El primo de mi novia me esperó esa madrugada
Conocí a Lucía hace poco más de un año en la universidad, por medio de una amiga en común. Casi enseguida empezamos a salir. Ella venía de un pueblo del norte y vivía en la ciudad por los estudios; compartía una habitación bastante chica con su hermana menor, Mariana. Cuando uno de sus primos avisó que también empezaría a estudiar acá, decidieron buscar un departamento con espacio para los tres. Después de una semana revolviendo avisos encontramos uno perfecto: tres habitaciones, dos baños, en un tercer piso sin ascensor. Como buen novio, tenía que ayudar con la mudanza, así que el sábado siguiente —el día que llegaba el primo— me ofrecí a cargar muebles.
Convencí a mi padre para que me prestara el auto. Pasé a buscar a Lucía temprano y fuimos a la terminal. Ella entró sola a recibir al primo mientras yo esperaba afuera. A los pocos minutos los vi venir empujando dos maletas enormes. El chico era más atractivo de lo que esperaba. Me apresuré a abrir el baúl.
—Primo, él es mi novio Andrés —dijo Lucía.
—Andrés, él es mi primo Tomás.
—Bienvenido. ¿Cómo estuvo el viaje?
—Dormí casi todo, hermano —contestó con un acento cantarín que me hizo sonreír.
Hicimos un pequeño recorrido por la ciudad y llegamos al departamento de Lucía. Después de desayunar y descansar un rato salimos los cuatro a comprar algunos muebles para la habitación nueva de Tomás. Volvimos cerca del mediodía y empezamos a empacar todo.
Tomás tenía dieciocho años, piel trigueña, no era muy alto pero compensaba el porte con hombros anchos y unos muslos pesados que se le marcaban en los jeans ajustados. Tenía el rostro simétrico, los labios carnosos y una sonrisa demasiado segura para alguien recién bajado de un colectivo. Vestía como cualquier chico de su edad —camiseta blanca, jeans pegados, zapatillas de skate— y hablaba con esa frescura del que se acomoda rápido a cualquier lugar. Nos hicimos amigos «de una», como decía él. Sus bromas me ablandaron el día y me sorprendí riéndome más de la cuenta.
Nos llevó casi toda la tarde subir los muebles al tercer piso. Como Tomás y yo éramos los únicos hombres de la casa, la tarea cayó sobre nuestras espaldas. A media subida él se sacó la camiseta y la dejó tirada sobre una caja, y entonces fue cuando empecé a tener problemas.
Tenía el torso esculpido, los pectorales amplios, el abdomen marcado, y una fina línea de vello que bajaba desde el ombligo hasta perderse bajo la cintura de los jeans, donde se le marcaba un bulto que no quise mirar dos veces porque ya había mirado bastante con la primera. Disimulé como pude. Me concentré en levantar la cómoda, en respirar por la nariz, en pensar en cualquier otra cosa. Llevaba años conviviendo con mi bisexualidad sin contárselo a nadie, y el primo de mi novia no era el momento ni el lugar.
Cuando terminamos de armar las camas ya era de noche. Lucía me pidió que me quedara a dormir en el departamento nuevo. Yo le había prometido a mi padre devolverle el auto esa misma noche.
—Por favor, quedate.
—Tengo que llevarle el auto a papá.
—Andá, bro —intervino Tomás—. Volvés y vemos pelis en mi laptop.
—Llevo el auto, me ducho y vuelvo —propuse.
—Genial —dijo Mariana—. Nuestra primera pijamada en el departamento nuevo.
Nos reímos los cuatro de cómo había sonado. Fui a casa, devolví el auto, cené con mis padres y avisé que dormía en lo de Lucía. Subí a ducharme. Bajo el agua caliente me hice una paja repasando cada centímetro del torso de Tomás. Imaginé los labios, la sonrisa segura, los brazos sobre mis hombros. Me corrí rápido y mal, sintiéndome culpable. No era solo que tenía novia; era que estaba a punto de dormir en el cuarto de al lado del primo de mi novia. Me dije que se quedaría en fantasía, como tantas veces. Pedí un taxi.
