en posición fetal, le levanté la pierna izquierda y lo bombeé sin parar. Me avisó que estaba por correrse y aceleré. Me corrí dentro de él al mismo tiempo que él se vaciaba sobre su propia barriga, en un quejido largo.

Apagamos el televisor. Nos quedamos dormidos así, desnudos, en silencio, hasta el día siguiente.

***

Al despertar, él ya se había ido a jugar al campito de fútbol que llaman La Pradera. Es una cancha de barrio donde se arman partidos largos, con muchos jugadores rotando, y el tercer tiempo cervecero es lo mejor del domingo. Yo desayuné solo y me quedé haciendo nada, hasta que volvió. Nos saludamos como si nada. Ninguno de los dos tocó el tema.

—Voy a la piscina a relajarme un rato —dijo desde la cocina.

—Te acompaño. Tampoco tengo plan.

Bajamos a la piscina de la unidad y nos cruzamos con Bruno y Esteban, dos vecinos del bloque de al lado. Hablamos de la rumba del sábado anterior, de mujeres, de fútbol. Lo de siempre. En algún momento nos retaron a un partido de microfútbol en la cancha pequeña, a las cinco de la tarde. Acepté por los dos. Llamé a Diego y al negro Andrés para completar nuestro equipo de cuatro.

Cuando llegamos a la cancha, Bruno y Esteban traían a un invitado. Un pelado de unos veinte años, piel morena, pelo bien motilado, sin camisa. Tenía el pecho marcado, los brazos fuertes, pero las piernas delgadas y casi nada de culo. Le decían el Felino. Era de fuera de la unidad, alguien que habían invitado solo para el partido.

Jugaba bien, con la cabeza fría. Olía a perfume caro mezclado con sudor, una combinación que me revolvió por dentro. Aproveché un choque tonto, en medio de una jugada, para rozarle la verga con el dorso de la mano. Fue descarado. Por un segundo se me quedó mirando con una sonrisa torcida que no supe leer.

Ganamos el partido. Mi padre, eufórico, invitó a todo el grupo al apartamento a tomar cerveza y pedir algo de comer. Subimos. El Felino, según supe ahí arriba, vivía lejos. Los demás se acomodaron, abrieron latas, y al rato pasaron al ron. Yo me bañé rápido y me cambié. Cuando volví al salón, ya había confianza entre mi padre y el Felino, una confianza que se notaba en cómo se reían y en cómo se rozaban los hombros al hablar.

Andrés dijo que se iba. Me ofrecí a llevarlo en moto.

—Listo, vamos —dijo, y nos despedimos.

En la casa de Andrés estaban su mamá, su hermana y un primito menor durmiendo cada uno en su habitación. Él se desnudó frente a mí, sin pudor, mostrando ese culote y esa verga gruesa que siempre le envidié, y se metió al baño. Quedé en la sala con el primo, un pelado de unos diecinueve con cara de no haber dormido. Me miró. Me tocó el bulto. Sacó la suya, ya media dura. No teníamos tiempo, pero tampoco quería hacerme el digno. Le bajé la pantaloneta, le chupé un rato, le hice una paja rápida con saliva, y él intentó devolverme la atención, pero la ducha se cerró arriba. Ahí lo dejamos. Andrés bajó vestido y nadie notó nada.

Nos fuimos con Andrés a un bar cercano, de esos donde sirven granizados con un golpe de licor que te pega después. Pasamos la noche entre tragos y chistes. Más tarde llegó un amigo suyo y se sumó al grupo. A esa hora me escribió mi padre.

—¿Por dónde andas? ¿Te demoras? Tranquilo si quieres, hijo, yo aquí en la casa.

El mensaje me extrañó. Esa actitud era más propia de mi madre. Mi padre solía esperarme con cara larga si me pasaba de la hora. Algo había. Esperé a que cerraran el bar y emprendí el camino de vuelta, con la cabeza pesada por los granizados.

Antes de entrar al apartamento escuché la música desde el pasillo. Guaracha a todo volumen, algo poco habitual en él. Supuse que la rumba seguía adentro, que estarían Bruno, Esteban y el Felino tirados en el sofá. Metí la llave despacio. Empujé la puerta.

Y entonces no di crédito a lo que vi.

