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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en la piscina del hotel en Cartagena

Era la primera vez que pisaba Cartagena. Mis primas, Daniela y Macarena, habían comprado los pasajes en una promoción de fin de año y me arrastraron como acompañante con la excusa de que necesitaban a alguien que las cuidara. La verdad es que ellas me cuidaban a mí: las dos sabían moverse en cualquier ciudad, y yo era el primerizo del grupo.

Tengo un metro setenta, soy moreno, y desde que empecé a entrenar en serio se me marcaron las piernas y el trasero de una manera que no pasa desapercibida en ningún lado. Soy bisexual, aunque eso lo sabíamos pocas personas. Hasta ese viaje, mis experiencias con hombres se limitaban a algún encuentro tibio que había arreglado por internet con un par de chicas trans bonitas. Me gustaba mamarla y que me lamieran. Nada más. Nunca me había planteado seriamente entregarme del todo.

Llegamos al hotel un viernes por la tarde y aprovechamos para tirarnos en la arena hasta el atardecer. Al día siguiente, mis primas se levantaron temprano para ir a la piscina y yo las seguí con cara de muerto, todavía con el ruido del avión metido en la cabeza. Pedí una cerveza, me tumbé en un camastro y entonces lo vi.

Caminaba desde el bar hacia el otro extremo de la piscina con un traje de baño blanco que apenas le tapaba lo justo. Medía cerca de dos metros, era afroamericano, con la espalda más ancha que cualquier puerta y un trasero que parecía esculpido en piedra. Mis primas se pusieron a cuchichear y a reírse como adolescentes. Él pasó a unos metros de nuestros camastros y, sin que ellas lo notaran, me clavó los ojos un par de segundos. Miró mis piernas, mi cintura, y siguió caminando.

Me puse rojo. Me terminé la cerveza de un trago y me fui al mar con ellas a hacer como si nada hubiera pasado.

A la tarde, mis primas decidieron salir de compras antes de la fiesta. Se vistieron, se maquillaron y se fueron pasadas las seis dejándome solo en la habitación. Yo había tomado demasiada cerveza al sol y me dormí casi sin querer. Me desperté pasadas las cinco con la boca seca y la sensación rara de no saber del todo en qué país estaba.

Bajé a la piscina con la toalla al hombro, buscando un lugar tranquilo donde matar el resto del día. El sol todavía pegaba fuerte. Encontré un camastro al fondo, casi pegado al cerco de palmeras. Me acosté boca arriba y cerré los ojos.

—¿Está libre este camastro? —dijo una voz grave detrás de mí, en un español con acento del Caribe.

Abrí los ojos y supe quién era antes de mirarlo.

—Sí, claro. Adelante —respondí, demasiado rápido.

Se acomodó al lado mío en el mismo bañador blanco de la mañana. Se acostó con las manos detrás de la nuca y dejó que el sol le cayera sobre el pecho. Yo llevaba lentes oscuros y eso me permitía mirarlo sin disimulo. Era una imagen difícil de procesar: el cuello grueso, las venas marcadas en los brazos, la línea de la cadera bajando hacia el bañador. Estuvimos unos minutos en silencio.

—Si nos quedamos aquí más tiempo nos vamos a quemar enteros —dijo sin mirarme—. Ayer fui al vapor del hotel. Vale la pena. Vamos.

No fue una pregunta. Lo dijo como una orden suave, y yo respondí «sí» casi sin pensar. Me levanté y lo seguí a tres metros de distancia, viendo cómo se movía. Caminaba sin apuro, con la seguridad de alguien que sabe que el otro va a ir detrás.

El vapor del hotel estaba vacío. Era una sala pequeña, con dos bancos de madera enfrentados y una luz tibia que entraba por una claraboya. Cerró la puerta. Se desnudó frente a mí sin pudor, se envolvió con una toalla y se sentó en el banco. Me indicó con la mano el lugar a su lado.

—Siéntate aquí.

