El viejo amigo de Don Rómulo me enseñó esa noche
Durante meses, Don Rómulo y yo nos acostamos dos o tres veces por semana, y en cada encuentro me corría más de una vez sin que él apenas se moviera. Tenía esa manera suya de quedarse tumbado, fumando, dejando su verga a mi disposición para que yo hiciera con ella lo que quisiera. Era un jubilado grande, fuerte, de manos bastas, y su forma bruta de entender el deseo me había cambiado por dentro de un modo que todavía no sabía nombrar.
Me hacía regalos. Me daba dinero. Me trataba como a una cosa preciosa que había aprendido a usar.
Yo tenía veintidós años por entonces, y creía haberlo visto todo hasta que apareció el otro.
Don Rómulo conocía a media ciudad, y entre toda su gente había un hombre con el que ya me había cruzado un par de veces y que no me había pasado desapercibido. Se llamaba Don Casimiro. Sesenta y seis años, casado, con tres hijos ya independizados, y tan corpulento como Don Rómulo, aunque más bajo, no llegaría al metro setenta. No usaba bigote ni barba, y su pelo blanco, corto, lo peinaba con la raya a un lado.
Tenía una nariz afilada, casi aguileña, pero lo que de verdad llamaba la atención en él era la barriga. Calculo que pesaría unos ciento veinticinco kilos, y sin embargo estaba macizo, duro como un tronco. Cada vez que lo vi llevaba pantalones clásicos oscuros y la camisa abierta hasta el ombligo.
Los antebrazos los tenía enormes, igual que las piernas, con unos gemelos macizos que parecían de piedra. Siempre iba bien afeitado, y yo me había fijado en su bulto: descomunal. Aunque usaba pantalones de pinzas, se adivinaba el tamaño de su verga dibujándose contra la tela tirante de la bragueta.
Por la abertura de la camisa se le veía el pecho con algo de vello cano y liso, dos pezones puntiagudos y rosados, y una cadena de oro con un cristo colgándole del cuello, igual que la de Don Rómulo.
Pero al revés que su amigo, Don Casimiro era un hombre reservado. Hablaba poco y bebía mucho. Whisky, casi siempre. Don Rómulo me contó que tenía problemas serios con la bebida, que se había refugiado en ella por su timidez, por lo callado que era, y porque con su mujer hacía años que no tocaba nada. Fumaba dos paquetes diarios y le gustaban las mujeres, aunque no tenía suerte con ellas por lo grueso y barrigón que estaba.
Cuando Don Rómulo me llevaba al bar, casi siempre encontrábamos a Don Casimiro sentado en la barra, conversando con el camarero. Se le notaba bebido al hablar, pero era cariñoso, de esos borrachos buenos que dan ternura.
***
Una tarde, después de recogerme con su coche, Don Rómulo me llevó al bar y encontramos a Don Casimiro extrañamente hablador y desinhibido. Cuando me acerqué a saludarlo, me envolvió con sus brazos potentes y por poco me estruja contra su barriga inmensa. En el abrazo, mi mano fue a dar, sin querer, contra su bulto. Me pareció que estaba duro. No me corté: se lo sobé un par de segundos antes de soltarme.
Una hora y unas cuantas copas más tarde, Don Rómulo me dijo que esa noche no podría llevarme a casa, que tenía un compromiso, y le pidió a Don Casimiro que me acercara él. Don Casimiro accedió con un gruñido satisfecho.
Yo no bebo alcohol, así que, un buen rato después de que Don Rómulo se marchara, empecé a caerme de sueño sobre la barra. Don Casimiro me miró de reojo.
—Ven, muchacho —dijo—. Recuéstate en mi pecho y duerme un poco. Yo te sujeto, no te vas a caer.
Me acerqué a él, apoyé las manos en su barriga prominente y dura, y dejé caer la cabeza contra su pecho. Tenía la camisa desabotonada casi hasta el ombligo, y desde abajo se le veían las tetas hinchadas, las aréolas rosadas, los pezones grandes y firmes.
Me hice el dormido mientras él seguía bebiendo y hablando con el camarero. En un momento, bajé la mano con disimulo y le palpé el paquete hinchado. Estaba empalmado.
Lo sabía. Sabía que esto iba a terminar pasando.
Podía notar sus bolas enormes a través de la tela. Don Casimiro, que me tenía agarrado con un brazo, me acarició el pelo y empezó a darme besitos en la frente, cerca de los labios. Yo, sin dejar de fingir que dormía, le besé las tetas grandes y la papada con el pretexto de acomodarme mejor contra su cuerpo de toro.
Llegó la hora del cierre. Don Casimiro me invitó a tomar la última en otro sitio.
