Contraté un fotógrafo desnudo y terminé en trío
Subí al coche con las manos un poco sudadas y el GPS marcando una dirección que no conocía. No era el trayecto lo que me ponía nervioso, sino lo que iba a pasar al llegar. Hacía apenas dos semanas que había publicado el anuncio en mi página y, aunque las consultas empezaron a llegar enseguida, todavía no confiaba del todo en mí mismo. Esta era la tercera sesión que aceptaba con la modalidad nueva: yo desnudo detrás de la cámara, cliente desnudo delante.
Aparqué donde indicó el navegador. Una zona residencial al norte de la ciudad, calles vacías, chalés con garaje propio. Toqué el timbre y me abrió una chica de servicio uniformada que me acompañó hasta un salón enorme, con sofás de cuero claro y un ventanal abierto al jardín. Me preguntó si quería algo de beber. Le pedí un agua y se fue. Me quedé de pie mirando los cuadros de la pared, intentando recordar las dos respiraciones largas que siempre me ayudaban antes de disparar.
—Hola, ¿Mateo?
Me giré. El cliente apareció por la puerta del fondo en pantalón corto y camiseta blanca. Treinta y pocos, moreno, delgado pero firme.
—Sí, hola.
—Encantado, Damián.
—Igualmente. Reconozco que estoy un poco nervioso, es la primera vez que monto algo así. Vi tu anuncio, miré tu portafolio y al final me lancé.
—Tranquilo, es normal. Cuéntame qué buscas y desde dónde quieres empezar.
—La idea es comenzar con algo en ropa interior, sobre el sofá, y después algo más abierto. La primera hora estaremos solo tú y yo. Luego viene un amigo con el que me veo de vez en cuando, le hablé del proyecto y se apuntó.
—Perfecto. Empezamos donde te sientas cómodo.
—El salón está bien para arrancar. Después, sin nada, podemos pasar a la cocina y al jardín, hasta que llegue Bruno.
Saqué las cámaras de la mochila y las dispuse con cuidado sobre la mesa alta. Comprobé baterías, tarjetas, el reflector portátil. Mientras él se quitaba la camiseta, yo me deshacía del pantalón, los calcetines y la ropa interior. Doblé todo en una silla y volví a la mesa, ya desnudo.
Damián me miró con una sonrisa torcida.
—Vaya. No sé si voy a aguantar relajado en mis partes con esa polla colgándote tan a la vista.
—No te preocupes —le dije sonriendo—. La idea es que estés cómodo. Si me empalmo, me empalmo. Si tú también, mejor.
Para mí desnudarme era la parte fácil. En mi piso, cuando no esperaba visita, andaba sin ropa la mayor parte del día. Cuando se me ocurrió ofrecer estas sesiones con el fotógrafo también en bolas, fue como cerrar un círculo: formar parte de la escena sin necesidad de salir en el encuadre.
—Vale, ahora ponte cómodo. Ve cambiando posturas, busca posiciones distintas para el cuerpo y para la cara.
Empecé disparando desde el suelo, en picado y contrapicado. Damián tenía un cuerpo bonito, no excesivamente marcado pero limpio, con esa piel tostada que recoge bien la luz lateral. Las facciones, en cambio, las tenía demasiado tensas para lo que buscaba. Le pedí que cerrara los ojos un par de minutos, que respirara hondo. Funcionó.
Le pedí que se diera la vuelta y se bajara el bóxer hasta la mitad. Tenía un culo redondo, blanco donde nunca le tocaba el sol. Le hice fotos desde todos los ángulos, le bajé la prenda hasta los tobillos, le pedí que subiera las piernas y abriera un poco. Lo que veía por el visor me empezó a poner. Mi polla, que había salido tranquila de casa después de una buena paja, empezó a engordar contra el muslo.
Damián giró la cabeza y me miró.
—Mola verte así. No sabía que esto iba a ir tan rápido.
—La cámara me lleva a su rollo —contesté—. Y viendo lo que veo, no tiene mucho mérito.
Se giró del todo. Lo que tenía entre las piernas era de las pollas más grandes que había visto fuera de una pantalla. Larga, gorda, y unos huevos pesados que le colgaban con un peso evidente.
—Vamos a tardar un rato en fotografiar eso —dije.
—Llevo años incómodo con ella. Quiero quedarme con un recuerdo bonito.
Hice el trabajo. Cada plano, cada centímetro, los detalles desde abajo, los huevos en primer plano, la sombra que la polla proyectaba sobre el muslo. Cuando le pedí que se la trabajara con la mano, se puso aún más imponente, y al rato él miraba sin disimulo lo que yo tenía entre las manos.
—Me gusta cómo te gotea —dijo.
—La tienes muy cerca.
Estiró la mano y me agarró el glande con dos dedos. Empezó a jugar con el líquido preseminal que no paraba de salir, repartiéndolo por la punta. Mis huevos empezaron a tensarse. Yo seguía disparando, ya sin mirar el visor, mecánico.
—Quiero que te corras encima de mí —murmuró—. Y que lo fotografíes.
No tardé ni medio minuto. Bajé al sofá con la cámara en la mano izquierda y disparé en ráfaga mientras le regaba el pecho, la garganta y la mandíbula. Una corrida larga, espesa, que me dejó vacío y mareado. Damián se untó el cuerpo con mi semen como si fuera aceite, se agarró su polla con la mano llena y empezó a masturbarse despacio, mirándome.
Dejé la cámara a un lado. Me incliné y le abracé esa polla con la boca, los huevos primero, uno por uno, lisos y calientes. Subí por el tronco hasta donde pude. Me daban arcadas y no me importaba. Cuando levanté la vista, él me sostuvo la mirada, me empujó la nuca hacia abajo y se corrió dentro de mi garganta con un gemido sordo.
