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Relatos Ardientes

Tres jóvenes me follaron en una finca aislada

Aquella mañana de finales de junio, cuando levantaron por fin el confinamiento, supe que llevaba demasiado tiempo aguantando una urgencia que ya no podía seguir negando.

Mi mujer, Marta, había vuelto a la oficina por primera vez en semanas. Antes de irse, mientras desayunábamos en silencio, me avisó de que comería con unas compañeras y que no la esperara para el almuerzo. Le besé la frente y, en cuanto el ruido del ascensor desapareció por el hueco de la escalera, supe lo que iba a hacer.

Llevábamos meses arrastrando una conversación pendiente. Cuando empezó el encierro yo trabajaba como vigilante de seguridad —de los pocos oficios considerados esenciales—, y un compañero, Tomás, había caído enfermo del bicho. Estuvo grave. Cuando salió del hospital decidió jubilarse y volverse al pueblo. Aquel susto me empujó a confesarle a Marta una parte de lo que había pasado años atrás en un viaje a Barcelona, una noche en un hotel con Tomás y otro hombre. Le conté lo mínimo, las sensaciones de aquella primera vez en la que dejé que me follara un tipo. Callé todo lo demás: la playa, las noches en el parque, las quedadas con desconocidos a la espalda de las grandes superficies.

—Eres un puto gilipollas —me dijo cuando terminé—. Tenías que habérmelo contado desde el principio.

Estuvo días sin dirigirme la palabra. Luego, como pasa siempre, la rutina pudo más. Empezó a hacer preguntas. Detalles. Si me había gustado más cuando me la metían a mí o cuando ella, alguna noche, me la había metido con un arnés. Le respondí sin pensar. Desde entonces el arnés desapareció del cajón y los dos nos guardamos las ganas como quien guarda un secreto que pesa demasiado.

Por eso, en cuanto sonó el cerrojo aquella mañana, me metí en el baño. Me limpié con esmero, me puse lubricante con dos dedos, me vestí con calzonas anchas, calzoncillo, camiseta y deportivas. Eché en una riñonera el móvil, la tarjeta del bus y veinte euros. Las llaves del coche todavía no las encontraba —era otra historia—, así que salí a pie hasta la parada del autobús.

Media hora después estaba bajándome frente a la Torre Bellver. Caminé hasta los Jardines del Río, donde alguien me había contado que se hacían cosas. No vi a nadie. Seguí hasta el descampado que había detrás del antiguo apeadero, una zona de tierra batida con tres o cuatro coches aparcados y un BMW blanco con los cristales tintados.

Tres chavales fumaban junto al maletero. Apenas levantaron la cabeza cuando me acerqué.

—Hola, viejo —saludó uno.

Eran muy jóvenes, ninguno pasaba de veintidós. Pelo a navaja, camiseta entallada, pantalón corto de chándal, deportivas blancas, cadenas finas al cuello, gorra. Uno era negro y, sin pretenderlo, le miré dos veces. Era más alto que los otros dos, casi uno noventa, delgado, con unos ojos enormes y una boca que me hizo tragar saliva.

—¿Adónde va, jefe? —preguntó el que parecía mandar. Era flaco, de mi altura.

—¿Adónde va a ir? —contestó otro, más bajito y rellenito—. A buscar polla. ¿A que sí?

—Pues aquí se puede hartar —dijo el flaco sonriendo—. Le has gustado a Niko.

El negro se llevó la mano al paquete sin dejar de mirarme. Yo estaba parado, midiendo el riesgo. Eran demasiado jóvenes para mi gusto: prefería a los maduros como Tomás. Pero llevaba meses sin que nadie me tocara y allí tenía tres pollas a un metro.

—¿Pero aquí en medio? —pregunté.

—No, hombre. Tenemos sitio. Cerca.

Todas las alarmas del mundo se me encendieron al mismo tiempo. Subir a un coche con tres desconocidos y dejar que me llevaran a saber dónde era una estupidez. Y aun así abrí la puerta.

