Tres desconocidos en la litera del tren nocturno
El tren había salido de la estación con una puntualidad rara para el nocturno que cruzaba la meseta de norte a sur. Me acomodé en mi litera baja del coche cama y dejé que el traqueteo monótono de las ruedas sobre los raíles me fuera adormeciendo. Por la ventana solo se distinguía la silueta de unos pinos negros recortados contra un cielo todavía gris.
Mi compartimento era pequeño y olía a desinfectante barato, pero tenía lo justo: dos literas enfrentadas y una mesilla plegable junto a la ventana. Yo iba en la de abajo. La de enfrente la ocupaba un hombre que rondaría los sesenta, de constitución sólida, cabello blanco peinado hacia atrás y una mirada que iba y venía sin que uno supiera nunca si te observaba o solo pensaba en lo suyo.
Pasaron un par de horas. Yo leía sin enterarme de nada y él dormitaba con un libro abierto sobre el pecho. Cerca de las nueve, la puerta del compartimento se deslizó y entró el tercer pasajero.
Era alto, muy alto, y de espaldas anchas. La piel oscura, brillante todavía por el sudor del andén, y unos rasgos marcados que delataban un origen del oeste africano. Llevaba una mochila militar y la ropa olía a viaje largo. Cuando se inclinó para dejar la mochila bajo el asiento, su entrepierna me quedó a la altura de la cara. Bajo el pantalón se marcaba un bulto que no podía pasar desapercibido.
—¿La de arriba está libre? —preguntó. Tenía la voz grave y un acento que arrastraba ligeramente las erres.
—Toda tuya —contesté, y noté que el corazón se me había acelerado un poco más de lo razonable.
—Issa —dijo él, tendiéndome una mano enorme.
—Iván.
El mayor nos miró desde su litera sin decir nada, pero noté cómo sus ojos pasaban de uno a otro, calculando algo que prefería no preguntarme. Issa se subió a la litera de arriba con un solo impulso y el compartimento quedó otra vez en silencio.
Las horas siguientes fueron de una calma tensa. Yo fingía leer, Issa escuchaba música con cascos y de vez en cuando el muelle del techo crujía cuando él cambiaba de postura. El mayor parecía dormir, pero cada vez que levantaba la vista me parecía verlo entreabrir los ojos. Mi mente, en cambio, no paraba. Imaginaba la piel de Issa bajo mis dedos, el peso de su cuerpo encima del mío, el sabor que tendría su boca después de tantas horas de tren.
Cerca de medianoche, el tren se detuvo en una estación pequeña, sin nombre legible desde la ventana. La iluminación del compartimento se redujo a una luz azulada de emergencia. Cerré los ojos y fingí dormir.
Entonces oí crujir el muelle. Issa bajaba de la litera con cuidado, los pies descalzos sobre el suelo de linóleo. Pensé que iba al baño del vagón. Pero el colchón a mi lado cedió de pronto y una mano grande y caliente se metió bajo mi manta y me buscó el muslo por encima del pantalón del pijama.
—¿Estás despierto? —susurró, tan cerca de mi oreja que sentí el aliento.
Asentí en silencio. La mano subió, encontró el elástico de mi calzoncillo y siguió hasta apretarme una nalga entera.
—Te quería desde que entré —murmuró—. Llevo horas sin pensar en otra cosa.
Me giré despacio y quedé frente a él. La penumbra me dejaba ver el brillo de sus ojos y la línea blanca de sus dientes. Le contesté con un susurro:
—Yo también.
Sus manos se deslizaron bajo mi camiseta y encontraron mis pezones, ya duros sin que él hubiera hecho nada todavía. Me los pellizcó con los pulgares, despacio, midiendo cada reacción. Yo levanté las caderas para ayudarle a bajarme el pantalón y el tanga negro que llevaba debajo se enganchó en sus dedos.
—Estoy muy cachondo —dijo él.
—Y yo —contesté, y le mordí el labio inferior.
