Obedecí a un desconocido con mi novio durmiendo al lado
Esto que voy a contar no es exactamente una confesión. Es más bien una carta de amor, de rendición y de adoración a un hombre cuyo nombre verdadero nunca llegué a saber, y que durante una semana de hace dos veranos me controló la cabeza por completo. Nunca, antes ni después, sentí con tanta claridad lo débil que soy. Nunca deseé con tanta fuerza obedecer.
Estoy convencido de una cosa: todos somos dos personas. Una por fuera, la que ven en el trabajo y en la cena de los domingos. Y otra por dentro, la que solo sale cuando nadie mira. La mía lleva años queriendo desaparecer dentro de la voluntad de otro.
Digamos que la isla era Menorca, en el verano de hace dos años. Yo estaba de vacaciones con Adrián, mi novio, que me conoce solo hasta cierto punto. No sabe que necesito ser dominado y manejado. No sabe que sueño cada noche con encontrar a un cabrón tóxico que me anule, que me convierta en un trapo y que después me destroce un poco más, solo por el gusto de hacerlo.
Mi fantasía siempre fue la misma: ser un dron, un perro que obedece sin preguntar, que suplica la siguiente dosis de desprecio como si fuera oxígeno. Me dormía imaginando que algún día daría con un monstruo capaz de volverme adicto a su crueldad, capaz de freírme el cerebro hasta hacerme acabar sin tocarme, solo con oír el sonido de su cinturón al abrirse.
Pero mi vida de cara afuera es otra. Soy el novio formal, el que lleva una vida envidiable, el que sonríe en las fotos y paga sus facturas a tiempo.
Y no, Adrián no puede ser ese hombre. Lo intentamos. Jugamos alguna vez a la dominación y la sumisión, más como un ejercicio de teatro que como otra cosa, y todo salía falso, forzado, casi cómico. Él me quiere demasiado bien. La ternura le puede. No tiene dentro al monstruo que yo necesito, y obligarlo a fingirlo me daba una pena infinita.
Así que, a sus espaldas, busqué. Conocí a hombres que aceptaron controlarme a distancia, dentro de lo posible, sin levantar sospechas. En cada uno buscaba una crueldad nueva, una indiferencia distinta, un giro más perverso. La mayoría se cansaba pronto. Querían sexo rápido y yo quería algo mucho peor: quería entregar la voluntad y que me la quitaran de verdad.
La fachada, mientras tanto, intacta. Nadie sospechó nunca nada. Llegué a sentarme en la cena de Nochebuena en casa de mis padres con un plug metido en el culo porque un desconocido me lo había ordenado por mensaje esa misma tarde. Pasé los entrantes y el brindis sin que se me moviera un músculo de la cara. Por dentro temblaba de gratitud.
Pero aquel no fue él. La historia que importa pasó en Menorca.
***
Para entonces yo llevaba hablando con ese hombre algo más de diez días. Sabía que iba a viajar a la isla con mi novio, y la idea de meterme en aprietos delante de él le divertía como un juguete nuevo. Me decía que yo era su presa. Que él era el científico loco y yo el cuerpo atado sobre la mesa de operaciones, indefenso, a su disposición. Decía que se había metido dentro de mi cabeza y que ya no había forma de echarlo. Cada frase suya caía como un golpe seco, y yo agradecía cada golpe.
Los días previos al viaje los pasé en la oficina pendiente del teléfono, mojado, manchando la ropa interior cada vez que vibraba. Él elegía qué calzoncillos me ponía cada mañana; le mandaba una foto y esperaba el veredicto. Me hacía escribirle que él era mi amor verdadero, el único. Me hacía masturbarme en voz baja repitiendo su nombre, jurando que le cedería todo, hasta mis derechos. Me decía que iba a inhabilitarme, que me encerraría en un sitio del que no saldría nunca, y yo no deseaba otra cosa en el mundo. Sus palabras hacían que mi cuerpo se moviera solo.
Adrián recuerda esas vacaciones como las más felices de los dos. Yo también, aunque por motivos que él jamás entenderá. Me veía relajado, distraído, sin mencionar el trabajo, sonriendo sin razón aparente mientras cenábamos pescado en un puerto pequeño con las barcas crujiendo en el agua.
No sonreía por la cena. Sonreía porque tenía la cabeza secuestrada.
Hackeada. Yo era el dron de otro hombre, y mi novio brindaba conmigo sin saberlo.