Me senté. No me quité el bañador. El vapor empezó a salir y a los pocos minutos ya teníamos las gotas corriéndonos por la frente, por los hombros, por el pecho. Él seguía con los lentes puestos. Yo también. Nadie hablaba.

Entonces vi cómo, debajo de la toalla, algo empezaba a hincharse y a empujar hacia arriba.

Esto va a pasar.

Me puso la mano en el muslo. El roce fue como una corriente eléctrica. Sin mirarme, sin levantar la voz, dijo:

—Agáchate y chúpala. Sé que la quieres.

Apartó la toalla y se deslizó un poco hacia abajo en el banco. Abrió las piernas y me dejó verlo en toda su dimensión. Era oscuro, grueso, todavía a medio crecer. Yo me arrodillé en el piso de madera, aún con el bañador puesto, y lo tomé con una mano. Le aparté el prepucio con cuidado, agaché la cabeza y empecé.

Nunca había mamado a un hombre adulto, hecho y derecho, sin pantalla intermedia. Era distinto a todo lo que había hecho antes. Lo lamí desde la base hasta la punta una y otra vez, escupiendo y volviendo a ensalivarlo, intentando abarcar lo que sabía que no iba a abarcar entero. Él bufaba bajito y me dejaba hacer. A los pocos minutos me puso una mano en la nuca y empezó a guiarme, sin brusquedad, marcando el ritmo. Yo cerré los ojos.

Alguien intentó abrir la puerta del vapor. Yo me quedé congelado. Él no se movió. Quien fuera, debió verme arrodillado entre sus piernas, porque se fue enseguida.

—Ahora esa persona ya sabe lo que eres —me dijo con media sonrisa—. Cuando te vea por el hotel se va a acordar.

Tendría que haberme dado vergüenza. En vez de eso, sentí que se me apretaba la entrepierna todavía más.

Me hizo parar. Se levantó, me besó en la boca con una calma rara para el momento y me dijo al oído que fuera a mi habitación, que él me seguía a distancia. Salí del vapor mareado, con el sabor de su piel todavía pegado a la lengua, y crucé el pasillo del hotel rezando para no cruzarme con nadie conocido.

***

Abrí la puerta de mi cuarto y me senté en la cama sin saber bien qué hacer. A los dos minutos golpeó. Lo dejé pasar y todo cambió de inmediato.

Me empujó contra la cama, me arrancó el bañador con una sola mano y me dio vuelta. Me puso boca abajo con el trasero levantado y, antes de que pudiera procesarlo, sentí su lengua. Empezó por el centro y fue abriéndose hacia las nalgas, larga, gruesa, paciente. Era una sensación que no había sentido nunca. Hundí la cara en la almohada y dejé escapar algo entre un quejido y una risa nerviosa.

—Me encanta este culito —murmuraba—. Hace meses que no veo uno así.

Estuvo un buen rato con la boca pegada a mí, alternando entre lamer, morder suave y soplar. Cuando paró, me dio vuelta otra vez y me dijo que se la mamara de nuevo. Le obedecí sin pensar. Estaba en otro plano. Le decía que me encantaba, que era hermosa, que nunca había visto una así. Él se reía bajito y me decía que era para mí, que ese viaje yo iba a ser de él. Y yo le creía.

Sabía perfectamente lo que venía. Una parte de mí lo había sabido desde que cruzamos miradas en la piscina por la mañana. Y la verdad es que ya no me asustaba: lo deseaba.

Me hizo ponerme boca arriba, me acomodó una almohada bajo la cadera y me levantó las piernas. Volvió a lamerme la zona, despacio, durante varios minutos. En un momento, sin que me diera cuenta, sentí un dedo frío entrando. Se había puesto crema en algún momento del trayecto. Entró sin dolor, ayudado por todo lo anterior, y empezó a moverlo en círculos.

—Mira cómo te lo tragas entero —dijo—. Así te voy a meter el resto.

Le decía que sí a todo. Sí, soy tuyo. Sí, haz lo que quieras. Sí, así. Sin filtro, sin pudor. La parte de mí que normalmente me frenaba en cualquier situación se había quedado dormida en el avión y todavía no había llegado al hotel.