Issa se metió entero bajo mi manta, desnudo, con el cuerpo todavía caliente del trayecto. Lo recorrí con las palmas: pectorales sólidos, abdomen marcado, una cicatriz larga en el costado de la que no le pregunté. Su boca me buscó el cuello, después la clavícula, y bajó sin prisa hasta el ombligo.
—Date la vuelta —susurró.
Obedecí. Lo sentí escupir y la humedad de sus dedos abriéndome con paciencia. No tenía lubricante encima, pero sus dedos sabían bien lo que hacían y yo estaba tan listo que aquello no importaba. La punta de su verga, dura como una piedra, empezó a presionar.
—Tranquilo, despacio —me dijo—. Ya vas a ver.
Entró centímetro a centímetro. Tuve que morder la almohada para no soltar el gemido que se me venía. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó un instante quieto y luego empezó a moverse, primero suave, después con más cadencia, hasta que el colchón empezó a marcar el ritmo contra el tabique.
Miré hacia la litera de enfrente. El mayor estaba despierto. Sus ojos brillaban en la penumbra y bajo la manta había un movimiento inequívoco. Saber que me veía, que se la estaba tocando para nosotros, me prendió todavía más.
—Así, sigue, no pares —jadeé, ya sin disimulo.
Issa me agarró por la cadera con una mano y por la nuca con la otra. Sus embestidas se fueron haciendo más hondas, más rápidas, y el compartimento se llenó de ruidos: el muelle que protestaba, el jadeo grave de él en mi oreja, el crujido del tabique y mis propios gemidos que ya no me molestaba en contener.
—Me voy a correr dentro —dijo después de varios minutos.
—Dentro —pedí—. Córrete dentro.
Soltó un gruñido ahogado y noté el chorro caliente llenándome. Sin que él me hubiera tocado, yo me corrí casi al mismo tiempo contra la sábana. Nos quedamos así un buen rato, respirando, con su peso sobre mi espalda y su frente apoyada entre mis omóplatos.
—No hagas ruido —murmuró al rato—. El otro duerme.
Asentí, aunque los dos sabíamos que no era cierto. Issa volvió a su litera con el mismo sigilo con el que había bajado. Yo me tapé hasta la barbilla y, cuando me atreví a abrir los ojos, vi que el mayor seguía mirándome desde su lado del compartimento con una media sonrisa que no necesitaba traducción.
***
A la mañana siguiente, el ambiente había cambiado. El mayor sirvió café del termo que llevaba y me alcanzó una taza con una sonrisa cómplice.
—Qué bien habéis descansado los dos —dijo, sin mirar a nadie en concreto.
Sentí que me ardían las orejas. Issa apenas levantó la vista del bocadillo.
—Muy bien —respondió él, y me miró con una intensidad que el mayor no podía no notar.
Terminado el desayuno, el mayor anunció que iba a estirar las piernas por los pasillos del tren. La puerta apenas se había cerrado cuando Issa se sentó en mi litera y me puso una mano en la nuca.
—Quiero otra vez —dijo.
No hizo falta más. Me arrodillé entre sus piernas y le bajé el pantalón. La tenía ya medio dura y se le acabó de poner en cuanto le pasé la lengua por la punta. Me la metí en la boca despacio, todo lo hondo que pude, y empecé a moverme. Él me sujetó por el pelo con suavidad, sin imponer ritmo, dejándome marcarlo a mí.
—Qué bien lo haces —susurró.
Sentía su sabor, el calor en el paladar, los nervios de su muslo bajo mi mano libre. Estaba absorto en darle placer cuando me agarró de los hombros y me hizo subir.
—Siéntate.
Le obedecí. Me coloqué a horcajadas sobre él y, con su mano guiándola, me empalé despacio. El gemido se me escapó sin que pudiera retenerlo. Empecé a moverme arriba y abajo, primero lento, después con más ganas, sintiendo cómo me llenaba con cada bajada.
La puerta del compartimento se abrió sin previo aviso. Era el mayor. Se quedó un instante en el umbral, sin sorprenderse demasiado, y entró.