—Tú conduces, Tato —dijo el flaco al rellenito mientras le lanzaba las llaves.

Niko se sentó delante, Tato al volante, y el flaco —Rulo, le llamaron— se acomodó conmigo en el asiento trasero. No me dio tiempo ni a abrocharme el cinturón. Me agarró la camiseta por los faldones y me la levantó.

—Oye, tranquilo —protesté.

—Hostia, vaya tetas —dijo, y me pellizcó un pezón con el pulgar y el índice.

Pasó el brazo por detrás de mi cuello y se acercó. Me besó con una furia que no esperaba, mordiéndome los labios, metiéndome la lengua hasta el fondo mientras con la otra mano me estrujaba el pecho. El coche había arrancado ya. Por la ventanilla la ciudad pasaba a toda velocidad.

—Levanta el culo —ordenó.

Hice lo que pedía. De un tirón me bajó las calzonas y el calzoncillo hasta los tobillos. Me quedé desnudo de cintura para abajo en el asiento de atrás de un coche que circulaba por una avenida en plena hora del día.

—Ábrete de piernas, joder.

Me besaba el cuello, me mordía el lóbulo, me magreaba los pezones. Bajó la mano, esquivó mi polla a propósito y fue directo al culo.

—Saca el ojete hasta el borde del asiento.

Me coloqué como pidió. Me pasó un dedo en círculos por el esfínter y, al notarlo embadurnado de lubricante, soltó una risa.

—Pero qué guarra eres, viejo. Vienes con el culo preparado.

—¡Ay! —se me escapó cuando metió el segundo dedo.

—Tato, este trae todo el chochito untado.

Se quitó la camiseta y se bajó el pantalón en el reducido espacio del asiento. Estaba completamente depilado, marcado, con una polla larga y fina que ya tenía dura. Me agarró por la nuca y empujó mi cabeza hacia su regazo.

—Cómemela, viejo.

La tenía dura como una piedra. La sujeté con cuidado, le bajé la piel hasta descubrir el glande y le pasé la lengua por el frenillo, despacio, dejándole un reguero de saliva. Cuando empezaba a abrir la boca para tragármela, Tato giró la cabeza para mirar y un bocinazo lo hizo dar un volantazo. La polla de Rulo me llegó a la campanilla y los dos soltamos un quejido al mismo tiempo.

—¡Tato, cabrón, me cago en tu puta madre!

Ya no me atreví a volver a agacharme. Continuamos besándonos, dejando que sus dedos —uno, dos, tres— hicieran lo que su polla no podía hacer todavía.

***

El coche se detuvo en lo que parecía un patio empedrado. Cuando bajé, descalzo de cintura para abajo y con la riñonera todavía colgando ridículamente de la cadera, comprobé que estábamos en una finca aislada, sin un alma a la vista. Un cortijo viejo, encalado, con dos higueras y un pozo.

—¿Dónde estamos?

—En la finca de un colega —dijo Rulo—. Trabaja de guarda. Los dueños no vienen casi nunca.

—¿Y él?

—Por ahí. A él también le gustan los culitos como el tuyo, no te preocupes.

Me hicieron pasar a una sala grande con chimenea apagada, sofá viejo, mesa de cuatro sillas y una cama al fondo, hecha con esa pulcritud militar que delata a quien ha pasado por el cuartel. Rulo me empujó contra él, me agarró el culo con las dos manos, me besó otra vez con esa misma furia y me fue empujando hacia abajo hasta que estuve de rodillas frente a su polla.

—Chúpamela bien.

Le agarré los huevos con la izquierda, le sujeté el tronco con la derecha y le bajé la piel del prepucio. Le miré a los ojos y le soplé el aliento caliente sobre el glande antes de abrir la boca. Vi cómo apretaba la mandíbula.

—Joder...

La recorrí entera con la lengua, desde la base hasta la punta, dejándola brillante. Me encanta el sonido húmedo de una polla bien chupada. Apreté la lengua contra el agujero del centro y luego di la vuelta completa al borde del glande. Cuando empecé a tragármela hasta la garganta, sus dedos se clavaron en mi nuca y un quejido grave se le escapó del pecho.

