El homófobo de la oficina era el chico de la máscara
Trabajo en soporte técnico de una multinacional del centro y mi rutina consiste en moverme por todas las plantas resolviendo incidencias. La mayoría de los departamentos son tranquilos, pero hay uno al que entro apretando los dientes. Es el de logística: una pecera de seis tipos que se creen muy graciosos y que, cada vez que asomo con la mochila de herramientas, encuentran la forma de soltar algún chiste sobre los maricones.
El cabecilla del grupo es Diego, el hijo del director regional. Tendrá veintidós o veintitrés años, lleva el pelo degradado idéntico al de todos los chicos de su edad y siempre viste sudaderas y zapatillas caras. Su escritorio está en la esquina, junto a la ventana, y desde ahí dirige al resto del departamento como si fuera su pequeño feudo personal.
—Eh, ven a ver qué tetas tiene mi piba —me dijo la primera vez, girando la pantalla del móvil hacia mí—. Y mira que pasa de mí, encima.
Le sonreí incómodo, asentí sin mirar demasiado y seguí con lo mío. A partir de aquella tarde fueron a más. Cada visita era una colección nueva de bromas: «mira que vas a ser tú el maricón si no te animas», «este es el que se folla a los de la cuarta planta», «cuidado con la mochila, no nos llene la oficina de purpurina».
Yo soy bisexual, pero no lo voy pregonando por los pasillos y mucho menos en un sitio donde el padre del cabecilla firma mi nómina. Así que tragaba. Iba dos o tres veces por semana, hacía mi trabajo y desaparecía. Aprendí a poner el piloto automático y a no reaccionar a nada.
Un viernes fueron especialmente pesados. Me tuvieron media hora con la excusa de un cable suelto que ellos mismos habían movido y, entre risa y risa, Diego empezó a contar lo que iba a hacer esa noche con la novia. Salí del departamento con el cuello tenso y ganas de no volver el lunes. Por suerte, esa misma noche había fiesta en el club.
El club es un piso privado que monta un amigo, Tomás, en un barrio del este. Es bisexual y abierto, todos los asistentes pasamos controles de ETS y existe la regla de que nadie presiona a nadie. Las fiestas suelen ser mixtas, pero esa noche venía gente nueva de otro grupo de la ciudad y la quedada era solo gay. Me acicalé, me depilé con calma y salí de casa con el estómago revuelto de pura expectativa.
Un accidente en la circunvalación me hizo llegar casi una hora tarde. Cuando subí al piso, la fiesta estaba en plena ebullición, con música baja y olor a sudor limpio en el aire.
—Llegas justito —me dijo Tomás abriendo la puerta—. Hay un chico nuevo del otro club al que se están haciendo cola. Si quieres probar, apúntate ya.
Me señaló con la barbilla un sofá al fondo del salón. Allí estaba Marcos, un latino enorme al que conocía de quedadas anteriores, follándose a un chaval joven que llevaba una máscara de cuero que le envolvía toda la cabeza. Solo se le veían los ojos y la boca. El cuerpo tonificado, las manos sujetas con cinta a la espalda y, entre las piernas, una jaula de castidad transparente que apenas dejaba asomar la punta del glande.
—Joder, Marcos le está dando bien —comenté acercándome.
—No sabes cuánto —respondió Tomás—. Hay un cuaderno con la lista. Es insaciable y aguanta cualquier polla, pero como llegas tarde, no sé si vas a entrar.
Me apunté de todas formas. Había más de veinte nombres antes que el mío. Acerqué la cara al sofá y vi cómo el chico de la máscara gemía agudo, forzando la voz, recibiendo a Marcos hasta la base. Le di un pequeño cachete en la nalga para animarlo y entonces ocurrió algo extraño: clavó los ojos en los míos a través de los agujeros de la máscara, como si me reconociera, y dio un respingo casi imperceptible.
Conozco esa mirada de algo, pensé. Pero antes de poder darle vueltas, Marcos lo agarró por las caderas, lo bloqueó contra el cojín y se corrió dentro con un gruñido largo.