***
Lo que más me asusta, todavía hoy, es lo bien que funcionó. Lo que él hacía con las palabras tenía algo de hipnosis, y los efectos duraban días. El impacto de aquella semana me cambió por dentro de una manera que no he sabido deshacer. A veces pienso que nunca volveré a ser tan feliz, que nunca volveré a conocer un abandono tan completo, tan romántico, tan absoluto.
Llegamos lejos. Una noche, sobre las diez, mientras Adrián se duchaba, me escribió una cosa muy simple. Me dijo que yo iba a enviarle un mensaje cada dos horas exactas durante la noche: a las doce, a las dos, a las cuatro y a las seis. No lo planteó como una orden. No había amenaza. Lo dijo como quien anuncia algo que va a ocurrir sí o sí, igual que se anuncia la marea.
Me metí en la cama con mi novio y pensé, con una tristeza enorme, que lo iba a decepcionar. Mi amo. Mi cabrón. Mi amor tóxico. Mi científico loco. Mi sádico. No había manera humana de poner el despertador cada dos horas sin que Adrián, que tiene el sueño ligero, se despertara y preguntara qué pasaba.
Nos acostamos pronto. La habitación olía a sal y a la crema solar del día. A las doce en punto, con Adrián respirando hondo a mi lado, agarré el teléfono bajo las sábanas, bajé el brillo de la pantalla al mínimo y escribí el primer mensaje de la noche. Le dije que era suyo. Pulsé enviar y me quedé mirando el techo. Me dormí triste, convencido de que no habría un segundo mensaje.
***
A las dos menos dos minutos, mi cerebro me despertó.
No exagero. No sonó nada. No me moví por casualidad. Abrí los ojos de golpe, completamente lúcido, como si alguien hubiera accionado un interruptor dentro de mi cráneo. Y la sensación que me recorrió el cuerpo fue el subidón de felicidad más intenso que he sentido en mi vida. Mis ojos no se habían abierto solos: los había abierto él, desde la distancia, desde otra ciudad, sin tocarme. Su orden me había reprogramado. Mi cuerpo había obedecido a una voz que ni siquiera estaba en la habitación.
Le escribí el segundo mensaje con las manos temblando. Me levanté con cuidado, descalzo sobre las baldosas frías, y fui al baño. Estaba tan mojado que por un segundo pensé que me había orinado encima. No era eso. Era el cuerpo respondiendo a algo que la cabeza ya no controlaba. Me lavé la cara, me miré en el espejo y casi no me reconocí. Volví a la cama de puntillas. Adrián ni se inmutó.
A las cuatro menos dos minutos, otra vez. El mismo despertar limpio, la misma descarga, la misma obediencia perfecta. Mensaje enviado. A las seis menos dos, lo mismo. Cuatro despertares clavados, sin una sola alarma, solo con sus palabras instaladas en mí como un programa.
Después de ese ya no pude volver a dormir. Me quedé tumbado boca arriba, escuchando la respiración de mi novio y el primer canto de los pájaros, y lloré un rato largo. No de pena. Lloré de felicidad, de gratitud, de algo parecido a la fe. Vi entrar la luz gris por la rendija de la persiana y cómo se volvía dorada poco a poco.
A las ocho le escribí un último mensaje, uno largo, lleno de amor y de adoración, dándole las gracias por lo que me había hecho. Y solo entonces, solo cuando él quiso, me dio permiso para volver a dormir.
Volví a cerrar los ojos llorando todavía, feliz, y me dejé caer otra vez dentro de mi vida cómoda, ordenada, llena de apariencias. Adrián se desperezó a las nueve, me dio un beso en el hombro y me preguntó si había dormido bien.
—Como un tronco —le dije.
Y era casi verdad. Había dormido como un tronco que alguien movía y devolvía a su sitio a voluntad.
***
No fue la única noche. Hubo más, esa semana y después. Pero ninguna como aquella, porque ninguna me enseñó tan bien lo lejos que estoy dispuesto a llegar, lo poco que me cuesta entregarlo todo cuando la voz adecuada me lo pide.
Hace tiempo que perdí el contacto con él. Cambió de número, desapareció, se cansó de su juguete o encontró otro mejor. A veces, de madrugada, me despierto a las dos menos dos minutos sin ninguna razón, con el corazón disparado, y me quedo esperando una orden que ya no va a llegar.
Adrián duerme a mi lado, tranquilo, ajeno a todo. Lo quiero. De verdad que lo quiero. Pero hay una parte de mí que sigue esperando, en la oscuridad, a que un desconocido me diga otra vez lo que tengo que hacer.