—Sí, viejo. Así. Así.

Pero no me dejó terminar. Me tiró del brazo para que me levantara.

—No me quiero correr todavía —dijo—. Quiero metértela en ese chochito que tienes.

Me llevó hasta la cama, me quitó las deportivas y los calcetines, se quitó él los suyos y me tumbó boca arriba. Me echó las piernas hacia el pecho, me puso una almohada bajo los riñones y me elevó el culo hasta dejarme el esfínter a su altura.

—Así te veo la cara mientras te follo.

Apoyó la punta de la polla en mi ano y fue entrando despacio. Sentí cada centímetro abrirse paso hasta que sus huevos golpearon contra mí.

—¡Ay!

Se echó sobre mi cuerpo, me mordió los labios y me besó. Esperó unos segundos a que me acomodara y luego empezó a moverse. Salía hasta casi la punta y volvía a clavármela de un golpe seco de caderas.

Subió el ritmo. La polla entraba y salía cada vez más rápido. La piel le brillaba por el sudor, tenía la cara fija en la mía, los músculos del cuello tensos. Cada embestida me arrancaba un ruido del fondo del pecho. Olía a chaval joven, a colonia barata y a sudor limpio.

—¡Ay, mi niño!

Lo sentí venir como me viene siempre: desde el bajo vientre hacia arriba, una sensación parecida al orgasmo pero más larga, más extendida. Le agarré las muñecas y le mordí la derecha cuando me explotó por dentro.

—¡Me corro! ¡Me corro!

Un reguero largo de leche se me escapó sobre el vientre sin que me hubiera tocado la polla siquiera. Él no paraba de moverse. Aumentó el ritmo unos segundos más, soltó un rugido y se vació dentro de mí en cuatro o cinco sacudidas. Me besó con la lengua hasta la garganta y, cuando salió, un hilo de su semen siguió cayendo sobre la almohada.

—Vaya follada, Rulo —dijo Tato desde los pies de la cama.

Me había olvidado por completo de los otros dos. Tato estaba ya desnudo, masturbándose una polla mucho más corta que la de Rulo pero el doble de gruesa. Me miraba como quien mira un plato de comida después de un ayuno.

—Por favor, espera un poco —le rogué.

—Ni de coña. Ponte a cuatro patas, viejo. Me gusta a lo perrito.

Subió a la cama, me agarró por los tobillos, me hizo girarme y, tirándome del pelo, me obligó a incorporarme apoyado en las manos y las rodillas.

—¡Vaya culo! —y me dio un mordisco fuerte en la nalga derecha.

—¡Ay!

—Le has dejado el ojete embarrado de leche, Rulo.

—Pues mejor, así te resbala.

Tato se colocó detrás, me empujó los lumbares hacia abajo para que sacara el culo, me abrió los cachetes con las dos manos y, sin avisar, me la enterró hasta los huevos en un único golpe.

—¡Aaah!

—Ya, viejo, ya pasa.

—Sácala...

—Sssh. Aguanta. Aguanta.

Me dolió como hacía mucho que no me dolía. Aquel chaval era ancho como un puño cerrado. Esperó unos segundos para que mi cuerpo se acostumbrara y luego empezó a embestir, lento al principio, más rápido después. El dolor se fue convirtiendo en otra cosa. Cada vez que la sacaba y volvía a meterla, me rozaba la próstata con una precisión que me hacía ver luces. Mi polla, sin que nadie la tocara, se movía al ritmo de sus caderas, escupiendo gotas a cada embestida.

—¡Joder, qué gusto!

Un guantazo en el culo. Otro. Sus dedos se me hincaban en las caderas. Por la ventana entraba un sol blanco de mediodía. Yo me había mordido los puños de la sábana.