***
Me incorporé y salimos hacia su coche, un todoterreno aparcado en la acera de enfrente. Él llevaba el brazo sobre mis hombros y yo me agarraba de su cintura. Antes de subir, se apoyó en el capó, me cogió por la cintura, y yo le puse las manos en el pecho. Me dio tres piquitos breves en los labios, tiernos, casi tímidos.
Me excité tanto con aquello que llevé la mano otra vez a su bulto enorme y le devolví los besos mientras se lo apretaba.
—Muchacho —murmuró contra mi boca—, ya va siendo hora de que te hagas un hombre. Te voy a llevar a un sitio especial.
Subimos al coche y yo, agotado, recosté la cabeza sobre su muslo. Empecé a subirle la pernera del pantalón para tocarle los gemelos, grandes y redondos. Los tenía como rocas, duros y sin un solo pelo.
Condujo hacia un polígono de las afueras. Cuando llegamos, vi que el local tenía unos neones rosados encendidos sobre una puerta sin nombre.
Nos atendió una señora mayor que nos hizo pasar a una salita con un sofá rosa, donde nos sentamos a esperar no sé qué. A los pocos minutos volvió con un whisky para Don Casimiro y un refresco para mí.
—Hoy has venido bien acompañado —le dijo la señora.
—Sí, muy bien —contestó él, alborotándome el pelo—. Pero el chico es primerizo.
—Vaya, qué honor —respondió ella, y se acercó a una pared a pulsar un botón.
***
A los pocos segundos aparecieron por una puerta dos chicas jóvenes, no llegarían a los veinticinco. Caminaron despacio frente a nosotros, contoneando el cuerpo, hasta que Don Casimiro señaló a una de ellas con un dedo grueso. La otra desapareció por donde había venido.
Don Casimiro intercambió con la señora unas palabras que no llegué a entender. Después sacó la cartera y le tendió un fajo de billetes que ella se guardó en el canalillo. Nos dijo que pasáramos a la habitación de al lado.
La estancia estaba forrada de espejos: en las paredes, en el techo. En el centro había una cama enorme, y a un lado un sofá de terciopelo azul eléctrico. En una vitrina acristalada se alineaban botellas de alcohol de toda clase de marcas.
Don Casimiro me rodeó los hombros con su brazo grueso y, caminando hacia el sillón azul, me revolvió el pelo otra vez con la otra mano. Cuando nos sentamos, me dijo:
—Muchacho, Rómulo me pidió que te trajera aquí.
—¿Para qué? —pregunté, aunque ya lo sospechaba.
—Bueno… él quiere que te enseñe algunas cosas.
Entonces, sentado con sus piernas enormes y musculosas bien abiertas, se dio una palmada en un muslo, invitándome a subir. Lo hice al instante. En ese momento se abrió la puerta y entró la chica que él había escogido.
Yo estaba colgado de su cuello grueso, con el culo apoyado sobre su muslo macizo, mientras él me sujetaba la cintura con aquella manaza. La chica se acercó y empezó a bailar justo delante de nosotros, quitándose despacio la poca ropa que llevaba puesta.
Por la abertura de la camisa de Don Casimiro metí la mano libre y le sobé las aréolas anchas y rosadas, las tetas hinchadas y duras, mientras le acercaba la cara y le daba besitos en la mejilla. Él suspiraba sin dejar de mirar a la chica.
Cuando ella terminó de desnudarse, todavía contoneándose, se sentó en el otro muslo de Don Casimiro. Él la agarró por la nuca y la besó buscándole la lengua. Mientras la besaba, la chica intentó abrirle el cinturón para bajarle la bragueta, pero le fue imposible: la barriga redonda y enorme se lo impedía.
—Levantaos los dos —ordenó.
Se puso de pie con dificultad, resoplando, se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón y el calzoncillo hasta los tobillos. Quedó a la vista una verga gruesa y venosa, de unos dieciocho centímetros, ya medio empinada.
Así, de pie, se la masturbó unos segundos mientras la chica terminaba de abrirle la camisa, dejando al aire aquel cuerpo robusto y duro. Después se volvió a sentar en el sofá, y la chica y yo nos sentamos de nuevo encima de él, uno en cada muslo.
Yo notaba su verga caliente rozándome la cadera cada vez que él respiraba. Le pasé la lengua por el cuello, por la papada, por aquel pecho ancho que olía a tabaco y a colonia barata, mientras la chica le tomaba el sexo con las dos manos y empezaba a acariciárselo despacio.
—Mira bien lo que hace, muchacho —me dijo Don Casimiro con la voz pastosa, sin dejar de mirarme—. Hoy aprendes.
Y vaya si aprendí.
Aquella noche, entre los espejos y el terciopelo azul, descubrí que el deseo no entendía de tallas ni de edades, y que un hombre enorme, callado y borracho podía enseñarme más sobre mi propio cuerpo que todos los años anteriores juntos.