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Relatos Ardientes

Acepté la cruzada con un activo y perdí el control

Era un jueves de noche cualquiera y estaba solo en el departamento. Mi compañero de piso se había ido a lo de su novia, y yo llevaba dos horas tirado en el sofá con la pija dura sin saber qué hacer con tanta calentura.

No tenía ganas de masturbarme. Era una de esas calenturas raras, de las que piden compañía. De las que necesitan boca, manos, peso encima.

Abrí la aplicación sin demasiada esperanza. A esa hora, entre semana, lo que aparecía era siempre lo mismo: pasivos vueltosos que se la pasaban preguntando si tenía fotos nuevas, chicos que querían chatear tres semanas antes de animarse, y algún que otro perfil sin cara que pedía que fuera yo.

Llevaba veinte minutos haciendo scroll cuando me llegó un mensaje raro.

—¿Te interesa una cruzada entre activos? —decía.

Lo leí dos veces. Activo con activo no era algo que yo hubiera hecho nunca. Yo siempre había sido el que mandaba en la cama, el que decidía cuándo y cómo. Tenía mis pasivos de cabecera, chicos a los que les gustaba que los manejara, que los pusiera en cuatro y les dijera lo que tenían que hacer. Esa era mi zona cómoda.

Pero la propuesta tenía algo que me prendió. Quizás porque era la primera vez en la noche que alguien proponía algo concreto, sin vueltas. Quizás porque la palabra «cruzada» me hacía imaginar dos pijas, dos cuerpos parecidos, dos egos midiéndose. Quizás solo porque ya estaba cansado de buscar.

Cerré la aplicación y seguí mirando otros perfiles. A los diez minutos volví a abrirla y le respondí.

—Dale, mandame foto.

Me mandó tres. En la primera estaba de espaldas frente a un espejo, en short, mostrando una cola firme y dos hoyuelos en la parte baja de la espalda. En la segunda se le veía la cara: pelo teñido de azul medianoche, ojos oscuros, una sonrisa medio torcida. En la tercera se había bajado el short lo suficiente para mostrarme una pija dura, ni demasiado grande ni chica, recta y muy bien afeitada.

Le respondí con una foto mía y le pasé la dirección de mi esquina, no la del edificio. No era cuestión de mandarle el departamento exacto a alguien que no había visto nunca.

—¿En cuánto estás? —le pregunté.

—Dame quince minutos. Vivo cerca.

A esa altura, yo ya pensaba que iba a terminar dejando embarazada a mi mano antes de que él llegara. La pija me latía con la sangre. Caminaba por el living como un animal enjaulado, abriendo y cerrando la heladera por hacer algo. Me lavé los dientes dos veces. Me cambié el calzoncillo. Me pasé desodorante en lugares en los que normalmente no me preocupo de ponerme desodorante.

A los catorce minutos sonó el mensaje.

—Estoy en la esquina. Camisa negra, short blanco.

Bajé las escaleras de a dos. Cuando salí a la vereda, lo vi enseguida. Era más alto de lo que las fotos sugerían, quizás un metro ochenta y cinco, y tenía el pelo más azul todavía en persona, casi violeta bajo la luz amarilla del farol. Aritos de plata en la nariz y dos en la oreja izquierda. La camisa abierta hasta el cuarto botón mostraba un pecho lampiño con un tatuaje pequeño que no alcancé a descifrar. El short le caía justo por debajo de las rodillas.

Después me di cuenta de que no llevaba ropa interior. En ese momento, todavía no.

—Hola —le dije, y le di la mano como un idiota.

Él se rió mostrando los dientes y me apretó la mano con fuerza.

—Iván —dijo.

—Tomás.

Subimos en silencio. En el ascensor él me miraba sin disimulo, repasándome de arriba abajo, y yo no sabía bien dónde poner los ojos. Llegamos al sexto piso, abrí la puerta del departamento, le hice un gesto para que pasara primero. Cerré con llave detrás mío.

Cuando me di vuelta, ya lo tenía encima.