El Felino estaba de pie, de espaldas a la puerta, completamente desnudo. Tenía un porro entre los dedos y una copa en la otra mano. Arrodillado frente a él, sin saber que yo había entrado, estaba mi padre. Lo chupaba con devoción, sujetándole las pocas nalgas que tenía, moviéndose con un hambre que no le había visto ni siquiera la noche anterior conmigo.

Sentí celos. Sentí decepción. Sentí envidia. Y sentí, también, una calentura inmediata, brutal, que me empujó la verga contra el jean.

Mi padre levantó la vista y me vio. No paró. Al contrario: separó las nalgas del Felino y me mostró ese hoyo apretado, casi como una invitación. Caminé despacio, sin saber qué iba a hacer ni cómo reaccionaría el invitado. Pero llegué hasta ellos, me coloqué detrás del Felino, lo abracé y le pasé las manos por el pecho duro, por las tetillas marcadas.

—Uy, panita, ¿cómo así? —se sobresaltó.

—Tranquilo, papi, acá todo se vale. Relajado y disfruta —le dije al oído.

—Ahh, pana, pero son padre e hijo.

—Mejor. No hay problema, rey.

—Bueno, pero ya le dije a él que no me gusta que me den por el culo. Yo los detono, pero conmigo nada.

—Fresco, acá se hace lo que usted quiera.

Mi padre seguía sin soltarle la verga. Bajé y traté de chuparle el culo, pero apartó la cadera. Respeté. Subí, me arrodillé junto a mi padre y empecé a compartir esa golosina con él. Era grueso, largo, pesado. Le pegamos una mamada a dos bocas, turnándonos la cabeza y el tronco. Lo hicimos tan bien que en un momento le tocó pararnos. Si seguíamos, se iba a correr antes de tiempo.

Me llevó al sofá. Me sentó. Puso a mi padre en cuatro patas frente a mí, con la mano en su nuca, empujando su cabeza para que volviera a chupármela. Mi viejo lo disfrutaba: se lamía los labios, jugaba con la lengua en mi glande, me miraba desde abajo con los ojos brillantes. Mientras tanto, el Felino se escupió la mano y le untó saliva al culo de mi padre. Le apuntó la verga, empujó la cadera, y se la fue clavando de a poco hasta meterla entera.

El ritmo empezó a subir. Mi padre gemía sobre mi verga, sin perder la concentración. Mi mirada se cruzó con la del Felino. Sonrió, todavía con el porro en la otra mano. Llevábamos un buen rato así cuando mi padre se corrió encima del piso, sin que el otro hubiera terminado. Salió de allí sudando, se levantó, y se fue tambaleándose al baño.

—Venga, le estallo ese culote que usted tiene —me dijo el Felino, los ojos vidriosos.

Me hizo arrodillarme en el sofá, con el respaldo agarrado. Se ensalivó los dedos, los pasó por mi culo varias veces, y después fue con la verga. Cuando empujó, el dolor me partió en dos. Era ancho, demasiado ancho. Razón tienen los que dicen que el hombre que se hace dar mucho termina con la verga así. Aguanté. Cambió de postura, me puso bocarriba sobre el sofá, me levantó las piernas. Aguanté otra vez. Mi padre volvió del baño, se metió en la escena y empezó a chupármela mientras el otro me partía por el otro lado.

Sentí el calor del semen llenándome el culo justo cuando le llené la boca a mi padre. Los tres nos quedamos quietos un momento, todavía conectados, jadeando.

—Ufff, qué chimba de culiada. Qué par de perras tan ricas —dijo el Felino, soltando una risa ronca.

—Usted también está, y culea muy chimba —respondí yo, sin aire.

Mi padre, exhausto, se despidió con un beso en la frente y se fue a su habitación a dormir. El Felino y yo nos quedamos en el salón, fumando y bebiendo, hablando de boberías hasta que el cielo se puso gris. Antes de irse, intercambiamos números de WhatsApp.

—Ahí nos hablamos, Mateo.

—Cuando quiera, rey.

El lunes festivo dormimos hasta tarde. Mi padre y yo no tocamos el tema. Llegaron primero Tobías, después mi madre. Tobías traía una historia que, según él, me iba a calentar como un putas, y por su cara no mentía. Pero esa, esa la cuento después.

Valora este relato

Comentarios (1)

GabrielRB85

Tremendo!!! Quede sin palabras

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.