***
Cuando llegué, Lucía me recibió con un beso corto, casi de costumbre. Tomás salió de la cocina y me abrazó con esa familiaridad de la mañana. Olía a recién bañado. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, una pantaloneta azul corta y unas chanclas. Apreté un poco más el abrazo de lo necesario para que se notara afecto y no deseo. Él rio.
—Te guardamos pizza. ¿La querés ahora?
—Cené hace nada. La dejo para después.
—Si me la como, no es mi culpa.
—Esa pizza es mía.
Nos quedamos los cuatro un rato en la cocina. Mariana propuso ver una película; como el televisor todavía no estaba instalado, Tomás ofreció la laptop. Lucía dijo que la cama de ella era la más grande, así que entrábamos los cuatro. Nos acomodamos sobre la colcha y empezamos una comedia que terminó en carcajadas. Pasada la medianoche bajé a calentar la pizza. Tomás entró detrás de mí y se me pegó por la espalda como si quisiera asustarme. Sentí su bulto contra mí y los brazos rodeándome la cintura. Tardó un segundo más de la cuenta en soltarse.
—Dame mitad —dijo, sin mirarme.
Volvimos al cuarto. Lucía ya se había corrido contra la pared con Mariana, así que me tocó acostarme al lado de Tomás. Pusimos una película de terror. Él bromeaba apoyando sus pies fríos contra los míos. Eran casi las dos cuando terminó la película.
—Bueno, ¿dónde duermo yo? —pregunté.
—Tengo miedo —dijo Mariana—. Les dije que no quería terror.
—Quedémonos los cuatro acá —resolvió Lucía—. La cama alcanza.
—Lo que vos querés es dormir conmigo y que después no le contemos a tus padres —se burló Tomás.
—Tonto. Dormimos como estamos.
—Está bien, pero duérmanse ya —dije—. Cargué muebles todo el día.
Apagué la laptop, me acosté en mi lado y escuché a Lucía protestarle a Tomás por los pies helados. Después los sentí entre los míos.
—No, vos también no.
—Lucía no me quiere abrigar. Te toca a vos.
Me reí bajito y le dije que se durmiera. Pasó más de una hora. Yo seguía con los ojos cerrados, escuchando respiraciones, intentando convencerme de que el sueño iba a llegar. No llegó. Pasó algo peor.
Con un sigilo que no sabía que tenía, deslicé la mano hasta el muslo de Tomás. Calculé la distancia hasta su pantaloneta. La tela era fina y debajo no había ropa interior. Apoyé la palma sobre el bulto con apenas presión, temiendo despertarlo. Estaba blanda y se desbordaba de mi mano. Empezó a crecer. La toqué un poco más con la punta de los dedos, recorriendo el largo. Era gruesa y, según mi mano, mucho más grande que la mía. Sentía los latidos contra mi muñeca como si los tuviera en el pecho. Tomás se movió y yo retiré la mano de un tirón, conteniendo la respiración.
Pasaron cinco minutos eternos. Volví a apoyarla. Esta vez estaba más dura y más caliente. Apreté con suavidad, restregué la palma una, dos, tres veces. Otro movimiento. Otra retirada.
A la tercera no fui yo. Fue su mano la que tomó la mía y la metió debajo de la pantaloneta, directo sobre la verga, que ya estaba húmeda en la punta. Me quedé paralizado. Él apretó mi puño alrededor de la pieza y empezó a marcarme el ritmo. Yo obedecí. Con la otra mano me giró la cara y me besó. No fue un beso prudente; fue uno largo y húmedo, con la lengua adentro desde el primer segundo, mientras me acariciaba detrás de la oreja con la punta de los dedos. Lucía se movió a mi izquierda. Los dos nos quedamos quietos como ladrones. Cuando volvió el silencio, él se acercó hasta mi oído.
—Andá a mi pieza. Esperame.