—¿Qué te va? —me preguntó, y antes de que yo pudiera contestar, me dio un pico en la boca.

Me quedé tieso medio segundo. No estoy acostumbrado a que me avancen así. En mis encuentros, el que avanza soy yo. El que decide cuándo besar, dónde tocar, cómo arrancar. Que llegara un tipo a mi propia casa y me besara antes de que yo dijera una palabra me descolocó.

Y me calentó. Me calentó mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Menos que me la metan, hago de todo —le contesté, intentando recuperar el control.

Iván sonrió como si lo hubiera escuchado mil veces.

—Vamos viendo —dijo, y volvió a besarme.

El segundo beso ya no fue un pico. Me agarró la cara con las dos manos y me metió la lengua hasta el fondo. Sabía a menta y a algo más, a algo dulce que no pude identificar. Yo le respondí el beso, le agarré la cintura, lo apreté contra mí. Me di cuenta de que él ya estaba duro, y eso, no sé por qué, me terminó de prender.

Caminamos hacia mi cuarto sin dejar de besarnos, tropezándonos con todo. Le saqué la camisa antes de llegar a la cama y me llevé por delante una silla. Él se rió en mi boca. Le bajé el short de un tirón y confirmé lo del calzoncillo: no llevaba nada. La pija se le había quedado parada y apuntaba hacia arriba, contra el ombligo.

—Vos también, dale —me dijo.

Me saqué la remera y los pantalones tan rápido que casi me caigo. Caímos a la cama enredados, las pijas chocándose, las manos buscando todo al mismo tiempo. Yo todavía pensaba que iba a manejarlo, que iba a dirigir la escena como hacía siempre, pero él se las ingenió para quedar siempre un paso adelante. Cuando yo iba a besarlo, él ya me estaba besando. Cuando yo iba a agarrarle la pija, él ya tenía la mía en la mano.

Nos pajeamos un rato así, cara a cara, las bocas pegadas. Me gustaba sentir su pija contra la mía, ese contacto piel con piel que tiene algo único, como dos versiones de uno mismo encontrándose. Él me apretaba fuerte, casi demasiado, y eso me obligaba a apretarlo igual de fuerte a él. Era una competencia silenciosa.

—Date vuelta —me dijo en un susurro.

Y yo, sin pensarlo, me di vuelta.

Quedé boca abajo, con la cara hundida en la almohada. Lo sentí bajar por mi espalda con la lengua, marcando un camino tibio que terminó justo entre las nalgas. Me abrió con las dos manos. Y entonces hizo algo que nunca, nunca antes me habían hecho.

Empezó a comerme la cola.

Lo hizo despacio, con la lengua plana primero, después con la punta, después casi mordiendo. Me chupaba, me lamía, intentaba meter la lengua adentro pero no entraba porque yo estaba cerrado, contracturado, tenso como una cuerda. La sensación era rarísima. No era exactamente placer, no del tipo que yo conozco. Era algo más confuso. Una mezcla de cosquillas, de humillación, de algo prohibido.

Pensé en los pasivos a los que yo había puesto en esa misma posición. Pensé en las caras que ponían cuando yo les hacía cosas parecidas. Pensé que quizás ellos sentían exactamente esto: esta confusión, este nudo en el estómago, esta calentura nueva que no entendían bien.

—Quedate quieto —me dijo cuando intenté darme vuelta.

Y me quedé quieto.

Esa fue la palabra clave. «Quedate quieto.» Una orden corta, dicha con calma, sin levantar la voz. Y yo, que en mi vida había recibido órdenes en la cama, le obedecí sin chistar.

Ahí entendí algo. Lo que me estaba calentando no era tanto la lengua de Iván entre mis nalgas. Era estar siendo dominado. Por primera vez. Por otro activo. La situación, no la sensación. El simbolismo, no el acto.

Me dejó así un rato largo, jugando, hasta que se cansó. Me dio una palmada suave en una nalga y me dijo:

—Date vuelta. Te toca.