Apenas se retiró, otro chico, este negro y con una polla todavía más bruta que la de Marcos, ocupó su sitio sin ceremonias. El chaval del sofá levantó el culo solo y se ofreció con la naturalidad de quien lleva toda la noche en lo mismo.
—Un guarro pero fantástico —me dijo Marcos cuando le ofrecí una copa para limpiarse—. Lástima la cola, porque le volvería a meter ahora mismo.
Pasé el resto de la noche entretenido. Chupé alguna polla en la cocina, jugueteé con un par de chicos del otro grupo y acabé penetrando a uno de ellos contra la pared del pasillo. Cuando se corrió, me retiré sin terminar. No sé muy bien por qué, pero quería guardarme algo. De vez en cuando volvía al sofá del salón para mirar al chaval de la máscara. Algo en él no me dejaba en paz.
Hacia las tres, los turnos se ralentizaron. Mucha gente se había marchado y el chico empezó a quitarse la jaula, pensando que la noche había terminado para él.
—Eh, yo estaba apuntado y no me han llamado —dije acercándome.
El chaval levantó los brazos en cruz y movió la cabeza negando, una negativa rotunda pero sin agresividad. Su pene, arrugado por la jaula y goteando precum, recuperaba el tamaño normal mientras se incorporaba. En el club no se insiste, así que asentí. Volví al pasillo, encontré a un chico que aún tenía cuerda y dejé que me follara hasta correrme. Salí del piso a las cuatro y media con la sensación de haber dejado algo a medias.
***
El lunes a las ocho estaba otra vez en logística cambiando una impresora. Los boomers habituales saltaron con las bromas a la misma hora de siempre, pero Diego no abrió la boca. Estaba detrás de su pantalla, encogido, evitando mirarme. Pensé que tendría resaca. Cuando crucé el departamento para irme, me esquivó la mirada con prisa, casi avergonzado. No le di importancia.
Esa misma tarde, Tomás subió al chat privado los videos de la fiesta. Es algo que hace de vez en cuando: sube las grabaciones a una sala cerrada donde no se pueden descargar ni reenviar, solo para los del club. Reviví la escena del sofá tres veces seguidas. Todo el mundo en el chat pedía el contacto del chaval de la máscara, pero el propio Tomás dijo que se había marchado sin dejar nombre.
Empecé a hacer zoom sobre los ojos. Sabía que conocía esos ojos. Los miré congelados, los miré mientras gemía, los miré mientras intentaban no mirar a la cámara. Y por la noche, en la cama, sin saber muy bien por qué, abrí el video otra vez y lo dejé sonando bajito.
Al día siguiente, cuando entré al departamento de logística y Diego volvió a apartar la cara, lo supe de golpe. Eran los mismos ojos. La misma manera de no aguantar la mirada. No puede ser, pensé. No puede ser tan irónico.
Estuve dos días comparando capturas del video con fotos suyas del Instagram corporativo. La forma del párpado, la separación entre las cejas, una pequeña marca de nacimiento en el lagrimal izquierdo. No había duda. Lo confirmé, lo reconfirmé y me reí solo delante del ordenador. El homófobo de la cuarta planta era el chico de la jaula.
Decidí asegurarme antes de hacer nada. El viernes siguiente, al acabar la jornada, me quedé en el coche frente al portal de Diego. Salió a las nueve, con gorra y la cara medio tapada, y se metió en el metro. Lo seguí hasta el centro y lo vi entrar en un bar con cartel de neón violeta y un letrero pequeño en la entrada que prometía glory holes en el sótano. Le di diez minutos y entré detrás.
Estaba en la barra, bebiendo un cubata y hablando con el camarero. Me senté en el taburete de al lado.
—Hola, Diego. No sabía que te gustaban estos sitios.
Se giró de golpe y vi el color desaparecerle de la cara. La frente se le perló de sudor en cuestión de segundos.
—¿De qué hablas? ¿Qué sitios? —tartamudeó—. He venido a tomar algo, es el primer bar que he encontrado abierto.
—Este bar de chupar pollas. ¿Te gusta, eh?
El camarero soltó una carcajada seca y un par de clientes giraron la cabeza.
—Deja al chaval en paz —me dijo el camarero, serio—. Aquí no queremos problemas homófobos.
