Desperté en la cama del abogado de mi padre
Me levanté del colchón ancho con el cuerpo entero pesado y el culo dolorido. Hernán seguía dormido boca abajo, las sábanas enredadas en sus piernas y la espalda subiéndole y bajándole con esa respiración lenta de los hombres que duermen tranquilos. Era abogado, uno de los más conocidos del centro, y llevaba casi un año detrás de mí.
Me había perseguido desde que cumplí los dieciocho. Aparecía en la puerta del club, en la confitería de la esquina, en cualquier lugar donde supiera que yo pasaba. Cuando venía a casa por algún asunto con mi padre, buscaba la manera de quedarse a solas conmigo. Me acariciaba la nuca, me apretaba el hombro, dejaba la mano más tiempo del necesario sobre mi rodilla cuando se sentaba a mi lado. Yo siempre me le escapaba. Y siempre me iba con la sangre revuelta.
Él me gustaba. Me gustó desde el primer día. Igual que me había gustado Damián, otro amigo de mi padre, el que me desvirgó una tarde en que mis padres habían salido a hacer trámites y le habían pedido que me cuidara. Yo tenía recién cumplidos los dieciocho, ya sabía que me atraían los hombres, me masturbaba pensando en ellos hasta dejarme las manos temblando, pero todavía no había probado una verga de verdad.
Damián me la hizo conocer. Me trató con paciencia, me besó las orejas, me fue desnudando despacio mientras me decía cosas al oído que no había escuchado de nadie. Cuando se sacó el pantalón y vi lo que tenía, me quedé helado. Era gruesa, marcada por las venas, larga, y la sostenía con una mano como si fuera lo más natural del mundo. Me enseñó a chuparla sin apurarme. Me enseñó a saborearle los huevos, redondos y llenos. Esa tarde, entre besos y caricias que me dejaron mareado, Damián me cogió por primera vez. Lloré de dolor, grité de placer, todo a la vez. Me llenó el culo de leche y al día siguiente lo busqué para que lo hiciera de nuevo. Durante semanas no pude pensar en otra cosa, hasta que él mismo me hizo entender que no era el único hombre del planeta.
Damián tenía la edad de mi padre, cuarenta y dos años, casado, con dos hijos en el colegio inglés. Rubio, ojos casi celestes, una barbita corta que le quedaba bien, los labios delgados y rojos. Atlético, perfumado, el tipo de hombre que cuando entra a un lugar todas las miradas lo siguen. A mí me volvió loco desde que lo conocí siendo chico, cuando él venía a comer asado a casa los domingos y yo lo espiaba desde la ventana de mi cuarto.
Ahora estaba en el baño de Hernán, dejando correr el agua tibia, orinando interminablemente después de haber acabado dos veces durante la noche. Tenía que irme antes de que él despertara del todo. Él también tenía que volver a su casa, donde su mujer y sus hijas se habrían levantado ya. Pero esos eran sus problemas, no los míos.
***
Después de que Damián me empujara a buscar otros hombres, fue él mismo quien me presentó a Octavio. Lo había acompañado a una fiesta en un country, una de esas reuniones donde mi padre no estaba invitado, y entre los hombres maduros que tomaban whisky junto a la pileta, Octavio se acercó con una sonrisa que parecía de lobo.
—Eras un chico de diez años cuando te conocí —me dijo—. Por eso no te acordás de mí.
—La verdad que no, pero está bien que nos encontremos ahora, ¿no?
Le vi correr la saliva por la comisura de los labios, como un sediento. Me invitó a salir de allí enseguida. Tenía chofer, un auto largo con un vidrio que separaba la parte de adelante del asiento de atrás. Apenas el motor arrancó le bajé el cierre del pantalón. Octavio echó la cabeza atrás contra el cuero del asiento y me dejó hacer. Le mamé la verga hasta que acabó como un animal, mordiéndose el puño para no hacer escándalo.