Me di vuelta. Él se incorporó de rodillas sobre la cama, la pija parada apuntándome a la cara. Y sin que él me lo pidiera, sin pensarlo, abrí la boca.

Eso tampoco era algo que yo hiciera habitualmente. Yo siempre era el chupado, no el que chupa. Y la verdad es que no soy especialmente bueno en eso. No tengo la práctica, no tengo la técnica, no me sale tragar profundo sin atragantarme. Pero esa noche puse lo mejor que tenía. La metí toda lo que pude, la lamí desde la base, le di a los huevos lo que me había hecho recordar que me gustaba a mí cuando me lo hacían. Lo hice como pidiendo perdón por todos los pasivos a los que les había exigido más de lo que ellos podían dar.

Iván me agarraba del pelo y me iba marcando el ritmo. No bruscamente, pero con firmeza. Cuando yo me alejaba un poco, él me empujaba la cabeza. Cuando yo aceleraba, él me hacía bajar el ritmo. Estaba dirigiendo todo.

—Bueno, bueno —me dijo después de un rato, y me apartó—. Quiero terminar yo también.

Volvimos a quedar cara a cara. Nos pajeamos otra vez, esta vez más rápido, más concentrados, los dos respirando fuerte. Le mordí el cuello. Él me mordió el hombro. La cama crujía y yo sentía que estaba cerca.

—Voy a acabar —le dije.

Y ahí, por primera vez en toda la noche, recuperé un poco de control.

—Cada uno en su panza —le dije, firme—. No quiero nada sobre mí.

Él asintió sin discutir. Era una regla suya también, dijo después.

Acabamos casi a la vez, separados pero pegados, los dos arqueando la espalda contra el colchón. Él hizo más ruido que yo. Yo cerré los ojos y sentí el orgasmo bajar desde la nuca hasta los pies, ese tipo de orgasmo que no se parece a los de cuando uno está solo.

Nos quedamos en silencio un rato, mirando el techo, recuperando el aire.

Después él se levantó, fue al baño, se limpió. Yo agarré papeles de la mesita de luz e hice lo mismo. Cuando volvió al cuarto, ya estaba vestido. La camisa otra vez abierta hasta el cuarto botón, el short blanco. La cara todavía un poco roja, el pelo azul medio despeinado.

—Te dejo, ¿sí? —dijo.

—Dale.

Lo acompañé hasta la puerta. En el pasillo, antes de irse, se dio vuelta y me dio otro pico, igual al primero. Corto, casi tierno.

—La próxima yo, ¿eh? —dijo, guiñándome un ojo.

Cerré la puerta y me quedé apoyado contra ella. No le pregunté el apellido. No le pedí el contacto fuera de la aplicación. No sabía si íbamos a vernos de nuevo y, en ese momento, no me importaba.

Volví a la cama, todavía con olor a él en las sábanas. Me acosté de costado, abrazado a la almohada. Pensaba en lo que acababa de pasar. Pensaba en la palabra «quedate quieto», en cómo había bastado eso para que yo, el activo, el que mandaba siempre, me dejara hacer.

Pensaba en que quizás no era tan activo como creía. O en que «activo» y «pasivo» eran categorías que se habían quedado chicas para lo que acababa de descubrir esta noche.

Me dormí con esa idea dando vueltas.

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Comentarios (6)

NocheSolitaria

excelente!!! me atrapo de principio a fin

lector_curioso99

Cuando uno dice que si sin pensarlo es porque en el fondo ya sabia lo que queria jaja. Bien contado, se siente autentico

DiegoRP_22

Quede con ganas de saber que paso despues... seguí escribiendo por favor!

GabrielNqn_88

Me gusto la honestidad del relato, sin rodeos ni adornos de mas. Sigue subiendo, tenes buen estilo

TomásEnero

tremendo lo del final jaja, eso de perder el control dice mas que mil palabras

Ramonete33

Esa situacion de aceptar algo por impulso y sorprenderte a vos mismo... me resulto muy familiar. Buen relato, bien escrito

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