Llegó un segundo orgasmo, tan intenso como el primero. Me derrumbé hacia adelante, las piernas se me aflojaron y la polla se le salió de golpe. Tato soltó una maldición, me abrió las piernas a tirones, me la volvió a clavar y se echó sobre mi espalda. Mordía mi hombro, mi nuca. Aceleró todavía más y, cuando llegó, lo noté hincharse dentro y soltar contracción tras contracción, una cantidad de leche que parecía no terminar nunca.

—¡Cabrón!

Se dejó caer sobre mí, jadeando, susurrándome cosas al oído que ya no recuerdo.

***

—Venga, Tato, coño, que me toca —dijo Niko desde el sofá.

Hasta entonces no había abierto la boca. Cuando levanté la cabeza, lo vi sentado, completamente desnudo, sosteniéndose la polla en la mano. Solo verla me cortó la respiración. Era la más larga que había visto en mi vida, larga y delgada, le pasaba del ombligo. No es un cliché: simplemente era una bestia, de un tono mate y casi morada en la punta.

—¡Por favor, no! —dije—. Mi culo no va a poder con eso.

—Venga, putita —contestó Tato—. Ponte ahí, de rodillas sobre el sofá.

Me llevaron como pudieron. Apenas me sostenían las piernas. Iba dejando un reguero de la leche de los otros dos por el suelo de piedra. Me coloqué de rodillas sobre el cojín, con la cara y las manos apoyadas en el respaldo. Niko se acercó por detrás, me pasó las manos por los costados, por la espalda, restregó su polla contra mi raja y me susurró al oído.

—Te voy a reventar, putita.

No me dio tiempo a contestar. Encaró la punta con mi ano y la metió de un solo golpe hasta donde le permitió mi cuerpo, que no fue todo, ni de lejos. Un escalofrío me subió por la espalda y un quejido se me escapó de dentro.

—¡Aaay!

Apoyó el pecho contra mi espalda, pasó las manos por delante y me agarró los pezones. Me besaba el cuello, me lamía el lóbulo. Esperó. Esperó. Otro golpe de caderas y el resto de su miembro se enterró en mí hasta los huevos.

—¡Ay, mamaíta!

—Ya está entera, viejo.

Empezó a moverse, despacio. Tenía una respiración firme, acompasada, de deportista. Sus embestidas eran largas y profundas, y rozaban algo dentro de mí que ningún otro había rozado antes. Yo había perdido la capacidad de hablar. Solo soltaba sonidos.

—¡Oh, oh, oh!

Cuando llegó, no sentí las contracciones —tenía el cuerpo en otro lugar—, pero noté el calor de la corrida deshacerse en mi interior. Cuatro, cinco descargas. Se quedó dentro unos segundos más antes de salir despacio.

***

Volví en autobús, con el culo ardiendo y la cabeza vacía. Cuando entré en casa, Marta no había vuelto todavía. Me duché tres veces. Me senté en la taza del inodoro y dejé que el cuerpo expulsara lo que llevaba dentro.

Mientras esperaba que volviera mi mujer, pensé en lo estúpido que había sido al subirme al coche de tres desconocidos. Pude haber salido de allí en una bolsa. Lo pensé en serio, durante un buen rato. Y aun así, mientras lo pensaba, me costaba reconocer otra cosa: que aquellas horas en la finca habían sido lo más intenso que me había pasado en años.

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Comentarios (6)

SergioBsAs

increible relato!!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Gabo_lector

Por favor tenes que escribir la continuacion, no podes dejarlo ahi jaja. Quede con ganas de mas

Denacho72

Se nota que lo escribiste desde la experiencia propia, tiene mucha autenticidad. Muy bien logrado

IvanCordoba

El confinamiento sirvio para algo al final jaja. Tremendo lo que le paso al protagonista

Tomas_QR

Me engancho desde el primer parrafo. Me gustan los relatos que construyen bien la situacion antes de entrar en lo fuerte, y este lo hace perfecto. El ambiente de la finca le da un toque especial. Felicidades y seguí escribiendo asi

Andreita_reads

buenisimo!!! me encantó

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