Me levanté en silencio y salí. Llevaba un calentador cómodo porque pensaba dormir vestido. Lo dejé doblado en una silla y me metí debajo de las sábanas en bóxer. Las cortinas todavía no estaban puestas y la luz de la calle dibujaba la habitación en una penumbra azulada. Esperé. No sabía si esto estaba ocurriendo o lo había soñado de tanto desearlo.
La puerta se abrió. Tomás entró, le puso el seguro y caminó hacia mí. La pantaloneta le marcaba la erección hasta el límite de la tela. Llegó al borde de la cama y me besó otra vez, todavía de pie. Se sacó la camiseta y volví a tener delante el torso que había estado mirando toda la tarde. Se bajó la pantaloneta. La verga le saltó hacia adelante, larga y palpitante, y la acercó a mi cara.
Me giré sobre el abdomen, la sostuve con las dos manos, le acaricié esas venas gruesas que la cruzaban y le besé los testículos primero. Después subí lamiendo desde la base hasta la punta. Olía a hombre recién duchado. Me la metí en la boca lo más que pude sin atragantarme. Empezó a moverse contra mi paladar, suave al principio, más firme después. Cuando sintió que aguantaba, me agarró la cabeza con las dos manos y marcó él el ritmo.
La saqué un momento para tomar aire, se la pasé por los labios, por las mejillas, por la barbilla, y volví a meterla. Mientras se la chupaba, le clavé las uñas en las nalgas y lo apreté contra mí. Lo sentí gemir contenido por encima de mi cabeza. Tomé un descanso, lo agarré de la muñeca y lo tiré sobre la cama.
***
Se acomodó entre mis piernas, que abrí sin pensarlo. Me mordió el labio inferior, me agarró el mentón con firmeza y me hizo abrir la boca. Me escupió dentro. Era la primera vez que me hacían algo así. Algo en mi cara debió delatar el placer, porque sonrió con una mueca de dueño y bajó por mi cuello a besos lentos, mordiendo apenas. Se detuvo en mi pecho, atrapó un pezón entre los labios y lo trabajó con la lengua hasta hacerme temblar. Alternó entre los dos un buen rato.
Después siguió bajando. Me sacó el bóxer, me apartó el sexo a un costado y me pasó la lengua entre los testículos y el ano. Solté un gemido que tuve que ahogar contra el dorso de mi mano. Era un nivel de placer que hasta ese momento no conocía.
Volvió arriba, me restregó la verga entre los muslos como si me estuviera penetrando sin entrar. Subió la mano por mi costado hasta meterme dos dedos en la boca. Los chupé bien mojados. Después los bajó y los probó en mi entrada, dilatándome con paciencia. Olió los dedos cuando los retiró y me sonrió.
Me dio vuelta, boca abajo. Me besó la nuca, la espalda, las nalgas. Me dio dos palmadas firmes, una en cada lado, y enseguida besó las marcas como pidiendo disculpas. Me abrió con las manos y me pasó la lengua de arriba abajo. Después se arrodilló detrás de mí, me agarró de la cintura y me puso en cuatro. Con una mano me sostenía la cadera; con la otra me daba pequeños golpes con la verga sobre las nalgas. Se chupó los dedos otra vez, me dilató un poco más, escupió y empezó a empujar.
Apreté las sábanas. Era ancha y entró con dificultad. Respiré profundo y dejé que avanzara. Una vez adentro se quedó quieto, acariciándome los muslos, esperando a que me acomodara. Cuando le di un pequeño empujón hacia atrás, entendió que podía moverse. Empezó despacio. Subió el ritmo de a poco. Cuando los embates ya golpeaban con fuerza, me tapó la boca con la mano y me metió los dedos, no sé si para callarme o porque le gustaba sentirme así. Yo los chupé como si fueran lo único que tenía.
Sin sacarla, se desplazó hacia el borde de la cama y me arrastró con él hasta que mis pies tocaron el piso. Yo seguí apoyado boca abajo. Con un movimiento de su pierna me abrió las mías y la penetración fue más profunda. Le pasé las manos hacia atrás buscándolo. Le toqué los muslos, las caderas, los testículos que colgaban entre mis piernas. Él me agarró las muñecas y me usó las manos como riendas, tirándome contra él en cada embate. Las nalgas me sonaban contra sus caderas.