Después nos besamos sin parar hasta llegar a una casa apartada en las afueras, una construcción baja rodeada de pinos. Allí me cogió hasta entrada la madrugada. Tomamos vino, comimos algo de la heladera, descansamos un rato y volvió a montarme. Octavio era un amante insaciable. Cincuenta y largos, canoso, poco pelo en el cuerpo, ojos duros que se ablandaban cuando estaba dentro de mí. Me cogió con la ternura de un viejo que sabe que el tiempo se le escapa entre las manos.
Lo seguí viendo durante meses. Fue uno de los motivos por los que dejé de perseguir a Damián.
***
Aun así, no quería acercarme a Hernán. El abogado me mandaba mensajes, me llamaba, me dejaba notas en la portería del edificio. Yo le escapaba. Hasta hoy no sabría decir por qué. ¿Miedo? ¿Una intuición? Había algo en él que me hacía temblar de una manera distinta. Cada vez que lo veía me ponía caliente al punto de tener que cerrar las piernas. Y él lo sabía. Sabía que yo me acostaba con otros amigos de mi padre y eso lo enfermaba de celos.
Antes de caer con él, mi padre me mandó a la oficina de otro conocido suyo, un tal Ignacio, para que le diera una mano administrativa y de paso aprendiera lo que era levantarse a las ocho de la mañana. Una tarde calurosa de noviembre me presenté en el edificio del microcentro. Me atendió Marisol, la secretaria, una rubia de unos veinticinco que me midió de arriba abajo desde detrás del escritorio. Después se abrió la puerta del fondo y apareció Ignacio.
Unos días más tarde me tenía abierto de piernas en un albergue transitorio sobre la autopista. Ignacio era corpulento, mucho gimnasio, los brazos llenos hasta el codo de venas saltadas. Morocho, fuerte, una verga gruesa como pocas que vi en mi vida y unos huevos depilados que parecían dos frutas maduras. Le gustaba que le chupara el ano largamente, varios minutos seguidos, hasta que su poronga se ponía dura como una piedra y yo terminaba con la mandíbula entumecida.
Cuando finalmente me la metía, me hacía gritar como una perra. Me cogía en cuatro, de costado, de espaldas, sentado contra el respaldo de la cama. Me acababa varias veces sin tocarme la verga, sólo con el roce constante adentro. Le gustaba terminar afuera, en la cara o en la boca, pero después me llenaba el culo de crema para que durmiera con su olor encima.
Ignacio tenía los ojos color café, las manos elegantes a pesar del tamaño, dientes parejos, mandíbula en punta. Le gustaban los chicos jóvenes y no lo escondía. En la oficina me trataba con la distancia profesional de un jefe, pero apenas cerraba la puerta del despacho me ponía contra el escritorio y me empujaba la cabeza hacia su entrepierna. Marisol no pudo no haberse dado cuenta. Pero nunca dijo nada.
***
Pasaron varias semanas de encuentros con Ignacio. Una noche fui a una fiesta de cumpleaños en una casa quinta. Tomé más de lo que aguantaba. En algún momento de la madrugada terminé en un cuarto del fondo con un tipo que no conocía y que intentó pasarse de la raya. Yo le dije que no, que parara, y él insistió. Me agarró por la muñeca, me empujó contra la cama. De la nada apareció Hernán en la puerta.
Lo levantó del cuello, lo sacó del cuarto, lo dejó tirado en el pasillo. Después me miró y me preguntó si estaba bien. No lo estaba. Estaba mareado, temblando, con ganas de vomitar. Me levantó como si no pesara nada y me sacó de la casa por la puerta de servicio. Su auto estaba sobre la avenida, con las balizas puestas.
Me llevó a su departamento del centro. Me dio a tomar un agua mineral con limón y un comprimido que me tranquilizó el estómago. Me hizo acostarme en su cama. Yo me dormí enseguida, vestido todavía, con el olor a fiesta encima.
Cuando me desperté, era cerca del mediodía. Hernán estaba sentado en el sillón del cuarto, leyendo el diario, recién bañado, perfumado. Me miró por encima de las gafas con una sonrisa breve.
