Lo que pasó en el probador con aquel obrero
Llevaba semanas posponiendo la salida. Necesitaba renovar el armario, vaqueros nuevos, alguna camiseta para el verano, y el pueblo donde vivía no daba para mucho más que la tienda de toda la vida. Así que esa tarde de jueves, después del gimnasio, me obligué a coger el coche y bajar al centro comercial El Mirador, a unos veinte minutos por la carretera vieja.
El gimnasio se me notaba. Me lo decía el espejo cada mañana, me lo decían los pantalones que ya no me quedaban como antes. Tenía el culo más duro, los muslos más marcados y el bulto del paquete se notaba ahora de una forma que antes no se notaba. Por eso me daba pereza ir de compras: porque sabía que iba a estar media tarde frente al espejo del probador buscando el corte exacto que dejara claro lo que había debajo.
Aparqué en la segunda planta del parking, cogí la escalera mecánica y subí derecho a la sección juvenil. Llevaba el listado mental hecho: un par de vaqueros pitillo, dos camisetas ajustadas y, si encontraba algo bonito, un bóxer nuevo. Sonaba música pop por los altavoces y un par de dependientas chismorreaban detrás de la caja sin levantar la vista cuando pasé.
Los vi enseguida. Los vaqueros de ese azul ceniza que me había gustado en el anuncio del metro, los que llevaba tres semanas esperando que llegaran a la tienda. Cogí mi talla sin dudar y me dirigí a la zona de camisetas. Elegí dos blancas y una negra, todas con cuello un poco abierto, y me metí derecho al probador del fondo.
Me gusta el ritual de probarme la ropa nueva. Cerrar la puerta, encender la luz cenital, quedarme en bóxer y mirarme con tranquilidad antes de empezar con lo siguiente. Esa tarde no era distinto. Me bajé los pantalones, me quité la sudadera y me quedé un rato delante del espejo comprobando el trabajo del gimnasio. Las dominadas estaban dando resultado en los hombros. La dieta también.
Me probé primero los vaqueros. Eran perfectos. Se ajustaban en el muslo, marcaban el culo sin apretar y dejaban el paquete justo donde tenía que estar. Me giré, me agaché un poco, me puse de espaldas al espejo y miré por encima del hombro. Aprobados.
Con las camisetas no tuve la misma suerte. La negra me hacía bolsa en los hombros, la blanca me quedaba demasiado corta. Suspiré, dejé las prendas dobladas sobre el banquito del probador y salí en busca de otras tallas. Pensé que no tardaría más de cinco minutos.
Fui hasta el expositor de las camisetas veraniegas. Me probé mentalmente varias combinaciones, decidí cambiar de modelo y elegí dos de cuello en V que me parecieron más acertadas para la idea que tenía. Cuando volví hacia los probadores, no había nadie esperando. La cortina exterior seguía corrida tal como la había dejado.
Abrí la puerta despacio, con las camisetas colgando del brazo, y me quedé clavado en el umbral.
Dentro había un chico, de espaldas, junto al espejo. Llevaba el polo azul oscuro del personal de la tienda y unos pantalones finos del uniforme. Por un segundo pensé que me había equivocado de cabina y miré el número de la puerta. No, era la mía.
—Entra, entra, que es el tuyo —dijo sin girarse—. Solo te estaba esperando.
Cerré la puerta detrás de mí y eché el pestillo casi sin pensarlo.
Cuando se dio la vuelta lo reconocí en el acto. Era Mateo. El obrero que el invierno pasado había estado tres semanas en la reforma de mi cocina, el que un día se quedó hasta tarde y acabó conmigo contra la encimera nueva. No habíamos vuelto a vernos. Yo asumí que había regresado a Murcia, a su pueblo, en cuanto terminó la obra. Por lo visto no.
—¿Qué haces aquí? —pregunté en voz baja.
—Trabajo aquí desde marzo —respondió, y se encogió de hombros—. Te vi en cuanto entraste por la escalera mecánica. Te seguí. Vi en qué probador te metías. Y cuando saliste a por las camisetas, aproveché.
—¿Y si te pillan?
—No me van a pillar. —Sonrió. Tenía la misma sonrisa torcida que recordaba—. Y aunque me pillen, me da lo mismo. Quiero follar contigo otra vez. Aquí. Me da morbo.
Me apoyé contra la puerta. El probador no era grande. Tres pasos de un lado al otro, un espejo de cuerpo entero, un banquito, una percha. Las paredes eran de pladur fino, de ese que deja pasar cualquier conversación. Fuera se oían pasos, una madre llamando a su hija, el pitido constante de la caja registradora.
Mateo se acercó sin prisa. Me besó sin pedir permiso, con las dos manos en mi cara, y su lengua entró en mi boca como si tuviera el tiempo contado. Yo respondí enseguida. No tenía mucho que decidir: ya estaba decidido desde el primer segundo, desde antes incluso de verle la cara.
Mientras nos besábamos, su mano derecha bajó hasta mi bóxer. Me apretó el paquete por encima de la tela y noté cómo se iba inflando bajo su palma. Yo le devolví el gesto. Le toqué la entrepierna a través del pantalón del uniforme, fino, casi pijamero, y sentí su erección dura, lista, esperando.
—Llevo toda la mañana pensando en esto —murmuró contra mi cuello—. Desde que te vi cruzar la puerta de la tienda.