—No paréis por mí —dijo, y se sentó en su litera—. Llevaba toda la mañana esperando esto.
Lejos de cortarme, sentí que se me ponía todo el cuerpo en alerta. Seguí montando a Issa con más vigor, mirando al mayor a los ojos mientras él se desabrochaba el pantalón y se sacaba la suya. La tenía más grande de lo que cabía esperar, gruesa, marcada por venas oscuras.
—¿Puedo? —preguntó.
Asentí. Se acercó. Giré la cabeza y se la tomé en la boca mientras seguía moviéndome sobre Issa. Durante los minutos siguientes los tres encajamos en el compartimento como si lo hubiéramos ensayado: el mayor de pie a un lado, Issa debajo de mí, y yo en el medio, abierto por delante y por detrás, con dos hombres que no se conocían usándome a la vez y respetándose el turno.
***
Esa tarde Issa miró su reloj y, con cierta tristeza, dijo que se bajaba en la siguiente parada.
—Qué pena —contesté, y no era cortesía.
—El viaje no se acaba aquí —dijo él, guardando mi número en su móvil—. Nos volveremos a ver.
Bajó en una estación que solo era un andén y un cartel de hierro oxidado. Lo vi desde la ventana cargar la mochila y perderse hacia un coche aparcado en la cuneta. Cuando me giré, el mayor me miraba desde su litera con una calma nueva.
—Ahora quedamos nosotros —dijo.
Su mano encontró mi muslo sin titubeo. Yo asentí. Era inevitable.
***
Esa noche, con el compartimento solo para los dos, me desperté otra vez con el colchón hundiéndose a mi lado. El mayor se había metido bajo mi manta completamente desnudo. La tenía dura, mucho más de lo que cabría esperar de un hombre de su edad sin ayuda.
—Quiero que me la chupes —susurró.
Bajé sin hacerme rogar. Su verga era larga, más recta que la de Issa, con venas gruesas que la recorrían como cuerdas. Me la fui metiendo a fondo, una vez, otra, hasta que él respiraba ya entrecortado.
—Dámelo en la boca —pedí, levantando la vista solo un segundo.
Se corrió con un gruñido ronco, sujetándome la cabeza con las dos manos. Tragué casi todo y, cuando me aparté, vi con sorpresa que seguía igual de duro.
—Viagra —explicó con media sonrisa—. Para noches largas.
Y fue una noche larga. Me tomó de todas las formas que se le ocurrieron. Tumbado boca abajo, con él encima cubriéndome la espalda entera. A cuatro patas, agarrándome de las caderas como si fuera a romperme. Sentado sobre él, con la espalda contra su pecho y su barba blanca raspándome la nuca. Perdí la cuenta de las veces que me preguntó si quería más y de las veces que dije que sí.
—Date la vuelta —ordenó cerca de las tres de la mañana—. A cuatro patas otra vez.
Le hice caso. Sus embestidas, para ser un hombre que pasaba de los sesenta, eran de una contundencia que no me esperaba. Cada empuje me llegaba hasta dentro y me arrancaba un sonido nuevo.
—Me encanta tu culo —dijo, con la voz cortada—. Apretado, caliente, todo mío esta noche.
—Más fuerte —pedí, y empujé yo también contra él—. Hazme tuyo.
Obedeció. Se volvió salvaje, sin medirme, y yo me corrí por segunda vez sin necesidad de tocarme cuando él se vació dentro por cuarta vez en aquella noche.
Nos quedamos abrazados hasta que las primeras luces empezaron a entrar por la ranura de la cortina. Él todavía dentro, yo todavía hecho un guiñapo agradecido.
—Esto no se acaba aquí —dijo finalmente, retirándose despacio—. Nos queda otro día de viaje.
Sonreí contra la almohada. El cuerpo me dolía en sitios que ni sabía que existían. Y, sin embargo, no podía esperar a ver qué traerían las próximas horas en aquel coche cama del nocturno.