Mi mejor amigo aceptó desnudarse en mi piscina
Para mí, Andrés siempre había sido el amigo de las bromas pasadas de tono. Desde el instituto teníamos esa dinámica enferma: él soltaba la primera barbaridad y yo respondía con otra peor, y los dos terminábamos descojonados sin que nadie se ofendiera. «Tío, qué ganas de pajearme, ¿me echas una mano?», me decía cualquier tarde aburrida mientras jugábamos en la consola. «Claro, si después tú me la chupas», le contestaba yo sin levantar la vista del mando. Y nos partíamos de risa.
Era inofensivo. Hasta que dejó de serlo.
Una noche de jueves estaba en mi cama, masturbándome sin pensar en nadie en concreto, dejando que la cabeza se fuera donde quisiera. Y se fue exactamente ahí. Me imaginé a Andrés sentado a mi lado, los dos pajeándonos uno al lado del otro, sin tocarnos siquiera. Solo eso. Me corrí como hacía meses que no me corría, con la mano llena, la respiración rota y una sensación rara en el pecho, como si acabara de descubrir algo que ya sabía desde hacía tiempo.
A partir de esa noche cambió todo, aunque por fuera nada cambió. Las bromas seguían, las risas seguían, las cervezas de los viernes seguían. Pero cuando él decía «chúpamela» riéndose, yo ya no me reía igual. Pensaba en hacerlo. Pensaba en cómo sería su polla, qué cara pondría al sentirme, si gemiría o se quedaría callado mirándome.
***
Tuve la oportunidad un mes después, cuando mis padres se fueron una semana al norte. Vivo en una casa de campo a las afueras, con una parcela grande llena de pinos y olivos que mis viejos plantaron precisamente para que no se viera nada desde fuera. Allí dentro puedes hacer lo que te dé la gana. Desde crío soy naturista; el bañador me molesta, la ropa en verano me molesta, y en cuanto estoy solo en casa me lo quito todo.
Llamé a Andrés un sábado por la mañana.
—Tío, mis padres no están. Vente a pasar el día y abrimos la piscina.
—¿En serio? Voy en media hora.
Mientras lo esperaba, saqué una silla al césped, abrí una cerveza fría y me tumbé al sol como me gusta, sin nada encima. Tenía el bañador a mano por si tocaba el timbre antes de tiempo, pero quería estirar el momento. El calor de mayo sobre la piel desnuda, el zumbido de las cigarras, la cerveza sudando en el brazo del sillón. Mi pequeño paraíso privado.
El timbre sonó antes de lo previsto. Me puse el bañador a toda prisa y fui a abrir la verja.
—¿Estabas tomando el sol en bolas o qué? —dijo nada más verme, con una sonrisa torcida.
—Es uno de los mejores placeres que existen —contesté, fingiendo naturalidad.
—Seguro, seguro —se rio.
Caminamos hasta la parte trasera. Le enseñé la piscina, el porche, los dos sofás de mimbre donde mi padre se echaba la siesta los domingos. Andrés iba mirando todo con cara de aprobación, en bermudas y camiseta. Y yo, mientras tanto, decidía en silencio que esa tarde iba a desnudarme delante de él y a ver qué pasaba. Estaba abierto a todo. A todo, todo.
—Pues mira, ya que no hay nadie, podríamos quitarnos los bañadores —dije, intentando que sonara a broma, pero con las piernas temblándome por dentro.
Andrés se giró hacia mí. Levantó una ceja. Sonrió.
—Pues la verdad es que hace un día estupendo. Y oye, no me importaría ver tu polla, por curiosidad —dijo, soltando la risa para protegerse.
Era el típico envite de los nuestros: provocar y ver quién aguantaba más. Pero yo ya había decidido aguantar hasta el final.
—Voy a por más birras —dije.
Entré en la cocina, abrí la nevera, saqué dos latas. Y antes de salir, en mitad del salón, me bajé el bañador y lo dejé colgado del respaldo de una silla. Salí desnudo, con una cerveza en cada mano, intentando parecer la persona más tranquila del mundo.
No tuve que hacer mucho teatro. Cuando llegué al porche, Andrés también se había quitado todo.
Estaba de pie junto al sofá, con la ropa hecha un ovillo a sus pies, completamente desnudo. Tenía el pubis con vello oscuro pero los testículos y los muslos depilados, y eso me golpeó directo en el estómago. Su polla colgaba un poco hinchada, no del todo dura, pero ya con vida propia. Era grande. Más grande de lo que había imaginado en mi cama de aquel jueves por la noche.
A mí se me puso dura al instante. No hubo tiempo de disimular.
—Joder —dijo él, riéndose—. Pensaba darte yo la sorpresa y me la has dado tú a mí.
—Es que me encanta estar desnudo —solté, como si eso explicara la erección.
—Ya veo, ya.
Le pasé la cerveza. Nos sentamos uno al lado del otro en el sofá grande del porche, los muslos casi rozándose, las pollas a la vista. Bebimos en silencio durante medio minuto, y luego empezó él, como siempre.
—Oye, ¿tú alguna vez te has planteado lo del sexo entre tíos?
—Hombre, planteármelo me lo he planteado —dije con cuidado.
—Yo también, eh. No te creas. Pero nunca me he atrevido a nada.
***
Nos metimos en la piscina porque el calor empezaba a apretar de verdad. El agua estaba a la temperatura justa. Nos sentamos en el banco de obra que hay en la zona baja, sumergidos hasta los hombros, otra vez muy cerca. Bajo el agua todo se distorsionaba, pero también se notaba todo. Yo seguía empalmado. Él, por la forma en que se movía cada vez que cambiaba de postura, también.