—Qué va, qué va —contesté sin dejar de mirar a Diego—. Si somos amigos del curro. Lo que no sabía es que él también era de los nuestros.
—Tío, por favor —susurró Diego agarrándome el antebrazo—. Solo es curiosidad, te lo juro. Si mi padre se entera, me mata.
—¿Y lo del club de hace dos semanas también es curiosidad? —saqué el móvil y le puse el video en silencio, con la máscara y la jaula bien visibles.
Bajó la cabeza tan rápido que pensé que se iba a caer del taburete.
—Vale, sí, soy una puta —murmuró—. Pero por favor no digas nada. Te doy lo que quieras. ¿Dinero? ¿Cuánto?
—No quiero dinero —le dije bajando la voz—. Quiero follarte. Me quedé con las ganas la otra noche. Tú me devuelves en carne lo que yo me trago en la oficina y de mí no sale ni una palabra.
Diego se quedó callado durante medio minuto, con la copa temblando en la mano. Luego se acordó de lo liberal que había estado en la fiesta, conmigo allí mirando, y debió calcular que no tenía mucho que perder. Asintió sin levantar la vista de la barra.
—Vamos a mi casa —dije dejando el dinero del cubata sobre la madera.
***
En el coche fue callado, mirando por la ventanilla como si no terminara de creerse lo que estaba pasando. Yo conducía sin prisa, dejándolo hervir en su propio jugo.
—¿Desde cuándo llevas haciendo esto? —pregunté al entrar en mi barrio.
—Un par de años. De vez en cuando, para no levantar sospechas. También he hecho cruising en el parque de la nacional.
—¿Tu novia lo sabe?
—No.
—Si la quieres, deberías decírselo.
Bajó la cabeza otra vez. Demasiadas cosas a la vez. Aparqué frente al portal y antes de salir le agarré el muslo por encima del vaquero.
—Eso ya lo veremos —añadí—. De momento, lo único que quiero es que arriba seas sincero. Saca tu lado de puta sin vergüenzas. ¿Estamos?
Asintió en silencio.
Subimos en el ascensor sin hablar. Cuando cerré la puerta del piso, le señalé el dormitorio con la barbilla.
—Desnúdate.
Diego empezó a quitarse la ropa con torpeza, los dedos perdidos en los botones del vaquero. Le aguanté la mirada agarrándome la entrepierna por encima del pantalón. Eso pareció soltarlo. Cuando se quitó el bóxer, vi la jaula de castidad de la fiesta, encajada como si la llevara puesta toda la semana.
—Buen chico —le dije—. Acércate.
Le rodeé el culo con las dos manos. Era un culo trabajado, con carne suficiente para agarrar y la firmeza justa por debajo. Lo apreté contra mi entrepierna mientras le recorría el cuello con la lengua. Le pellizqué los pezones, le bajé las manos hasta la jaula y se la apreté hasta que soltó un quejido bajo.
—Cuéntame cómo descubriste que te gustaba esto.
—Me aburría de follar siempre a mi novia. Empecé a buscar porno raro, probé con dedos y… ya sabes.
—Te volviste adicto.
—Sí —admitió bajito.
Le agarré del mentón y se lo bajé hasta la altura de mi cinturón. Me quité el pantalón y dejé la polla a un palmo de su cara. Diego no tardó ni un segundo en lanzarse. Lamía como si llevara meses esperando, frotaba la mejilla contra el tronco, se llevaba la punta a la boca y la chupaba con los ojos cerrados.
—Estabas deseándolo, ¿eh?
Asintió con la polla todavía en la boca, llenándomela de saliva. Bajaba a los testículos y los lamía con cuidado, los aspiraba enteros, volvía al glande y se atragantaba a propósito por las ganas. Le agarré la nuca y aceleré el ritmo unos segundos solo para verlo aguantar.
—Joder, qué puta —murmuré—. Así me gusta.
Lo levanté del suelo y lo empujé contra la cama, boca abajo, con el culo en alto. Le abrí las nalgas y le pasé la lengua por el ano rosado. Diego se removió, gimió con la boca hundida en la sábana y empujó el culo hacia atrás buscando más. Le metí un dedo, luego dos, mientras le manoseaba la jaula con la otra mano. Por debajo de la rejilla goteaba precum como si llevara horas a punto.