Cuando se incorporó, untó de crema su miembro y lo apoyó contra mí. Me pidió que me sostuviera las piernas yo mismo, contra el pecho. Quería que lo viera de frente.

—Quiero que veas quién te la está metiendo.

La primera embestida fue lenta y aun así me pareció que me partía en dos. Solté un grito ahogado en la almohada. Él se quedó quieto, mirándome a los ojos, esperando que mi cuerpo se acomodara. Después empezó a entrar y salir muy despacio, sin perder de vista mi cara. Cada vez que la sacaba, untaba más crema y volvía a entrar. Lo hizo cinco o seis veces, con una paciencia que no me esperaba.

Cuando llegó hasta el fondo, sentí que algo dentro de mí cedía. No era dolor. Era otra cosa. Lloré sin saber por qué. Él me secó la mejilla con el pulgar y siguió moviéndose, despacio al principio, más rápido después. Era inmenso. Era pesado. Sentía su pecho cubrir el mío entero cuando se inclinaba a besarme.

—Eres mi nena —me decía al oído—. Ya está. Eres mía.

Y yo lo era. En ese momento no me importaba nada del mundo fuera de esa habitación. Ni mis primas, ni la chica con la que estaba saliendo en casa, ni el trabajo del lunes. Era solo un cuerpo abierto, dispuesto, agradecido.

Bombeó más fuerte durante unos minutos, tomándome de los tobillos para tener más palanca. Después se dejó caer encima de mí, me abrazó con todo su peso y siguió moviéndose contra mi pelvis hasta que lo sentí temblar. Acabó dentro de mí con un gruñido largo, dándome besos en el cuello, las orejas, el hombro. Yo acabé al mismo tiempo casi sin tocarme, manchando todo lo que había entre nosotros.

Se quedó encima de mí un rato largo, sin salir. Cuando finalmente lo hizo, lamió cada gota que se había derramado afuera, con una calma que me sorprendió. Después me dio vuelta otra vez, se acomodó detrás de mí y me la metió de nuevo. Esa segunda vez fue más larga, más bruta. Acabé yo, acabó él, y nos dormimos abrazados con la luz del balcón todavía encendida.

***

De los tres días que quedaban del viaje no hace falta contar mucho. Me cogió todas las noches, y muchas tardes. Mis primas terminaron descubriendo más o menos qué pasaba y, lejos de escandalizarse, se rieron y me felicitaron. Una de ellas también lo conoció en persona, ya sin yo en el medio, y le agradeció la cortesía a su manera.

Han pasado tres años. Tengo su número anotado en una libreta vieja que casi nunca abro. Nunca lo llamé. Creo que sé lo que pasaría si lo hiciera, y la verdad es que prefiero que ese viaje quede así, intacto, como una postal que solamente yo veo. Estoy en pareja desde hace dos años con una mujer a la que adoro y a la que no pienso lastimar contándole nada de esto. De vez en cuando me arreglo con algún tipo por internet, sin sentimentalismos, casi como una hora de gimnasio. Pero no es lo mismo. Nunca va a serlo.

Aquel desconocido de la piscina me enseñó algo que yo no sabía de mí, y se lo agradezco. Le agradezco no haberlo llamado nunca, también. Algunas cosas envejecen mejor si uno las deja quietas.

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Comentarios (5)

Tuki_87

excelente relato!!! quede con ganas de mas

LucasCBA_88

Por favor, que siga la historia. Justo cuando se pone bueno termina jaja. Volve pronto

CarlosV_lect

Leia esto de noche antes de dormir y no podia parar. El ambiente que creaste, la tension del momento, todo se siente muy real. Espero que sigas escribiendo porque tenes un estilo que engancha desde el primer parrafo.

MorbosoFan

Me recordó a unas vacaciones que tuve hace unos años... estas cosas pasan mas de lo que la gente cree jajaja. Muy bueno

NocheDeMartes

El primer parrafo ya te atrapa. Se hizo muy corto, queria leer mas. Gracias por compartirlo

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