Andrés siguió hablando de sexo. De vídeos que había visto, de cosas que le daban curiosidad, de la diferencia entre fantasear y hacer. Yo le seguía la conversación como podía, con la garganta seca y la polla cada vez más dura. En un momento le dije, intentando cortar la tensión con humor:
—Tío, deja de hablar de sexo o al final te la chupo de verdad.
—Pues chúpamela —contestó, mirándome a los ojos—. Llevo cuatro días sin tocarme. Vas a flipar con lo que sale.
Se rio, pero esta vez la risa no le salió igual.
Me planté. Lo miré bajo el agua. Le puse la mano izquierda en el muslo, despacio, dándole tiempo a apartarme. No me apartó. Subí la mano. Le agarré la polla.
Estaba dura como una piedra. Tan gruesa que mis dedos no se cerraban del todo alrededor. La empecé a mover bajo el agua, despacio al principio, y vi cómo a Andrés se le entreabría la boca y se le caía la cabeza hacia atrás contra el bordillo. Él bajó la mano y me cogió a mí. Nos pajeamos así un rato, sin hablar, sin mirarnos casi, escuchando solo nuestra propia respiración cortada.
—Vamos fuera —dije.
***
Nos secamos por encima con las toallas y nos tumbamos en el sofá grande del porche. Yo me eché de espaldas, con la cabeza apoyada en el respaldo, y él se subió encima de mí del revés, en un sesenta y nueve. Cuando bajó la cadera y me metió su polla en la boca por primera vez, casi me ahogo. Era enorme. Pesaba. Tenía un sabor que no sabía describir, ni bueno ni malo, simplemente real. Le agarré los muslos para controlarle el ritmo y empecé a chupársela como lo había imaginado mil veces.
Él, encima de mí, me devoraba. No tenía técnica de profesional, pero le ponía ganas. Me apretaba la base de la polla con la mano mientras subía y bajaba la boca por la punta, y yo no paraba de soltar líquido preseminal y de gemir contra su pubis.
Al cabo de un par de minutos él se incorporó. Me bajé del sofá y me arrodillé en el suelo de madera, frente a su polla, con el sol pegándome en la espalda.
—Córrete en mi boca —le pedí.
No tardó nada. Le bastaron veinte o treinta movimientos de mi mano y de mi lengua para empezar a apretar los muslos y a sujetarme la nuca con las dos manos. Cuando se corrió fue una barbaridad. Cuatro días acumulados, había dicho él. Me llenó la boca, se me escapó por la comisura, le cayó parte en la barbilla y otra parte en el pecho. Me tragué casi todo y dejé el resto donde había caído, brillando al sol. Me parecía obsceno y me parecía perfecto a la vez.
—Joder —fue lo único que pudo decir, con los ojos cerrados.
***
No le di tiempo a recuperarse. Esta vez me tumbé yo en el sofá y le hice una señal para que se sentara encima.
—¿Estás seguro? —le pregunté, agarrándome la polla.
—Calla y déjame hacer.
Se sentó a horcajadas, escupió en la palma, me embadurnó la polla y se fue bajando despacio. Le costó al principio; tenía la cara concentrada, la mandíbula apretada, las cejas juntas. Pero cuando bajó del todo y empezó a moverse, mirándome a los ojos, fue la imagen más brutal que había visto en mi vida. Su polla otra vez medio dura rebotándole contra el estómago, su pecho enrojecido del sol, su boca abierta cada vez que se dejaba caer hasta el fondo. No quiero que se acabe nunca, pensé.
—Me voy a correr —avisé enseguida.
—Hazlo dentro.
Lo hice. Cuando terminé, me quedé un rato con él encima, los dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Después se levantó, me dio un beso rápido en la boca —el primer beso de la tarde, raro que llegara tan al final— y se tumbó a mi lado.
***
Quedaba una cosa pendiente. Me la pidió él.
—Ahora me toca a mí follarte.
Me puse de lado en el sofá, con el culo en pompa, y él se colocó detrás. Empezó a meterme la polla muy despacio, con paciencia, parando cada vez que yo apretaba. Cuando entró del todo, me pajeaba con una mano mientras se movía con caderas firmes contra mi espalda. Yo no esperaba correrme tan rápido, pero la sensación de tenerle dentro, de notar cada embestida llegándome a un sitio que no sabía que existía, me llevó al borde en cuestión de minutos. Me corrí en su mano y en el cuero del sofá, con un gemido largo que seguro se oyó hasta en los pinos del fondo de la parcela.
Cuando terminamos, nos abrimos las dos últimas cervezas y nos tumbamos al sol sin decir nada. Andrés rompió el silencio primero.
—No quiero relaciones con un tío, que conste —dijo, sin mirarme.
—Tranquilo.
—Pero esto lo repetimos cuando quieras.
—Cuando quieras —repetí.
Esa noche se quedó a dormir. Cenamos pizza fría delante de una serie que ninguno de los dos siguió, y a las dos de la mañana, en mi cama, nos comimos el culo el uno al otro hasta que volvió a correrse en mi boca por segunda vez en el día. Antes de quedarnos dormidos le dije que al día siguiente podíamos ir a una playa nudista que hay a media hora de aquí, en una cala escondida donde, según me habían contado, pasaban cosas. Aceptó sin pensarlo.
Lo que descubrimos allí ya es otra historia. Pero esa, os la cuento en otro relato.