***
Lo dejé respirar dos segundos antes de hacerle levantar las piernas. Le encontré el culo casi sin vello, sonrosado, perfecto. Cogió con la palma la corrida que aún le resbalaba por el pecho y se la repartió por el ano él mismo. No esperé. Le metí la polla de golpe y se retorció.
—Despacio —siseó.
Le mantuve la polla quieta dentro un rato, dejando que se acostumbrara. Después empecé a sacarla entera y volver a meterla. Es una manía que tengo: sacarla del todo y entrar otra vez, como si fuera la primera. A mí me lo hacen y odio la sensación, pero no me puedo resistir cuando soy yo el que folla. Me chupé los dedos de uno de sus pies mientras se la metía. Damián gritaba contra el cojín. Le embestí con fuerza hasta que noté que volvía a tensarse, y le solté lo que me quedaba dentro.
Cayó hacia adelante sobre el sofá, riendo. Me limpió la polla con la lengua, despacio, mientras sonaba el timbre.
—Sí —dijo, hablando hacia el interfono.
—Soy Bruno.
—Sube, guapo. Estamos en el salón. No te asustes, vamos por la segunda parte de la sesión.
—Mejor —rió la voz al otro lado.
Bruno entró como si nada, soltando la mochila junto a la puerta. Tendría la misma edad que Damián, un poco más bajo, con el pelo rapado y la barba corta. Echó un vistazo a la escena —los dos en el sofá, sudados, las pollas tiesas, el suelo brillando— y soltó una carcajada.
—Coño, vais con ventaja.
Se desabrochó el pantalón corto y lo dejó caer. La tenía como yo, normal pero juguetona, ya despertando contra el muslo. Se sentó entre nosotros y empezó a masturbarse con calma mientras nos miraba.
—Sigo con las fotos —dije, levantando la cámara de nuevo.
—Qué pena —contestó él.
—Para todo hay tiempo.
—Vale, así me follo a Damián mientras tanto.
—Es todo tuyo. Ya viene bien preparado.
Damián se puso a cuatro patas en la alfombra. Bruno se arrodilló detrás, se escupió en la mano, se untó y se la metió de una sola embestida. La polla normal pero rápida salía y entraba con un ritmo seco, golpeándole los muslos. La mía, que había vuelto a ponerse dura sin permiso, me pedía guerra.
Me bajé al suelo con la cámara y disparé desde abajo. La polla de Damián goteaba pegada al estómago. Los músculos de la espalda de Bruno se contraían cada vez que empujaba. Me coloqué detrás de él y le miré el culo: completamente limpio, sin un pelo, redondo, blanco. No pude evitarlo. Dejé la cámara a un lado, le saqué la polla del culo de Damián, le hice agacharse y se la metí en la boca a su amigo mientras yo le comía a él el ano.
Me esmeré. Lamí, escupí, metí un dedo, dos, tres. Cuando casi entraban cuatro, me incorporé, me escupí en la polla y se la metí. Bruno gritó contra el cojín. Le agarré las caderas y le follé con todas las ganas que tenía. Damián, debajo, tenía el culo tan abierto a esas alturas que se metía solo tres dedos sin pestañear.
Me sentía poseído. Olía a sudor, a semen, a piel caliente. Le saqué la polla a Bruno y le pedí que se tumbara boca arriba. Le levanté las piernas y seguí follándolo desde ahí, mientras Damián se arrastraba hasta mi cara y yo le tragaba la polla de lado, intentando no ahogarme.
Saqué la polla de Bruno con facilidad. Le pedí a Damián que se tumbara sobre él. Coloqué la polla de Bruno otra vez en su culo y metí la mía al lado. El placer fue distinto a todo. Nunca había compartido un culo con otra polla. El roce era casi insoportable. Damián gemía contra el hombro de Bruno, y Bruno terminó primero, soltando dentro un chorro caliente que me empapó la polla. Yo aguanté un poco más, le saqué la polla, me masturbé deprisa y le solté la última corrida del día sobre el culo abierto.
Damián se dejó caer entre los dos. Le comimos la polla entre Bruno y yo, alternando, hasta que se corrió en nuestras bocas con un grito ronco. Terminamos los tres besándonos en el suelo, con las barbas mojadas, riendo en voz baja.
***
—Joder, qué gozada —dijo Bruno, con los ojos clavados en el techo—. La tengo todavía dura.
—Yo igual.
—Creo que toca ducha. Y baño. Me habéis dejado el culo como la bandera de Japón.
—Gracias por dejarte —dijo Damián, sonriendo.
—Ha sido un buen trío, sí.
—¿Ducha?
Nos levantamos. La alfombra era un desastre. Bruno fue corriendo al aseo con una mano detrás y oímos perfectamente cómo se vaciaba. Nos miramos y nos entró la risa floja.
La ducha del piso de arriba era grande, con asiento de obra y dos alcachofas. Entramos los tres. Nos enjabonamos despacio, con más manos de las necesarias. En menos de cinco minutos estábamos otra vez empalmados. Apoyé las manos en el alicatado y dejé que Damián me enjabonara el culo. Con el gel, los dedos entraban solos.
Bruno me trabajó primero. La tenía gorda, eso ya lo sabía, y entró a la primera. Era distinta. Apretaba los lados y dejaba una sensación de llenado que no había probado nunca. Me sostuve contra la pared con los antebrazos, dejando que marcara él el ritmo, mientras Damián, sentado en el banco, se acariciaba la polla esperando turno.
Le pedí que cambiaran. Miré por encima del hombro a Damián, que se sostenía la polla con una mano, y se me hizo la boca agua. Me golpeó la entrada un par de veces con la punta y, sin avisar, me la metió entera de una sola embestida.
No vi las estrellas. Vi el universo entero.