Le quité el polo. Tenía el pecho un poco más fibrado que la última vez. El trabajo bajo techo le había quitado algo del bronceado de obra, pero seguía igual de duro. Le mordí un pezón, suave, y él soltó un suspiro corto que tuvo que tragarse para que no se oyera fuera.
Me bajó el bóxer hasta los muslos y se arrodilló. Su lengua trazó una línea desde mi ombligo hasta la base de la polla, lenta, casi paciente, y cuando por fin me la metió en la boca tuve que apoyar las dos manos contra la pared para no perder el equilibrio. La pared se tambaleó. Era pladur de verdad, no de pega.
Su boca era caliente y húmeda y se lo tomó con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo, cuando los dos sabíamos que no lo teníamos. Subía y bajaba con un ritmo medido, succionando en la punta, dejando que la lengua hiciera el trabajo en la parte baja, sacándomela de vez en cuando para mirarme desde abajo con esos ojos que recordaba demasiado bien.
—No te corras todavía —dijo en un susurro—. Aún no.
Fuera, justo del otro lado de la pared, una mujer le pedía a la dependienta otra talla de blusa. La pared no llegaba al techo. Si alguien levantaba la vista, vería el cuello del polo de Mateo asomando por encima. Si alguien afinaba el oído, oiría mi respiración entrecortada. No me importaba. Me empezaba a importar cada vez menos.
Mateo se incorporó. Me dio la vuelta despacio, con las manos en mis caderas, y me apoyó contra la pared. Mi mejilla quedó pegada al pladur frío. Él se bajó el pantalón hasta los tobillos. Oí cómo rasgaba un envoltorio: traía condón en el bolsillo, listo desde antes de seguirme.
—¿Te acuerdas de cómo me gusta? —preguntó.
—Me acuerdo.
Se humedeció los dedos, me los pasó por el culo, despacio, abriéndome con paciencia. Yo respiré hondo, separé un poco más las piernas y bajé la espalda. Él se colocó detrás, ajustó el ángulo y empujó.
Entró de una sola vez, sin pausa, y tuve que morderme la mano para no soltar el grito que me subió por la garganta. Esperó unos segundos quieto, dejando que mi cuerpo se acostumbrara, mientras me besaba la nuca y me decía cosas al oído que nadie más debía oír.
Luego empezó a moverse.
Al principio despacio, midiendo cada empujón, atento a los ruidos del pasillo. Pero la cabeza se nos fue rápido. El ritmo subió. La pared empezó a vibrar con cada embestida y los dos lo sabíamos y a ninguno le importaba. Yo me apoyaba con las dos manos contra el pladur, las piernas separadas, la espalda arqueada, y él me agarraba de la cintura y empujaba como si quisiera dejarme una marca.
Giré la cabeza hacia el espejo lateral y vi nuestro reflejo. La imagen me puso aún más cachondo. El polo azul tirado en el suelo. Sus pantalones del uniforme caídos en los tobillos. Mi cuerpo doblado contra la pared, su polla entrando y saliendo de mí con un brillo de látex bajo la luz cenital. Pura fantasía. Pura realidad.
—Joder —murmuré—. Joder, Mateo.
—Calla, calla —dijo él entre risas contenidas—. Que nos van a oír.
Que nos oyeran. En ese momento ya me daba lo mismo. Llevaba meses sin sentir algo así, y la sensación de hacerlo donde no debíamos, con gente al otro lado del tabique, multiplicaba todo por diez.
Notaba que no iba a aguantar mucho. Mateo lo notó también. Sus embestidas se aceleraron, se acortaron, y cuando me di cuenta tenía la respiración rota contra mi nuca.
—Sal —le pedí.
Salió. Me giré rápido, con las piernas temblando, le quité el condón de un tirón y le puse la mano alrededor. Bastaron tres golpes. Su semen me salpicó el pecho en chorros calientes, espesos, y yo ni siquiera me molesté en limpiarme. Estaba demasiado cerca.
Me senté en el banquito del probador, me cogí la polla con la mano derecha y empecé a masturbarme mirándolo. Él entendió enseguida. Se arrodilló frente a mí, abrió la boca y esperó.
Bastaron unos segundos. Me corrí con un gemido ahogado, los dedos clavados en el borde del banquito, y descargué dentro de su boca, encima de su lengua, hasta el último chorro. Mateo se lo tragó todo sin retirar la mirada. Después se pasó el pulgar por la comisura, recogió lo que se le había escapado y se lo metió también en la boca.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Solo se oían nuestras respiraciones y, fuera, el hilo musical pasando a una balada lenta.
—Tengo que volver —dijo él al fin, levantándose—. Llevo aquí demasiado rato.
—Vete.
Se vistió en treinta segundos. Polo dentro del pantalón, cinturón cerrado, una mano por el pelo para alisárselo. Antes de abrir la puerta se giró.
—El miércoles libro. Si quieres tomar algo.
—Mándame la hora.
Abrió la puerta con cuidado, comprobó que el pasillo estaba vacío y salió. La puerta se cerró tras él con un clic suave.
Me quedé sentado en el banquito, todavía desnudo, mirando los vaqueros azul ceniza que colgaban de la percha. Sonreí. Cogí las camisetas nuevas de cuello en V, me las probé con calma y elegí las dos. También los vaqueros. Era lo que había venido a buscar.
Y un poco más.