—Pídelo.
—Por favor, fóllame —dijo en un hilo de voz—. Métemela, por favor. Papi, házmelo ya.
Le restregué la punta entre las nalgas y entré despacio la primera vez. Se quejó al principio pero enseguida me devolvió el empuje con las caderas, queriendo más, queriendo todo. Empecé a moverme con el ritmo que había visto en el video del club: profundo, completo, sin descanso. Le di una palmada en el culo y el sonido resonó en el dormitorio vacío.
—Así no me sirve —dije retirándome de golpe—. Aquí mandas tú demasiado. Móntame.
Me tumbé boca arriba en la cama. Diego se acercó con los ojos brillantes, se puso a horcajadas y se ensartó él mismo de una sentada. Soltó un gemido ronco al sentir la profundidad. Empezó a botar despacio, encontrando el ángulo, y cuando lo encontró se le escapó un quejido agudo.
—Cuando yo te diga, te corres —dije apretándole las caderas para hundirle más.
Aceleré el ritmo desde abajo, golpeándole la próstata directo y sin tregua. Diego temblaba encima de mí, jadeaba, se le caía la baba por la comisura sin que pudiera evitarlo. Le sujeté las muñecas detrás de la espalda con una mano y con la otra le tiré del pelo.
—Venga, pedazo de puta. Córrete con mi polla dentro. Es así como te corres, ¿verdad? Solo así. Solo cuando te usan.
Sentí un calor pegajoso en el vientre y, al bajar la vista, vi que la jaula estaba escupiendo chorros de semen entre los barrotes, disparados a cada embestida. Diego se vino sin tocarse y sin soltar un grito coherente, solo un quejido animal que le subió desde el estómago.
Lo mantuve dentro hasta que se desplomó sobre mi pecho, sudado y sin aire. Lo aparté con suavidad, me senté en el borde de la cama y le agarré el mentón con dos dedos. Le restregué la polla por la cara unos segundos y me corrí ahí mismo, en su mejilla, en la barbilla, en los labios entreabiertos. Diego se relamió lo que le cayó cerca de la boca sin pedirle permiso a nadie.
—Ufff —suspiré.
Agarré el móvil de la mesilla y le hice una foto, con la cara llena y los ojos todavía idos.
—Para mi colección.
Diego se dejó caer en la cama satisfecho, como si fuera a dormirse ahí mismo. Le di una palmada en el muslo.
—¿Y tú quién te crees que eres para descansar? Has dejado todo perdido. Limpias y luego hablamos.
Se levantó sin rechistar. Mientras él se ocupaba de la cama y del suelo, yo me di una ducha rápida y me puse unos vaqueros. Lo encontré sentado en una silla de la cocina, otra vez vestido y otra vez encogido, esperando.
—A partir de ahora eres mi puta —le dije sirviéndome agua—. Te guste o no, aunque creo que te gusta bastante. Yo te proporciono las folladas y las humillaciones. Tú dejas a tu novia esta misma semana. Invéntate que conociste a otra, que necesitas espacio, lo que quieras. Si no, esta foto y el video acaban en el grupo de la empresa.
Diego miró la mesa durante un buen rato. Pensé que iba a llorar, pero al final solo asintió.
—Vale.
—Y otra cosa. El lunes en logística, los de tu departamento van a seguir con sus chistes de maricones porque tú no puedes cambiar eso sin levantar sospechas. Tú aguantas, te ríes con ellos y bajas la cabeza. Por la tarde te vienes aquí y me lo compensas. ¿Estamos?
—Estamos.
Le abrí la puerta y lo dejé marchar. Antes de que entrara al ascensor le agarré la nuca, le di un beso seco en la boca y le susurré al oído que el lunes lo quería con la jaula puesta debajo del pantalón. Asintió en silencio y se metió en el ascensor sin mirar atrás. Cuando se cerraron las puertas me apoyé en el marco de mi piso, sonriendo solo, pensando que los lunes en la oficina iban a ser muy distintos a partir de entonces.