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Relatos Ardientes

El chofer del taxi nocturno me dejó con ganas

Hola, queridos. Soy Saúl, aunque cuando me arreglo para salir algunos me llaman Camila. Esta vez no me vestí de nena del todo —ya saben, sigo descubriendo que les gusto más así, en plan chico con detalles que se notan solo si uno se acerca— y por eso me animé a contarles otra de mis aventuras reales. Pasó hace apenas una semana, cuando me tocó cubrir un turno tardío en una bodega del sur de Bogotá.

Salí de mi apartamento en Chapinero pasada la medianoche, con jeans ajustados, una camiseta gris y, debajo, una tanguita lila y medias hasta media pierna. Es mi costumbre desde hace años. La gente que me ve por la calle solo nota un muchacho menudo y de movimientos suaves; la gente que me toca descubre lo otro. A esa hora ya no salen buses al barrio donde tenía que ir, así que abrí la aplicación y pedí un carro.

El conductor llegó en pocos minutos. Era un Chevrolet Spark blanco, viejito pero impecable por dentro. Bajé y abrí la puerta de atrás. Adentro me esperaba un hombre joven, no más de treinta, con barba corta, brazos morenos y una camisa de cuadros remangada hasta los codos.

—Buenas noches —dijo con una sonrisa franca, mirándome por el espejo retrovisor—. ¿Salomón, verdad?

—Sí, ese soy —contesté usando el nombre falso que tengo cargado en la aplicación.

Arrancamos. Para llegar al sur tocaba atravesar toda la avenida que en el barrio llaman «la zona de las nenas». A esa hora hay muchachas y muchachas-que-no-son-muchachas paradas en cada esquina, con shorts mínimos, tacones imposibles y la cadera lista. Yo conozco la calle de memoria; he caminado por ahí muchas veces, aunque nunca a cobrar.

Él iba mirando a una y a otra mientras conducía despacio. No hacía falta ser detective para notar que ya la traía un poco apretada bajo el pantalón.

—Mire qué hembra —se le escapó cuando pasamos al lado de una pelirroja altísima, parada bajo un poste—. Esa sí me la llevaba ahora mismo.

—Esa es hombre —le dije sin pensarlo, casi por reflejo, mientras volteaba a confirmar.

—¿En serio? —giró la cabeza y la miró de nuevo—. Pues mejor. Igual la pasaría rico. Esta noche vengo en celo, le hago a cualquiera.

La respuesta me prendió la mecha. A mí no me cuesta calentarme, la verdad, pero un hombre admitiendo así, sin rodeos, que esta noche le va a quien sea, me puso a temblar por dentro. Sentí el calor subiéndome por el cuello y bajándome al estómago.

—¿Lo has hecho antes? —pregunté, fingiendo curiosidad inocente.

—Más de una vez —contestó sin sacarle los ojos al espejo, que ahora me observaba a mí—. Y la verdad, son más calientes que muchas viejas. Tienen ese hambre, ese desespero.

—Eso me dicen siempre —dije, dejando la frase colgada en el aire.

Pasaron unos segundos largos. Lo vi ajustar el agarre del volante y carraspear.

—¿A vos te lo dicen? —preguntó por fin, con voz baja.

—Mmm. Más bien me lo han hecho.

Levantó las cejas y soltó una risa nerviosa, de esas que no son risa sino tiempo para pensar. Yo miré por la ventana como si nada, sabiendo que dentro de su cabeza estaba pasando todo lo que yo quería que pasara.

Vamos, decilo. Decilo vos.

—¿Y no te animarías ahora? —dijo después de un par de cuadras—. Te lo digo en serio, hermano. Vengo bien caliente. No te cobro el viaje.

Le contesté que sí sin pensarlo dos veces. La verdad es que ni siquiera me importaba el descuento; me importaba que un desconocido me viera y me deseara con esa urgencia, sin disfraces ni juegos previos. Le señalé la primera bocacalle oscura y él metió el carro entre dos camiones estacionados, donde la luz del alumbrado público apenas llegaba.

—Pasate adelante —me dijo apagando las luces del tablero.

Me bajé y volví a subir por la puerta del copiloto. Adentro ya olía a hombre encerrado, a una mezcla de desodorante barato y sudor honesto. Me gustó. Apenas cerré la puerta él se inclinó y me puso la mano en el muslo, por encima del jean.

—Qué piernita más finita tenés —dijo, apretando.

—Esperá a ver lo que llevo debajo.

Le bajé el cierre del pantalón sin más preámbulo. Estaba duro hacía rato, eso era obvio. Saqué su miembro con cuidado, como si me lo fueran a quitar si lo soltaba. No era enorme, quince centímetros más o menos, pero estaba grueso en la base y caliente como una piedra al sol. Me lo acerqué a la cara y respiré profundo antes de tocarlo con la lengua. Me encanta ese primer instante, el segundo justo antes, cuando uno todavía no probó nada y ya tiene la boca llena de saliva.

—¿Te gusta por la boca? —me preguntó con la voz ronca.

—Es lo que mejor hago —contesté, y me lo metí entero.

Él soltó un quejido largo. Me agarré al volante con una mano para sostenerme y con la otra le acaricié las pelotas, todavía dentro del bóxer. Subí y bajé despacio, dejando que la cabeza me golpeara contra el paladar, succionando un poco más fuerte en cada salida. Se le notaba que llevaba semanas sin que se la trabajaran así. Me lo decía con las caderas, que se levantaban del asiento buscando más profundidad.

—Putita rica, así, así —murmuraba, mirando para todos lados por si pasaba alguien.