Salió despacio, dejándome sentir cada centímetro. Me agarró por los hombros, me dio vuelta. Me puso boca arriba, me levantó las piernas hasta sus caderas y me la metió de una. No dolió. Sentí solo una corriente que me erizó la piel y me hizo temblar de la cabeza a los pies. Mientras se movía, me acariciaba los muslos, me besaba las rodillas, me pasaba los dedos por los pezones y me los apretaba.
Me miró fijo, sonrió con esa misma mueca pícara, aceleró. Vi cuándo iba a venirse —el cuerpo le tembló, los jadeos se le cortaron— y pensé que iba a terminar dentro. Sacó la verga de un tirón, la agarró con la mano y se vino sobre mi pecho con un chorro espeso y caliente. Esa salida brusca me terminó a mí también. No tuve que tocarme. Me corrí casi hasta el techo.
Buscó una toalla que tenía sobre una silla, se limpió y me la pasó. Yo seguía un poco aturdido, recuperando la lucidez de a poco. Cuando alcancé el bóxer y empecé a buscar la camiseta, él me abrazó. Esta vez los besos no eran de pasión sino de una ternura rara, casi cuidadosa. Me llevó a la cama y me hizo apoyar la cabeza contra su pecho.
—Sabía que tu culo iba a ser mío —dijo en voz baja, jugando con mi pelo—. No me imaginé que tan pronto.
—¿Cómo lo sabías?
—Lo vi en la primera mirada, cuando Lucía nos presentó.
—¿Sos gay?
—Bisexual. Igual que vos.
—¿Alguien sabe?
—Nadie. Y ojalá siga así.
—Tenés razón.
—¿Y vos con mi prima qué onda?
—La quiero. No diría que la amo todavía, pero estoy bien con ella.
—¿Ya te la cogiste?
—Tres veces. Por Mariana y por dónde vivían, no había mucho margen.
—Sin mentir: ¿quién hace mejor el amor, ella o yo?
—Vaya pregunta.
—Hay que decidirlo con más datos —se rio—. Tenemos que volver a coger.
—Sos un goloso.
—Y vos no.
Me besó otra vez, despacio, y me dijo que volviera primero a la cama de Lucía. Que él esperaría un rato. Me vestí, le besé el hombro y salí. Me acomodé en silencio al lado de mi novia, que dormía profundo. A los pocos minutos lo sentí volver. Se acostó del otro lado, me apoyó la pierna sobre la mía y me acarició la oreja sin decir nada. Estuvo así hasta que empezó a clarear. Me di cuenta de que nuestro encuentro había durado casi dos horas.
***
A las nueve, Lucía nos despertó. Yo fingí salir del sueño. Ella se rio porque Tomás me había abrazado «en lo dormido».
—¿Pudiste dormir, mi amor?
—Caí muerto.
—Yo creo que todos estábamos igual. Sobre todo Tomás, por el viaje.
—Sí, es verdad —dije, y pensé en el ajetreo que no había sido el viaje.
Después de desayunar les dije que debía volver a casa. Saludé a Lucía y a Mariana con un beso en la mejilla, y a Tomás con un abrazo largo. Cuando me iba, Lucía recordó que el portón estaba cerrado.
—Lo abro yo —dijo él, agarrando las llaves.
En el descanso del segundo piso me apoyó contra la pared y me besó. Mis manos cayeron solas en sus nalgas.
—Acordate de que ahora sos mío.
—Tranquilo, después de cómo me dejaste no creo que pueda usarlo en un buen rato.
—Igual me lo quiero comer de nuevo en cuanto se dé.
—Vemos cómo arreglamos para vernos a solas.
—¿Ahora somos amantes?
—Ya lo somos.
Me dio otro beso, una palmada en la nalga, y me susurró «cuidate, bebé». Me fui caminando despacio hasta la esquina. Apenas podía sentarme. No terminaba de creer que el primo de mi novia me había hecho suyo la primera noche que nos conocimos y que ya estábamos arreglando cómo volver a vernos.