—Buenos días, dormilón. ¿Cómo te sentís?
—Hola, Hernán... bien, estoy mejor.
—Te traje un café liviano y unas tostadas. Comé despacio.
Me acomodó la bandeja sobre las rodillas. Su perfume me llegó directo al pecho. Comí lentamente, mirándolo de reojo. Él iba y venía por el cuarto buscando ropa para mí en uno de los placares.
—¿Puedo ducharme? —pregunté con la voz más baja de lo que quería.
—Pero claro, mi cielo. Tomate el tiempo que necesités.
Lo dijo casi en un susurro y me dejó la piel erizada. Me dio privacidad. Me duché largamente, sintiendo cómo el agua caliente me sacaba la noche del cuerpo.
Cuando salí del baño con una toalla en la cintura, él estaba desnudo sobre la cama. Recostado de espaldas, con una almohada bajo la cabeza, la verga ya firme contra el vientre. Se la acariciaba despacio, sin urgencia, mirándome.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con los ojos color miel encendidos, la boca de labios finos sonriente.
Me acerqué a la cama. Le pasé la mano por el pecho, por las tetillas erguidas, por el vientre plano. Le tomé el mango que apuntaba al techo y empecé a masturbárselo despacio mientras le miraba la cara. Lo vi transformarse. Se le abrió la boca, se le encendieron los ojos, dejó escapar un gruñido cuando bajé la cabeza y me lo tragué de una.
Tragué y lamí y chupé hasta hacerle vibrar las piernas. Sus dedos buscaron mi ano. Empezaron a entrar despacio, uno, después dos, lubricados con su propia saliva. Mi verga se puso dura contra el colchón. Le saboreé los huevos mientras escuchaba sus jadeos. Él seguía abriéndome con dedos que no terminaban de entrar nunca. Me daba golpecitos en las nalgas, me las dejaba rojas. Yo lloriqueaba bajito, encantado de ser su putita esa mañana.
Después me acomodó contra su pecho, me besó largamente, me lamió los labios llenos de su propio flujo. Sentado entre sus muslos, con sus manos abriéndome las nalgas, me fui dejando caer de frente a él sobre su poronga. Entró despacio, hasta los huevos, sin lastimarme. Empecé a subir y bajar mordiéndole la boca. Él aceleró el ritmo y me volcó de espaldas contra el colchón. Ahora me tenía debajo. Me sacaba la verga y me la volvía a clavar hasta el fondo, aullando bajito, sudando.
—Te tenía ganas, no sabés cuántas —me dijo entre embestidas—, te buscaba para esto, para tenerte así, debajo.
—Seguí, Hernán, no la saqués, dale, dale...
—Sos mi hembrita ahora, ¿no? Decímelo.
—Soy tu hembrita, dale, cogeme, cogeme...
Me giró de costado sin sacarla. Yo chorreaba leche contra las sábanas sin darme cuenta. Me mordía el cuello, me lamía la oreja, no paraba de bombear. La calma se rompió en una conmoción larga. Empezó a temblar entero, a tensarse, a apretarme las tetillas con los dedos, y se dejó ir adentro de mí con un gruñido que duró segundos. Me llenó con tanta cantidad que sentí cómo me caía después por las piernas.
Quedó encima, todavía duro, sin querer salir. Me besaba las orejas, me chupaba el cuello. Murmuraba que no había terminado conmigo, que recién empezaba, que me quería tener todo el día. Y así fue. Me cogió de nuevo después del almuerzo. Me cogió antes de cenar. Me cogió ya entrada la noche, con las luces apagadas, mientras yo le pedía que parara y le suplicaba que siguiera al mismo tiempo.
***
Ahora estoy vistiéndome en silencio. Hernán sigue dormido, una pierna fuera de la sábana, la boca apenas abierta como si fuera un chico. Sé que voy a volver. No sé cuántas veces, no sé por cuánto tiempo, no sé si seguiré buscando otros amigos de mi padre o si éste me alcanzará para los próximos meses. Pero sé que voy a volver. Y él lo sabe también.