Me acomodé mejor: me arrodillé sobre el asiento, doblado en una posición incomodísima pero que a mí me encanta, y me bajé el jean hasta las rodillas. Quería que él me viera la tanguita lila por encima de las medias. Le ofrecí el culo casi por accidente. Cuando lo notó, soltó un «hijo de puta» entre dientes que me hizo reír con la boca llena.

Su mano libre, la que no estaba tirándome del pelo, fue directo a mi cola. Primero por encima de la tela, apretando, separando una nalga de la otra. Después coló los dedos por dentro de la tanguita y me acarició sin sutileza. No era un hombre de caricias, era un hombre con un trabajo y un horario apretado y muchas ganas. Yo se lo agradecía mientras seguía con la lengua.

Mojó el dedo del medio con su propia saliva y lo apoyó justo donde lo estaba esperando. Empujó. Entró sin pelear. Yo gemí sobre su verga y él entendió el mensaje. Sacó el dedo, lo mojó de nuevo y volvió con dos. Esta vez fue más despacio, abriéndome de a poco. Yo me apoyé más sobre él, separando las piernas todo lo que me dejaba el pantalón a media pierna.

Cuando intentó el tercero contuve la respiración. Tres dedos juntos no son tres dedos: son una promesa. Empujó hasta que cedí y se acomodó adentro como si esos dedos llevaran tiempo viviendo ahí.

Yo estaba ardiendo. Lo único que quería era que él tirara los dedos al asiento, me agarrara de las caderas y me cogiera duro, contra el tablero, contra la guantera, donde fuera. Pero seguí trabajándolo con la boca porque sabía, por la forma en que ya se le tensaba el muslo, que faltaba poco.

Me equivoqué de cálculo. No faltaba poco. Faltaba menos.

De pronto soltó los dedos, me agarró la nuca con las dos manos y me empujó hasta que la nariz me chocó con su vientre. Sentí el primer chorro contra el fondo de la garganta y casi me ahogo. Aprendí hace mucho que en estos casos no hay que pelear, hay que tragar. Tragué. Empezó a venirse en serio, oleadas largas, calientes, una detrás de otra, mientras gemía un «ay mami, ay mami» que en mi cabeza sonó hermoso.

Aguanté hasta el final. Cuando se vació, succioné fuerte una última vez para no dejar nada y bajé la presión muy de a poco, hasta soltarlo con un beso en la cabeza. Después le pasé la lengua por todo el largo, limpiando lo que se había quedado afuera. Él me miraba como si no entendiera de dónde había salido yo.

Me quedé un momento ahí, todavía arrodillada en el asiento, con la tanguita corrida y el corazón disparado. Tenía la verga propia presionando contra el jean, pidiendo atención. Esperé. Esperé un poco más, por si él se reponía, por si me daba la vuelta y me ofrecía lo que yo le había ofrecido.

No pasó.

—Uy, hermano, qué boca… —dijo subiéndose el cierre, todavía con la respiración agitada—. Hace meses que no me venía así.

—Yo me quedé con ganas —le dije, sincera, sentándome bien y acomodándome la ropa.

—Otro día, mami, otro día —contestó dándome una palmadita en la nalga, como quien le agradece a un mesero—. Hoy ya quedé liso.

Sonreí porque no me quedaba otra. La verdad es que estaba frustrada, ardiendo entre las piernas, con tres dedos de hombre tatuados todavía adentro. Pero también estaba satisfecha de una manera rara, esa satisfacción de saber que un tipo que arrancó la noche pensando en una pelirroja terminó vaciándose en la boca del que pidió un taxi por la aplicación.

***

Arrancó otra vez. Bajamos hasta la dirección que tenía cargada en el GPS, en una calle del sur llena de bodegas cerradas. Cuando llegamos, paró el motor y se giró hacia mí.

—En serio, no te cobro nada —dijo—. Te lo ganaste.

—Yo trabajo, no soy de las que cobran —contesté con una sonrisa torcida—. Pero gracias.

—Como quieras, mami. Si querés un viaje de vuelta a las cinco, llamame directo. Te dejo mi número.

Agarró un papelito del salpicadero, anotó algo y me lo pasó. No me llamó la atención que no quisiera que pidiera el carro otra vez por la aplicación: la aplicación deja rastro. Lo agarré igual y me lo guardé en el bolsillo del jean.

Bajé del carro y caminé las dos cuadras hasta la bodega con cuidado: tenía los tres dedos todavía adentro, en sensación al menos, y el culo me palpitaba con una insistencia que me obligaba a apretarlo cada dos pasos. El encargado de la bodega me recibió con cara de aburrido. Si supieras de dónde vengo, pensé.

Trabajé seis horas seguidas armando pedidos y pensando. Pensando en lo que no pasó. En cómo me hubiera gustado que me bajara los pantalones del todo, que me empujara contra el capó del carro y me cogiera mientras los camioneros del sur dormían a tres metros. Cada vez que cerraba los ojos para descansar un segundo, me lo imaginaba.

A las cinco de la mañana saqué el papelito. Marqué. Sonó tres veces. Cuando contestó, le dije:

—Salomón otra vez. ¿Pasás por mí?

Tardó quince minutos. Subí al asiento del copiloto sin que me lo dijera. Ni siquiera arrancó. Solo me miró un segundo largo y se le rió la boca.

—Sabía que ibas a llamar.

—Y yo sabía que ibas a venir.

Esa segunda parte, queridos, se las cuento otro día. No quiero quemar todo en una sola historia. Solo les adelanto que esa vez no me quedé con ganas, y que el sol ya estaba saliendo cuando por fin llegué a mi cama. Llegué con el culo dolorido, con marcas de dedos en las caderas y con una sonrisa que tardé dos días en quitarme.

Gracias por leer. Sigan escribiéndome, que me mantienen bien encendida.

Besos.

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